El tapón de la isla
porJavier Blanco Urgoiti
Para mi hermano Sergio Galindo,
autor original de esta historia no tan real.
– Ya ves, tronco, el Paquito y yo allí. Puestos. Pintaos. Mirando al mar. Jaja. No necesitábamos ná. Hacía que no nos veíamos ni se sabe. A la que me lo dijo, me pillé un avión y tiré para Menorca. Vente, me dijo, que está mazo de guapo el sitio este. Él tenía ya su curro y estaba de puta madre allí. Como un rey. ¿Y qué más le puedes pedir a la vida? ¡Na! Si el Paquito es un sabio. Yo siempre lo he dicho. Jaja. El pavo curraba por la mañana en un hotel, así mu’puesto, con todo el guirigueo y mucho catalufo, tenía las tardes libres y los martes enteritos pa’él. ¡Un chollo! ¡Si mucho o poco, to’lo que ganaba era pa’él! No tenía que rendir cuentas a nadie. Comer, le daban de comer en el curro. ¡Ya ves! Con lo que le pagaban le llegaba pa’un piso, las cuatro cosas que necesitaba, la marihuana se la sembraba él en casa pa’echarse sus chiflos sin dar explicaciones a nadie. Por la tarde, claro, porque al curro no podía ir colocado. Puesto, sí, pero no colocado. Jaja. Que no sea como yo, que en mi último curro me dijeron que era un “puesto de trabajo” y me lo tomé al pie de la letra y, claro, jaja, ni un año me duró. ¡P’aguantar hijos de puta qué menos que un porro por la mañana! Así que el Paco me llamó, porque es colega de los de toda la vida del barrio. “Vente” me dijo. Ya te digo. P’allá que me fui. Cagando hostias. ¡Ya ves! Que además esa isla es el puto paraíso y eso que se acaba en ná. O a lo mejor es por eso, por lo pronto que se acaba. Jaja. Si tú la ves en el mapa y no te crees ni que el avión vaya a acertar con la isla de lo cani que es. Jaja. A mi vieja no le dije ná, porque a ella la da igual que la da lo mismo Menorca que la calle de la Oca. ¡Ya ves! La dije que me piraba y que si eso ya la llamaría. Me preguntó que si me esperaba para cenar y yo la contesté que sí, claro. Como no me dijo el día. Jaja. Allí debe estar la mujer con las cocretas frías. Jaja. La verdad es que es la hostia, mi vieja. Cualquier día llego a casa y me pone un café pensando que estoy de visita. ¡Tiene una paja mental!
– En cuanto me instalé y pillé un curro, llamé al Curzio para que se viniera. Le eché una mano para pagar el avión y todo, porque él anda siempre pelao, y no sólo de la bola. No importa. Esas cosas se hacen por un colega. Además, yo no estoy hecho para estar solo. El Curzio es lo más grande. Le acababan de echar del curro y le dije: “Vente que la isla es cani pero yo te hago un sitio. Te buscas un currelo aquí, como el mío, y a vivir los dos”. Sin problemas. Y, claro, le faltó tiempo, ¿sabes? ¿No?
– “La isla es cani pero yo te hago un sitio”, me dijo el Paquito. ¡Qué grande! Ni dos días tardé. Algo que me prestó él y un poco de pasta que la levanté a la vieja, porque yo llevo una temporada un poco a verlas venir. La crisis. Jaja. Y que te pagan una mierda y quieren chica para todo. ¡Anda y que les den! ¡Pa’Menorca! ¡Nos ha jodido! ¡A vivir! ¡Qué hostias! ¡A quitarle el tapón a la isla! Jaja. El Paquito tiene una moto de esas y ná más llegar tiramos pa’un lado, llegamos al mar y, venga, pues p’al otro lado, y en ná, habíamos llegado al mar. ¡Viva la novia del cura! Jaja. Llegué un lunes y echamos toda la tarde, fumaos, con la moto, pa’un lao, p’al otro lao, buscando el tapón a la isla. ¡Qué pedo! Jaja. ¡Ya ves! Nos fumábamos un porro en una ciudad y nos íbamos pa’la otra… ¡Ah, ah ah! ¡Y qué bueno! ¡Que el pueblo ese se llama Mahou! Jaja. ¡Qué risa!
– Si está volao el Curzio, que me decía: “Paquito, tronco, ¿cómo no me va a gustar a mí este sitio si se llama como mi cerveza? Jaja. ¡Que yo tenía que haber nacido aquí me cago en tó! ¡Sí yo soy Mahoumetano!”.
