índice del número


El conejo

por Javier Blanco Urgoiti

 

Para Álvaro Muñoz Robledano, 
A quien bien sé que le gusta 
El conejo 
y lo entiende en todo su amplio espectro.  

“Scenderemo nel gorgo muti” 
Cesare Pavese 
 

 

El dato no importa: Italia acaba de eliminar a España de la Eurocopa. Es sólo un dato. Y de verdad que no importa. Ojalá me importará más. La tarde era benigna. El fin de semana había sido duro. Duro para mí. Duro para mi mujer. Duro para el conejo. Dolor de cabeza, elecciones generales y jaula. Cada uno con su dureza, todas compartidas, pero no como un solo peso. Cada uno con su carga. 

Aunque los datos no importen, no siempre, a veces son los pequeños datos, esos detalles sin relevancia, lo que nos hacen grandes, lo que nos distinguen de la medianía. Una mirada que da un vuelco y nota que le falta un cenicero. El inesperado mordisco de una criatura entrañable. Un plano subjetivo a los pies que entran. Un minuto de no mirar. Es sólo un dato, no importa, pero puede ser definitivo. 

La tarde era benigna. El final de junio cose la piel de la tierra a puntadas de sol vivo. Hace el aire irrespirable, la conversación insufrible y el pensamiento redondo como una calva, interminable. El vino se calienta y se espesa y no se puede beber despacio. ¿Y quién quiere vino para tener prisa en beberlo? El vino es para echar la tarde y no para que la tarde se te eche encima. Es un dato, no una opinión, y qué coño: si hay algo que sobra sobre la faz de la tierra son malos bebedores de vino.  

Serían cerca de las ocho. El sol se había cansado de coser sobre la calva de Esquilo y nos permitía respirar a los demás, como un vecino molesto que cesa de colgar cuadros, como la campana de la cocina cuando calla. El conejo, Bárcenas, fue liberado para que cagara a gusto por la galería de mi casa. No lo he dicho porque no es un dato sin importancia. No es anecdótico. Es una descripción en toda regla. A la entrada principal de mi casa se accede por una galería compartida, una terraza sobre un primer piso, de unos tres metros de ancho, solada con baldosa de arcilla que todos los vecinos, menos nosotros, adornan con flores y plantas de muchas clases y variados colores. En ese dato no voy a entrar. La enredadera de la verja es madreselva. Hay algún rosal. Mi conocimiento de botánica se aleja mucho de la perfección de James Joyce. ¡Y no me pienso documentar con Google! Trataré de ser quien soy. Ni más ni menos. 

En cualquier caso, para llegar a nuestra puerta, no queda otra que cruzar la galería y eso supone pasar por delante del A, B, C, D, E y F. Es una galería muy agradable. Ideal para que la cague el conejo, dando cabriolas de arriba a abajo. Tan entrañable. Todo el mundo que la visita por primera vez, lo dice: 

–¡Qué terraza más agradable tenéis aquí! 
El conejo pega cabriolas de arriba a abajo por la galería, la vecina del D arregla sus plantas y le hace carantoñas en la distancia, tentándole con los dedos como si fuera un gatito, con el mismo lenguaje que comparten los bichos entrañables y los bebés. 
–Ay pichi pichi pichi pichi pichi – ese lenguaje entrañable que ni los bichos ni los bebés entienden. 

Bárcenas, el conejo, no hace ni caso al reclamo de la vecina. Ni se le acerca. Se me arrima a mí, que no puedo ni verlo, que le lanzo remedos de patadas, sin llegar a darle, cuando se me sube al sillón y que le enseño el libro de cocina de las 1080 recetas de Simone Ortega. Se creerá que voy a guisar para él.  

O con él. 

–Ven, tonto. Ven Bárcenas. Ven. 

Los niños están de vacaciones en la playa, en San Juan, que no es que importe mucho el sitio, o sí, quién sabe, es sólo un dato. Estamos a final de junio. Se los han llevado los abuelos y nos han dejado a Bárcenas en su lugar. Aunque en el cambio pueda parecer que hemos salido ganando (al fin y al cabo, es un dos por uno), lo cierto es que mis hijos no lo cagan todo por donde pasan. Bárcenas sí. Así que cada vez que se sube al sillón, tengo que lanzarle una patada, cosa que no hago con mis hijos (aunque a veces me entran ganas). No llego a darle… No intento darle ¡Que ningún amante de los animales me crucifique! Sólo es un amago. Por lo menos, que arroje sus conguitos en el suelo. O en la galería, a esa hora en que la tarde ya es benigna. Cerca de las ocho. 

