índice del número


Risa enlatada

porJ. A. Santos

 

Los niños: les encanta ver la Pantera Rosa. La echan todas las tardes a las seis y media, en el canal doce. Yo la odio. No hay nada que me aterrorice más que esos dibujos animados, y más viendo cómo hace que mis hijos se partan de risa. Cómo disfrutan viéndola.

De niño: La veía, claro. Y me gustaba. De niño te gusta cualquier cosa que sea un dibujo, se mueva y salga por la televisión. Supongo que me haría gracia, no sé. De niño te hace gracia cualquier cosa y no necesitas preguntarte porqué. A mis hijos les pasa igual; ven al pobre animal sufrir un universo absurdo y malevolente y se parten de risa en sincronía con las risas enlatadas de la tele. Pero les hace gracia de verdad. A mi no. No hay nada más terrorífico que la Pantera Rosa.

Empezó de forma simple: un día llegué del trabajo antes de tiempo y ellos estaban como siempre en el sofá viendo la televisión. Me puse a verla con ellos, claro. Lo normal. En cuanto sonó la sintonía, de Henry Mancini, supongo, desde luego no de gente como Alex North, o John Barry, o John Williams, me vino a la mente el recuerdo. Hasta se lo dije a los niños (Esther, cuatro años; Eduardo, dos. A Esther le gustan Hello Kitty y Dora la Exploradora, a Eduardo cualquier cosa que brille y haga ruido.): irad, yo ya veía esa serie de pequeño. ¿Os gusta? Era muy graciosa.
Era muy graciosa: A medida que avanza el episodio se me apagan las ganas de reir. Vi dos o tres más y me fui. No lo pude aguantar.

Explico: Cada episodio dura cinco o seis minutos, y el tema es, siempre, invariablemente, la lucha imposible de la Pantera Rosa (que, si no lo saben porque no han tenido infancia, es una Pantera antropomórfica de color Rosa, con largas patas y panza blanca) contra un universo dedicado en exclusiva a destruirla. No, eso sería demasiado misericordioso. Dedicado a contradecirla. Pero no a contradecirla de palabra, es una serie muda, sino a contradecirla de hecho, de intención, 24/7. En cada episodio, la Pantera intenta cumplir con una tarea cotidiana aparentemente sencilla. Cruzar la calle. O cavar un hoyo. O, en un ejemplo de crueldad refinada, dormir en su cama. Siempre, invariablemente, sin razón alguna, todos sus intentos fallan antes de que pueda ni acercarse a tener éxito. Me aterra.

Es un chiste clásico: no es eso lo que me da miedo. Por ejemplo, justo antes de la Pantera Rosa echan varios episodios del Coyote y el Correcaminos. Siguen exactamente el mismo esquema, y estos siguen haciéndome reír como cuando era de la edad de Esther. ¿Porqué? ¿Porqué puedo disfrutar de la alegría de los niños cuando al Coyote le explota en la cara un cartucho de dinamita MARCA ACME, y siento una profunda inquietud por ellos cada vez que la Pantera Rosa no es capaz de pintar una pared o sacar su coche del garaje?

No es la estética: desiertos luminosos y oníricos en el Coyote; ciudades color pastel y como dibujadas a carboncillo en la Pantera. Ni el entorno - si eso, el desierto eternamente vacío del Coyote debería ser mucho peor que la metrópolis de la Pantera, habitada por unos adorables seres que parecen copos de nieve con nariz, abrigo y bigote.

Hay detalles: la risa enlatada de la pantera tiene un tono de crueldad innegable, o esa melodía que pasa de pegadiza al principio del episodio a insoportable cinco minutos después por repetirse de forma obsesiva a lo largo de éste.

El problema es otro: imaginen, el Coyote compra una catapulta MARCA ACME para chafar al correcaminos bajo un pedrusco enorme. Pero al dispararle, el pedrusco termina aplastando al Coyote mientras el Correcaminos bip bip! Nos reímos. Es lo normal. El universo del Coyote tiene como único objetivo conspirar contra el intento del Coyote por comerse al Correcaminos, y nos hace gracia porque sabemos que de alguna manera el Coyote es cómplice de su destrucción. Que sabe lo que va a pasar y lo acepta, que persigue al correcaminos porque lo demanda su naturaleza pero la propia persecución, las pausas mientras prepara su trampa in-fa-li-ble MARCA ACME, le dan algunos instantes de felicidad, de plenitud. Pero: la Pantera Rosa intenta cruzar la calle. Aunque no hay ningún coche a la vista, en el instante en que pone un pie en la calzada la calle se llena de tráfico a toda velocidad en ambos sentidos. Para que nos quede claro que esto no es una casualidad sino que el universo de la Pantera Rosa funciona así , vemos cómo lo repite varias veces más, todas con el mismo resultado, como si la pata de la Pantera fuera un interruptor que hace contacto al tocar la calzada.