– Hicimos más kilómetros que un hijoputa en el día del padre, ya ves. Jaja. ¡Qué risas! El Paquito es la hostia. Se había pillado un pisito chiquitín en un pueblo que está en el centro de la isla, así que estaba cerca de todo lo que necesitaras y lejos del follón. El Paco es que tiene cabeza el cabrón. Descarao que el tapón de la isla no andaba muy lejos, jaja. ¡Fijo! ¡Ya ves! Y según llegué, cada día, a un sitio a correrla. Él por la mañana se piraba a currar y, por la tarde, nos echábamos la siesta en la playa. ¡Tan guay, ya ves! Como dos señores. Esparramaos allí en un pinar. Luego nos tomábamos unas cañitas, nos fumábamos un chiflo o dos… ¡Y a pillar! Jaja. Nos hinchamos a follar, ¡ya ves! Las guiris, que están todas medio locas, pero es que el Paco se las lía que no veas Jaja. ¡Qué grandes es!
– ¡Cualquiera le sigue el ritmo al Curzio! Después de una semana ya no podía con mis huevos, ¿sabes? Todos los días de juja y yo por la mañana a currar al hotel, que me dormía por las esquinas. Al final, él dormía toda la puta mañana, en el sofá de mala manera, como hubiera caído del pedo de la noche, pero yo… Muchos días, de empalmada. Llegábamos a casa, me daba una ducha, me clavaba unos palillos en los ojos, me ponía el uniforme y a las siete estaba en el hotel más tieso que una vela. ¿Sabes? ¿No? Algún día me eché la siesta en la playa, pero ni con esas, que no es lo mismo. Estaba hecho una mierda, así que el segundo martes que libré, me lo llevé al Cap de Cavallería. De tranquis, ¿sabes? Unas birras, unos bocatas y allí, pintaos. Ni guiris, ni copas, ni ná. Muy de tranquis. Una charla, unos porritos, a mirar al mar y a filosofar o a echar la siesta. Al Curzio lo quiero como a un hermano, pero hay que ponerle el freno, ¿sabes? ¿No? Si no, él no sabe parar, porque está muy volao. Luego se pone a rajar y debajo de esa cáscara de flipao que se pone hay mucho más… Sabes lo que te digo, ¿no? Pero, bueno, yo tenía que pararlo ya. Si se quería quedar conmigo, que era el plan ¡y yo lo había llamado y le había dicho que se viniera y por mí guay! Pero tenía que empezar a buscarse un curro él también. No todo iban a ser vacaciones, ¿sabes? Que ya somos mayorcitos y los lunes toca irse de pedo, pues de puta madre y a muerte, pero los miércoles hay que currar ¿sabes? Yo quería que se quedara. Hasta le podría ayudar a buscar algo en el hotel. No sé si me explico. Me lo llevé allí al faro aquel a decirle: “Curzio, tronco, o te buscas un curro o te piras al barrio de vuelta y tan amigos”. Eso.
– ¡Unas vacaciones cojonudas! ¡Ya ves! El Paquito sí que se enrolla. Al siguiente martes me dice: “Hoy te voy a enseñar el sitio más guay de la isla”. Que yo le pregunté: “¿Más guay? Pues como no te regalen la cerveza y las guiris vengan en cucurucho. No sé qué puede ser mejor”. Y nos montamos en la moto los dos y tiramos por una carreterita hasta a un sitio muy pero muy de tranquis. ¡Ya ves! Un faro. ¡Buah! Era otro rollo, claro, pero el Paquito tenía razón. El sitio era cojonudo. Nos plantamos allí los dos, el Paco sacó del maletero de la moto unas cervezas que le dije yo “Y ahora van a venir a chupárnosla dos guiris, ¿no?”. Jaja. ¡Y qué jartá de reír! Allí, los dos solos, cerveza va, cerveza viene, nos fumamos unos porros de la cosecha del Paquito, que tiene la marihuana en casa que le digo yo que le van a pillar por la factura de la luz, jaja, ¡si se tiene que gastar todo lo que gana en eso! Jaja Bien gastado, porque es muuuy buena, ¡ya ves! Pero no la vende ¡eh! Bueno, o eso dice. Dice que es pa’él. Pa’él y pa’los colegas y que pasa de rollos, pero, vamos, que la moto no la ha pintao. Jaja. A mí me la pela ¡eh! Si él dice que no vende, pues no vende. Estuvimos recordando historietas del barrio, de cuando éramos canis. Al principio, nos descojonábamos, que si aquel menda, que si el otro, una birrita, otra, un chiflo de dos papeles cada uno. ¡Ya ves! En la puta gloria, allí, los dos, mirando al mar, que yo no sé qué movida tiene el mar, que uno se pone a mirarlo y se queda pajarito. ¿verdad? ¿No te pasa a ti? Estábamos el Paco y yo de risas, ahí, jaja y jaja y jaja y, de pronto, pasa un ángel, como decía mi abuela, y nos quedamos los dos abobaos, como de bajón. Mirando al mar, pintaos, como en un cuadro que tiene mi vieja en el salón de casa que son dos mendas letos en la playa, que siempre la digo que están fumaos porque está cada uno a su bola. Jaja. Pintaos. Así que me levanté a mear por el acantilado abajo. ¡Y si era alto y hacía aire que el meado salía de la chorra pero no llegaba al agua ni de lejos! Se lo llevaba el aire por ay. Jaja. ¡Hala! Pa’las gaviotas. Jaja. Pues no te cagan ellas, me cago en tó. Pues ahora las meo yo. Jaja. ¡Qué pedo más guapo! Jaja. Los dos, allí. El Paquito y yo. Puestos. Pintaos. En el faro ese. El Cap de no sé qué. Recordando historietas. Jaja. ¡Qué risas! Mirando al mar.