Lo caga todo, el cabrón. Como España, que ha perdido contra Italia y el último gol lo han cantado hasta las grajillas. 

Tampoco es que sepa mucho de ornitología, pero las grajillas no callan y a fuerza de oírlas, uno se queda con su nombre y con su cara de cura malo, ladino, narigudo, flaco y perspicaz. Son unos putos cuervos en miniatura que también lo cagan todo, igual que Bárcenas, pero en plan las aves del Estínfalo, como los Pájaros de Hitchcock. Tenemos una invasión de ellas. Una plaga de grajillas en el barrio es un apocalipsis de pluma y guano y lo más tenebroso es su graznido unívoco y desolador, que provoca un eco agudo en la lejanía que se prolonga como la banda sonora de una tragedia griega televisada. Son corifeos de la alegoría del abuso en bandada y es que cuando uno quiere imaginar una situación de absoluta injusticia, a los que se aprovechan de ella en grupo, se los imagina córvidos: las grajillas campan a sus anchas por mi humilde barrio con su eco de tragedia griega de Esquilo. 

Y cuando graznan a la vez es como si nos mandaran callar a los demás. como si cantaran los goles de Italia: una oleada estridente, aguda, lacerante. Han traído rapaces para contrarrestar la plaga, pero mucho me temo que con eso lo único que se ha conseguido es aumentar el tamaño de las cagadas que te pueden caer sobre la camisa durante el paseo, que el guano sea más abundante, más plastoso, más goterón de pintura rectal, más pestilente y corrosivo. Y como a la mafia negra que son las grajillas se ha unido la policía que trajeron para combatirla, ya fueran azores, halcones, milanos, aguiluchos… No entiendo de ornitología, pero ahora nos cagan todos juntos. Son como la mentira. De esto va el mito de Hércules, creo, pero es un dato más.   

No lo pienso mirar en Google, ya lo he dicho, y tampoco voy a profundizar en pajarerías. Tuve un tiempo, después de visitar la reserva de Doñana, en que presumía de saber distinguir en vuelo una golondrina de un avión común. ¿A quién cojones le importa eso? Nunca nadie me ha entrado en esa discusión y cuántas veces he porfiado yo en ella. Nadie se la espera. Es un dato muy idiota, si lo piensas bien. Los que no entendemos de pájaros, como yo (que sé poco más que eso), no conocen la diferencia, ni puñetera idea tienen de que exista algo llamado avión común y si un día se lo sueltas con desafío a un tipo que sí sepa de ornitología: 

–No es una golondrina –he dicho todas esas veces–, es un avión común.   

Te calienta el morro. 

Como Italia a España. 

Ni siquiera estoy ya seguro, porque no lo he mirado en Google (ni lo pienso mirar, cojones, ni lo pienso mirar), de que exista alguna diferencia esencial entre el avión y la golondrina. Sé que unas no volverán y que las dos tienen perfil de enamorado dieciochesco en el aire, con esa cola en forma de horquilla, estilizada, de Fred Astair alado con su esmoquin. La golondrina es más grande que el avión o al revés o quizá sean lo mismo. Ya no me acuerdo. Era un dato. La cola es como la de los milanos. De eso sí que me acuerdo. Una cola horquillada, como la de las armas del pueblo en la Revolución Francesa. Con forma de v.  

V de victoria. La de Italia. No había merecido otra cosa, qué coño, aquí no hay películas ni codazos de Tassoti. ¿Tassoti o Tasoti? No lo pienso mirar en google. Que no cojones. Que no. 

La tarde es ya benigna, con b. A esta hora, cerca de las ocho, da gusto tener una galería tan agradable. La vecina del D, Verónica, sigue en su ikebana particular, chascando las tijeras sobre un pequeño olivo que mantiene preso en una enorme vasija, tipo ánfora del periodo clásico, que romperá la espalda a su novio cuando quiera trasplantar el árbol a un lugar donde pueda sobrevivir. La observo mientras me enciendo un Lucky Strike. No entiendo qué empeño tiene en esquilar al olivo. Con más de metro y medio (altura en la que tengo en cuenta el ánfora) yo lo veo ya enorme para bonsái. En esto tampoco soy un experto, claro. Pero me parece un dato a tener en cuenta.  

