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Corazón de madera

porLauren Honrado    

 

No había diferencia entre él y yo, Camila, ahora lo veo. Porque qué es un hombre en realidad sino cuerpo hueco, materia vibrante, pozo de resonancias. Tú lo sabías más que nadie. Un hombre no es nada hasta que alguien despierta en él lo que permanecía en la noche, agazapado. Es entonces cuando del caos, de la arbitrariedad, ese alguien consigue extraer un latido, una cadencia memorable; cifrar, incluso, la belleza.
A veces, es cierto, solo hay ruido.

Sucede sobre todo si el amor no mueve cada tentativa, si detrás de la búsqueda no hay dolor, locura, riesgo. Pero no fue este tu caso.

Tú volvías de carne mi corazón de pura madera. Y el suyo. Pienso que todos los hombres nacen con un corazón así; muchos, tal vez, sin llegar a ser nunca conscientes de ello. Pero entonces alguien como tú realiza el prodigio, y durante un tiempo los más afortunados experimentan, con el asombro y el entusiasmo de quien al fin abre los ojos a la vida, el ímpetu de un pecho latiente. No obstante, todo hechizo conlleva su contrapartida. Una vez pierden la causa que los hace latir, los corazones de esos hombres afortunados se endurecen tan rápido como fueron bendecidos, y acaban regresando a su estado natural; solo que sabiendo en adelante, dolorosamente, de qué materia están hechos. Algunos no lo soportan. Otros enloquecen. El resto, mientras arrastra una conciencia que es como un cuarteamiento progresivo e imparable, pasa el vacío de su existencia buscando en vano aquella mágica armonía. Pero la armonía cuanto más verdadera es tanto más fugaz. Tú me lo enseñaste. ¿Recuerdas? Vals para el chico extranjero. Fue una de tus primeras composiciones, y de las más hermosas. Breve y sencilla. Necesaria. Te salió de un tirón, como si siempre hubiera estado ahí, dispuesta a que le dieras forma. ¿Ves a lo que me refiero? El amor es igual: un rapto efímero en el heroico movimiento de la vida, coral y subterráneo. A él, sin embargo, aquella canción llegaría a atormentarle, envenenado de arriba abajo por el reflujo de los celos. Quizá no debiste haberla tocado esa noche, en el baño, donde la común ausencia de enseres originaba una reverberación de los acordes poderosamente estremecedora. Pero estoy divagando, perdóname. No te culpo. Es solo que aquel acto desataría todo lo demás. Tú ya no eras dueña de ti misma, no lo eras; estabas desgajada de ti, escindida entre dos tonalidades.

Camila: ojalá no hubieras tenido que elegir entre él y yo. Ojalá no te hubieras quedado finalmente conmigo, así nunca se te habría pasado por la cabeza la loca idea de marcharnos. ¿A dónde pretendías que huyésemos? Me pregunto, sin obtener respuesta, por qué las cosas no pudieron ser de otro modo; por qué, en cualquier caso, tuviste que ir a despedirte de él. Ni siquiera te acordabas de que aún conservaba su llave del apartamento. ¿O sí que te acordabas?
En silencio, hiciste el equipaje a última hora de la tarde, nada más regresar de su casa, empujando apresuradamente en la maleta tus escasos bienes: vaqueros, blusas, partituras, algunos libros. Te diste una ducha y te preparaste la cena, un sándwich de jamón y queso que dejaste a la mitad, y que muchos días después hallarían enmohecido sobre su plato, dentro del fregadero, acompañado de un vaso con restos de zumo de naranja. Luego, entrada la noche, incapaz de dormir, te levantaste y fuiste a encerrarte en el baño. Sentada entonces sobre la tapa del inodoro, desnuda, las piernas cruzadas y el amor y los sueños asomando a los labios (seguramente una lágrima adornaría tu mejilla), comenzaste a rasguear aquella lánguida canción, poblada de ecos antiguos, casi medievales, y tu voz, prácticamente un susurro, se vertió y fue deslizándose por todo el baño como una madreselva, colonizando cada azulejo, cada intersticio, revistiendo las paredes y el techo de un sonido sarmentoso que al instante florecía. 

Dos minutos y cincuenta y cinco segundos de caricia indeleble.

Al salir del baño del dormitorio hallaste la luz encendida. Él estaba sentado a los pies de la cama, la espalda ruinosamente doblada hacia delante, las manos, dos aparatos inertes, depositadas al borde de las rodillas. Levantó el rostro, despacio, esquivando tus ojos, y la grieta de su boca segregó un amargo balbuceo. Pero no dijiste una palabra. Sabías sin duda a qué había venido. En el fondo fue como si lo hubieras estado aguardando. Siempre.

De pronto esas manos cobraron vida, y se cobraron otra.

A mí me golpearon, me arrastraron y hasta me mutilaron.

Hoy, Camila, tanto tiempo transcurrido desde aquella noche, mi viejo corazón de cedro, a punto ya de pudrirse en este último rincón de la vida, conserva aún el tacto de tus dedos; tus dedos tan blancos, tan ágiles y firmes… ¡Ah, qué cruel es la memoria! Yo no era nada, no existía, era una cosa: no sabía de mí. Luego, tu amor obró el milagro, esta conciencia, y ahora no sé cuánto daría por olvidar que te encontraron, atravesada en la bañera, con una de mis cuerdas ciñendo mortalmente tu dulce cuello. La cuerda que el chico extranjero me arrancó y que todavía me falta. 

 

©  Lauren Honrado (Zamora, España, 1980), es historiador y teórico de la literatura. Reside en Quito (Ecuador). Aparte de su labor crítica e investigadora, ha publicado breves ficciones en las revistas Ariadna R.C., Narrativas. Revista de narrativa contemporánea en castellano y Almiar-Margen Cero. Mantiene el blog de crítica literaria Música bajo las uñas: musicabajolasunas.blogspot.com.es

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