índice del número

 

 

Mugrosina

porElena Y. Castillo Tejeda

 

I

El aire le penetraba entre los pelos, alborotándole la melena blanca, enmugrecida. Corría como si alguien invisible le quisiera jalar la cola a cada momento.  Los barrotes blancos que circundaban el bosque de Aragón pasaban, ante el ovillo de su ojo, como palomas blancas y, a su izquierda, los carros parecían apresurados ratones escapando de un enorme gato;  pero no les prestaba atención. Tenía prisa por no perder el rastro de olor que había dejado Yair. La lengua le colgaba de su hocico, como un perrillo que saca la cabeza de la ventana.

II

La lluvia caía estrepitosamente sobre el maletero del auto, debajo unos ojillos relucían ansiosos. Tenía completamente mojado el vientre y empapadas las patas y la cola. Temblaba a cada ráfaga de viento que se metía juguetonamente bajo la pesada anatomía que la cubría. De repente, se abrió la puerta del zaguán. Unas pequeñas botas de plástico dieron unos pasos acompañadas de un par de zapatos más grandes. Se escuchó el abrir de las puertas del coche mezclándose con una serie de murmullos. Un hipopótamo de peluche cayó salpicándole de agua su hocico. Erick, un niño de cinco años, se agachó para recogerlo. Se dio cuenta de su presencia, dando un pequeño salto hacia atrás por la sorpresa. La perra brincó como un saltamontes cuando intentan tocarlo y se paró en dos patas, viejo truco para conseguir algo de alimento y un refugio.  Al contemplar la escena, Yair, el padre de  Erick, pensó que  iba a morder a su hijo, por lo que reaccionó instintivamente con una patada para alejar sus afilados dientes. La perra retrocedió  saltando en dos patas, eludiendo así el temido golpe. Yair se sorprendió de la gran habilidad de la perra y enseguida comprendió que ésta no pretendía morder, sino agradar. El corazón le dio un vuelco al observar su pelo goteantemente enmarañado y  su flacura. Cargó al pequeño Erick. Y después dejó entrar a la perra en la casa para que se cubriera bajo el techo.


III

Sus grandes ojos negros seguían atentos el tenedor que Violeta se llevaba a la boca. Las mejillas se inflaban y movían con ritmo. Violeta miró hacia abajo, a un lado de la silla: la perra observaba con la lengua jadeante y mirada suplicante, como si se hubiera perdido varios  días en el desierto. Violeta cortó un pedazo de pollo y se lo zampó en la boca. Mugrosina, hasta los dedos le mordió.

— ¡Ay!—gritó de dolor—, ¡Hasta mis dedos te quieres comer! –.Calló un momento y luego dijo−. Seguramente te corrieron de tu casa por tragona.
                                                                                             
¡Wuauuuu, wuauuua! Su ladrido era más eficiente que el timbre para avisar que alguien había llegado.  Cuando Yair abría la puerta de la casa, lo hacía con sumo cuidado. La perra, al verle llegar, saltaba de gusto, recargándole las patas sobre su pantalón negro, dejando sobre él un bonito decorado de huellas por delante y por detrás. Yair le llamó Mugrosina: cada vez que la bañaba, ella encontraba una nueva manera de ensuciarse como si no le gustara sentirse limpia.

IV

—¡Ay! –gritó de espanto Violeta —. ¡Yair, hay un ratón muerto sobre la cama! ¡Esa perra me está volviendo loca!

Yair acudió enseguida a la recamara. Recogió el diminuto cadáver con un trozo de papel.

— ¡Dios mío, primero fueron pájaros, ahora ratones! ¿Después que será? ¿Nuestro hijo, eh?

—Exageras, mujer –respondió Yair tranquilamente.

—No me importa lo que pienses. Lo cierto es que un día terminará mordiendo a Erick. Y, cuando eso ocurra, olvídate de tu perra. Yo misma iré a arrojarla a la calle de donde nunca debió haber salido.

Yair salió silenciosamente para evitar que el cuarto se convirtiera en un campo de batalla. A decir verdad, Mugrosina le había traído un poco de alegría y luz a su asfixiante matrimonio. En ocasiones llegaba a pensar que Violeta odiaba a la perra por la manera en que ésta le observaba a él: con mucho cariño y gratitud, mirada que es un bálsamo para cualquier alma que alberga tristeza.

V

Los domingos, en lugar de visitar a su suegra, Yair empezó a llevar a Erick y a Mugrosina al Bosque de Aragón. Violeta indignada por la elección de su esposo, decidía no acompañarlos. Al llegar con su madre despotricaba contra él y su perra. Se lamentaba de su hijo, que tenía que compartir la casa con esa bestia de dientes afilados, imán de bichos y microbios. La madre, después de escuchar pacientemente a su hija, soltó una risa que le raspó la garganta.

