Aquellos cuentos de amor
por Jesús Urceloy
Se vive bien en esta puta ciudad de mierda. Yo se lo tengo dicho a Raf, pero él se encoje de hombros, escupe puente abajo y silba.
—Esta es una puta ciudad de mierda —le digo— pero se vive bien.
—Ya —me dice mientras se sacude un poco la ropa como todos los viernes.
Y luego escupe puente abajo.
—Qué me vas a silbar hoy.
—La sexta de la cara bé, ya sabes —me dice mirando a mi revólver.
Cuando Raf me silba una “de la cara bé” es que las cosas no le han salido bien. Nos encontramos desde hace años en el Puente Negro, un poco más abajo de los garajes. Cada cual a su historia, después de la jornada laboral. El Río corre nervioso entre pedruscos bajo las arcadas centrales. Miramos esas terribles aguas azules y él escupe. El olor del sulfuro asciende desde los gigantescos remolinos e impregna nuestras ropas, pero nos importa una mierda.
—Hoy no me han salido las cosas bien.
—Ya —le digo. Y me quito el gorro para rascarme la calva.
—Se me ha roto el camión al salir del vertedero. ¿Y tú qué tal?
Yo, como siempre, de culo. Esto no es lo mío. Yo estaba muy bien de pocero, incluso de mendigo en las afueras, pero desde que me han quitado el cardenalato, no sé qué me pasa, que no me encuentro en otro oficio.
—¿Y el tráfico?
—El tráfico me la suda, Raf. Como si se estrellan todos. Yo de guardia no valgo.
—A ver si en el próximo sorteo.
—Sí, a ver. ¿Tú fuiste bailarín una temporada, no?
Raf mira al horizonte y escupe. Yo recuerdo algunos de aquellos carteles de cuando bailaba en el Scaramouche, qué bien se lo pasaba el cabrón, el mismo Roy Scheider le quiso de maestro para All That Jazz. Eso dijo Dav en el Chrónical.
—También fui primer ministro, ¿Y qué? ¿Quién se acuerda ya de todo eso?
Saca la pitillera de plata del chambergo y me ofrece. Cojo un cigarrillo sin filtro y me lo pongo tras la oreja. Como siempre, desde hace tantos años.
—Para el camino, ya sabes.
—Sí, para el camino.
Nos abrazamos y tiramos cada uno para un lado. Él bajando hacia la soledad y yo subiendo hacia la desidia.
Veo a Alv, escondiendo mercancía entre los soportales, y él me ve y me saluda. Ped recoge los pinturines que se le han caído en la acera y me saluda. Pol, que vuelve con dos cestos de naranjas para el desayuno, deja uno en el suelo y me saluda. For no se sorprende cuando al pasar le pillo saltando las baldosas de dos en dos y me saluda. Nav, junto a la vieja Plaza del Dolor, me observa pasar tras su escaparate y me saluda. Ant se detiene un instante mientras furtivo pinta en un muro cierta inscripción y me saluda. Seb canta desde lo alto, tras los abiertos ventanales de oriente y sé que me saluda.. Dav no, Dav desde siempre, desde el centro de la plaza observa detenidamente el cielo con unos prismáticos.
Yo caminaré hasta el próximo amanecer buscando mi casa.
Urceloy / 27 de diciembre de 2016
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