O: la Pantera intenta librarse de un mosquito que no le deja dormir. El mosquito sólo lo es de nombre, porque resiste sin inmutarse todos los intentos de la Pantera: no queda hecho una masa sanguinolenta cuando la Pantera le pone la zarpa encima; es inmune al insecticida sin explicación ni motivo y, en dos actos finales de crueldad, atraviesa una ventana cerrada herméticamentepara volver a colarse en la casa, y coge en volandas a la Pantera (que en un Universo justo o al menos indiferente sería unas 100000 veces más pesada que el mosquito) para echarla de su casa a una noche fría y de ventisca en la que acaba el episodio.

No culpo al mosquito: él es sólo un agente de la maldad del universo hacia la pantera. No me da miedo el mosquito, me da miedo lo que hay detrás de él y no se ve, pero se siente en cada acto. Porque no se nos da ninguna explicación, ningún motivo para la malevolencia de todo hacia la Pantera. Sencillamente, las cosas en ese universo funcionan así, para desesperación del animal, que sólo quiere dormir o cruzar la calle. Y los niños se ríen cuando el mosquito, del lado de fuera de la ventana donde es de noche y está cayendo una fuerte nevada, sencillamente atraviesa el cristal (plop!) como si no hubiera nada. Son inocentes. O no.

Peor: El Coyote, de alguna manera, se merece y está disfrutando de lo que le pasa. Sabemos que comerse al Correcaminos Está Mal, y que si lo hiciera, el Coyote estaría condenado a vagar solo por un desierto vacío para siempre. Cuando la dinamita MARCA ACME le explota en la cara, o cuando se da cuenta de que está caminando por el vacío porque hace rato que se acabó el acantilado, o cuando un yunque (anónimo, pero sin duda MARCA ACME también) le cae en la cabeza, sabemos que lo espera y lo acepta, y que el coyote es libre en los segundos en que cae barranco abajo hasta convertirse en una nubecita de polvo al fondo pof. A lo mejor el desierto también es un infierno para el Coyote, pero lo acepta y quizá lo haya elegido.

La Pantera no tiene estos consuelos: alguna vez me han dado ganas de gritar a los niños que por favor no se rían, pero no lo hago porque qué saben ellos, parecen disfrutar de verdad y no lo entenderían. Porque la Pantera no entiende nada. Sólo quiere hacer algo banal, y no sabe que le está prohibido por poderes que desconoce. Su cara de asombro y decepción cada vez que su plan (a medida que avanza el episodio son más complejos, más elaborados y desesperados) para hacer algo sale mal es lo más triste que he visto jamás. Está en un infierno que desconoce, y aquello que lo gobierna (digo esto por decirlo: no hay ninguna inteligencia maléfica dedicada a hacerle la vida imposible a la Pantera. Esta ausencia de culpables lo hace todo peor.) se deleita haciéndole saber que no hay salida posible.

Por ejemplo: uno de los otros seres que habitan sin problema la ciudad se sube a una grúa armada de una bola de demolición cómicamente grande y boom derriba la mitad de un edificio. Justo después la Pantera se sube a la misma grúa e intenta derribar el mismo edificio. La bola se queda quieta y es la grúa la que se cae y se hace pedazos con la Pantera dentro. No hay ningún motivo. Sencillamente es así. Y la risa enlatada con su tono cruel, y los niños partiéndose de risa jajaja porque lo que ha ocurrido no se corresponde con lo que esperaban jajaja. Ahora, cuando me voy a la cama tengo miedo de que un mosquito nos eche de casa a mi mujer y a mí - no, de que el mosquito me eche de casa y deje en paz a mi mujer y a los niños, y que las vidas de todos sigan con normalidad y yo no pueda ni cruzar la calle sin que el universo pase a ignorar sus propias reglas sólo para hacérmelo imposible, o peor, que eso le está pasando a todos, pero ninguno de los demás se da cuenta y cada uno de nosotros está en su infierno privado. Y mientras, los niños ríen jajaja. Luego Esther cambia y en el otro canal hay un niño y un perro que corren aventuras psicodélicas y se olvidan de la Pantera Rosa hasta el día siguiente.

 


©J-A. Santos

73ariadna