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La libreta
porJuan José Sánchez González

 

 

Al revisar su pasado, solo encontraba soledad, setenta largos años de soledad... Abundio levantó la mirada, fijándola en el viejo cuadro descolorido de la Santa Cena que siempre había presidido el comedor de su casa, frente a cuya ovalada mesa de contrachapado estaba sentado, ante una libreta de hojas rayadas abierta por la primera página. Todavía no había escrito nada. Costaba empezar. La hoja esperaba paciente, con sus rectas líneas de color azul pálido dispuestas para acoger sus palabras, tranquila, fiel, comprensiva, con esa silenciosa complicidad del amigo verdadero que nunca tuvo.

Pero antes era necesario reflexionar. Pensó que no era del todo cierto el que hubiera estado solo. Es verdad que, aparte de su madre (no tenía ningún recuerdo de su padre, fallecido cuando él tenía dos años, y carecía de hermanos), no había llegado a entablar ninguna clase de relación profunda y duradera con ninguna otra persona. Nunca tuvo novia, no se había casado ni tenía hijos, tampoco podía decir que tuviera amigos, conocidos sí, gente a la que saludar por la calle, incluso con la que tomarse alguna que otra copa en los bares, pero no alguien con quien hablar de las cosas que de verdad importaban y a quien pedir consejo sobre cualquier problema. Pero, aun así, no se había sentido solo en ningún momento, ni siquiera cuando su madre murió veinte años atrás. No, no se había sentido nunca solo. Siempre había sentido la presencia de alguien con quien hablar de todo cuanto no podía hablar con otra persona, de alguien con intereses que no podía compartir con nadie, él mismo. Al mirar atrás, ya no veía soledad, esa palabra-comodín que se aplica a la situación de todo el que no ajusta su vida a las pautas que guían la vida gregaria del rebaño. A lo largo de sus setenta años, había visto más soledad en la gente “acompañada” que en los verdaderos solitarios. Con su mirada lúcida, había penetrado con un solo golpe de vista en la miserable intimidad de muchos de sus vecinos, en los penosos secretos ocultos tras los tercos silencios de sus hogares, reflejados en la resignada mirada de esposas que un día se casaron por no quedarse solteras y que, a veces, pensaban en su viudez como en una negra esperanza, en las sórdidas palabras soltadas en la barra de cualquier tabernucho por hombres sumidos en la obstinada derrota de los jornaleros del campo que, desinhibidos a base de vino peleón, daban rienda suelta a sus frustraciones sociales, económicas y sexuales, en los lánguidos rostros de las mozas y mozos, consumidos por deseos reprimidos ante la severa mirada de la hipócrita vecindad.

No, no había estado solo. Aunque, a decir verdad, siempre había echado en falta a alguien con quien hablar aparte de sí mismo, una cabeza inteligente, lúcida, que no temiera cuestionarse ese parco puñado de verdades absolutas que conformaban el estrecho horizonte mental de sus vecinos. Cuando Abundio cuestionaba en voz alta la existencia de Dios, la estricta moralidad católica o el orden social, sus vecinos eludían toda discusión santiguándose o emitiendo esos confusos gruñidos que pretendían ser palabras pero que expresaban con claridad ese miedo irracional del animal domesticado frente al campo abierto y desconocido que le obliga a ser libre.

Sin embargo, los tiempos habían cambiado en el pueblo, no todo lo deprisa que Abundio había deseado tras la muerte de Franco, es verdad, sino con esa lentitud geológica característica de la profunda España rural. Al menos, las generaciones más jóvenes hablaban con plena libertad de todo cuanto a sus abuelos, y aun a sus padres, inspiraba miedo y vergüenza. En el parque situado frente a su casa, en las noches de verano, los jóvenes se reunían para beber cerveza, fumar porros y hablar abiertamente y sin miedo de cualquier cosa. Más que envidia, Abundio sentía rabia por haber nacido tan pronto, en una generación que no le correspondía, y haber vivido lo suficiente como para asistir cuando ya era tarde a la aparición de la generación que consideraba la suya. A veces se imaginaba saliendo al parque y sentándose con ellos, hablando de todo cuanto nunca antes pudo hablar con nadie, presentándose como un humilde jornalero que, desafiando aquellas terribles palabras con que, cuando era un niño, sus maestros querían cortar sus ansias de saber (“pero para qué quieres tú esos libros, ¿es que vas a ser catedrático?”), había leído todo cuanto había caído en sus manos, gastándose en libros el mísero jornal que ganaba en el campo y que otros gastaban en alimentar a sus familias o malgastaban en vino, cartas o putas. Pero era consciente de que la gente del pueblo no le verían como al amigo de los jóvenes, sino como al viejo solterón que sale al parque a beber cerveza y a mirar a las jovencitas.