He sacado la mesa plegable y el ordenador para escribir un rato: esto que leéis, lo escribo en directo, pero, por supuesto, no he sacado el cenicero.  

–¡Cariño! ¿Me puedes traer el cenicero, por favor? –le pido a mi mujer que sigue dentro, no sé por qué, porque la tarde es benigna y la galería está de lo más agradable. El conejo está dando cabriolas de arriba a abajo, cagándolo todo a gusto, como una escopeta de perdigones con munición interminable y la mirilla caída. Cada vez que posa el culo sobre la arcilla, deja cuatro bolitas. 
–Pero, ¿tú qué comes, conejo? –le pregunto y Bárcenas me responde exactamente lo mismo que mi mujer a lo del cenicero, aunque ella, al menos, al poco tiempo aparece por la puerta con la tortuga. Se ve que no me ha oído 

Deja la tortuga en el suelo y se vuelve a meter en casa.  

–Pero ¿qué haces? –le pregunto sin coñas–. ¿Quieres que echen una carrera o qué?  
–Ya que me he puesto, voy a limpiarle la pecera a la tortuga.  
–¡Déjalo! ¡Anda!– ese déjalo un poco ventajista, porque yo sé que mi mujer se pone hacerlo y ya no la frena nadie–, luego lo hacemos. Sal a fumarte un cigarrillo conmigo. 
–Ahora voy. Cuando limpie el tortuguero. 

Hasta yo sé que resulta, en ese momento, inoportuno e imprudente, preguntar por el cenicero. Sigo con mi Lucky, me olvido de escribir porque ahora tengo, además del ordenador, tres focos de atención: Bárcenas, que no parará hasta que lo llene todo de cagadas; la vecina, que esquila al olivo y Steve McQueen, la tortuga. 

–¡Anda! – exclama Verónica, la vecina, cuando ve a Steve–. ¡Qué grande!  
Se acerca a nuestra puerta a verla mejor. 
–Sí que es grande, sí –le contesto yo y apunto estoy de rematar la frase con un “pero eso es un dato sin importancia”–. Lleva cuatro años con nosotros. 
–Pues sí que habéis aguantado –me dice poniendo los brazos en jarra, con parte de la melena del olivo aún en una de las manos y las tijeras en la otra–. Aquí, la gente las tira al lago del Parque Central a la primera de cambio. ¡Hay unas tortugas gigantescas allí! 
–Ya las he visto. Son plaga –como las grajillas, pero más silenciosa, subrepticia, de un color verde ahogado, ominoso– pero yo no voy a hacer eso. No me parece bien. Está en casa, aunque no me gusta, y me aguanto. Cuando me harte del todo, la llevaré a un acuario… O me haré una sopa. 

Pienso en el libro de Simone Ortega. Quizá haya alguna receta de sopa de tortuga. 

Verónica se ríe con la ocurrencia de la sopa, que no es una ocurrencia (lo digo siempre) y se agacha para acariciar a la tortuga, pero ésta se retrae y esconde dentro de su concha. Ella insiste con el dedo haciendo el ruidito que se hace a todos los animales y bebes entrañables: 

–Ay pichi pichi pichi pichi pi. 

Que yo no sé por qué las tortugas tienen esa fama de entrañables. Para empezar, apestan. Además, son tremendamente voraces y tienen esa boca de viejo, toda ella encía, de octogenario en tránsito, pero que es un cepo vivo capaz de ejercer una presión terrible. Por momentos, viendo a mi vecina con el dedo estirado hacia el agujero de la cabeza de la tortuga temo que el quelonio le lance un mordisco que le haga presa en la yema con tal fuerza que sea imposible soltarla sin desprender un trozo de carne. 

–Se llama Steve McQueen – le digo apartándola con la mano. De verdad que me da miedo el mordisco de la tortuga. Es un cepo. No es un dato. 
–¿La tortuga? –pregunta con incredulidad y repite por si no me he enterado yo de la pregunta cuando, en realidad, lo que pasa es que la que no se lo acaba de creer es ella–. ¿La tortuga se llama Steve McQueen? 
–Claro –contesto ufano, sin aristas–. El conejo se llama Bárcenas. Mi mujer, Beatriz. Y ya no queda nadie más.  

