La señora gorda
porAntonio Martín de las Mulas
Una señora gorda con tobillos de pata de elefante me mira fijamente desde el otro lado de una cafetería de carretera, a seis mesas de mí. Me mira así como perdida, me mira hasta hacerme sentir incómodo y no sé cómo decirle que me deje tranquilo, que deje de mirarme. Se me atraganta el sandwich de huevo y beicon del desayuno pero ahora ya no son dos ojos negros penetrantes lo que tengo en mi ceño, sino dos cucarachas que suben y bajan por mi frente, dos hileras de hormigas que van echando leña a la ansiedad. La señora gorda continúa masticando con la boca abierta, y lo mezcla todo en su boca gigante y lo revuelve todo en su panza de hormigonera y no lo soporto más. Deseo que vomite, que lo eche todo fuera y me devuelva a mi padre fallecido, que me devuelva mi trabajo, que me devuelva mi patria y mi vida. Deseo que se calle para siempre, que deje de comer, que deje de mirar las cosas con sus ojos de cucaracha de alcantarilla. Lo deseo con todas mis fuerzas y sigo masticando los falsos equilibrios de mi vida equilibrada.
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