í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

La carne en calma
Juan Manuel Navas


Madrid, Amargord, 2015 (Col. Avena Loca, 14)

por Álvaro Muñoz Robledano



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Lo primero que llama la atención es la seguridad con que cada línea ha sido escrita, desde la inicial hasta la que cierra el volumen (fuimos bellos y brutales cuando los padres arreciaron sin aliento…y espero que el castigo ya no seas tú). A continuación, la resistencia a llamar verso al espacio en que se va desenvolviendo el poema, resistencia que va creciendo a medida que dicho espacio se desarrolla y se repliega, a medida que muestra, en un vaivén violento, de carga desestibada, su dura mercancía; hay un factor que trasciende la versalidad, que se atreve, quizás, a negarla a pesar de la música en que se asienta el texto, música abierta y exacta a un tiempo, juego de tempo y síncopa resuelto y complicado una vez tras otra; y creo que ese factor es la extraordinaria tensión de cada línea, casi de cada sintagma. En La carne en calma no hay intermedios, ni entreactos, ni soluciones de continuidad. Puede que no haya solución de ningún tipo. Incluso los espacios en blanco forman parte de la pelea; de hecho, sus golpes puntúan en las cartulinas de quien lee como los mejores directos, Hay que leer despacio, fajándose y resistiéndose, también rindiéndose, porque cada línea, casi cada sintagma, nos toca de cerca, muy de cerca. En este libro está cada uno de sus lectores, en esa región en la que nadie que lo lee quiere estar: el presente sin salida, el cuerpo sin extrarradios, la dureza de las horas en que es preciso estar despierto, cuando ni siquiera se tiene el consuelo del insomnio.

La carne en calma es un poemario radicalmente irónico desde el título, pues está atravesado por una feroz tensión que, ya se ha dicho, no decrece en ningún momento; su explicitud tiene más que ver con la lucidez que con la crueldad. Hay en él un relato congruente y enérgico acerca del sexo como mecanismo de negación y de la memoria como mecanismo de reconstrucción. Y ese relato subordina la escritura, la despoja de cualquier efecto superfluo, de cualquier juego de embellecimiento mantenido al margen de la centralidad de dicho relato. No es un libro seco, ni mucho menos; el estilo de Juan Manuel Navas está muy alejado de la pobreza que algunos confunden con desnudez. Su capacidad de remover la expresividad de las palabras elegidas, de potenciar la sintaxis, de bucear en la connotación y en la historia, lo acercan a un barroco que, por fortuna, se resiste a desaparecer de nuestra cultura. Pero he sentido, al leerlo, que en ningún momento se cede el paso a la mera literatura. No hay una sola imagen, metáfora, metonimia, hipérbaton o cláusula indirecta que no corresponda a un movimiento en la dialéctica feroz que plantea, entre el protagonista que recorre el libro y el antagonista que lo observa desde fuera, puntuando y registrando cada uno de sus momentos con la minuciosidad del experimento científico. Ambos son la misma persona, un yo consciente, enérgico, duro, que plantea sus emociones como una causa, su cuerpo como una consecuencia, su entrega como una extensión del escenario y del tiempo de la representación. Pero no hay representación, ni cláusulas literarias, ni apoyo en la tradición. De la sedición que este poemario plantea, sedición contra lo civil y sus velos, contra lo moral y su contradicción, contra lo político y su inconsecuencia, no nos va a salvar la música de jazz, ni el rótulo de neón, ni el alcohol brillante, ni siquiera un recuerdo o un momento de silencio. La carne en calma es pelea, sórdida, lujuriosa, cínica y, sobre todo, inteligente, Esa es su mayor crueldad. Como en los cuentos de Poe o las pinturas del Bosco, Juan Manuel Navas ha creado un delirio exacto y detallado, un momento en el caos en el que cada pauta de dolor y de análisis es perfectamente verificable. Un poemario que ha de ser, si es que queda alguien con cabeza por ahí, una prueba de realidad para las teorías acerca de la identidad y la corporeidad tan virtuales y confusas como las que nos caen últimamente.

 

© A.M.R.

 

©Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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