Los niños están en San Juan, con sus abuelos. Estamos a final de junio. 

Creo que ella ya me conoce. Es una mujer que se ríe amablemente de todas mis contestaciones, como si comprendiera mi sentido del humor (que no es poco), siempre agradable como la galería en la que le corta el pelo a su olivo, en la que el conejo sigue haciendo cabriolas. No le quito la vista de encima.  

Al conejo, digo. No quiero que se coma las plantas del vecindario. Si veo que se acerca a las flores de Carmina, la del F, le lanzo una patada, un amago; cuando se acerca a la madreselva, que es de todos, y no es de nadie, entonces si le dejo que se coma alguna hoja. Es lo que tiene lo público.

Y lo tupido. 

Verónica es una mujer de mediana edad a la que le gusta la Suite para orquesta de jazz de Shostakovich. Pero esto es un dato sin importancia. Aunque no ha visto “La gran evasión”. 

–Siempre está tratando de huir –le aclaro. 
–¿El conejo? 
–¡No! El conejo lleva sólo unos días con nosotros. Nos lo ha dejado aquí mis suegros a cambio de los niños. Steve, la tortuga, se fuga constantemente del tortuguero.  
–¡Ah! –sonríe, pero no lo entiende. Es imposible que no haya visto “La gran evasión”. Todos la hemos visto. Lo que pasa es que la ha borrado. No se lo voy a explicar. Que lo mire en Google.  
–Bueno, a ver si echan una carrera. 
–Sí –y lanza dos tímidas risitas y una mirada a mi ordenador antes de regresar a su arreglo capilar del olivo. Se ve que tiene curiosidad por saber en qué ando. Si me hubiera preguntado, la habría mentido. No le habría contestado, ni de suerte, que estoy escribiendo en directo. Una mentira, un excremento de ave del Estínfalo, una ponzoña. Todos tan contentos.  

Tampoco yo le voy a preguntar por qué le corta el pelo al olivo. No le voy a explicar por qué la tortuga se llama Steve McQueen ni le voy a preguntar por qué esquila al olivo. ¿Estará preparando un largo mensaje de paz? ¿Entregará una ramita a cada grajilla? Tampoco lo voy a mirar en Google.  

El conejo se acerca dando cabriolas a la tortuga. Parece que finalmente habrá desafío en serio, pero Steve mete todos sus miembros en su concha. No quiere saber nada del otro bicho cagón, cinco veces más grande que él. Si yo fuera Steve también estaría siempre deseando escaparme de mi tortuguero: nada literalmente en su propia mierda; su casita es su váter. Tiene puesto un filtro, claro, pero, tarde o temprano se satura y sólo nos percatamos cuando apesta. En verdad, la que se da cuenta es mi mujer. Yo ni me entero. No lo huelo. No pienso en la tortuga más que cuando abro el libro de Simone Ortega. No tiene recetas de sopa de tortuga, por cierto. Es un dato. 

Lo malo de no haber sacado cenicero es no saber dónde arrojar la colilla. Al suelo no, claro. No lo hago en la calle, no lo voy a hacer en mi agradable galería en la que el conejo Bárcenas caga y hace cabriolas y Steve McQueen se aferra a su miedo, agazadapadita, en un lado del solado de arcilla.  

Apagar el cigarrillo no supone un problema. Lo pongo de pie sobre la mesa, procurando no moverla mucho para que no se me desbarate la ceniza, y lo dejo consumirse como un volcán abrasado por su propia lava. Hoy, en teoría, los cigarrillos se apagan solos. A mí me da la sensación de que eso no siempre pasa, pero es un dato sin importancia. Después lo dejo ahí, mientras sigo escribiendo. Estoy a tope, pero no quiero quitarle ojo al conejo. No me fío de él. Que se coma las madreselvas no me importa. Al fin y al cabo, aquellas cuajadas de rocío no volverán. Pero a las plantas de los vecinos no quiero que se acerque. He de estar atento.  