– Yo no sé si te pasa a ti, pero a mí me sucede una movida con cosas como el fuego y el mar y rollos así, como grandiosas, que me planto a mirarlas fijamente y me quedo leto. ¿Sabes? Así, como hipnotizado. ¡Y no es por estar fumado ni nada eso! Estaba el Curzio con la risita esa suya que se le pone cuando está pedo, que es siempre, liao con alguna historieta de esas suyas que cuenta, que el cabrón se enrolla como las persianas y nunca sabes si es verdad o no, pero te descojonas sí o sí, y yo ya llevaba allí un rato que parecía un cartel, que me había puesto el ayuntamiento para espantar a las gaviotas: mirando al mar. Y el Curzio dándole vueltas a algo y jaja y jaja, pero yo lo iba notando lejano, como una voz de fondo. Estaba escuchando, sí, pero más en lo mío, ¿sabes? ¿no? Aunque tampoco tenía muy claro qué era lo mío. ¡Mi pedo! No lo sé. Mi historia. ¡Buen pedo llevábamos ya los dos! Igual habían pasado cuatro o cinco horas en el faro como cuatro o cinco minutos. Ni noción. No habíamos hecho otra cosa que beber cerveza y fumar. Total, que el Curzio se calla también pero como no aguanta ni un minuto callado y sin hacer ná, el cabrón, que es espídico de todo lo que se ha metido, ¿sabes? Pues se levanta a mear, que ésa es otra: el hijoputa mea más que bebe. Se acerca al acantilado y está ya tan pedo, el cabrón, que yo… No sé cómo explicarlo, ¿sabes? Pero es que yo seguía muy en lo mío, a mi pedo, a mi bolilla, y de pronto vi que este volaba. Iba a decírselo. Iba a decirle: “Curzio, me cago en tu vieja, que te vas p’abajo” y es que no tiene cabeza, el hijo de puta; no se da cuenta de nada. Pero no lo dije. No sé, ¿sabes? Cuando voy tan fumado todo me va más lento y yo le quería avisar, ¡quería decírselo! Pero antes de que abriera la boca, el Curzio ya estaba haciendo equilibrios como un tentempié al borde del acantilado meando y gritando: “¡Soy Tolomeo! ¡Gaviotas, hijas de puta!”, a saber por qué. Y el cabrón no sólo no se hostia, que es lo que tenía que haber pasado, sino que, además, con el aire que hacía, toda la meada se le viene encima a él y a mí. ¡Su puta vieja! A mí me sacó de la hipnosis de un golpe pero, claro, no me quité porque no me respondieron las piernas a tiempo y para cuando lo hice ya tenía todo el meado del hijo de puta encima. Y él… Bueno… Él se puso perdido y ni se enteró, ¿sabes? El puto Curzio. ¡Qué hijoputa volao! ¡Y meó un buen rato! ¿Qué le pasaría por la cabeza? “¡Que os den por el culo gaviotas! ¡Que os den, hijas de puta!” Y, en ese momento, cuando el Curzio se dio la vuelta con cara de chino, descojonao de risa, sacudiéndose la chorra, que yo me estaba cagando en su puta vieja y me estaban entrando ganas de empujarlo por el acantilado… Oímos el ruido, y miramos arriba. Era el avión.
– ¡Gaviotas! ¡Hijas de puta! Jaja. ¡Que os den por el culo! Jaja. ¡Qué risas! ¡Qué sitio más guapo! El Paquito sí que sabe, coño. La pena es que siempre viene el puto sordo y te jode la charanga. ¡Ya ves! Termino de mear y no me había dado tiempo ni a guardar la chorra cuando aparece una avioneta a la altura del faro. El Paquito se había puesto de pie también porque se había echado toda la cerveza por encima. Jaja. ¡Se le va la pinza! Estaría muy a su rollo metido, porque el Paco le da dos caladas a un porro y se hunde en un pozo que parece un monje vudú de esos. ¿sabes? Está como flipao. Se debió de asustar con el ruido del avión y, hala, toda la birra por la camiseta y se estaba cagando en tós sus muertos. Nos quedamos los dos mirando al cielo como dos gilipollas. Era una avioneta de esas canis que pilota sólo un menda. Pasó tan bajo que le vimos la jeta perfectamente y nos saludó y tó, el tío. Me acuerdo como si lo tuviera ahora aquí delante: ¡además yo estaba con la chorra fuera! Jaja. Volaba muy bajito y hacía mucho ruido. El Paquito le devolvió el saludo así, muy despacio, como flipando. Que le dije yo: “Coño, Paquito, que es un avión, no un ovni”. Jaja. Pero, ya ves, si es que llevábamos un pedo los dos de otro planeta y no nos lo esperábamos. Lo seguimos un poco con la vista y de pronto…
– Fue el Curzio el que lo dijo, aunque yo, la verdad, creo que también lo vi, ¿sabes? O no lo sé, que ahora ya no estoy seguro de nada. No sé si es que estaba muy pedo o si lo he soñado o si lo vi o qué. La cosa es que el piloto me saludó con la mano. Y el avión pasó e hizo mucho ruido. Era rojo.
