Hotel Vivir
Fernando Beltrán
Madrid, Hiperión, 2015
por Álvaro Muñoz Robledano

Fernando Beltrán, su nombre, es una contraseña. Aún no he conocido a nadie en esto de la poesía y en esto de España que tenga una mala palabra para él, lo que resulta milagroso entre gentes dada al cofradismo y al manejo mafioso de vía estrecha, actividades que suelen terminar en un ridículo del que casi ninguno nos salvamos. Sin duda, la amabilidad y el interés con que siempre ha recibido a cualquiera que le diga “es que yo escribo versos…”, la fluidez y la cercanía que adquieren sus poemas al recitarlos en público, la manera sencilla que tiene de embarcarse en proyectos imposibles, y la manera, más sencilla aún, de llevarlos a cabo, tienen que ver con ello.
Fernando Beltrán, el poeta, es una afirmación; una afirmación, frente a todas las dudas y todos los olvidos, de lo que la poesía puede hacer aquí y ahora. También afirmación de los imposibles que acechan a la poesía y de los que, aunque en secreto, no terminamos de desengañarnos: que un poema no va a cambiar el mundo, vale, pero no es motivo suficiente para no escribirlo; que no conseguirá mover ninguna conciencia, de acuerdo, pero casi nada lo consigue; que escribir un poema es como quedarse callado, pues sí, pero es el silencio que uno elige.
Hotel Vivir es Fernando Beltrán. Cincuenta y un poemas que precisan cincuenta y un días de lectura lenta, serosa y húmeda para atisbar siquiera el recorrido de cada uno. Mientras leía me venía una y otra vez a la cabeza la frase de Robert Morris: “la sencillez de la forma no implica la simplicidad de la experiencia”. Sencillez hay a toneladas en estos poemas, pero frente al (magnífico) ejercicio de abstracción que exige Morris, Fernando Beltrán arma un mecanismo de humanidad, de aceptación de lo humano que está incluso en la mayor inhumanidad, y pone en marcha la rebeldía que no sólo el poeta, sino cualquier hombre de bien, siente ante tanto desbarajuste terrible y tanto desbarajuste maravilloso: rebeldía ante la ternura, ante la crueldad, ante la miseria, ante la memoria, ante los paisajes, ante la cultura y ante su carencia. Palabra a palabra, cada poema sabe fluir, adquiere su propia velocidad, su pausa, su volumen de susurro elegiaco o de susurro festivo, también de susurro iracundo o secreto. Ninguna debilidad en ellos, sino conciencia y consciencia. Cincuenta y un poemas que son cincuenta y una maneras de mostrar una ética a prueba de instantes que mejor sería tener olvidados. Aquí la memoria duele, pero también hace disfrutar; la melancolía guiña maliciosamente, la sinceridad es un ritmo.
Fernando Beltrán es, sigue siendo con Hotel vivir , una lección acerca de como habitar un territorio propio, de como explorarlo sin llegar a agotarlo nunca, de cómo invitar a los extraños a que entren en él y dejen de serlo. Una lección de todo lo que la poesía puede, cuestión que a las gentes de esto de la poesía se nos está olvidando desde hace ya demasiado tiempo. © A.M.R.
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