Estaciones
porBartolomé Aliaga
1
Durante los largos meses helados, el pueblo está aletargado. Las casas siempre duermen; sus ventanas, selladas como párpados caídos, y las puertas bostezan de vez en cuando a algún osado que se adentra en el temporal con la cabeza gacha.
Al final la impetuosidad irreflexiva de la naturaleza y los pájaros cantarines se sobreponen a la melancolía del frío. Aún es pronto para descartar las chimeneas, pero los jerséis más gruesos se arrinconan en el fondo del armario.
Algunos domingos, la plaza de la iglesia bulle de gente engalanada. Las campanas se vuelven locas, una lluvia de arroz cae sobre los novios divertidos. El salón de Herminia está dos calles más arriba, los invitados al banquete no tienen que dar ninguna caminata.
El cielo de pascua está decorado con cachirulos, siempre esforzándose por ser libres. Los niños corren por la ribera sujetando fuertemente los cordeles. Una cometa se escapa y termina descansando en la choza de Goyo. Ninguno de la pandilla se atreve a recogerlo, del hombre se cuenta que roba gallinas y guarda niños en un pozo. Cuando crecen, terminan desafiándole y persiguiéndole con piedras.
Con el buen tiempo, los ancianos se apropian de los bancos, sus boinas y cayados como símbolos de la autoridad cimentada a través de décadas de fatigas de sol a sol. Sus arrugas son las letras del libro de la vida.
Los agitados veranos reclaman a los expatriados y a unos pocos forasteros: entre otros, hijos, primos, cuñados, antiguos compañeros de la mili, vecinos, o meros asiduos a las verbenas. Los visitantes estivales conforman un ejército que invade los ríos de increíble frescura, los bares y las plazoletas donde resuenan mil risas, las noches de comparsas desatinadas y serpentinas en el suelo empedrado.
Este bullicio está condenado a morir cada año. Con la llegada de las tardes más cortas y el viento implacable, los coches y autobuses se van llevando a la muchedumbre. La mayoría de los que se marchan retornarán en la siguiente temporada más cálida, que ahora se atisba muy lejana.
Tal muerte y su correspondiente resurrección son un fenómeno periódico arraigado en el código emocional de las gentes del pueblo, de modo que ver partir a los seres queridos produce solamente una tristeza tibia, soportable.
Un día de otoño, el pastor Macario quiere mostrarle a su hijo las murallas musulmanas. Aupado a las almenas, el pequeño Anselmo se emociona ante la inmensidad de la tierra, que se le antoja inabarcable, y lo menudo del pueblo, casi irrisorio.
Anselmo comprende que su pueblo, ese conjunto abigarrado de casuchas pardas, ya nunca le va a parecer suficiente, que cada vez se sentirá más comprimido, asfixiado.
Su padre advierte al instante qué está mutando en su hijo. Por eso, a la vuelta, ambos caminan un tanto consternados y silenciosos entre los olivos.
2
Llueve durante dos días seguidos, pero a nadie le importa.
Cuando el cielo se seca, huele a limpio y todo está brillante bajo el sol perezoso: los esqueletos de coches tragados por la hierba, una bañera corroída apoyada junto a un tronco mutilado, tres somieres que se pudren entre piedras y excrementos de jabalíes.
El pueblo está abandonado pero sigue recibiendo visitas eventuales. En una de estas ocasiones, un viejo Seat viola la serenidad inexpugnable del lugar. De aquel se baja una pareja contagiada del sosiego de los edificios derruidos y cansados, que apenas habla mientras recorre las calles.
Entran en el colegio. Algunas aulas están inundadas, el agua se colaría por el techo vencido. Ella tropieza con una tabla que formó parte de un pupitre, maldice para encoger el susto.
Nada más triste que unas clases vacías, piensa, olvidadas ya por los alumnos; la algarabía, las zancadas en los pasillos, las mofas susurradas para pasar desapercibidas por los maestros, se pueden palpar, rezuman de las paredes que las han conservado durante decenios.
Después van a la iglesia; su campanario hace mucho que enmudeció. El templo ya no es un espacio sagrado: el clima lo ha profanado, le ha arrebatado, pulverizado o descuartizado los santos, vírgenes y mesías, ahora sólo aguantan los muros tozudos.
Anochece y hace un viento de psicofonía, no tardan en resguardarse en el vehículo. Una carcajada provocativa. Al rato, las ventanas del Seat se empañan.
Escuchan ladridos en la oscuridad cósmica. Ladridos con retazos de soledad, de eternidad hecha misterio.
Despiertan, amanecer neblinoso, pasean por el cementerio. Los nichos expoliados, las lápidas arañadas por los elementos, los escasos huesos que quedan desparramados por doquier, fuera de sus ataúdes, pálidos como vampiros arrancados de sus lechos subterráneos y expuestos bajo el sol brutal.
Él le habla de las sectas, grupos adoradores de la cabra, que acuden a pueblos fantasmas como éste y, ataviados con túnicas negras, ejecutan rituales en sus tentativas de flirtear con el mal. Dibujan como testimonio de su paso estrellas pentagonales, y perturban el inagotable sueño de los difuntos saqueando sus restos.
Antes de partir suben a la muralla musulmana, bastión primitivo aparentemente inmune a la decadencia de la población que protege.
Es la primera vez que él viene al pueblo. Cualquiera diría que he llegado ya un poco tarde, piensa, contemplando el paisaje, lo que es y lo que fue, las casas de labranza destrozadas y demasiado silenciosas, pero también las mujeres fregando la ropa sucia en el arroyo, y los niños jugando al pilla-pilla.
-Mi abuelo Anselmo se crió aquí- dice.
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