Pobres flores disecadas
porJuan José Sánchez González
Compréndalo... lo decidimos así. Usted es joven todavía, ¿cuántos tiene? ¿Cuarenta? ¿Cuarenta y cinco? Enhorabuena, aparenta cuarenta... da igual, de cualquier modo, como se suele decir, está en la flor de la vida... es curioso lo poco que reparamos en ciertas expresiones que usamos tan cotidianamente... la flor de la vida... ¿qué significa eso? Piense un poco... por favor, déjeme divagar, manía de viejo maestro, ya sabe... la flor de la vida, es decir, que hay un momento en el que la vida florece, un instante en que alcanza su apogeo, un punto intermedio entre una etapa inicial de germinación y otra posterior de decadencia y muerte. Pero, ¿qué significa que la vida florece? Supongo que es ese periodo en el que la vida de un ser alcanza la plenitud de sus fuerzas, el momento en el que, como una flor, es capaz de transformar en vida la materia muerta de la que se alimenta, pero no del modo inconsciente, pasivo, de la semilla en gestación que duerme bajo la tierra, ni del modo inverso de la flor marchita que va transformando su vida en muerte… sino de modo consciente, activo... piense, estamos rodeados de cosas muertas, nos alimentamos de cosas muertas y no hablo solo de alimentos... piense un poco... perdone que me dirija a usted como el viejo maestro que soy, pero no sé hablarle de otro modo a quienes son más jóvenes que yo, todavía creo que tengo cosas que enseñar. No nos distraigamos, decíamos que nos alimentamos de cosas muertas, uno llega al mundo como una semilla, rodeado de sustancia muerta y nutriente... ¿intuye a qué me refiero? Piense, nacemos en un lugar concreto, en un tiempo determinado, con una historia detrás, con todo el caudal de recuerdos que conforman una memoria colectiva, abonada con los pensamientos de gente más inteligente y más estúpida y más fanática y más cruel... con leyes y normas que dicen lo que debe ser cada uno de nosotros en cada momento de la vida, con ideas que debes asimilar para construirte una identidad o, más bien, una variante dentro de la identidad colectiva que define a la sociedad en la que vives… cosas que asimilas sin darte cuenta en esa fase germinal de la existencia en la que eres un mocoso que mira al mundo con los ojos muy abiertos... hasta que llega el día en que empiezas a hacer cosas con todo eso... en que empiezas a florecer, a crear tus propios recuerdos, tus propios pensamientos, tus propias normas y tus propias experiencias, nueva sustancia muerta de la que se alimentarán quienes vengan detrás de ti...
Le aburro, lo sé, este viejo no tiene nada que enseñarle a usted, cuyo título universitario acredita su mayor inteligencia y cuyo noble oficio le hace más útil y necesario a la sociedad... lo sé, lo sé... pero permítame que le hable de las pobres flores marchitas, de las flores mustias que se arrugan y pierden su color o de las pobres flores disecadas que, conservando buen aspecto, se reducen a polvo entre las páginas de un libro que nadie abre desde hace mucho tiempo... sí, permítame que le hable de eso, quizás así entienda por qué... Imagínese un par de pobres flores disecadas que, para quien las mira, parecen incapaces de gestar sustancia nueva, que parecen condenadas a recordar lo que fueron en su momento de florecimiento, hasta que acaben por reducirse a polvo. Imagínese que, sin embargo, esas flores sienten que en sus pétalos resecos y en su tallo rígido y frágil alienta un último resto de vida, un último residuo de energía vital que se resiste a morir esperando, que desea transformarse en vida... imagínese la tortura de esas pobres flores disecadas atrapadas entre las páginas de un libro olvidado...
