Tres poemas de "El amor de la semilla"
porFran Montaraz
DÓNDE
El humano se pierde en las avenidas,
se duerme en la vorágine,
se deja engullir por túneles pútridos
donde sus alas pierden el plumaje,
se recuesta en un Leteo
arropado por la nana de carteles seductores.
Se duerme.
Pero a veces,
esas veces en que despierta solo en mitad de la noche,
cuando despierta a su soledad,
y en la oscuridad se siente abandonado,
cuando se acerca a la ventana
y mira la luz borrosa que rodea a la luna,
cuando mira esa luz,
se detiene.
Y pregunta al miedo, y pregunta a la alcoba
dónde está el lugar exacto
en que no hay rencor ni amenaza, duda ni pasado,
dónde está la espesura, la brisa, la música indefinida.
El lugar delimitado por el azul infinito y la tierra sin nombre.
Dónde.
En medio de la noche pregunta al techo, al reloj, a las sábanas.
Más tarde amanece y el tiempo se acelera:
ropas, café, llaves, saludos, prisas...
Y al mirar por la ventana sucia del autobús,
recuerda vagamente el raro anhelo de anoche:
algo parecido a una luz tenue sobre olas inquietas,
algo parecido a un pájaro negro jugando con la espuma.
Solo fue el sueño que a veces le perturba,
quizá un recuerdo infantil.
Pero su destino es real:
la avenida salvaje, el túnel maloliente
donde alguien pisotea una pluma blanca,
donde él mismo acaba de pisar
una pluma que no era suya.
EL AMOR DE LA SEMILLA
Se enamoró de la tierra.
Su tacto húmedo de olor femenino
hizo ablandar su coraza viril.
De su cuerpo cerrado emergió
un dedo, una mano, un brazo
para acariciar su relieve oscuro,
un miembro para penetrarla,
para amarla.
La tierra, grano a grano se abrió,
se inundó de semilla. Se abandonó.
Estalló la vida al salir de su seno.
Recordó abrirse de nuevo al cielo infinito.
Destrozó su ser al volver a ser..
Emergió chorreando humedad de mujer.
Se enamoró de la tierra la semilla
y volvió a ser árbol.
Árbol colmado de Ser.
OCASO
El puño de fuego rompe el cielo en un golpe redondo,
y vomita su serpiente de ascuas sobre la sábana del oleaje.
El murmullo de las gaviotas se extingue.
El agua hierve de lava.
Se tiñe de violeta la espuma.
La mano ignora el cristal que separa mi cuerpo del horizonte:
¡tan puro es el espacio!
Los dedos rozan la línea donde las aves se esconden...
donde esas nubes inflamadas devoran el último resplandor.
¡Descansar en este lugar exacto!
Morir en este instante.
Fundirme con el sol que ahora desaparece.
Allí...
Ya la espuma fría baña mis pies.
El rumor eterno de las olas relata mi existencia inevitable.
Las siluetas de las barcas se esfuman lentamente.
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