– “¡Tronco, Paco, que ha caído al mar!”, le dije al Paquito. Y flipamos los dos. ¡Ya ves! Nos mirábamos sin saber qué hacer ni qué decir. La cuestión es que el avión había pasado, volando bajo, saludó con la mano, yo estaba con la chorra fuera, lo seguí con la vista y ya no estaba.
– Yo no sé si lo vi caer al mar o no, no sé si me explico. La cosa es que el avión pasó. El piloto nos saludó. El Curzio estaba con la chorra fuera. Yo, sacudiéndome su meado. Volaba bajo, era rojo y hacía mucho ruido y en un minuto, ya no estaba ni había ruido ni ná. ¿Lo vi caer? No lo sé. Creo que sí.
– Yo he llegado a pensar que fue una flipada comunitaria de esas. Como las de los hippies. Jaja. ¿Sabes? Que se ponen de tripi y ven tós lo mismo, pero que no es verdad, que es un flipe. Aunque el Paquito y yo no íbamos de ná. Unas birras y unos porros y ná más. Y los dos vimos el avión y al menda saludando desde la cabina. ¡Joer! ¡Que me pilló con la chorra fuera! Jaja. ¡Si es que me acuerdo por eso! Y creo que era un avión rojo y nos lo quedamos mirando porque volaba bajito, pero mu bajito, mu bajito y hacía mazo de ruido y de pronto… Ya ni lo veíamos ni lo oíamos. ¡jaja! Flipamos. ¡Pues s’ha caído al mar! ¡A ver! Jaja. ¿Qué vamos a pensar?
– El Curzio se ralló que no veas. “¡Que s’ha caído al mar, tronco, que s’ha caído al mar! ¿Y ahora qué hacemos? ¡Y qué mal rollo! ¡Y que si tal y que si cual!”. Ya ves. Ni que lo hubiéramos tirado nosotros. Pues si había caído al mar, ya no tenía remedio. ¿no? ¡Sabría nadar! Además, los mendas estos se tiran en paracaídas a la mínima. ¿no?
– El Paquito, que es la hostia, no quería hacer ná. “¡Sabrá nadar!”, dijo. “Se habrá tirado en paracaídas”, dijo. Jaja. En paracaídas, dice el mamón. ¡Cómo se nota que no hizo la mili! Jaja. Pero si se había hostiado contra el mar, el pavo estaría inconsciente o atrapado en la cabina o a saber. Algo teníamos que hacer, eso era claro, lo que no sabía era qué. ¿Llamamos a una ambulancia? Pues, vale, tronco, la llamamos ¿y qué? Les invitamos a un chiflo y a una birra y a que lo vean desde aquí porque tú me dirás. Jaja. Yo era la primera vez en mi vida que veía un accidente de avión y no estaba seguro de que hubiera pasado. ¡Qué pedo! Jaja. ¿Dónde ha caído el avión? Joder, pues ni puta idea, tronco. Jaja. Al mar.
– Tuve que parar al Curzio, porque el pibe estaba tan pedo que ya se iba a tirar de cabeza por el acantilado, como los mendas esos de Acapulco que salen en la tele. “¡No flipes!”, le dije. “¡Que tú eres de Carabanchel, tronco! ¡Que el mar lo has visto en una foto!”. Como está tan loco, el cabrón... “¡Algo habrá que hacer, colega!”, me decía. “¡Que s’ha estrellao el menda ese!”. Si, bueno, pero por mucho que hubiera que hacer algo, no iba a dejar que el Curzio se estrellara también por el acantilado, ¿sabes? ¿no? Está volao, el hijoputa, pero es colega. “¡De momento, métete la chorra, cojones!”.
– Jaja. Ni me había metido la polla en los pantalones de los nervios. Creo que hasta me había meado encima porque, de pronto, me di cuenta de que estaba empapao. Jaja. ¡Qué pedo, la Virgen! ¡Ay, Dios! ¡Qué pedal! Jaja. Estas son las movidas que luego cuentas y la gente no se cree. ¿Cómo se lo van a creer? Estaba tan pedo, con el susto, el avión, la hostia, ¡que me lo hice encima y ni me enteré! Jaja. Joder, me había mojado hasta la camiseta de meados. Se lo digo al Paquito y se empieza a descojonar de risa, sin parar. Y jaja y jaja y jaja. Y, claro, me entra la risa a mí. Y me dice que ha sido antes. “¿Antes de qué?”.