¿Que por qué elegimos este lugar? No teníamos edad para perdernos en una isla desierta... tampoco nos tentaban esas apacibles colonias donde los guiris jubilados vienen a calentarse al sol como los lagartos. Estas ciudades turísticas frente al mar, en invierno, poseen un encanto especial, un poco decadente, es verdad, pero, al fin y al cabo, puede que sea lo que más convenga a dos pobres flores disecadas. Al pasear por sus calles vacías, entre ventanas a las que nadie se asoma, entre tiendas y bares cerrados, aspirando ese intenso aroma salino que el frío viento de invierno parece espesar, con las gaviotas campando a sus anchas en las amplias avenidas que desembocan en el solitario paseo marítimo, sin escuchar otra cosa que el persistente bramido del mar, no interrumpido por el ruido del tráfico ni conversaciones triviales, tienes la sensación de vivir en una especie de apocalipsis en suspenso. Es como si Dios, después de suprimir al hombre y conservar tan solo sus obras junto a las plantas y los animales, se hubiera dicho para sí mismo que así estaba bien o que al menos valía la pena conceder una última oportunidad a los seres dotados de más corazón que inteligencia, como las gaviotas, o los perros vagabundos que miran con asombro las calles vacías de hombres, o las pobres flores disecadas que pretenden reflorecer cuando todo lo que deberían hacer es esperar a reducirse a polvo.
No piense mal de mí, no soy un misántropo, aunque es verdad que vinimos huyendo de los hombres, pero no por odio a los hombres, sino a ese mundo que han creado los hombres para dejar de ser hombres, para eludir sus deberes para consigo mismos con la excusa de obedecer a elevados deberes morales o a ciertas reglas de decoro social... sí, ese mundo que te hace el favor de no obligarte a elegir y que te fija cómodos caminos hacia la nada, ese mundo empeñado en decirnos a todas horas lo que debemos hacer y pensar y sentir... ese mundo que nos decía que esperásemos sentados a la muerte sin hacer demasiado ruido... ese mundo en el que vayas donde vayas solo eres un viejo maestro jubilado, un viejo que solo debe preocuparse por matar el tiempo y al que, para matar el tiempo, se le entretiene llevándole de excursión a Benidorm o a Segovia, o se le hace bailar y cantar y hasta se le permite jugar al amor con otra vieja tan ociosa como él, una pareja de viejos satisfechos que juegan al amor, como los niños y que, como los niños que juegan al amor, inspiran sonrisas condescendientes y burlonas en las personas adultas, para las que el amor no es un juego.
¿Comprende ahora por qué? Era nuestra elección. No piense en nosotros como en un par de viejos románticos que creían vivir en el rosado mundo de Corín Tellado… ya sabe, esas novelas que a nuestra generación, engendrada en las entrañas hambrientas de la posguerra y asfixiada por la atmósfera opresiva del régimen franquista, nos enseñaron a pensar en cierta forma de amor, muy etérea e irreal, es verdad, pero al menos diferente a esa forma grave, triste y culpable de la que hablaba la Iglesia o esa otra forma vergonzante de la que no se hablaba en casa. Es verdad que conocía a Clara desde que éramos pequeños, que, a los quince años, tuvimos uno de esos romances juveniles que no son nada en la memoria de nuestra inteligencia pero todo en el recuerdo de nuestra piel... ya sabe, esa memoria proustiana de nuestro ciego cuerpo capaz de hacer revivir todo un mundo muerto al escuchar una vieja canción o saborear una magdalena... sí, habíamos tenido uno de esos romances de aquel tiempo, ya sabe, nada de tocar más allá del borde de una falda tableada, un corto beso en los labios, pasear por el Retiro cogidos de la mano... pero eso fue todo. Cada uno vio nacer y morir el amor por su cuenta...
Éramos ya viejos cuando enviudamos. Clara tenía sesenta y seis y yo sesenta y ocho. Sí, éramos viejos, ya sabe, pobres flores disecadas de las que todo el mundo espera que se limiten solo a recordar su pasado hasta que acaben por reducirse a polvo… Al principio desempeñamos bien nuestro papel de flores disecadas para regocijo de nuestros hijos, parientes y vecinos. Éramos la mamá o el papá viudo al que venir a visitar de vez en cuando y al que acompañar a limpiar una tumba y al que pedir dinero y, sobre todo, a quienes dejar el cuidado de los nietos... Fue para distraernos, para alejarnos si quiera por un rato del vacío que en nuestra existencia habían dejado nuestras parejas por lo que ambos nos apuntamos a una de esas excursiones para viejos, una excursión a El Escorial en un templado día de mayo... No la había vuelto a ver en, al menos, cuarenta años, pero la reconocí enseguida... sí, la reconocí enseguida, tan alta, con ese oscuro pelo rubio, casi pelirrojo, con esos ojos de un azul tan pálido, con ese lunar en la frente tan característico... sí, nos reconocimos enseguida y fue como si toda aquella vida que nos separaba no hubiera transcurrido, como si acabáramos de darnos el último beso en el Retiro...