Eso sí, se le ve feliz en la galería. Corre con las patas de atrás juntas de un lado a otro como si estuviera calentando para una carrera. De ser así, puedo suponer que Steve McQueen no está agazapadita por el miedo, sino concentrada. Podría ser que, finalmente, hubiera carrera.  

En ese momento, sale por fin mi mujer a fumarse el cigarrillo conmigo. Tarde, porque yo ya me he terminado mi Lucky. No voy a mencionar su marca porque es una ignominia, su único defecto. Eso sí, sale sin cenicero. Es un dato sin importancia. O no. 

–¡Toma! –y me larga amor en forma de botella de agua fresca y un vaso.  

La tarde ya es benigna, pero hemos pasado calor. El sol ha sido cruel hoy, como Italia con España, como las grajillas, el conejo ha pasado el día en su jaula, la tortuga en su mierda, ella en su política y yo… Yo estorbando. No puedo evitar pensarlo.  

Colapsé el miércoles pasado. Hice pum y se me fueron los plomos. Una de picana eléctrica. Y estamos a lunes ya. Todavía me dura. Cefalea tensional de alta frecuencia, lo llaman. El puto infierno lo llamo yo.  “Abandonad toda esperanza”, decía Dante. El cuerpo genera ansiedad como argumento defensivo ante una situación de tensión, es el dato que interesa aquí. Después, se libera de ella, si sabe. A unos les vale con el España-Italia. A otros no nos basta con eso. Me gustaría mucho que el España-Italia fuera suficiente pero no es así. Lo cierto es que el España-Italia me la pela.  

Me la pela mucho. Yo me hago preguntas. Por eso me duele la cabeza. Me duele mucho. Muchos días seguidos.  

– A Esquilo le valió con un día, ¿verdad Steve? 

Mis suegros se llevaron a los niños el miércoles y nos dejaron al conejo, Bárcenas, y una cantidad ingente de ansiedad defensiva sin vía de escape y yo colapsé sin remedio. Así que he tenido unos días para darle vueltas al magín y es un defecto que tengo, no una ventaja. Quiero decir que mi chola no tiene un botón para resetearla cuando se sobrecalienta y, a pesar de las ausencias, continúa con sus pálpitos como los golpes del tambor de una galera imponiendo el ritmo a los galeotes, dándole al engranaje; que por momentos envidio el amor de Ike Snopes por su vaca, tan sencillo, tan primario, sin preguntas, sin respuestas; que me habría gustado que mi tío el cura, antes de morir, me hubiera dado la fórmula secreta que él usaba para desenroscarse la cabeza y dejarla toda la noche en la mesilla. 

Pero no. Yo no sirvo para eso. Yo soy incapaz de hacer la puta respiración diafragmática, el yoga y el otro vudú, como se llame, porque soy como Esquilo, que me pongo al sol a que me cosa a puntadas gordas con sus rayos inmisericordes y a los dos minutos, tengo la cabeza en otra cosa. Y no paro de pensar. 

No paro de pensar nunca. Tengo exceso de futuro. 

Me sumo unos días latiendo, como si fuera para siempre, definido en mi anillo. Y no desenchufo. Y me hago preguntas circulares y me hago preguntas de alabastro, siempre engrasado, entre la náusea y el mareo, y no lo puedo evitar, al borde del desmayo, en el precipicio de la razón, enredado en un recuerdo en nariz a ceniza húmeda que me anuncia la llegada súbita de una nueva descarga, como un torturado que despierta de golpe, aturdido pero vivo, atado y mojado sobre un somier, en una habitación subterránea iluminada con una luz roñosa, rodeado de voces amargas y desconocidas: 

–¿Sabés cómo se llama esto? La picana eléctrica. Es un invento nacional. Para que luego digan que los argentinos no somos capaces inventar nada. 

Y sube la intensidad del dolor que me tensa el cuerpo hasta el desmayo. 

–Define tu dolor –exige el médico con su autoridad de indumentaria inconsútil, como si todos sus pacientes pudieran ser poetas–. ¿Cómo es tu dolor? ¿Es un dolor agudo? –pregunta impaciente ante la incertidumbre de quien, sentado en su consulta, rebusca el adjetivo exacto, el que puede que esté en la clave y la responsabilidad de su curación... O no–. ¿Es punzante? ¿Es opresivo? 

Mi dolor es como un chicle que se ha quedado sin sabor al principio de una película larga y tediosa. Y, lo peor de todo, es que no paro de darle vueltas. 