– “¿Antes de Cristo?”, me pregunta el gilipollas y ya nos entró la risa y no podíamos parar. Eso es por la maría que tengo yo en casa que es cojonuda. El Curzio se había meado hasta la coronilla y tú lo ves allí, con la cara de chino que se le pone cuando está fumao que los ojos parecen dos rayas, con el mar de fondo, pensando en si el avión se ha estrellado o no, que tiene pis hasta el cuello de la camiseta. Jajaja. ¡Qué panzá de reír! Pero ¿cómo va a saber si el avión se ha ido al mar si no se ha enterado de que se ha meado encima? ¡Y sigue con la chorra fuera! Jajajajajajaja.
– ¡Ay, ay, ay! ¡Qué risas! Luego piensas en el pobre hombre que se ha dado la hostia con el avión y te sientes mal, pero, joder, jaja jaja… Pasó el hombre y nos saludó desde la cabina todo majete jajaja ¡Qué lo mismo se iba a suicidar y lo que hizo fue despedirse! Jaja y nosotros muertos de risa, allí. Íbamos muy pedo. Jaja. Nos dio por reírnos. La maría del Paquito, que es cojonuda, y jaja jaja jaja, que casi me caigo por el acantilado. Menos mal que me agarró el Paquito. Jaja. Si no, me voy a nado a rescatar al piloto, pero ésta en serio, que la primera iba de coña. De Carabanchel, me dice el Paco. Jaja. No flipes. No salto yo desde ahí ni harto de tripi.
– Si te cuento que estuvimos partiéndonos el culo sin parar durante más de un cuarto de hora no te miento, ¿sabes? Aunque a lo mejor fue una hora. Ni puta idea. El rato que fuera yo lo recuerdo como uno de los más felices de mi vida y ya lo siento por el pavo del avión, joder, pero la vida es así. ¿No es eso lo que dicen? Que a veces para que disfruten unos pocos hijos de puta tienen que sufrir muchos. Pues alguna vez nos tenía que tocar al Curzio y a mí, que ya hemos sufrido lo nuestro.
– Lo mejor es no pensar en ná. Jaja. A mí me lo dijo mi sargento en la mili. Me dijo: “Cruzado, ¿por qué ha hecho usted tal cosa?”. “Mi sargento, yo pensé que…”. “¿Pensar? ¡Usted no está aquí para pensar!” me ordenó, y como no ha habido contraorden, hasta hoy. Jaja. Jaja. Ya piensan los demás. Jaja. Yo paso. He venido a este mundo a pasarlo dabuti y que os den. Jajajajaja.
– No sabíamos qué hacer y nos dio por reírnos, porque, claro, tú me dirás. Todavía me acuerdo del careto del Curzio, allí, tó fumao, que en vez de ojos tenía un morse, el cabrón, un SOS, y me entra la risa. ¿sabes? ¡Ay, joder, qué rato más bueno!
– Pero el menda del avión se había ido al mar y yo le dije al Paquito, “oye, Paco, tronco, tendremos que llamar a la Guardia Civil o a alguien, digo yo ¿no?”. Porque el tipo del avión…
– ¡A la Guardia Civil! Me dice. Y yo le señalo a la chorra, que la seguía teniendo fuera y le digo “Toca el pito y que venga” y, ¡hala!, a reír otro rato, ¿sabes? Y jaja y jaja y jaja.
– El Paco, que es la hostia, le digo que llamemos a la Guardia Civil, me señala a la polla y me suelta: “¿Usamos el móvil o el fijo?” Jaja. ¡Qué deshueve! Jaja. Que no me había acordado de guardármela. ¡Ya ves! ¡Qué puntazo! Jajajaja. ¡Ay, la Virgen! ¡Qué pedal! Y antes de guardármela, hago como que se la lanzo al del avión. “¡Eh! ¡Que te lanzo una maroma!”. Jaja. ¡Qué jartá de reír! ¡Ya ves! Otro rato más.
– ¡Menos mal que se guardó el rabo de una vez! Imagina la situación. Al Curzio lo conozco desde que éramos canis, del cole, y sé de sobra cómo es. Todas las decisiones que ha tomado en su vida han sido del tipo “Sí, me puedo tomar otra copa”, “Sí, me puedo fumar otro porro”, “Sí, me puedo meter otra raya”… No creo que haya usado nunca la palabra “no”, porque cuando llegaba el momento, ya estaba inconsciente. ¿Sabes? Así que no sé si llamar a lo anterior decisiones. Lo raro de la historia es que, normalmente, en el Cap de Cavallería hay peña. No es un sitio inaccesible. Es un faro muy guapo al que se llega por una carretera estrecha, que da así como sensación de fin de la tierra según te vas acercando y siempre hay gente. Yo iba muchos martes. Desde que lo descubrí, al poco de instalarme en Menorca. Me molaba esa sensación de inmensidad, ¿sabes? ¿No? No quiero ponerme en plan tonto, pero, eso me mola… No sé cómo decirlo. Saltaba el muro del final, me sentaba allí mismo, donde estábamos el Curzio y yo el día del avión, en el borde del acantilado, me fumaba un par de porros y echaba el ratillo allí en ná, ¿sabes? Mirando el mar. Allí que parecía que me había puesto el ayuntamiento. Me sentía bien, me daba por pensar en mis cosas, que en el fondo me molaba Menorca para quedarme ya, tener un crío, llevarlo allí y enseñarle lo grande que es todo y lo mierdas que somos nosotros. ¿Sabes? Movidas mías. Yo qué sé.
