El árbol
porFran Montaraz
Amanecía en silencio sobre los campos desnudos. Las primeras luces del alba aterciopelaban de añil el negro tapiz del cielo. El campesino despertó cuando ya la claridad perfilaba los objetos de la habitación y disolvía las sombras escondidas en los rincones.
Los sueños de aquella noche habían desembocado en confusas pesadillas en las que se había visto con el rostro magullado por el ramaje, corriendo despavorido a través de la espesura, huyendo de las siniestras raíces que surgían de la tierra y que, como inmensas garras, intentaban atraparlo. Había despertado varias veces durante la noche, sobresaltado al escuchar sus propios gemidos, y se había vuelto a dormir con miedo a aparecer otra vez en medio de aquella persecución salvaje. Pero las escenas se repetían cada vez que sucumbía al sueño. Sólo un par de horas antes del amanecer, había conseguido descansar.
Se levantó de un salto y se vistió: iba muy atrasado con el trabajo en el campo. El mulo envejecía inevitablemente, y, aunque fuerte y seguro todavía, su creciente lentitud hacía que el período de preparar la tierra se alargara más cada año.
Comió con premura los restos fríos de la cena. No tenía tiempo para disfrutar de un desayuno copioso y humeante, ni siquiera para encender el fuego. Faltaba un mes para el inicio de la primavera, y era necesario acabar de arar el campo para empezar la siembra de los girasoles.
Se abotonó bien el tabardo, pues a esas horas todavía la escarcha cubría las cosas con el cristal de su tacto, y abrió la puerta de la casa. Al salir, lanzó una breve mirada hacia los campos y quedó paralizado por el asombro: en medio de la ocre monotonía de la tierra muda, un pequeño árbol agitaba sus ramas bajo el frío viento de la mañana. ¿De dónde había surgido?
Se acercó a él para observarlo mejor. El árbol no sobrepasaba la altura de sus rodillas. Las ramitas de color grisáceo estaban adornadas de extrañas hojas puntiagudas, que revoloteaban sin parar como diminutas flechas desorientadas. Agarró el fino tronco y tiró de él para ver si se desprendía de la tierra, pero el arbolillo estaba bien arraigado. Retiró un poco de tierra alrededor de la base y comprobó que las raíces eran muy profundas. Aquel árbol había nacido allí mismo; nadie lo había plantado durante la noche.
Después de contemplarlo durante un largo rato, intentando comprender su naturaleza, decidió dejarlo crecer hasta que se hiciera más grande: quizá en el futuro le proporcionaría una buena cantidad de leña para calentar su hogar.
Sacó el mulo del establo, que le miró con gesto mohíno. El hombre le acarició devolviéndole una mirada de compasión. “Ya falta poco, amigo”, le dijo y le unció el yugo, al que sujetó el arado. Comenzó a trabajar, pero en su mente surgían una y otra vez las imágenes de las pesadillas nocturnas. Y el pequeño árbol. No dejaba de preguntarse cómo había podido nacer y crecer en una sola noche.
Al atardecer, el labrador recogió sus aperos, y dio de comer y beber al mulo. Se aproximó de nuevo al árbol. El sol del poniente otorgaba un reflejo cobrizo a las tiernas hojas, y, por unos instantes, le pareció que éstas se habían multiplicado. Pero estaba realmente cansado, por lo que prefirió eliminar los pensamientos perturbadores que le habían atormentado durante el día. Dejó que en su mente aparecieran las imágenes de calidez y bienestar que, sabía, le aguardaban dentro de la casa, y se dirigió hacia ella para encender el fuego y preparar una buena cena.
El campesino vivía solo. En su juventud había estado enamorado durante muchos años de una muchacha que habitaba en el pueblo más cercano. Por aquel entonces se acercaba mucho al pueblo, con la esperanza de cruzarse con la joven y poder hablar con ella un rato; pero sus encuentros fueron escasos, y en ellos apenas disponía de tiempo y valor para mostrar sus sentimientos. Nunca llegó a declararle su amor, y la chica, que ignoraba que el campesino la amaba, se había marchado a la ciudad y no había regresado nunca más. Después de este suceso, que tanto le había entristecido, no había intentado acercarse a otra mujer. A partir de entonces las rápidas visitas al pueblo se habían limitado a las tiendas y almacenes donde podía proveerse de víveres y herramientas.