Me enciendo otro Lucky con mi mujer. Todos los médicos a los que he ido coinciden: no tenemos ni puta idea de lo que te pasa. Cefalea tensional de alta frecuencia. Deja de fumar. Toma estas pastillas. Y así han pasado cinco años.  

Y todo aquí es ecdótico. 

Mi mujer tenía otra perspectiva de la semana. Al fin y al cabo, estamos solos en casa (con Bárcenas y Steve McQueen, pero solos). Una semana con mucho trabajo por delante para ella, que trabaja en el ayuntamiento, con el cierre del boletín municipal, las fiestas del pueblo y la campaña electoral, pero al fin y al cabo sin niños, que es algo muy liberador. No vamos a ser hipócritas en esto: los hijos son fantásticos, ¡qué duda cabe! Maravillosos, sí, pero trabajar sabiendo que no tienes que llevar a ningún niño a música, que no salen del colegio, que no hay que hacer cenas, que la puta nevera puede estar vacía y no pasa nada… Es muy liberador. Eso y llegar a casa sabiendo que está tu marido y te puedes ir al cine. Si quieres. 

O no. Porque si no quieres, puedes no hacerlo. 

Pero no.  

Tu marido está hecho un ovillo en el sillón. Le duele la cabeza desde hace cinco días. Es un dato a tener en cuenta. 
Ahora la tarde es benigna. El sol ya hace rato que ha dejado de apretar las cabezas con su corpulencia de luchador de sumo sudoroso. El agua fresca que ha sacado mi mujer, el roce más fresco aún de sus finos dedos entre los míos, la boca renovada por el líquido y rellena de sabor por el humo del Lucky, la respiración honda y aliviada del descanso entre torturas, dan la atmósfera irreal de un día que se muere al final del mes de junio en la agradable galería de mi casa. Steve McQueen se ha decidido a cruzar la terraza hacia las madreselvas. El conejo sigue dando cabriolas. Verónica ha terminado la depilación del olivo, pero sigue con la planta de al lado. Unas flores rosas. Geranios, quizá. Es sólo un dato. 

Unos aplausos rompen el cuadro costumbrista. Mi mujer no tiene dónde apagar su cigarrillo de marca ignominiosa.  

–¡El que faltaba! –exclama–.  ¿No tienes cenicero? 
–No –y no le explico por qué–.  Deja la colilla aquí. Junto a la mía. 

El “Espantagatos” es un vecino del otro portal. De un tiempo para acá, tenemos un problema en la finca de la comunidad con los gatos callejeros. Se han instalado dentro y una parte de los vecinos los quiere echar. Hay un acuerdo, incluso, de la Junta de la Comunidad para evacuarlos y, así, este hombrecillo, jubilado y con bigote estalinista, lo pone en práctica de manera muy disciplinada cada vez que pasa por el pequeño pinar que tenemos abajo anunciando su salida del portal con un sonoro aplauso, pífanos y timbales, como una estrella del rock and roll o como un futbolista que entra en el terreno de juego y se quiere dar ánimos. Pretende espantar a los gatos. Enseguida sabes que ha salido de casa por su tenacidad. No se rinde nunca. Lleva meses haciéndolo. Puede ser que llegue el día en que claudique; en que se dé cuenta de que los gatos pasan de él, que se alejan unos metros, sí, pero que no se marchan de la finca por más que aplauda. Y no se van porque otros vecinos, anónimos, les dan de comer.  

Y ese es el problema. 

–Debería probar con una escopeta. 
–Anda, anda –ríe mi mujer a la que, al menos, mi sentido del humor le da una chispa de esperanza, un pequeño consuelo–. Entra a por un cenicero. No seas guarro. 

Apurando mi segundo Lucky, obedezco no sin antes advertirle a Bárcenas de que no le quito el ojo de encima. 

–Ni te acerques a las plantas de los vecinos, ¡cagón! 

