Soñé que caía y no pude levantarme. Pensaba en ti y en la soledad de mis ojos grandes que hace tiempo no saben de compañía, y miré alrededor… Solo encontré sombras tristes como el fin. Fueron las primeas sensaciones de Claudio que hundido en sus recuerdos, miró fijamente el suelo: en donde antes había pisoteadas de niños jugando como diablillos, hoy no había nada. Se encaminó a la ducha para darse un buen baño y dejar la nostalgia, la pesadumbre, los golpes de la vida como lo llamaba. Mientras el agua corría por su cuerpo, pensaba que la vida sería distinta si aquella tarde hubiese mirado sus hermosos ojos negros, pero no fue así. La mísera y el dolor lo aguardaba: el agridulce sabor de perderla le quedó en el gusto por siempre.
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— Mira compadre, aquí sale tu publicación. Ehhh como dices que no trabajas en La Unión. Rojito de mierda.
— No debes leerme, hace daño a tu estrecha mente.
— A mi mente sí, pero no a mi trasero ja ja ja…
— Pues anda a ser mierda y no jodas.
— Cabrón, uno te visita ¿y así me tratas? Agradece que ya nadie se acuerda de ti; además compré el puto periódico rojo donde trabajas, me ensucié las manos cogiéndolo solo para darte de comer, huevón.
— ¿A ti te ha cachado un comunista no? Es la única razón, porque tanto odio hermano, relájate. Le lanza una cerveza.
— Gracias por la cerveza, pero me largo, hablar contigo siempre me enferma. Dio un golpe fuerte al cerrar la puerta.
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Fue muy triste ver su mirada aquella tarde, con la imprudencia de cometer algún error, me asome a la ventana, no podía decir nada, pues ella ya lo sabía todo. Sabía que no podía dejar mis ideales y mucho menos a mis compañeros en medio de la lucha. A pesar de ello se acercó y me suplicó de nuevo entre sollozos.
— Vamos Claudio, que ganas con esto, olvídate de tus estúpidos ideales y revoluciones, jamás llegarás a algo bueno. Nunca funcionará ¡NUNCA!
Apreté mis manos y me contuve para no gritarla y decirle por enésima vez que mis ideas no son estúpidas, pero iba hacer en vano, ella jamás hubiese entendido, siempre lo tuvo todo.
Mientras lloraba, yo seguí sin mirarla —seguro que si volteaba me fundiría en su pecho y no la dejaría partir—. Me puse estático, como un roble. Ella casi vencida, alzó su equipaje, dio un largo aliento, se limpio las lágrimas, me observó fijamente y dijo: — Perdedor, con una rabia salida de sus entrañas. Se apartó poco a poco sin quitarme la mirada, sigilosamente llegó a la puerta: sonó un chasquido demoledor y susurró algo que no logré escuchar.
*
— Bien Claudio, ¿y qué pretendes, que financie tu locura? Mira, serás el escritor estrella o mejor dicho el columnista estrella de La Unión, pero a mí eso me llega: NO-ME-IN-TE-RE-SA compadre. Yo soy un vulgar cerdo capitalista, liberal, neo-liberal, ultra ultra y ultra derechista; y lo sabes. No vayas a decir que me tiró un rojo, como hace algunos años; simplemente no le voy al comunismo.
— No sé a quién recurrir Esteban, pensé quizás como tu abuelo fue…
Esteban lo interrumpió.
— ¿Y eso que tiene que ver con que me preste para tu luchita social? ¿Además son un grupo no? Ya pues, hagan pollada, está muy de moda en los conos.
Claudio hizo un gesto de desconcierto y vociferó:
— Que diría tu abuelo al mirarte, se morirá de nuevo. Adiós compadre, a pesar de ello: siempre serás mi amigo, cabrón.
Y antes de irse Esteban arguyó
— Claudio, no me odies por no pensar como tú. Quizás si de verdad me tiró comunista. Bueno, no a mi propiamente, ¿pero si a mi abuela no?
— Ja ja ja. Imbécil. Y se retiró sin cerrar la puerta.
Al día siguiente un sol grande radiaba como nunca, infiltrando sus poderosos rayos rojos por las persianas. El teléfono empezó a sonar incesantemente: Claudio se levantó, se sobó los ojos, masculló algunas maldiciones y contestó.
—¿Diga?
— Tío, soy Esteban. Siempre admiré tu valentía y tus ideas. Creo que te envidio. Pero no te llamé para decirte mis emociones. Ya está hecho el depósito. Suerte. Colgó.
— Esteban, Esteban…