Era un hombre tímido, que apenas hablaba con nadie. Algunos conocidos le saludaban, pero pocos se paraban a charlar con él. La soledad era su compañera, y él la amaba, pero a veces se tornaba desagradable; entonces, se acercaba al establo y se sentaba junto a su animal, le acariciaba y le contaba alguna historia. El mulo parecía escucharle con sus grandes orejas y sus ojos de cristal retinto. Pero esos momentos eran escasos: por suerte, tenía mucho trabajo a lo largo del día. Apenas le quedaba algo de tiempo por la noche para sentarse junto al fuego a observar las formas cambiantes de las llamas, mientras fumaba el último pitillo.
Al despertar el día siguiente, el labrador se vistió a toda prisa y salió de la casa. El árbol había crecido. Superaba los dos metros, y las ramas se habían poblado totalmente de aquellas curiosas hojas lanceoladas; el tronco se había alisado y brillaba como cubierto por un fino lienzo de plata. Al posar la mano sobre él, sintió un calor suave y una ligera vibración, algo parecido a un murmullo, pero se asustó y la separó con rapidez. Un inusitado sentimiento de angustia se apoderó del hombre. ¿Sería un árbol maligno? ¿Qué sentido tenía aquella aparición? Se precipitó al cobertizo y tomó un hacha. No era creyente, ni tampoco supersticioso; pero un fenómeno tan extraordinario le infundía un temor que nunca antes había experimentado.
Al primer golpe, el hacha rebotó produciendo un sonido metálico, como si hubiera sido descargada sobre una columna de hierro. El campesino volvió a golpear el tronco, esta vez con todas sus fuerzas, pero el resultado fue el mismo. De nuevo lo intentó varias veces, pero no consiguió más que hacer unas ligeras marcas en la corteza. Era imposible derribarlo. Arrojó el hacha al suelo y se dio por vencido: aquel insólito árbol, que había surgido de la nada en medio de la tierra desnuda, tenía una fuerza que superaba a la suya propia. Su voluntad era existir y crecer, y él debía permitirle que lo hiciera.
A partir de aquel momento, admitió aquella presencia, sin preocuparse más por su misterioso origen. En ocasiones, cuando el trabajo le agotaba y necesitaba descansar, detenía sus tareas y se acercaba al árbol para tocar su tronco en señal de aceptación. Su tacto, ahora, le infundía vigor y calmaba sus desvelos.
Llegó la primavera. El árbol seguía creciendo. Había alcanzado en poco tiempo una altura inverosímil. El hombre, la casa, el pozo, todo se había reducido al lado del magnífico gigante. El tronco, imponente como la torre de un faro que se elevara al cielo para vigilar el mundo, se abría en cientos de largos brazos inclinados hacia la tierra para cobijar lo que acontecía a sus pies. Allí, una suave hierba crecía salpicada de delicadas flores blancas. Más tarde aparecieron frondosos arbustos cuajados de bayas carmesíes. Unas aves exóticas invadieron la quietud del jardín y lo inundaron con la magia de su música.
También el campesino se sintió atraído por el nuevo paisaje que reverdecía en el centro de su vida, y, cuando empezó el calor, pasaba los días enteros sentado bajo la apacible sombra, acariciando el terciopelo de la hierba y escuchando el rumor de la brisa entre el follaje. Se sentía aliviado de cualquier preocupación, vacío de pensamientos sin rumbo y lleno de la paz que le transmitía el árbol.
El mulo, libre de su yugo, pacía libremente el fresco pasto, y, al atardecer, se paraba a escuchar el canto de las aves antes de regresar al establo. Un día desapareció entre los arbustos, pero el campesino, que había olvidado por completo el apremiante trabajo, no le echó de menos.
