El paraíso de las puertas
porGabriel Rodríguez
Las mañanas se ciernen sobre las ciudades como siempre pero ya no albergan ninguna ilusión. Los edificios grises e imponentes están vacíos como grandes fósiles olvidados. El silencio recorre las calles de un presente improbable pero real. Un futuro que nadie esperaba y que llegó con el viento caluroso de los desmanes humanos arrasándolo todo. No hay vida, no hay movimiento. Sólo las puertas pueden hacerlo y se mueven negativamente, de aquí para allá en un vaivén sobrecogedor: se despiden de un pasado turbulento y ruidoso de guerras y odios.
La humanidad se esfumó en un soplo nuclear que borró las palabras y cegó los sueños de muchos inocentes. El pasado milenario de la humanidad quedó huérfano de voces, de memoria. La noche muda se extendió entonces por las ciudades y los campos y nació la era de los objetos. Un tiempo nuevo y sereno dominado por las puertas, las únicas capaces de contar historias y detentar cierto poder. La era del lenguaje y del libro había terminado: ya no existía información para transmitir ni seres interesados en recordarla, conocerla, manipularla y estudiarla: ahora sólo existía el caminar infructuoso y sosegado de las puertas. La danza secreta del olvido.
Entonces todas las puertas se abrieron y los secretos escaparon de las cavernas que los escondían. Los rencores ya no podían alimentarse y crecer entre cuatro paredes. Los engaños y las traiciones, acariciadas por la luz, se evaporaron. Las vergüenzas y los miedos, ahora desnudos, corrieron libres por las praderas de asfalto y se multiplicaron en rebaños gigantescos y poblaron este mundo sin verdades ni mentiras. La virginidad recobrada de la tierra permitía la convivencia más sana jamás soñada.
La humanidad no imaginó nunca que el paraíso era quietud. No imaginó una felicidad silenciosa, desprovista de historias para contar. El paraíso de las puertas era ausencia: el fin de las cadenas y el principio de la libertad. Los lápices ya no fueron esclavizados por dibujantes y escritores. Las sillas ya no soportaron más el peso de la impaciencia y las salas de espera se convirtieron en valles poblados por estos cuadrúpedos descendientes de los árboles. Las escobas, jubiladas, duermen cobijadas por un polvo feliz. Y las puertas gobiernan, abiertas y generosas sobre todos los objetos.
Sólo los espejos y las llaves lloran en este mundo sin humanidad: padecen la ausencia de vanidad y egoísmo:
—Entonces el infierno era esto —le dijo la llave al espejo—: la libertad.
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