Por eso había decidido escribir su autobiografía en esa libreta, como si fuera una especie de carta destinada a sus hermanos espirituales, a las jóvenes generaciones que no tenían miedo a pensar. La idea se le ocurrió el día de su setenta cumpleaños que, como siempre, pasó desapercibido en el calendario. Ese día se puso a pensar en lo viejo que era, en que no le quedaba mucho tiempo por delante o al menos tiempo que pudiera aprovechar antes de que alguna enfermedad o una suma de achaques lo postrasen en una cama. Pensó en que, cuando muriese, se iría de este mundo siendo el viejo solterón solitario que hablaba de cosas raras que a nadie importaba, que desaparecería para siempre sin que nadie lo hubiese llegado a conocer de verdad... Por eso necesitaba explicarse, contar lo que había sido esa vida suya tan aburrida por fuera pero tan agitada por dentro, la vida de un espíritu audaz que se había rebelado contra el oscuro destino que su humilde nacimiento le había reservado, que se había remontado sobre la pacata y asfixiante atmósfera espiritual del pueblo para respirar en la limpia atmósfera del pensamiento libre... y pensaba en lo que dirían de él después de dar a conocer su autobiografía, cuando hubieran conocido la íntima aventura espiritual que había sido su vida, cuando las nuevas generaciones identificasen en él a uno de los suyos y corrigiesen a sus padres y abuelos cuando dijesen de él que había sido un hombre raro que nunca tuvo amigos y al que parecía que las mujeres le daban miedo.

En la parte superior de la primera hoja escribió el título en letras mayúsculas: Aventura interior de un pobre jornalero. Tras darle muchas vueltas, pensó que ese título sintetizaba perfectamente lo que iba a contar en esas páginas, el sorprendente contraste entre lo que había sido su vida íntima y su apariencia externa. Y comenzó a escribir, sin un plan establecido, sin ajustarse a ninguna estructura, con esa torpe lentitud del jornalero autodidacta que era, con la fogosa impaciencia del hombre cuyo espíritu bulle de ideas que su mano no logra trasladar al papel con la rapidez deseada, acumulando recuerdos y pensamientos en un abigarrado conjunto sin un orden reconocible, en el que recuerdos de juventud se entremezclaban con las ideas de su ancianidad, en que citas memorizadas de diversos libros ayudaban a explicar algunos acontecimientos de su vida, dándoles un sentido que quizás nunca tuvieron pero en el que necesitaba creer, adoptando la postura del eterno mentor que ha transformado su vida en sabia experiencia de la que podrán beneficiarse la futuras generaciones, siempre ingenuas ante la mirada del viejo maestro que Abundio nunca fue pero que le hubiera gustado haber sido.

No le llevó mucho tiempo, apenas unas tres semanas, aunque resultó ser un esfuerzo agotador. Escribía sobre todo de noche, anclado frente a la mesa del comedor, bajo la vigilancia del desteñido Cristo paralizado en el momento de alzar el cáliz para convertir su sangre en vino, inclinado sobre el cuaderno, apretando con fuerza el bolígrafo azul cuyas aristas se clavaban en las yemas de sus dedos, deslizándose sobre la superficie rayada del papel, del que arrancaba un leve rumor mientras dejaba atrás la confesión en tinta de una vida necesitada de justificación. Mientras escribía, a través de la ventana abierta a la cálida noche veraniega, llegaban a sus oídos las voces y risas de los jóvenes del parque, reducidas a su pura sonoridad, vacías de palabras, de pensamiento, de reflexión, como una destilación de vida que animaba la febril exaltación de su mente, inspirándole seductoras imágenes de redención, apoteósicas escenas en las que su nombre corría de boca en boca, en que su interesante figura era evocada con admiración por las jovencitas para las que nunca existió pero ante las que con un cierto sentimiento de vergüenza deseaba mostrarse como el sabio profesor capaz de seducir por la penetrante temeridad de su inteligencia.

