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Ramas

por Jesús Urceloy

 

 

A Romera Cebollero le explotó la bomba justo cuando estaba cagando. Arriba sentimos un temblor sordo que nos movió los riñones a ritmo de rumba y nos dejó un cuerpo de jota aragonesa. El edificio aguantó bien y no se derrumbó porque los váteres están en el subsuelo, bajo la cámara acorazada, al lado mismo del aparcamiento. Así lo que al principio pareció un error en los planos y que llevó más de una bronca entre arquitectos nos salvó la vida. Eso y los grandes ventanales tras los lavabos, a la altura de las cocheras, que absorbieron buena parte de la explosión.

Todos tenemos nuestras manías. Los hay que cagan rapidito, como Sebastián Cifuentes, que tarda casi más en lavarse las manos y los que no necesitan esparcimiento alguno, y también los que –como es mi caso—necesitamos llevarnos alguna cosa que hacer. Un libro, el móvil con el guasap bien engrasado, liarte unos cigarritos para luego. Peroa quién se le ocurre irse a cagar con un mortero del treinta y ocho de cuando la guerra de Sidi-Ifni.

Jenaro Martín, el de los tres dedos, ya nos advirtió cuando nos lo presentaron hace unos años.

—Este es un plumas, y todos los plumas antes o después acaban volando.
—Decía algo, cabo.
—Nada mi sargento, que nos alegramos mucho de la nueva adquisición. Parece un buen muchacho y estamos esperando a romper filas para darle un buen abrazo y enseñarle las instalaciones.
—Eso usted no lo ha dicho ni queriendo. Pero es igual. Rompan filas.

A la viuda le dimos un tarro con las cenizas. Para qué hacerle pasar un mal trago a la pobre, llevarla a la salade autopsias y decirle que aquellos pedazos cubiertos de mierda eran su marido. Carmelita, la viuda, es una chica guapilla y de pueblo, lo uno se le nota por un caracolillo que se le cae por la frente cada dos por tres y por sus dedos juguetones, esos dedos que nunca consiguen colocar bien el pelo, y lo otro por la forma de andar pues calce lo que calce parece que siempre va arrastrando unas zapatillas.

—Pobrecito – dijo soltando una lágrima muy lenta, que tardaba mucho en llenarse y que le fue recorriendo la cara con mucha parsimonia.—¿No sufriría mucho, verdad?
—No, nada – sentenció Jenaro Martín, el de los tres dedos – Es como un fogonazo, como cuando estás en una boda y te atizan con el flash. Menos aún, ni te enteras.
—Pobrecito.

Doña Asunción Bravo, la mujer del coronel, pensó que el cuerpo, es decir, las cenizas, lo mejor era meterlas en un buen recipiente, no una de esas cosas tan frías y tan solemnes que te dan en los crematorios. Y dando una vuelta por la casa se fijó en un tarro precioso que habían comprado en el chino. Un tarro muy bonito, la verdad. Azul. Muy delicado. Con unas figuritas de pájaros piando en una rama y a la vuelta, unos pescadores lanzando sus redes desde una barquita. Metimos a Romera en el tarro y se lo dimos a la viuda.

—Es muy bonito este tarro.
—Sí señora.
—Y tiene unas figuritas a los lados, unos pajaritos y unos pescadores en un sampán.
—Sí señora.
-Nosotros tenemos uno muy parecido en el mueble de la entrada, junto al paragüero.
—Sí señora.
—¡Ay, qué dolor!

A la puerta del velorio, mientras le dábamos unas caladas a un porro que alguien había encendido, nos dio por recordar a Romera. Al principio le sacamos los defectos, que es lo que hacemos siempre los españoles cuando el mentado no anda cerca, que si era un solitario, que si no saludaba y esa manía tan suya de hurgarse la nariz con el menique delante de quien fuese, para al rato acabar con que había sido un tipo muy majo, reservado, eso sí, pero muy majo.

—Y muy habilidoso –dije yo.

Después nos fuimos a un bar los de la terna de siempre, Luis Arribas, el de contabilidad, Marucha Rodríguez, la jefa de laboratorio, Peter Simmons, el chófer del coronel y yo.

Luis dijo que Romera siempre había sido un hacha con los dedos y que cuando hablaban junto a la máquina del café hacía unos muñequitos muy graciosos con los sobres vacíos del azúcar. Y también con los palitos de plástico para remover el café, recordó Simmons con su deje gibraltareño. Sin embargo, a Maruchale parecía que no, que no tenía paciencia, y menos con los tubos de ensayo, que se le rompían todos.

-Una noche nos quedamos encerrados en el almacén y tuvimos que saltar por el ventanuco de las cocheras. Y pensar que unos días después. Dejadme, no me quiero echar a llorar porque soy una mujer muy macho.

Esa noche se puso a llover y el limpiaparabrisas no quería funcionar. Había algo que interfería en el mecanismo, algo que entorpecía el avance de las varillas. Medio empapado, de puntillas, espatarrado sobre el capó me puse a hurgar con un viejo destornillador que guardo en la guantera. Tras un rato lo saqué. No sé qué era, un pedazo de rama, no muy grande, con sus nudos y todo eso, seguramente de algún árbol del parking, pringosa y putrefacta. Aunque luego pensé si no sería uno de los dedos de Romera que quizá con la explosión, haciendo parábola, llegase hasta el aparcamiento. Es lo mismo. Lo tiré a un reguero de agua que corría por el arcén. Me volví a acordar de Romera Cebollero y esa habilidad tan suya para separar los cables, para introducir entre ellos la punta delos alicates, para cortar con precisión el cable azul. Me limpié los dedos en el pantalón, volvía entrar al coche, y tiré para casa.

 

 

 


© Jesús Urceloy, 2016


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