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Bajo las sábanas

porGonzalo Campos Suárez

 

           

 A mi hijo.


            Vivieron ajenos al mundo. Construyeron una muralla alrededor de ellos, no por miedo al exterior, sino todo lo contrario, para evitar mirar afuera y sucumbir a sus tentaciones. Lucía y Antonio no eran así cuando se conocieron, y no lo fueron hasta que pasó lo de Lucas. Después de aquello penetraron en un túnel en el que nunca atisbaron un final, una luz donde poder anclar sus ilusiones y sus sueños. 

 


            Los asistentes hacían cola frente a ella. Le preguntaban por su salud, se ofrecían a ayudarla con las tareas de la casa, pero Lucía permanecía imperturbable. No había derramado una lágrima durante el sepelio y no lo hizo después, cuando se vio sola en su hogar por primera vez en cuarenta años. Ya había llorado demasiado.
            «Por fin», pensó al cerrar la puerta. Creyó escuchar un extraño eco en la entrada, como si la ausencia de Antonio hubiese aligerado la casa. La estancia le pareció ahora más grande y peor iluminada. Sin duda el cansancio estaba alterando sus percepciones. Se dirigió a la cocina y se preparó un té. Luego se recostó en la butaca del salón y se mantuvo adormilada hasta la tarde.

 


            Lucía admiraba de Antonio su seguridad: era de aquellas personas a las que todos escuchaban en cuanto abría la boca. Además, la hacía reír como nadie. Antonio, sin embargo, encontró en Lucía la dulzura de su madre y la capacidad que tenía de abrazarlo con la mirada. Se casaron nada más licenciarse y Lucía se quedó embarazada rápido. Decidió abandonar su carrera profesional para convertirse en madre y esposa, y jamás se arrepintió de su decisión. Antonio entró en un bufete de abogados y en dos años lo hicieron socio.
            Se marcharon a vivir a las afueras, al campo —quisieron apartar a Lucas del ritmo desenfrenado de la ciudad—. En aquel hogar fueron felices hasta que el destino quiso jugar sus cartas.
            Fue un sábado por la mañana. Lucía le gritaba a Antonio desde la habitación que la ayudase a hacer la cama. Se trataba de un juego para Lucas, que nada más escucharlo se lanzaba sobre las sábanas a impedir la tarea de sus padres. Ellos le golpeaban amorosamente con las almohadas y le tiraban la colcha para que Lucas buscase la salida. Y comenzaron como siempre, Lucas imitaba a un león que se enfrentaba con fiereza a las almohadas que lo derribaban una y otra vez, pero se recomponía y volvía a la lucha. En un momento en que estaba tumbado, Lucía y Antonio aprovecharon para echarle las sábanas por encima. Se hicieron los despistados esperando a que apareciera con su clásico «¡estoy aquí!». Luego se lo comerían a besos. Después de unos segundos una sensación desagradable los hizo mirarse. Entraron en pánico. Retiraron las sábanas bruscamente pero allí no había nadie. Lucas había desaparecido, se había volatilizado como por arte de magia. 

 


            Despertó contraída por la postura. Se había quedado profundamente dormida. Se levantó y se asomó a la ventana a ver pasar los coches, uno tras otro. La recorrió un escalofrío. Se dirigió a su habitación y se puso una rebeca. Abrió el armario y acarició la ropa de su marido; olió su perfume, miró sus corbatas, las deportivas que calzaba cuando salían a caminar —todavía estaban manchadas por el barro del último paseo—. Se sentó en la cama y se observó las manos. Las apretaba la una contra la otra, pero no por entrar en calor o para aliviar un dolor que no sentía. Era algo que hacía cuando pensaba, cuando trataba de concentrarse. Ella era una mujer práctica, con los pies en la tierra, una persona cerebral capaz de pararse a ordenar sus prioridades en el vórtice de un huracán o en medio de un bombardeo. Cuando le pareció haber meditado lo suficiente, se levantó y entró en la cocina. Abrió la alacena de la que sacó harina, azúcar y un sobre de levadura. Luego cogió cuatro huevos de la nevera y lo dejó todo sobre la encimera. Batió las yemas y fue añadiendo el azúcar. Mezcló la harina con la levadura y el resultado lo incorporó a lo anterior. En un bol aparte que extrajo de uno de los muebles, batió las claras y las añadió cuando estuvieron listas. ¡Ah...!, se había olvidado de calentar el horno. Lo encendió y giró la rueda hasta que marcó ciento ochenta grados. Metió el molde que iba a usar en el congelador —era un truco que le había enseñado su madre para hacer que la masa subiese más cuando se expusiera al calor—. Después depositó el recipiente sobre la rejilla del horno y se sentó a esperar.
            Ni siquiera le gustaba el bizcocho. Siempre se los hacía a su marido y ella apenas los probaba. Cuando estuviera listo se lo regalaría a los vecinos, así podrían tomarlo como postre en la cena.

