índice del número

 

 

Sol de medianoche

porJeisson G. Ospina    

 

Al no lograr concentrarme me guardo de nuevo el pene y cambio de canal. Hace rato que mi novia ronca como poseída por un espíritu. Afuera hadejado de llover pero eso no tiene nada que ver conmigo. Tampoco pienso salir esta noche.

Tras una ronda de aburridos programas y noticieros me detengo en la imagen de un hombre blanco con afro. Tiene las mangas de la camisa arremangadas. Es de color celeste, la camisa,con líneas que descienden hasta metérsele debajo del jean azul. El hombre sostiene una paleta de óleos y posa para las cámaras sonriendo dentro de una canosa barba sin afeitar.

—Hoy hace un día fantástico aquí y espero que lo sea para ustedes también donde quiera que estén —dice.

He dejado el control remoto sobre mi pecho y ahora leo los nombres de las pinturas que aparecen en la parte inferior de la pantalla, traduciendo aquellos que conozco: blanco titanio, negro medianoche, azul no-sé-qué, verde no-sé-qué, café-no-sé-qué. Mientras tanto el hombre del afro explica el programa.

—Como el lienzo ya cuenta con una capa uniforme y delgada de base blanca, Lo primero que deben hacer es agarrar la brocha de dos pulgadas y tomar un poco de negro medianoche y blanco titanio. Mezclen los colores hasta obtener el tono deseado.

En un instante pinta todo el cielo nublado con trazos entrecruzados.

Después, el hombre arma rollitos de pintura que convierte en montañas. Retira los excesos con la misma espátula y matiza los colores para integrar la imagen. Al final, sumerge de cabeza la brocha en el solvente y la golpea contra las patas del caballete diciendo:

—Así es como le sacamos el diablo.

De pronto, una ardilla asoma la cabeza en el bolsillo de su camisa. El hombre deja la paleta a un lado y envuelve a la ardilla con sus pecosas manos; la alimenta usando un gotero.

—Es epiléptica—dice con voz casi inaudible—. Pero recuerden que este es nuestro mundo y podemos hacer lo que queremos.

¿Se refiere al cuadro o a la ardilla? En cualquier caso tiene razón. Me pongo unos zapatos, agarro una chaqueta y cierro la puerta sin hacer ruido.

El trayecto a la montaña es largo e inseguro. Primero están el molino de viento, el árbol de la bruja y el parque de los locos. Después, al llegar a la trocha, las fincas desocupadas y el río del que salen ratas gigantes como conejos. Debajo del puente he visto tres niños con gorras y chaquetas americanas para ñeros.
La cima de la montaña es pequeña e irregular. Sin perder tiempo, escalo la enorme piedra volcánica y, sentado en ella, enciendo un cigarrillo de marihuana.Aspiro profundamente una, dos, tres veces y aguanto la respiración. Suelto el aire y repito la dosis. Como si fuera la primera vez que fumo, siento ardor en la garganta. Toso un poco. Desde donde me encuentro, mi casa es solo un punto de luz que se conjura con otras luces. Cientos, quizá miles de ellas. Recojo mis piernas y las abrazo. Dejo que mi cabeza se incline hacia donde quiera.

Me he puesto la capota para evitar que las orejas se me congelen. En mis pensamientos aquel hombre del afro sigue hablando del placer que siente al pintar.

—Tomen decisiones importantes. Crear vida es divertido. Déjense llevar.

Se equivoca: crear vida no es divertido. Pienso en mi novia y en su barriga a punto de reventar. Piso la pata del porro. Observo la luna aparecer detrás de una nube. Está redonda y blanca, como una cebolla cabezona. La contemplo durante un rato.

No sé por qué intento recordar cosas con forma circular: los poros, los ojos, los planetas, los óvulos. A lo mejor también Dios es así: una bola de hielo vagando en el espacio.¿Acaso se burla de mí?

Antes de devolverme, saco la naranja que he traído de la casa. Entierro mis uñas en ella y la pelo. Lanzo lejos los pedazos de la cáscara. Como despacio, contemplando el espejo en el que se ha convertido el río allá abajo.

Al llegar de nuevo a la trocha veo un pájaro grande y blanco atravesar el cielo por encima de todo: árboles y cables de luz. Cuando desaparece, me quedo mirando el horizonte y allí aparece una finca con las luces encendidas. Me parece algo extraño pues todas estas fincas fueron desocupadas al empezar la guerra. Sigo mi camino. No he andado mucho cuando escucho un grito desgarrador.

Nunca había oído nada parecido.

¿Qué hago? ¿Y si alguien necesita ayuda? ¿Y si al final resulta que yo necesito ayuda? Me acerco con cuidado, mirando para todas partes, escondiéndome donde puedo. Sus cortinas rojas brillan con más intensidad.

Espero a unos cien metros de la casa pero no sé lo que espero. ¿Que alguien vuelva a gritar? Algo me dice que me largue de aquí, que me meta en mis propios asuntos, pero cuando estoy a punto de marcharme escucho cómo sus vidrios empiezan a romperse. La luz se traga rápidamente las cortinas y sale en forma de fuego hambriento.

Busco la entrada y la hallo envuelta en llamas. Le doy una, dos vueltas a la casa pero el fuego ya consume el techo, escupiendo volutas de humo como serpientes que se elevan hacia el cielo. Empiezo a sudar y a sentirme impotente, como cuando mi novia me dijo que no le había llegado el periodo.
Después ya no siento eso sino rabia. Al principio no sé de dónde surge, o por qué, pero antes de que vuelva a pensar en largarme todo se despeja en mi cabeza.

Las risas se parecen al sonido que producen ciertos pájaros al aparearse. Son irritantes y provienen de atrás de mí. Al girarme veo los tres niños de antes, con cachuchas y chaquetas americanas para ñeros, disfrutar su estúpida broma.

Chinos hijueputas. Agarro un pedazo de madera con fuego en el extremo y los desafío.¿He perdido las ganas de vivir? ¿Me siento superior a ellos por alguna extraña razón? ¿Soy consciente de lo que hago?

Lo que sucede enseguida lo vivo como si alguien hubiera oprimido el botón de las dos flechitas y adelantara la historia hasta el final.
Los niños vienen rápido y uno trae un cuchillo.

Al primero lo recibo con un batazo en la cabeza que hace que el palo se parta en pedacitos; al otro, que tiene una cicatriz horizontal dividiendo su cachete izquierdo en dos, lo azoro y lo intimido y cuando por fin logro agarrarlo, lo mando contra la casa en llamas. Antes de que pueda incorporarme, el último me sorprende lanzándoseme encima y me entierra varias veces el cuchillo en la espalda. El calor y el dolor son insoportables. Como puedo me libero y empiezo a correr.

Estoy en la sala de espera del centro médico al que vinimos con mi novia para la prueba de embarazo. Frente a mí hay un par de viejas tomando tinto y hablando de asuntos familiares; a mi lado una mujer hermosa tiene las piernas cruzadas y no dice nada. ¿Qué será lo que espera? Completamente lavado en sangre espero mi turno como los demás. El televisor empotrado en la pared sintoniza el mismo canal en el que dejé encendido en mío.

¿Qué pensará mi novia cuando no me encuentre al amanecer?


 

©  Jeisson G. Ospina

70ariadna