Cuando lo acabó, cuando todas las hojas de la libreta quedaron llenas con su pequeña letra redondeada, sin apenas márgenes ni espacios entre líneas, pudo mirar complacido el resultado de un esfuerzo que condensaba lo que consideraba lo mejor de su vida. Al contemplar el cuaderno, cuyas hojas crujían entre sus dedos, rascadas por la furiosa marcha de la punta del bolígrafo, quiso creer que estaba ante la metáfora de toda su vida. En la letra menuda y airada que llenaba las hojas, reconocía las intensas agitaciones de su espíritu, en permanente fuga de una realidad que lo ahogaba, en las humildes pastas de cartón azul y blanca, la frágil carne curtida por el sol, presa de la tosca inercia de la mísera vida del pueblo, de la burda realidad sometida a la tiránica autoridad de la comunidad aborregada, la frágil carne obligada a silenciar el largo aullido de una mente lúcida en perpetua rebelión.

Pensó entonces en dejar el cuaderno en la biblioteca municipal, en el único lugar del pueblo consagrado a la inteligencia audaz, donde las obras de quienes tenían algo importante que decir aguardaban impacientes la complicidad de quienes deseaban encontrar algo interesante que escuchar, la única tertulia del pueblo en la que reencontrarse con la única comunidad a la que sentía pertenecer, la de los seres de espíritu libre.      

El encargado de la biblioteca, un joven de unos treinta años, pálido y regordete, con gruesas gafas que deformaban su mirada marrón y le daban el aspecto de un intelectual de otros tiempos, no puso objeción alguna a que ese viejo extravagante dejase en el estante reservado a las autobiografías la libreta que le mostraba con manos temblorosas y cuyo contenido apenas acertaba a explicar con su voz entrecortada. El joven, dominado por una apatía que parecía contagiada por el ambiente somnoliento y perezoso de la pequeña biblioteca, sin apenas usuarios, se limitó a asentir brevemente a las palabras del viejo y a indicarle con el dedo el lugar donde podía dejar la libreta, entre gruesos libros que no parecían abrirse a menudo y cuyas lustrosas portadas exhibían pensativos rostros de ceño fruncido, mirada miope y sonrisa forzada, las caras de quienes creen tener algo importante que decir.

Satisfecho, Abundio regresó a casa, pensando en que ya solo le quedaba esperar a recibir las felicitaciones de sus vecinos, el reconocimiento que, en secreto, había estado esperando toda la vida. Pero ni ese día, ni el siguiente, ni ningún otro día acudió nadie a su casa, ni le detuvo por la calle o se le acercó en los bares para expresarle su admiración, tampoco para hacerle alguna crítica o aconsejarle hacer algo mejor con la obra que representaba toda su vida. Al principio se consoló pensando en que la gente necesitaba tiempo, que leer todas esas páginas escritas a mano, con su letra menuda y airada, requería días, semanas, puede que meses, que si había tenido la necesaria paciencia como para esperar setenta años a que llegase la ocasión de darse a conocer, podía esperar unos meses a que le conociesen. Pero pasaron los días, las semanas, los meses, un año, dos, tres, cuatro... sin que nadie llamase a su puerta, ni le detuviese en la calle, ni se le acercase en los bares. A veces iba a la biblioteca, donde su libreta no parecía cambiar nunca de posición, como tampoco los libros de portadas lustrosas que mostraban los rostros de gente con cosas importantes que contar, y se preguntaba si alguien la habría leído, si el intenso esfuerzo de aquellas noches por resumir la agitada trayectoria interior de su penosa vida exterior había servido siquiera para que uno solo de sus vecinos hubiera llegado a conocerle un poco.