– El Paco se levantó y dijo: “Aquí hay más peña. Alguien más habrá visto algo”. Pero, claro, ponte tú a preguntar. Jaja. En inglés y tó fumao. Jaja. Porque estamos invadidos por los ingleses, ¡ya ves! Allí le das una patada a un canto y te salen cinco guiris. Yo le dije que pasaba, que si tenía que ponerme a hablar inglés que el menda ya se podía dar por ahogado. Pero el Paco me contestó que para follarme a las guiris bien que hablaba en inglés, ¡ya ves! ¡Si ni sé lo que las digo! ¡NI ellas! Jaja. Por eso me las lío… Y para mí que ni siquiera son todas inglesas. Una de ellas creo que era catalana, ¡lo que pasa es que la pava se pensó que el inglés era yo! Jaja. ¡Ya ves! Hablar yo en inglés. Sé decir whisky y no me entienden.
– Una baza, en Fuengirola, estábamos de fiesta el Curzio y yo y entramos en un bar, así, como con pinta de pub inglés. Muy bien puesto. ¿sabes? Hay muchos en el pueblo ese, porque aquella zona está invadida por los ingleses. ¡Tendríamos que cobrarles un impuesto de sol! Se acerca el Curzio al camarero y le dice: “¡Un whisky!”, pero, claro, tal y como lo dice él, que es de Carabanchel, el menda se quedó flipao mirándolo, porque no entendió una mierda, y le contestó: “Don’t understand”. El Curzio se queda a cuadros, me mira a mí y me pregunta: “¿Qué dice este pavo? ¿Que dónde están? ¿Le he pedido un “güijki” y me pregunta a mí que dónde están?”, y al camarero: “Yo qué sé, tronco. Es tu bar. Búscalo”. Y el guiri, otra vez: “Sorry, I don’t understand”. Menos mal, que es tranquilo y que no le da por malos rollos y que, al final, todo el mundo se descojona con sus historietas, porque si no, salimos de allí, apaleados. El Curzio, se mete detrás de la barra, agarra una botella de White Label y le dice al guiri, despacio, como si fuera sordo, “GÜIJ-KI, tronco”. “¡Ah! Whisky”, le contestó el camarero pero pronunciando mucho la ese y la “y” del final, a lo que Curzio respondió: “Pues eso he dicho yo, güijki, coño, pero en español. A ver si aprendes un poco de español, joder, que no estás en Gibraltar”.
– ¡Ya ves! Fue asomarnos al muro ese blanco que habíamos saltado, todo puestos, con cara de fumaos a preguntar a la peña por el avión y, claro, la gente se piraba de espantá. Jaja. El Paco, que iba de serio, se empezó a descojonar de risa, en cuanto me arranqué: “The flait? The flait?”. Jaja. Y les hacía el burrún burrún del motor y tó, pero ná. Jaja. ¿Cómo me van a entender? Si yo no tengo ni puta idea de hablar inglés. Casi no sé hablar español, como pa’hablar inglés. ¡Ya ves! ¡No me jodas, tronco! A reír otra vez.
– Si veis al Curzio, con su cara de chino, preguntando a grito pelado a unos chavales que se estaban haciendo una foto con el móvil: “¡Eh! The flight?”, imitando el ruido del motor, que parecía que les estaba haciendo pedorretas y se señalaba a la raya del ojo. ¡The flight! Jajajajajaa. Los chavales salieron corriendo. ¡Cómo no me va a entrar la risa! ¡The flight! Y a él. Otra jartá de reírnos, apoyados los dos en el murete, con la mano en el estómago que ya nos dolía de estar doblados. ¿Sabes? ¿No? Y el pobre hombre del avión se tenía que haber ahogado ya, pero el Curzio sólo repetía entre carcajadas: “¡Ay que me ahogo yo! ¡Ay, la Virgen, que me ahogo!”.
– Menudo susto se llevaron los mendas. Nos ha jodido. ¡Ya ves! Imagina que estás ahí, con unos colegas, que te vas a sacar una foto con el mar de fondo y de pronto aparece mi bola toda calva por detrás, jaja, hablando inglés y haciendo burrún burrún. Jaja. Salieron por patas. ¡Ya te digo! Jaja. Pero yo me cosqué, y cuando se nos pasó el ataque de risa se lo dije al Paco, que esa peña estaba muy de tranquis, ¿no? Que si hubieran visto al avión estrellarse, no estarían haciéndose fotos. Digo yo, ¿no? Estarían tan mosca como nosotros o habrían llamado a la policía o a los picoletos o a alguien. A lo mejor lo habían visto pasar, como nosotros… Porque pasar, había pasado, ¡eso es seguro! ¡Y bien bajo! Que el menda nos saludó. ¿Sabes? Lo vimos los dos. Pero la peña que andaba por ahí no lo habían visto caer al mar como nosotros.