—¡Ay, hija! –.Dijo mientras trataba de contener una carcajada–. No me digas que estás celosa de esa pobre perra.

— ¡Eres igual que Yair! Tal para cual. No entienden mi preocupación de madre. ¡Ahora resulta que estoy celosa de un animal! ¡Por favor!

El brillo del sol se derramaba sobre las telarañas, tejidas entre las ramas de los pinos, parecían un centenar de hadas diamantinas revoloteando alrededor de ellas. Yair  estaba acostado boca arriba, contemplando el juego de luz y sombra que se filtraba entre las hojas bailarinas de los árboles. De pronto, le saltó encima Mugrosina. La fuerza de sus patas le sacó el aire, sentándose enseguida. El pequeño Erick que, después de jugar a las perseguidas con Mugrosa, se sentó sobre el pasto en busca de pelotitas negras. Cuando se las ponía en su palma se abrían, naciéndoles patitas. Una tranquilidad imperturbable se filtraba, como los rayos del sol, en el alma de cada uno. 

VI

Un lunes, Erick tenía  sus mejillas infladas, quería imitar al hámster de su amigo Francisco, guardándose en ellas cinco dulces. Cuando Erick  vio a su abuela esperándolo en la entrada multicolor del jardín de niños, se le iluminó el rostro: abuelita le compraba todos los dulces y helados que le pedía. Mamá, no. Hacía una mueca de enfado y le decía que no le iba a comprar cochinadas. 

Erick y su abuela caminaban por la calle Céfiro. En ella, vio algo que despertó su curiosidad.

— ¡Mira, mira, abuelita!— le jaló su falda mientras le señalaba el lugar−. ¡Un perro como Mugrosina!

—Ese lugar se llama veterinaria. —contestó la abuela con autoridad de profesor.

—Vamos a entrar, abuelita. —dijo mientras la dirigía hacia allí.

Cuando llegaron a casa,  Erick como un rayo fue en busca de Mugrosina. Su entusiasmo no cabía dentro de él: había descubierto “dulces” para perros.  Mugrosa observaba atentamente una tórtola, una pata antecedía a la otra con sigilo, como camina un gato. El ave aleteó y huyó, al escuchar los pasos del niño. Mugrosina se dio la media vuelta. Meneó la cola alegremente y se acercó a él, levantándose en dos patas.

—Mira lo que te traje, Mugrosina−. Dijo mientras sacaba la carnaza de su bolsa y se la ofrecía.

Mugrosa olfateó y ávida arrancó el “dulce”, mordiendo también unos de los dedos del niño. Un par de gotas de sangre cayeron al suelo. Erick lloró al verlas.
Violeta al escuchar el llanto,  llegó corriendo.  Al presenciar la escena, sintió que en su pecho estallaba un calor incontenible. No podía pensar, sólo actuar. 

— ¡Enseguida vuelvo, madre! ¡Por favor, ve a ver a Erick! –gritó Violeta  mientras tomaba del pescuezo a Mugrosina para subirla al auto.

—¡Nooooo, por favor, mami! ¡No te la lleves! ¡A ella le gusta comer mucho y cazar ratones!−. Gritaba para convencer a su madre, pues el dolor de perderla era más grande que la herida en su dedo. –¡Es mi culpa, Mugrosina pensó que yo era un hámster por  guardarme en los cachetes, los dulces!

El sonido del motor y el de su rabia le impidieron escuchar a su hijo que gemía llorando desde el patio… Mugrosina, temerosa por su destino, se escondió bajo el asiento. Escuchó callar el motor. 

— ¿Tanto te gusta este bosque, eh? Ahora veremos si puedes salir de él, intrusa de dientes afilados…

VII

Pasaron tres meses desde aquel día, la casa estaba sumergida en un profundo silencio. Violeta rondaba el cuarto de Erick, que se encontraba sentado. Cabizbajo construía una torre hecha de casetes de su padre. Violeta se sentía victoriosa de que el orden y la monotonía reinaran de nuevo en su hogar. El reloj marcó las ocho. Si hubiera contemplado el cielo en ese momento, habría visto centenares de estrellas palpitantes, como si danzarán al ritmo de una melodía silenciosa. Aún faltaba media hora para que Yair regresara del trabajo. Violeta se dispuso a calentar la cena, pero la interrumpieron unos sonidos extraños, provenientes de la puerta del zaguán. Violeta se enfureció, pensó que eran esos mocosos que practicaban sus garabatos en las fachadas de las casas decentes.  En seguida se dirigió  a  la puerta. La abrió, pero para su sorpresa no había nadie allí a quien reclamar. Sintió pasar algo velozmente, rozando su pierna derecha. Miró hacía abajo… El corazón de Violeta se estrechó  y de sus ojos brotaron gruesas lágrimas. En dos patas, Mugrosina se había ganado para siempre su hogar.

 

 

© Elena Y. Castillo Tejeda

70ariadna