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Café Bolívar
porAntonio Arjona Huelgas

 

 

María estaba en el Café Bolívar, como todos los sábados de cada semana, con un capuchino sobre la mesa y un libro de bolsillo en su mano izquierda. Acaba de almorzar. Era medio día, y más tarde María tendría cosas por hacer, entre ellas visitar a su tía Sofía, para después ir a trabajar. Pero siempre había algo de tiempo para leer, y esa mañana su acompañante era Oscar Wilde y sus divertidas historias.

María era una mujer atractiva, esbelta, pelirroja y de finos rasgos, excepto por su mandíbula que estaba un poco más pronunciada de lo normal. Llevaba el cabello suelto y  vestía una blusa sin mangas acompañada de una falda que se alargaba dos centímetros debajo de la rodilla. No era de su gusto el usar tacones, por lo que, de manera general, usaba un cómodo par de zapatillas.

Sus brillantes ojos resplandecían a la luz del día, leyendo una línea tras otra. Centrada por completo en su libro, sus suaves manos le daban vuelta a las páginas, y su imaginación  construía mundos distintos por medio del papel.

No se percataba de lo que pasaba a su alrededor, por lo mismo, no pudo darse cuenta de la plática que tenían los hombres que se hallaban a su derecha, en la mesa de junto.

-¿Entonces es cierto?

-Tan cierto como el agua, yo entonces trabajaba como mesero,- contestó el otro hombre- justo de aquí, en el Café Bolívar, salía del lugar aquella joven, hace ya tres años. La que venía siempre en sábado a desayunar y, después, se ponía a leer mientras se tomaba su café.- el hombre se detuvo un momento y suspiró- El martes se cumplen tres años.

-Debe ser una lástima ya no verla.

-Es cierto, nunca he vuelto a ver una mujer tan bella; siempre era amable, pero jamás le dirigió a ninguno de nosotros ninguna palabra que no fuera un saludo, un por favor y un gracias. Nunca supimos mucho de ella,

-¿Fue saliendo del café?

-Si, al salir de aquí.- el hombre volteó a ver la calle- Era tan distraída, que jamás notó el camión que se acababa de pasar el alto. De todas formas, ya estaba en media calle para cuando fue golpeada. Se cree que murió en el acto.

-Qué triste- dijo el hombre que había comenzado la conversación, dándola por terminado.

Mientras tanto, María continuaba con su lectura, al igual que cada sábado, leyendo de manera apasionada, incapaz de observar que estaba en el mismo lugar en el que había estado el día en que murió.  

 

 

 

© Antonio Arjona Huelgas . Coyoacán, Ciudad de México

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