 


            Nadie los creyó inicialmente, la historia no tenía ningún sentido. Pero les miraban los rostros, descompuestos por el miedo, y sólo les salían palabras de afecto. Lucía y Antonio siguieron buscando una respuesta. En su desesperación llegaron a rajar el colchón y a levantar el suelo de la habitación. Definitivamente Lucas no estaba allí, de alguna forma que no alcanzaban a comprender se había marchado, dejándolos solos para el resto de sus vidas.
            Un silencio pertinaz inundó la casa durante las siguientes semanas. Se cruzaban sin mirarse ni hablarse. Parecían dos autómatas compartiendo vivienda en un mundo arrasado por la más amarga desdicha.
            Antonio se incorporó de nuevo al trabajo. Ocupó su tiempo con pleitos y demandas y consiguió así, en cierta manera, evadirse de la situación. En ocasiones, mientras leía un requerimiento o un acta le venía su hijo a la cabeza. Entonces se culpaba por su descuido, por no haberlo recordado cada minuto de aquel día, y prorrumpía de golpe en un llanto incontenible. Su secretaria lo escuchaba a través de la puerta y bloqueaba sus llamadas hasta que dejaba de oírlo.
            Una tarde no vio a Lucía ni en el salón ni en la cocina, donde solía encontrarla cuando llegaba del trabajo. Subió al piso de arriba y la buscó por las habitaciones. Al penetrar en la suya la localizó bajo las sábanas: estaba hablando sola. Pedía a Lucas que le mostrase la puerta por la que había desaparecido. Antonio dejó caer la americana al suelo y se sumergió junto a su mujer en las profundidades de su infortunio.     
            Lucía acudió puntualmente durante años a la búsqueda de su hijo. Lo incorporó como una rutina más que le servía como válvula de escape, pues en aquel lugar, de una u otra forma, lo sentía siempre cerca. Sin embargo, algunas veces, cuando pensaba en lo que estaba haciendo, se sentía ridícula y saltaba de la cama con precipitación, abandonando la habitación entre lágrimas.

 


            Tocó el timbre una segunda vez y, cuando ya estaba a punto de darse la vuelta para irse la puerta se abrió. Alicia tendría treinta y cinco años, habría calculado ella. La recibió con una amable sonrisa. Le dijo que pasara y se sentase un rato. Lucía accedió, pero más que nada porque no tenía otra cosa que hacer. Alicia trató de animarla a base de tópicos, los habituales en estos casos. Era una buena persona y no se lo tomó a mal. Hay gente que no sabe qué decir en momentos como estos, pensó. Le ofreció un trozo de su bizcocho antes de que se marchara, pero Lucía declinó el ofrecimiento argumentando problemas con el azúcar. Prefirió no dar más explicaciones.
            Entró de nuevo en casa, se preparó un sándwich de jamón y un vaso de leche. Encendió el televisor y lo estuvo observando durante un rato sin prestar atención. Cuando comenzó a entrarle sueño se lavó los dientes y se puso el pijama. Se acostó en el lado de siempre, pero por primera vez en los últimos cuarenta años durmió sola. Alargó la mano y recorrió el espacio ocupado habitualmente por Antonio. Estaba frío. Frotó el colchón para calentarlo y a continuación lo tapó con la manta. Era un invierno inclemente, el peor de los últimos años. 