El hombre se rindió al árbol. Alrededor del tupido oasis, los campos arados yacían abandonados, y los tiernos brotes, que empezaban a asomarse entre los surcos oscuros, sin los riegos vitales, murieron.
Una mañana, mientras sacaba agua de su pozo, escuchó unas risas que provenían del árbol. Se aproximó a él y posó el oído sobre el tronco. Eran susurros como los que hace el viento al agitar las hojas. Mantuvo el oído pegado a la dura corteza y siguió escuchando: sí, era el sonido del viento alborotando las ramas. Y después el dulce repiqueteo de la lluvia al caer sobre las hojas, el chillido de un animal asustado, la risa de los truenos. Golpeó varias veces la corteza con los puños, y unos golpes similares a los suyos le respondieron. Aquello no sorprendió al hombre, que presintió en el árbol la sabiduría ciega de los seres que conocen los profundos enigmas de la creación.
Al día siguiente llovió.
El árbol floreció. En las ramas se abrieron unas hermosas flores de pétalos morados, que no tardaron en transformarse en fragantes frutos. Más tarde maduraron y cayeron sobre la hierba, cubriéndola de pinceladas violetas. El hombre no dudó en recogerlos. Los abrió, arrojó las semillas nacaradas a la tierra, y comió la pulpa dulce y perfumada. Dos frutos bastaron para saciar su hambre y su sed.
Apenas entraba ya en la casa, que con las puertas y las ventanas abiertas, había sido invadida también por los arbustos y los animales. Todo lo que el hombre necesitaba para vivir -alimento, luz, refugio, solaz- se hallaba bajo el enorme árbol. Se fue desprendiendo de las ropas, que dificultaban sus movimientos al trepar; sus cabellos crecieron libres, y sus brazos y piernas se cubrieron de durezas y arañazos en contacto con la vegetación arisca. Se comportaba como un ser criado en medio de la naturaleza salvaje. Pasaba horas encaramado en una rama, abrazándola y observando ensimismado las delicadas fisuras de la superficie, escuchando atento cómo los opacos crujidos de la espesura se mezclaban con los trinos ligeros.
Cierta vez salió de los lindes de su colosal jardín, y al contemplar los caminos polvorientos y los amplios horizontes desiertos, sintió frío y desazón, y corrió a refugiarse al corazón verde de su cálido paraíso.
Una noche, mientras dormía, un crujido proveniente de los matorrales le despertó. Pensó que quizá el mulo había regresado, y sintió cierta alegría. Al levantarse, halló el jardín iluminado por unas luces pequeñas, pero tan relucientes como las estrellas que inundaban la oscuridad del cielo. El hombre pensó que eran luciérnagas posadas en la hierba. Se acercó a observarlas y recogió una: eran las semillas de los frutos caídos, que se habían secado, y ahora refulgían con luz propia e iluminaban la noche como miles de lamparillas encendidas. No pudo evitar la tentación de tragar una de ellas. Un intenso sabor acre le atravesó la garganta. Por un momento quedó sin respiración, paralizado sobre las piernas, que se habían vuelto rígidas. Y se desplomó.
No podía moverse, pero se sentía lleno de paz. Su cuerpo era ligero y elástico. Notaba cómo sus miembros se alargaban y se descomponían en millones de partículas, que se filtraban y se dispersaban en la tierra. Las raíces lo absorbían lentamente y lo conducían al interior del árbol. En su ascenso por el tronco, se deslizó desde los vasos más finos hasta otras amplias corrientes, donde, convertido en savia ligera, iba alimentando cada rincón de la madera. Se dejaba llevar por una energía invisible, que era su propia energía transformada en árbol: la fuerza misma de la vida moviéndose a una velocidad vertiginosa. Desembocó en la oscuridad de las ramas, y allí sintió que se prolongaba en hilos líquidos hasta que penetró en las hojas.
Bajo el sol abrasador de la mañana, cada gota del hombre comenzó a evaporarse a través de los poros, que se dilataban con el calor. Se hizo vapor y flotó por el aire caliente. Dividido en millones de gotas diminutas tomaba formas caprichosas y se mezclaba con la maleza; mojaba las plumas, impregnaba los pétalos de rocío, exhalaba perfumes en su contacto con las superficies.
