Mis chistes, mi filosofía
Slavoj Zizek
Barcelona, anagrama, 2015
por Álvaro Muñoz Robledano

Puede que ya hayamos llegado al punto en que optamos por reír para no pasar la jornada llorando, por más que el gobierno de la nación, siempre atento a la situación de los ciudadanos, haya decidido criminalizar la risa, la burla y el histrionismo (y, ya puestos, criminalizar casi todo lo demás). Que Slavoj Zizec, uno de los pensadores más incómodos de lo que pululan por nuestro presente, haya vuelto su mirada hacia el chiste resulta, cuanto menos, sintomático. El libro que traigo hoy a colación (término no tan casual, porque me parece que su lectura tiene mucho de borrachera) está formado por diversas calas en la obra del esloveno, buscando aquellos pasajes en los que el chiste articula la paradoja entre lo real, la conciencia, la ideología y lo que quiera que sea lo demás. Aquí encontrará el lector una sucesión de cuentos jocosos, crueles y obscenos extraídos de la tradición judía, de la memoria de dictaduras comunistas, de los más borrachos gañanes de Alemania, de las películas de los hermanos Marx o de la obra de Freud, lo que se dice todo un acervo cultural. Y puede que semejante mezcolanza sí que constituya un acervo, y que a ese puchero de mal gusto, de escondrijos de la mente y de verdades sordas, debamos llamarlo Europa. Zizec es marxista, lo que, visto lo visto, no es de extrañar, y es, a un tiempo, psicoanalista de la escuela lacaniana, lo que, visto lo visto, no deja de sorprender (el mismo lacan decía que si alguien quería ser lacaniano, que lo fuera, pero que él se consideraba discípulo de Freud). Quiero decir que parece imposible que se pueda hallar una síntesis entre la crítica científica y objetiva de la realidad y la percepción de lo real como imposible y fuera del lenguaje. Y sin embargo, esa síntesis funciona, Ha funcionado en otras ocasiones, desde luego, pero estos fragmentos que calientan como el coñac peleón y que imponen su velocidad como la cerveza fría, inciden en quien los lee de un modo especial; su oscuridad, su contundencia, su aparente irresolución, la solidez de su dialéctica y la irreverencia de sus postulados nos colocan frente a un espejo perverso, un espejo clarificador, un espejo dañino. Vivimos, quizás, en el momento de la postideología, cuando ya no aceptamos las respuestas cohesionadas ni las razones predichas; un momento que descree de las estructuras por el mero hecho de haberlas localizado. Que el inconsciente pueda ser otra estructura, es decir, un suceso lingüístico en nuestra posibilidad de discernimiento, facilita el choque destructivo entre la represión y la ideología; ya no se sostienen la una a la otra salvo en un artefacto ladino e interesado. Sospecho que ni siquiera los dueños de la máquina comprenden su funcionamiento. Y en este contexto, el chiste, paradigma del uso forzado y pervertido del lenguaje, puede resultar develador. El chiste es incongruente, cruel, obsceno, pendenciero; pero es, sobre todo, lenguaje no dicho. El chiste es, en términos lingüísticos y psicológicos, un estado de excepción, un paréntesis en el entramado de convenciones en que nos movemos. Su ineficacia (“es sólo una broma” suele ser la frase con que anulamos el poder de las frases que vamos enlazando) es su coartada. El chiste, pienso que quiere decirnos Zizek, es la confrontación dialéctica por excelencia, el puente desde las estructuras lingüísticas, es decir, ideológicas e inconscientes, hasta la realidad, ese territorio primordialmente ilegible e imposible. En tanto en cuanto el chiste pervierte la estructura, es capaz de desvelar (quitar los velos, ya que estamos en el terreno del psicoanálisis) la ideología que subyace en nuestros errores tanto como los errores que sostienen la ideología.
¿La solución? Ni siquiera se dijo que aquí hubiera un acertijo. Esto no es sino un chiste, es decir, un ejercicio de crueldad e inteligencia, debidamente criminalizado por los sostenedores del statu quo. Esos que ni siquiera saben de lo que hablan ni lo que callan.
© A.M.R.
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