Fotografía
JSAL1957
www.flickr.com/photos/24183618%40N06/albums
por Álvaro Muñoz Robledano

El fotógrafo no interviene en la fotografía. Él no es la persona que prepara el escenario, ni la que dirige la colocación o el gesto del modelo; ni siquiera la que escoge la situación que se encuentra al paso de sus muchísimos (por lo que aquí se muestra) viajes. Tras ese trabajo, minucioso o alocado según lo requiera la ocasión, se produce un desdoblamiento que tiene como bisectriz la lente de la cámara. A partir de ese momento, la velocidad íntima de la fotografía cambia, se ralentiza, No están en estas imágenes ni el impacto inquietante de una instantánea ni el complejo campo de un estudio. Su grano es otro, y muy personal; nítido, correcto, adecuado al momento. Bien educado. Pero hay en cada una de ellas, desde los retratos a los paisajes o las escenas urbanas, una lentitud elegante y circular. Contemplarlas supone rodearlas, compartir con el fotógrafo la demora precisa para intuir que los cuerpos son reales, como lo son los maquillajes, los tatuajes, los elementos del atrezzo o el paisaje que el objetivo puede abarcar; como son reales las posibilidades del color o la delimitación de la luz. Y esa realidad, sensual porque puede ser observada, paladeada y acariciada en un magnífico ejercicio de sinestesia, se dirime en tiempo, tiempo en que la fotografía sucede; porque sucede, con toda naturalidad y todo artificio. La técnica, y hay mucha técnica en este trabajo, no es más que un hábito de respiración. Aquí el fotógrafo no crea, ni erige, ni denuncia, ni se enamora; es testigo de lo que sucede cuando el otro escoge un retazo que puede contener una imagen, una imagen que puede contener una sensación de tiempo y carne. La que hemos escogido se titula “Para la espera”, y lo hemos hecho al comprender que la espera es su arma, tanto como es nuestra pasión.
© A.M.R.
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