– Claro, pero la peña que estaba en el faro estaba a su bola. Estaban allí a otra cosa. Además, que del faro al muro hay un trecho y del muro al mar, otro cacho de rocas, que no está nada fácil. Y, además, el muro no es que haya que ser alpinista para treparlo, pero su metro y medio de alto ya tendrá, ¿que no? Si los mayores andan siempre medio empanados con el móvil y los niños no pueden ver el mar, nadie se entera de qué va la tostada. Ven pasar al avión como si pasa Jesucristo.
– Así que, cuando se nos pasó un poco la risa, llamamos a los picoletos, que es cuando de verdad se lía todo, ¿que no? Ahí es cuando empieza el lío. ¡Ya ves! Se presenta el guinda que ya, na’más llegar nos mira con cara de mala hostia, como si hubiéramos hecho algo malo nosotros, y nos empieza a hacer mazo de preguntas que el Paco le contestaba una y otra vez, porque eran la misma pregunta y yo, pa’mí, que el menda se podía dar por ahogado.
– Le tuve que decir: “Curzio, tronco, cállate un rato” porque veía que acabábamos nosotros en el cuartelillo sí o sí. Estaba yo tratando de explicar lo que había pasado al agente y él, por detrás, como un machete, “que s’ha caído al mar”, “que era rojo”, “que el menda nos ha saludado y to”… Y el picolo no hacía más que mirarle de arriba a abajo y, después, a la montaña de latas de birra y me preguntaba si habíamos tomado algo más que cerveza y yo “¡Qué va! ¡Na!” y su compañero se fue a hacer preguntas al resto de peña que andaba por el faro, a ver si alguien más había visto algo.
– Esto nos pasa por querer ayudar. ¡Ya ves! Si seguimos allí, a nuestra bola, sin hacer caso del puto avión y, mira, qué mala suerte chico, te has ahogado, brindamos por ti y a lo nuestro, nadie se entera y ahora estamos allí buscando el tapón de la isla todavía. La cosa es que el avión pasó, porque el otro picoleto vino y le dijo algo en bajito al borde que estaba con nosotros y se marchó y entonces ya cambió la historia. Alguien más había visto algo fijo. “¿Dónde ha caído?”, nos preguntó ya. ¡Ahora por fin! Dije yo.
– “¡Ya era hora, hostias!”, dijo el Curzio. Y el guinda un rollo así, muy fino, como cuando se ponen en plan respetuoso pero que no te tienen ningún respeto: “Caballero, nosotros tenemos que hacer nuestras comprobaciones. Usted entenderá que un dispositivo de rescate no es algo barato, que cuesta mucho dinero de los contribuyentes”. Al Curzio ya lo senté en la roza y lo callé, porque cuando se embucla de esa forma ya no atiende a razones. Le empieza a dar a su matraca y no puede ser: su memoria no alcanza más allá de quince minutos antes y su planificación de futuro, quince minutos después, y en esa media hora vive ¿sabes? Así que le dije que se callara de una puta vez, que ya iba a responder de más. Para ser honestos, la movida era que estábamos de marihuana hasta las cejas y eso hacía que no supiéramos a ciencia cierta dónde se había estrellado la avioneta ni siquiera estábamos seguros de cuánto tiempo había pasado desde el accidente. Por no saber, no sabíamos si el menda se había metido la leche o no. Por lo menos, yo no estaba seguro ¿sabes? Y con tanta hostia, se me estaba empezando a pasar el pedo. Al Curzio no, claro. Él está pedo siempre. Los efectos de todo lo que se ha tomado son permanentes en él.
– Pues ay, le decía yo al picoleto. Yo que sé, tronco. El mar es lo que tiene. Que es todo igual. S’ha caído ay, más o menos, ay, yo qué hostias sé. Porque el picoleto quería que le diese las señas exactas, ¿lejos? ¿Cerca de la costa? Ni puta idea, ¡ya ves! Al mar ha caído. Y si no lo ves será porque s’ha hundido. A mí estos tipos me tocan los cojones y, descarado, que en cuanto pueden, como te ven así con pintilla, que les demos la documentación. El Paco la llevaba encima, pero yo no. Total, siempre que me la han pedido he acabado en comisaría igual, pues que se lo curren. ¡Anda y que les den por el culo! ¿Por qué hostias les llamaríamos?