 


            Decidieron vender la casa y trasladarse a la ciudad. Aquel lugar era demasiado solitario y silencioso, y el silencio aboca siempre a la reflexión y a la autocrítica. Antonio fue el que tomó la iniciativa. Debían intentar retomar sus vidas. A Lucía le costó inicialmente dar su brazo a torcer, pero Antonio tenía razón, ya había transcurrido demasiado tiempo y debían dar un primer paso hacia algún sitio. No podían seguir así.
            Se instalaron en el centro, en una urbanización de nueva construcción llena de parejas jóvenes —Antonio quiso que se rodeasen de vida. Además, la oficina le quedaba justo al lado—. Pasaron los años y atravesaron su existencia haciendo lo que cualquier matrimonio sin hijos: almorzaban y cenaban juntos, y salían a pasear y al cine los fines de semana. En ocasiones viajaban, pero siempre por España. Se convirtieron en una pareja sencilla, sin grandes aspiraciones ni grandes problemas. Crearon una balsa de aceite que los aislaba, y así se separaron del mundo, prefiriendo no hacer suyas sus promesas y rechazando cualquier ofrecimiento que les dispensase, no fiándose de nada ni de nadie, y negándose la posibilidad de ser suficientemente felices.
            El cambio de vivienda no sirvió para nada, y sólo el tiempo, que si no cura al menos alivia, permitió a Lucía y Antonio vivir los años siguientes con un mínimo de dignidad y de cordura.

 


            La mañana se derramó dentro de la habitación. Lucía despertó poco a poco. Su sueño había sido profundo y al principio le costó orientarse. El primer pensamiento fue para Antonio. Meditaba en la forma en que llenaría las horas: limpiaría la casa, leería y prepararía bizcochos para los vecinos, ¿y luego qué?
            Se sentó en el borde de la cama y fue cuando lo oyó:
            «¡Estoy aquí!»
            Se giró desconcertada. No acertó a decir nada durante unos segundos. Lucas sostenía aún las sábanas entre sus manos mientras su rostro dibujaba la más deliciosa sonrisa: la que había acompañado sus sueños a lo largo de su vida, la que se colaba continuamente en sus pensamientos. No era posible. Lo tenía delante pero no quería creerlo. Y entonces saltó sobre ella, como un león furioso, e intentó morderla en el cuello. Lucía se dejó, necesitaba sentir que era real, que no había muerto durante la noche y se encontraba en el Cielo, aunque le hubiese dado igual. Lucas estaba allí mismo, notaba sus dientes clavándose en su carne: «¡Muerde fuerte, cariño!», «¡muerde fuerte!», le repetía una y otra vez mientras lo abrazaba contra su pecho. Y Lucas seguía comportándose ajeno a todo, como si no hubiesen pasado treinta y ocho años desde aquella mañana en que había desaparecido: «¿Dónde has estado?», «¿Dios mío, dónde has estado?», le decía, y volvía a apretarlo para que nadie osara arrebatárselo de nuevo. Recordó a Antonio, y lloró al pensar que no hubiese vivido aquel momento junto a ella, entonces, sosteniendo a Lucas entre sus brazos gritó alto, tan fuerte como para que pudiera escucharla allá donde se encontrara:
            ¡Antonio!, ¡ha vuelto!, ¡ha vuelto!

 

 

 

Nota del autor:

Este cuento se me ocurrió una mañana mientras jugábamos con nuestro hijo. Desde que terminé de escribirlo cada vez que salta sobre la cama lo recuerdo, pero doy gracias de que siempre acabe apareciendo para decir: «¡estoy aquí!». 
No sé lo que sería de nosotros si algún día no surgiera bajo las sábanas…

 

 

©  Gonzalo Campos Suárez (Palma de Mallorca, 1976). Es médico y escritor. Ha participado en las antologías de narrativa breve “Generación Subway” y “Cuentos de Navidad” (Editorial Playa de Ákaba, 2015), así como en “Miradas sin fronteras” (Ediciones En Huida, 2015). Ha colaborado con distintas revistas literarias en España y Latinoamérica: La bolsa de pipas, Ariadna, Almiar -Margen Cero-, El toro celeste, Minificción. Sus cuentos han aparecido también en prensa escrita: Diario El País, Diario Sur.
Es dramaturgo y programador artístico de Microteatro Málaga. Autor de las obras “Strindberg 1888 –La más fuerte” y “Humulus el mudo”, ambas adaptaciones de los originales de August Strindberg y Jean Anouilh, que han sido representadas en Madrid y en Málaga dentro de los Programas Oficiales del XXXII y XXXIII Festival Internacional de Teatro (circuito “OFF”). Su pieza original “Celoso azul”, tiene previsto su estreno en febrero de 2016, habiendo sido publicada en el número 85 de la revista de teatro Ñaque.

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