Visibles e invisibles
Jesús Urceloy
Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2015
por Rafael Pérez Castells

Jesús Urceloy nos regala un nuevo libro en su ya amplia bibliografía: “Visibles e invisibles” y no es uno más. Es sugerente desde el título al planteamiento, una falsa antología de autores verdaderos, autores conocidos y menos conocidos pero también autores que tienen un lado visible, el que socialmente percibimos, y otro invisible que se intuye en sus versos.
Urceloy sabe que la poesía es una herramienta del conocimiento, del de uno mismo, del lugar que ocupa en la vida y de la propia herramienta: el poema. Y algo ha practicado con esta herramienta en su obra, en la Profesión Judas es un cuchillo que abre en canal su desolación,
“He llegado a mi casa con el pobre vestido del cansancio…”
en su Salmo 43 es un teléfono al que aúlla su deseo solitario.
“Fui colgando el teléfono a todas las mujeres del mundo.
Sólo quería saber si estaban ahí, si era cierto que estaban ahí.”
Y siempre buscando en la belleza la cuerda donde asegurar el paso. Para Urceloy la poesía lo es todo, cada pequeño gesto, cada hecatombe es un verso que los inmortaliza. No es extraño que entre sus amigos sólo haya poetas o personal en camino de serlo. Jesús los conoce a través de sus versos y luego termina conociendo a la persona o viceversa, pero al final conoce a ese amigo con una profundidad singular, conoce esa parte visible, social, e intuye la invisible, su espíritu, en sus versos.
A lo largo de quince años, sin un propósito definido al principio, ha ido recopilando poemas dedicados a los poetas que iba conociendo y con los que entablaba amistad. Aunque no existía ningún proyecto de libro, los poemas fueron surgiendo con un estilo homogéneo, caracterizado por su heterogeneidad. Cada poema surgía “a la manera del” poeta festejado, a veces adaptándose a sus ritmos, otras poniendo al poeta en situación de escribir poemas inusuales en él por la forma: sonetos, haikus o tercetos encadenados. Una heterogeneidad propia de una auténtica antología. Sin embargo, no lo es, porque todos los poemas son de Jesús Urceloy que se disfraza de poeta amigo, le imita, se sonríe de él y le acompaña en su dolor o en su alegría. Un acto promiscuo, donde los espíritus invisibles de los dos poetas tratan de fundirse.
Conozco a bastantes de los poetas elegidos por Urceloy y puedo asegurar que a todos nos ha retratado con finura. En algunos caso con exquisita ironía, como a David Torres, convertido en un yihadista del verso,
“y atados a una silla
meterles veinte horas
de Rimbaud, Allan Poe,
John Ford y Blas de Otero…”
en otros compartiendo el dolor, pero en todos con una infinita ternura y respeto. Como el blues a la máquina de amar de/para María José Cortés.
“La máquina de amar me cayó encima
y me arrancó la vida.”
Como un drag-queen multifacético Urceloy escribe a García Trinidad, plagiando su estilo y añadiendo su propia pimienta:
“…Esa avispa que te acecha,
El agua resbala
Por tu pierna desnuda. El trampolín.”
Hace escribir unos tercetos encadenados a Javier Lostalé, a Juan Manuel Navas le saca un soneto y a Juan Carlos Mestre le descubre una brevedad inimaginable en su verbo, con dos versos que bien podrían ser suyos,
“Tú solo cada noche
das sombra a los vencidos”.
La versatilidad del autor para escribir a la manera de otros se magnifica por el hecho de que en 44 poemas de diferentes estilos, Urceloy está presente de alguna manera: una palabra propia de él, un giro, una pista que nos recuerda que el poema que leemos no es de, por ejemplo, Martínez Mesanza sino suyo.
Dije que Urceloy nos regalaba este libro y así es como lo siento. Es un regalo para los que estamos incluidos en él y, especialmente, para cualquier lector porque con su lectura se deleitará de su maestría y, en muchos casos, descubrirá a algún poeta nuevo en esta falsa antología de autores verdaderos.
Rafael Pérez Castells
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