Fue Clara la que lo planeó todo. Siempre tuvo más estilo para estas cosas que yo. Recuerdo que, en aquel romance juvenil, ella ejercía como directora de escena, buscando los lugares, el momento y hasta las palabras que mejor se ajustasen a su idílico mundo de novela rosa, mientras yo me comportaba con la torpeza de un zafio chicuelo ansioso por un beso y por tocar algo más allá de lo permitido. Sí, ella planeó nuestra... fuga. Hace mucho tiempo que peino canas y siempre me he comportado como un tipo correcto y sensato, o al menos como se supone que se comporta un tipo correcto y sensato... pero aquello fue una fuga en toda regla, un arrebato de apasionada rebeldía adolescente a los setenta años. Huimos de ese mundo que solo nos permitía ser pobres flores disecadas, de ese mundo que, a través de los reproches de nuestros hijos, nos obligaba a someternos a nuestra patética condición de flores disecadas, de ese mundo que nos negaba el derecho a reflorecer con las fuerzas que todavía conservábamos en nuestros resecos y quebradizos miembros.
Recuerdo aquella mañana en la inmobiliaria, esa jovencita morena de labios repintados y ojos risueños intentando describirnos la clase de idílico paraíso veraniego que es Isla Antilla para los jubilados y sus familias. Sí, recuerdo perfectamente cómo se reflejó el asombro en su cara cuando Clara le dijo que no le interesaba el ambiente de verano, sino el de invierno... Es curioso, lo que decidió la compra del pequeño apartamento fue el modo entre triste y sorprendido con que la joven dijo que en invierno aquello se quedaba prácticamente vacío.
Así que, un buen día de finales de septiembre, cuando los últimos turistas rezagados comenzaban a marcharse ya y la pequeña ciudad turística iba adquiriendo ese ambiente de apocalipsis en suspenso, llegamos nosotros. Como ha podido comprobar, nuestro dormitorio tiene una espléndida vista hacia el mar. Nunca olvidaré esos lentos ocasos, cuando el sol parece posarse sobre la rizada superficie del mar, inflamando como un espeso fuego naranja las nubes bajas que arrastra el viento del Atlántico contra la costa, ni los fríos días de lluvia contemplando desde la cama el horizonte plomizo sobre el mar rugiente, ni aquellos paseos por la playa desierta, con los pies desnudos sobre la blanda arena fría y húmeda, sin bañistas ni vendedores ambulantes, con los barcos empequeñecidos colgando en el horizonte...
¿Que con qué llenábamos todo ese tiempo sin tratar con nadie? Le ahorraré detalles que pueden resultarle desagradables sobre el sexo a los setenta, solo le diré que existe, que es posible y que fue como la luna de miel de aquellos dos mocosos pudorosos que se besaban en un banco del Retiro... Estaban también los largos paseos por la ciudad desierta y la playa fría y las interminables conversaciones que, a veces, derivaban en discusiones... ¿se ha fijado en cómo viven muchos matrimonios de ancianos, se ha dado cuenta de que la mayoría no intercambian entre sí ni treinta palabras al día? La costumbre, la rutina, eso en lo que se ha transformado el amor con el paso de los años les hace actuar como autómatas, todo se sabe ya, al menos todo lo que hay que saber de la parcelita de realidad en que han terminado por confinarse, ¿para qué malgastar palabras, para qué distraerse hablando cuando hay telenovelas o una baraja de cartas o un juego de dominó esperando en cualquier bar o un huerto que cuidar junto a un arroyo o un partido de fútbol o una corrida de toros a media tarde? Nosotros teníamos que rehacer todo un mundo de la nada, crear de la nada todos esos vínculos capaces de unir tanto a dos personas como para llegar al punto en que no es necesario decir nada... ¿No cree que es la mejor etapa de una relación, el momento de florecimiento, ese instante de apogeo posterior a la titubeante fase germinal en que todo son dudas, vacilaciones y anterior a esa otra fase de decadencia llena de silencios, rutina y costumbre?