– Nos piden la documentación y, qué raro, el Curzio no la llevaba encima. Y, claro, le entra la risa que le meto una hostia para que se contenga pero no puede y empieza a rechiflar. Qué raro. El Guardia Civil está ya más chinao que el copón y le empieza a dar la brasa con que no sabe dónde le encuentra el chiste y que su obligación es llevar su documentación encima y todo el rollo, pero el Curzio ya se lo sabe todo eso de sobra. En ese momento aparece un helicóptero y, al poco, una lancha de la Guardia Civil y se ponen a dar vueltas por allí buscando la avioneta. Yo no sé el Curzio, pero yo no he deseado tanto en mi vida que alguien haya muerto como ese día, ¿sabes? Quiero decir, que no es que le deseara la muerte al menda del avión, pero es que cuando vi el helicóptero y la lancha y vi la mirada del picoleto a nuestro lado, que me mataba con los ojos, como diciendo “chavales, esta vez sí que la habéis liado buena”, ya me dio todo el bajón. El Curzio seguía rechiflando que estaba a punto de descojonarse vivo pero yo estaba en la cagada que habíamos cometido y sólo pensaba: “por favor, por favor, si hay un Dios, que encuentren el puto avión”. Joder, el rato más largo de mi puta vida. Allí, en el faro de los cojones. “Francisco”, me dice el picoleto, “ven un momento”. Y yo, que ya me había sentado al lado del Curzio, callado, rezando para que encontraran al muerto, me levanto y me voy to sumiso, ¿sabes? ¿No? Porque lo que nos faltaba era ponernos chulos. Lo que yo me estaba esperando es que me preguntara por la maría, porque, aunque habíamos metido las chustas dentro de las latas de cerveza vacías antes de que llegaran, por si acaso, viendo al Curzio estaba claro que algo más que birra habíamos tomado. Pero, no. El guardia me insiste en si estamos seguros de haber visto caer la avioneta al mar. Yo ya no sabía qué contestar y él me empieza a acojonar con todo lo que cuesta el dispositivo de rescate y el pirulo del helicóptero, que es una pasta, ¿sabes? y con que si es una falsa alarma, que si lo vamos a tener que pagar nosotros y yo, allí, ¿sabes?, más serio que en mi comunión ¡ya ves! Mirándolo al pavo pero ya sin verlo, aunque a mí me pasa una movida que es que me da igual ocho que diez mil. Nunca he visto tanta pasta junta, así que no me hago a la idea de lo que es. Como si me dices cien mil. Y está el picoleto metiéndome la chapa, pero bien, a tope, con que si el helicóptero tantos mil y que la lancha, otro tanto, y que más nos vale que el avión aparezca, que si no aparece verás qué marrón… Cuando empieza a llover. El picoleto me mira y me lo pregunta a mí: “¿está lloviendo?”.
– ¡Joder! Pues me entraron ganas de mear otra vez y me fui a mear, ¿qué pasa? Tampoco es un crimen. ¿Cómo iba a saber yo que con el viento le iba a mear encima al picoleto? Jaja. ¡Que se joda! Jaja. ¿A cuántos picoletos has meado tú encima? Pues ya ha merecido la pena el viaje. Jaja. ¡Ya ves! Jaja. ¿No me lo hacen ellos siempre a mí? Pues, hala, y que le den.
– El Curzio, puto volao de los cojones. Sin decir nada, se levanta y se pone a mear otra vez. ¡Si es que mea más que mi vieja, el cabrón! Y, claro, el aire… Otra vez toda la meada hacia dentro. El guardia se dio cuenta al poco, pero ya le había caído meado encima suficiente para pillarse un rebote de cojones. Y el Curzio meando y gritando: “¡Mira, Paquito, están buscando el tapón de la isla! Jajaja ¡Qué flipe!” porque había visto que se tiraban dos buzos al agua.
– Buzos y to. Jaja. ¡Que flipaos! No dieron ni con el avión, van a encontrar el tapón de la isla. Jaja. ¡No me jodas! Esos no se encuentran ni la chorra pa’mear. ¡Ya ves!
– Acabamos en el cuartel, claro. ¡Nos ha jodido! Y los dos tenemos antecedentes.
– Pues na. De vuelta al barrio. Pero ¡qué grande el Paco, coño! ¡Qué vacaciones más guapas! Las mejores de mi vida. ¿Qué no? Jaja.
– La maría de casa me mató. Tenía mucho y, claro, entre mis antecedentes y que era demasiado, no coló con que era para consumo propio ¿sabes? Pero esta baza era de verdad. No le vendía a nadie. ¿A quién iba a vender? ¡Si no conocía a nadie! Pero, ¡bah! ¡A tomar por el culo! Uno quiere empezar su vida y nunca le dejan los mierdas estos. ¡Que les den por el culo! Me volví al barrio. ¿Sabes? Estamos esperando a ver qué pasa con el tema del rescate. No sé si esperan que lo paguemos nosotros. Lo tienen claro. Eso sí: cuando el Guardia se dio cuenta de que el Curzio lo había meado… Ya estallamos de risa los dos. Otro rato bueno. Íbamos en el Patrol de la Guardia Civil riéndonos como dos gilipollas. ¿El avión?
– ¿El avión? Na. Jaja.
– Na de na.
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