La tarde era benigna y sólo le faltaba un cenicero. Steve McQueen estaba ya en fuga, o quizá en medio de la carrera con el conejo, y había avanzado hasta la mitad de la agradable galería, arrastrando su pesada concha sobre la loza de arcilla. El conejo se le acercaba haciendo cabriolas y cagándolo todo como un sembrador de conguitos. Las grajillas graznaban como el eco de fondo de una tragedia de Esquilo. El Espantagatos aplaudió. Verónica acabó de arreglar sus geranios y se puso en pie. Yo no tardé ni quince segundos en salir con un cenicero. Mi mujer arrojó las dos colillas, la del Lucky y la de la marca ignominiosa, en el pequeño recipiente de cristal. El conejo llegó hasta la mitad de la galería, donde ya estaba Steve, quizá se hubieran citado allí para dar comienzo a la carrera. Las grajillas volvieron a graznar. Steve se metió en su concha, acobardado de nuevo o, tal vez, para coger carrerilla. El conejo lo olisqueó y cagó dos bolitas a su lado. Apareció un ave más grande. Tal vez un milano, con la cola en v de victoria, como los aviones comunes y las golondrinas. Es sólo un dato. En ese momento, yo extinguía mi segundo Lucky en el cenicero y no podía estar atento a la forma de su cola. La tortuga lanzó una dentellada de presa a la pata del conejo y se asió a ella como un cepo de lobos. El conejo emitió un quejido sin nombre. Quiero decir que los perros ladran, los gatos maúllan, las grajillas graznan, el Espantagatos aplaude, pero ¿qué ruido hacen los conejos? Los conejos se quejan sin nombre. No lo pienso mirar en Google, desde luego. La rapaz cayó sobre el conejo tan rápido que casi no le dio tiempo a quejarse por la dentellada de Steve. Era un milano. Puede ser que fuera un aguilucho. No llegué a ver la cola en v. Esta vez habría sido un buen dato. La sombra de los tres animales colgando como monos de una liana imaginaria se elevó en una versión invertida de los músicos de Bremen: águila, conejo y tortuga, los tres por el aire sobre la agradable galería, abriendo las bocas de los tres humanos espectadores silentes. A Verónica se le cayeron las tijeras al suelo. Yo dejé de pensar. Mi mujer gritó. El Espantagatos, abajo, en el pinar, volvió a aplaudir. La sombra de los tres animales se elevó por los aires ante nuestro asombro sobre el eco, de nuevo, del graznido de las grajillas que anunciaban el final de una tragedia griega con su eco palpitante. Los seguimos atónitos con la vista. A una altura de unos diez metros, la tortuga Steve McQueen, libre por fin, decidió soltarse del trío y volar en solitario. Su caída, tangencial, directa, como una bomba en línea recta hacia el pinar, fue acolchada por la cabeza del Espantagatos que aún no había salido de la finca. Se había parado a aplaudir otra vez. Es sólo un dato, algo que podía haber sido anecdótico y que, sin embargo, acabó siendo determinante.  
Ecdótico.  

CODA 
www.google.com 
“Muerte de Esquilo”. 
Wikipedia. 
“Muerte y su predicción 
Poco antes de su muerte, el oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, por lo que decidió residir fuera de la ciudad. Curiosa, y trágicamente, falleció al ser golpeado por el caparazón de una tortuga, que fue soltado por un quebrantahuesos [cita requerida] desde el aire”. 

 

Javier Blanco Urgoiti 

 


©Javier Blanco Urgoiti, La Coruña, 1972, licenciado en periodismo por el Colegio Universitario CEU San Pablo de Madrid y aficionado a la literatura por intervención paterna. Lleva 16 años dedicado al tabaco, como especialidad periodística, mundo que le apasiona por la belleza de los proceso sde fabricación de un cigarro de alta regalía (nada que ver con los cigarrillos), y que le divierte por lo controvertido de su debate público y por todos los falsos mitos que hay que combatir.
Hijo del periodista, escritor y catedrático Luis Blanco Vila, se crió en una casa forrada por 30.000 libros, fue orientado siempre a buenas lecturas.
En el último año, como gerente de Asunto Públicos de La Aurora, la fábrica de cigarros más antigua de República Dominicana, ha tenido la oportunidad de conocer más de cerca el apasionante mundo del tabaco, desde el cultivo hasta el consumidor, con largas estancias en el valle del Cibao, en Santiago de los Caballeros, que le han llevado seis de los últimos catorce meses. No es que haya aprendido el lenguaje que habla el tabaco, pero por lo menos ya ha descubierto que ese lenguaje existe.


73ariadna