Teníamos el tiempo en nuestra contra... sí, nosotros, dos septuagenarios podíamos decir que teníamos el tiempo en nuestra contra cuando todo lo que nos decía la sociedad era que matásemos el tiempo sin hacer mucho ruido, sin molestar las serias ocupaciones de los adultos... ¿no le parece maravilloso, no cree que tener el tiempo en tu contra es privilegio exclusivo de quienes todavía tienen algo que jugarse contra el tiempo? No, no hablo de la vida, de ese breve intervalo de consciencia de la materia orgánica carente por sí mismo de sentido, sino de lo que puede llenar esa consciencia, lo que le da su contenido, su valor y su sentido. Sí, teníamos el tiempo en nuestra contra, el tiempo que podía hacer que una mañana nos despertásemos y dijésemos “pues bien, esto es todo lo que da de sí esta relación, ahora, como ayer y anteayer y antes de anteayer nos levantaremos, prepararemos el desayuno y saldremos a pasear por las calles desiertas, sin encontrarnos con nadie, y caminaremos sobre la arena húmeda y fría, junto al mar, sin ver a nadie y volveremos otra vez a hablar de lo mismo, a decir las mismas cosas, aunque lo hagamos con palabras diferentes, o nos callaremos, porque sería volver a repetirse, y comeremos y nos echaremos a la siesta y volveremos a pasear y conversar o a callar esperando el lento ocaso, tan parecido al de ayer y al de anteayer y al de antes de anteayer... y quizás, al llegar la noche, intentásemos de nuevo reavivar estos viejos cuerpos flácidos entre las sábanas tibias o tal vez no, porque sería volver a repetirse, e intentaríamos dormir esperando otro día igual al de ayer y a de anteayer y al de antes de anteayer...” Sí, habríamos vuelto a ser viejos, a ser pobres flores disecadas que han agotado también su última reserva de energía.
Pero no fue así. No me juzgue mal si le digo que, en cierto sentido, el tiempo ha sido benévolo con nosotros. Vuelvo a recordar ese momento, al volver de la playa, cuando el sol comenzaba a ponerse, tiritando de frío porque, de repente, el viento había comenzado a soplar en fuertes ráfagas, empujando contra la costa una masa de nubes bajas que amenazaban lluvia... cuando subí las escaleras del bloque vacío, silencioso, cuando abrí la puerta del apartamento y seguía sin escuchar ningún ruido, solo el del viento golpeando paredes y ventanas... cuando no encontré a nadie en la cocina, ni en el salón... cuando entré en el dormitorio, iluminado por la plúmbea luz ligeramente teñida de naranja procedente del mar y encontré su cuerpo echado sobre la cama... tan sereno, tan plácido que parecía dormir pero que no dormía, con los ojos entrecerrados, que parecían soñolientos... adivinando su pálida mirada azul sin vida... parecía una flor cortada en pleno florecimiento, no una pobre flor disecada esperando a convertirse en polvo, sino una flor en su apogeo de setenta años que ha hecho algo vivo de la sustancia muerta y nutriente de pensamientos, historia y experiencia en que parecía condenada a diluirse, algo muy diferente a esperar su muerte matando el tiempo sin hacer ruido, huyendo a una playa fría, a un ciudad desierta, a un lugar fuera de ese mundo creado por los hombres para decirle a los hombres lo que en cada momento deben hacer, a un lugar lejos de este hospital, lejos de usted, doctor, que quizás hubiera podido salvarle la vida, que hubiera podido reanimar su corazón, ese corazón que dejó de latir mientras yo paseaba por la playa pensando... pensando no recuerdo en qué, quizás en nosotros, en que lo habíamos hecho, en que nos habíamos rebelado ya no solo contra lo que debíamos ser en ese mundo donde las playas son solo para el verano y el amor solo para la juventud, sino contra la propia muerte, contra la propia nada en cuya orilla florecimos por última vez, en que no nos resignamos a esperarla con los brazos cruzados, recordando el pasado, ¿comprende ahora, doctor, entiende ahora por qué?
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