El ardiente viento de la tarde lo elevó al cielo, y, convertido en nube, voló sobre los campos y los pueblos de la comarca. Sobrevoló un río en el que había nadado de pequeño. Atravesó una ciudad ruidosa que había visitado una vez con su padre, y más allá, otras que no conocía. Cruzó pueblos de países muy distintos y llegó hasta regiones desérticas donde la arena era la dueña de la tierra, y donde las pocas personas y animales que las habitaban se refugiaban de la quemazón del sol en sus chozas vacías. Vio cadáveres de ganado y tumbas de personas; y pueblos sin árboles, cuyos habitantes esperaban la lluvia como quien espera a Dios. Y después, las montañas azules, ajenas a la desolación.
Al cabo de unos días, avistó su jardín. Quedó flotando sobre su casa, hasta que una ráfaga helada lo transformó en gotas de agua. El hombre llovió, y las ramas y los arbustos se barnizaron de su cuerpo.
El campesino despertó. Estaba empapado y, a su alrededor, la lluvia había dejado un brillo plateado sobre la vegetación. Estaba un poco aturdido, pero sabía exactamente lo que tenía que hacer. Se levantó y entró en la casa. Cerca de la cama había una cómoda que no había abierto desde hacía mucho tiempo. Sacó ropa doblada durante años, que olía a madera y a humedad; estaba algo apolillada, pero se vistió con ella. Después cogió una bolsa de cuero, donde metió un trozo de queso, nueces y pan. Se colocó su tabardo y salió al jardín. Las frutas secas habían regado la hierba de semillas blancas. Recogió todas las que pudo y se las metió en los bolsillos. El hombre volvió su rostro hacia la casa: cubierta de raíces y enredaderas se había transformado en una planta también. Después miró el pozo, el cobertizo, el establo, y echó una última ojeada a los campos baldíos. Finalmente se acercó al árbol, y abrazó su tronco liso y caliente. Como siempre, escuchó los sonidos de vida que surgían de él. Esta vez oyó tambores y ruido de festejos de seres que eran humanos, pero que aún no habían nacido.
Al atardecer, el campesino llegó al pueblo. Atravesó las calles polvorientas que conducían a la plaza. Algunos rostros se giraron a mirar al desconocido de aspecto desaliñado que atravesaba la plazuela. Entró en la taberna donde solía tomar un vaso de vino o dos las pocas veces que se acercaba al pueblo. El tabernero no era un hombre hablador, pero siempre le saludaba con amabilidad y cruzaba algunas palabras con él; esta vez, sin embargo, le observó largamente con gesto desconfiado al otro lado de la barra mientras lavaba unos vasos, hasta que se acercó a él para servirle. No le había reconocido: su larga cabellera desordenada y sus barbas crecidas desfiguraban su rostro completamente. Los otros parroquianos también le miraban sin decir nada. El campesino bebió su vino y dejó una moneda sobre la barra.
Salió de la taberna y se dirigió a las afueras del pueblo, donde, en otros tiempos, había una hermosa alameda cerca de un riachuelo, que servía de recreo y sosiego a los lugareños. Cuando el hombre dejó atrás la última casa y buscó el bosquecillo de álamos, no encontró más que unos cuantos árboles raquíticos y pelados en un paraje abandonado, poblado de zarzales y hierbajos amarillentos. La mayoría de los álamos habían sido talados y el riachuelo se había secado. Con tristeza, se dirigió al lecho seco del río y se arrodilló sobre la tierra agrietada. De uno de sus bolsillos sacó una semilla. La colocó en la palma de su mano y la observó. La semilla brilló bajo la luz del sol. El hombre esbozó una sonrisa y la depositó con cuidado en una de las estrías de la tierra. Después se incorporó y siguió su camino. Tenía mucho trabajo por hacer. A su alrededor, los campos marchitos extendían su melancolía hasta el horizonte. Pero él no sintió pesadumbre. Llevaba los bolsillos repletos de semillas.
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