Nunca se resignó a pensar que no, murió siete años más tarde, pensando que la timidez, la vergüenza o incluso un cierto sentimiento de culpa, habían hecho que las pocas personas que leyeron la libreta no se atrevieran a decírselo, personas anónimas que le profesarían en secreto un sentimiento de admiración y agradecimiento por esa extravagante existencia que Abundio necesitaba considerar como digna de haber sido vivida.

Por suerte para él, nunca supo la verdad, que la libreta solamente fue abierta una vez, que se pasó años en el mismo lugar en que la dejó, tan ignorada por los escasos usuarios de la biblioteca como los gordos libros de lustrosas portadas que la acompañaban, esos libros escritos por gentes que pretendían tener cosas importantes que decir pero que en el pueblo nadie parecía interesado en escuchar. Y es que, como pensaba el regordete bibliotecario apático, en esa biblioteca, a pesar de ser tan pequeña, sobraban casi todas las secciones, si es que no sobraba la biblioteca entera, pues en los doce años que trabajó en ella la gente del pueblo solo mostró algún interés por las novelas históricas o policíacas, sobre todo las que contenían buenas dosis de sexo, las recetas de cocina, los misterios sobre extraterrestres y fantasmas o los libros que ayudaban a superar fácilmente la depresión. Y es que, como pensaba en las largas horas inactivas que permanecía ocioso tras la mesa de la sala de préstamos, la gente no quería pensar, solo quería distracción, olvidarse de sí mismos y de los demás, de toda la miseria de que está saturada la existencia humana, llenarse la cabeza con cosas que le permitiesen no tener que pensar en las cosas importantes de la vida, esas cosas aburridas que algunos consideraban tan necesarias como para escribirlas en libros y libretas.

Solo fue abierta una vez. Por el nuevo bibliotecario que sustituyó al apático regordete cuando fue separado del servicio por su continuada e insultante dejadez. El nuevo bibliotecario, un joven al que apodaban Lagartija por su flaco cuerpo y su habitual nerviosismo, animado por el entusiasmo del novato que ha ido a parar donde quería, incapaz de permanecer inactivo mientras la biblioteca estaba vacía, se paseaba continuamente entre los estantes, ojeaba libros, los ordenaba, hacía planes para organizar mejor los contenidos, ideaba proyectos para atraer lectores... Fue así como descubrió la libreta que al principio creyó olvidada por algún estudiante o alguno de los opositores que por aquellos días de junio llenaban la sala de lectura. Pero al abrirla y contemplar esa letra pequeña y apretada, redondeada y lenta como la de los niños cuando aprenden a escribir, al leer algunas líneas llenas de obviedades y lugares comunes, entremezclados sin ninguna lógica con confusas historias protagonizadas por un tal Abundio, anécdotas intrascendentes que tenían como fondo las calles y gentes del pueblo, pensó al principio que se trataba de una broma. Después, tras reflexionar un poco, pensó que se trataba del patético esfuerzo de algún perdedor que, considerándose escritor, había dejado allí lo que parecía ser una infumable historia ambientada en el pueblo. Tras comprobar que no estaba registrada en la base de datos de la biblioteca, movido por esa implacable crueldad que se suele manifestar hacia las ambiciones frustradas, decidió deshacerse de la libreta.

Tras terminar su jornada matutina, salió de la vieja casa solariega que albergaba la biblioteca con la libreta bajo el brazo, apretada contra su costado como si temiese que alguien fuera a arrebatarle esa leve y mezquina satisfacción. Como Lagartija era un joven cruel aunque con valores cívicos, echando una última y despreciativa ojeada a su pasta de cartón, depositó la libreta en el contenedor azul, haciéndola desaparecer por la oscura ranura entre un sordo murmullo de cartones aplastados, sacudiéndose las manos como si acabase de soltar un inmundo desecho. Alzando su mirada satisfecha hacia el radiante cielo de junio, recordó de repente que tenía macarrones con chorizo para comer, su plato favorito, lo que le llevó a reflexionar que, a veces, el mundo podía ser un lugar maravilloso para vivir.  

 

 

© Juan José Sánchez González.

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