La España vacía
Viaje por un país que nunca fue
Sergio del Molino
Madrid, Turner, 2016
por Álvaro Muñoz Robledano
Un paisaje no es sólo un presente, aunque intentemos percibirlo como tal. No es un encuentro ni una actitud, aunque así lo presintamos o lo deseemos. Un paisaje es, ante todo, historia; historia de la que no podemos escapar. La búsqueda de un paisaje es, por lo general, la huída de todos los fantasmas que nos acosan. Huída infructuosa, a menos que decidamos enfrentarnos a ellos. Esto es lo que ha hecho Sergio del Molino en el libro que ahora nos ocupa. Ha decidido hacer frente a un paisaje que lo obsesiona y preguntarle por su pasado, por su dialéctica. Ese paisaje comprende lo que llama la España vacía, las grandes extensiones deshabitadas de Castilla y León, Aragón y Extremadura, lugares de atraso y silencio que vieron como los años cincuenta los despojaban de su población, atraída a las grandes urbes por una política desarrollista que nunca tuvo en cuenta al individuo. Tampoco la idea de desarrollo. Del Molino no traza un dibujo amable, nostálgico, o romántico. Apoyándose en los datos sociológicos, en la memoria que la cultura nos ha dejado y en su experiencia personal, ha indagado en los motivos de un atraso endémico en comarcas que no tenían, en buena ley, que haberlo sufrido; comarcas a las que siempre se ha tratado de forma torticera, que si llegaron a ser tenidas en cuenta fue debido a intereses en los que nada significaban. Duele leer nombres admirados y descubrir que al fijarse en semejantes territorios les preocupaba más disponer de un bastidor en que tejer sus propias obsesiones que adquirir un cierto sentido de la realidad. La fuga hacia las urbes, lo que el autor llama “el gran trauma”, ha dejado como legado provincias casi desiertas y ciudades insostenibles, ciudadanos desarraigados utilizados como recambios prescindibles y pueblos condenados a muerte donde se hace demasiado difícil hablar de futuro. La España vacía es un libro duro, poliédrico, con el que no estoy de acuerdo en muchos momentos, aunque en otros muchos taladra la mente como una broca de claridad y contundencia. Es. Sobre todo, un libro valiente y personal, en el que la escritura, magnífica, no existe para ella misma sino para dar cuenta y razón de los fantasmas cuya efigie no podremos borrar tras siglos de desidia, de tiranía, de ceguera.
© A.M.R.
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