Gran Sur
Toño Benavides
XVII premio de poesía Eladio Cabañero
Madrid, Reino de Cordelia, 2014
por Álvaro Muñoz Robledano

No le damos a la tristeza el valor que merece, o no le damos, directamente, ningún valor. Nos escudamos en el humor (aunque en demasiadas ocasiones se note que no tenemos ni idea de lo que pueda el humor ser), en la ironía, en la distancia. Y nos equivocamos. Porque la tristeza es un sentimiento como cualquier otro: asombro, furia, alegría, excitación, incredulidad… aunque más arraigado en nosotros, quizás porque la tristeza está hecha, primordialmente, de tiempo, y el tiempo nos duele: tiempo ido sin remisión, tiempo presente en el que ocurre lo que quisiéramos ignorar y no podemos; tiempo por llegar que también nos será arrebatado. No es un panorama muy halagüeño que se diga, pero es un panorama dibujado por la lucidez. Y de esa lucidez han de salir los poemas que leamos, a menos que nos parezca mejor que surjan de la estupidez más completa. No hay más belleza que ésta, la que se transforma en tristeza si añadimos tiempo. ¿Es el poeta un triste? Pues no. Por lo general son unos cachondos manifiestos, empeñados en reírse de ellos mismos, y unos valientes, empeñados en quebrar las tablas del andamio que los sostiene para atisbar lo que ocultan.
Gran Sur es un libro triste. También es un libro hermoso, y no sólo por triste, es decir, por lúcido, sino por su capacidad de ser dibujo, más allá de la disposición de textos en rombo, a lo Dylan Thomas, pero con una pertinencia y en equilibrio de la construcción admirables, o más allá de los dos caligramas que incluye, quizás vistos con anterioridad, pero ni mucho menos repetidos. El dibujo de Toño Benavides está en su instinto para el verso. Cada uno de ellos es un trazo decidido y complejo, resuelto en aristas y curvas casi inapreciables, pero cerradas y vertiginosas; cada uno de ellos es un filamento que emite luz indecisa, temblorosa, pero incandescente al fin y al cabo. Lector evidente de Eliot, al que ha sabido conjugar en presente, y también lector (o así me lo parece) de Carver, con la alegría que da encontrar por fin a alguien que ha leído a Carver con atención y sentido común, Benavides no juega con sus referencias (hay otras muchas, desde luego) a la elegancia o a la cultura, sino al desengaño y al amor, es decir, a lo real sin dobleces. El Gran Sur como imaginario de la literatura, uno de los más activos, trasladado a la ciudad diaria, a la habitación de cada tarde, a las escaleras y las llamadas por teléfono constantes. La derrota del Sur está sucediendo ahora mismo, aquí, y no se viste de la dignidad del viejo soldado o de la elegancia del aristócrata. Vivimos en un sur, parece decirnos el poeta, en el que no encontraremos el silencio hosco y borracho de Sartorio ni la mueca sardónica del Príncipe de Salina, por más que alguna vez llegamos a pensar que podíamos convivir con ellos. No, en este sur estamos nosotros, laborables, hipotecados, padres, enamorados, solos. Y hay que ser muy valiente para saberlo. Y hay que estar triste por saberlo.
© A.M.R.
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