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Plenilunio sobre las azoteas
porFran Montaraz

 

 

     Como un perturbado danzante, el pájaro oscuro volaba en círculos alrededor del sol marino. La tarde se agotaba, y el mar era una inquieta masa de ámbar. El pájaro ascendió a un azul más suave en el cielo infinito, y dibujó unos trazos extraños con el pincel negro de su pico. Después voló raudo al puerto de la isla.

     El puerto hervía de actividad. Los últimos ferris del día llegaban cargados de pasajeros desde el continente africano. Unos hombres sucios descargaban las mercancías de un buque a gran velocidad. Apilaban los sacos y las cajas sobre el muelle entre los gritos de los capataces. Cerca de un edificio histórico de estilo colonial, puestos de comida guisada con las especias locales exhalaban un aroma que atraía a los trabajadores. Algo más allá, un borracho vomitaba apoyado en una escalinata: un hombre desamparado que miraba al cielo malva y se recostaba en un escalón para soñar con el paraíso. Las barcazas de pesca arribaban a puerto e iban colocando sus últimas capturas para ser vendidas. Eran los cocineros de los restaurantes para turistas los que se acercaban al muelle a comprar el pescado.

     El pájaro se abalanzó, hambriento, sobre los despojos de pescados rotos que no servían para la venta. Pero otras aves voraces se peleaban por la carroña. No había espacio para la lucha. Observó el festín durante unos minutos y abrió sus alas de nuevo hacia el mar, ya teñido de rojo.

     Una barca de vela latina, rezagada, lanzaba su red una vez más. La pesca había sido escasa durante todo el día, y aún aprovechaba la última luz del día con la esperanza de capturar alguna pieza grande.

     El pájaro voló en torno a ella y se posó sobre el extremo del mástil. Dentro de la barcaza, tres hombres faenaban dispersos entre la confusión de sus pensamientos y la premura del momento. La voz del patrón del barco se escuchó rotunda:

     -¡Ali, espanta a ese pajarraco o mañana no pescaremos nada!

     Ali dejó de recoger las redes y miró arriba. Pensó vagamente en la relación de los pájaros y los peces, y afinó la vista: se trataba de un cuervo. No lo dudó. Tomó un remo y lo irguió desafiante, pero el pájaro permaneció inmóvil. El hombre comenzó a lanzarle trozos endurecidos de la comida sobrante. Algunos alcanzaron al animal, pero éste no se movió. El pescador optó por ignorarle y proseguir con su trabajo.

     La barca arribaba a puerto. Los hermosos edificios oficiales y los lujosos hoteles que por el día refulgían blancos bajo el sol, ahora aparecían coloreados de una gama de matices rosáceos y anaranjados. Las luces del puerto se encendieron. El pescador observó los edificios e imaginó el lujo y la laxitud de la vida dentro de ellos; imaginó a turistas y hombres ricos cenando los peces que él había pescado con tanto esfuerzo y pagando por ellos diez veces más de lo que él iba a recibir tras venderlos. Y sintió una gran aversión por aquellos hombres bien vestidos que se paseaban sonrientes por el mercado buscando objetos exóticos, y que siempre tenían dinero para comprar lo que se les antojaba. La voz del capataz le devolvió a su realidad:

     -Pero ¡qué haces embobado, acaba tu trabajo! ¡Y echa a ese maldito bicho de una vez o mañana no pescaremos nada!

     Ali se enfureció. El duro día de trabajo, las pocas piezas recogidas del mar, el incómodo patrón siempre vociferante, y ahora ese estúpido cuervo, posado en lo más alto del mástil, que se empeñaba en maldecir la barcaza. Le tiró un pescado con rabia y lanzó un grito feroz, terrible, que paralizó a sus compañeros. El cuervo desplegó sus alas emitiendo un graznido espeluznante.

     Y voló de nuevo hacia la isla. Sobrevoló las azoteas, los minaretes de las mezquitas, las picudas palmeras que sobrepasaban en altura a los tejados, las torres desconchadas de los palacios antiguos. Y sus graznidos se mezclaron con los cantos de los muecines, los chillidos de las golondrinas y el bullicio que producía el puerto.

     Finalmente se posó en el antepecho de una azotea blanca, llena de mesas decoradas con pequeñas velas encendidas. Se trataba de la azotea de un modesto hotel. Sólo una de las mesas estaba ocupada por dos hombres que charlaban mientras tomaban una copa de vino. El cuervo, a unos dos metros de distancia de ellos, llamó de inmediato su atención.

     -¡Vaya! Un hermoso ejemplar de cuervo africano, que ha venido a distraernos de este precioso ocaso -dijo el que, de los dos, estaba más alejado del animal.

     -Pero ¡si tiene el pecho blanco! Yo pensaba que los cuervos eran todos negros -replicó el otro.

     -No todos, señor doctor. En efecto, esta especie de pecho y espalda blancos son más comunes en el interior de Zanzíbar, aquí en Stone Town predomina más la otra.

     -Si tú lo dices: tú eres el naturalista. Yo, de pájaros, entiendo poco.

     -¡Qué pena he dejado la cámara en mi habitación! Escucha, Claude, trata de no espantarle mientras yo bajo en un momento a por ella. No tardo nada.

     -Tranquilo, Richard, no me moveré de mi sillón: esos pajarracos no me gustan demasiado -precisó el doctor.

     El naturalista se levantó muy despacio, sin hacer apenas ruido, y rápido, pero con sigilo, se encaminó a la puerta que conducía a las habitaciones del hotel. Mientras tanto su compañero continuó sentado en su sillón, bebiendo vino y observando las últimas luces vespertinas. Miró un par de veces al cuervo de reojo; no quería mover la cabeza y espantarlo: Richard le habría regañado. De repente ocurrió algo extraordinario: el cuervo comenzó volar de mesa en mesa y a graznar. El doctor pensó que buscaba comida, y le arrojó unas galletas saladas que minutos antes los dos hombres habían saboreado. El pájaro las ignoró, abrió las alas y se posó en la mesa del doctor. Éste quedó inmóvil, con las dos manos apoyadas en la mesa. El cuervo, situado entre las dos copas de vino, miraba al hombre fijamente con sus ojos negros, que brillaban malévolos. El hombre sintió miedo, y cerró los suyos. Un horrible graznido le hizo abrirlos. Le pareció que el animal, con el pico abierto, reía, y que aquel desagradable sonido, que se iba apagando poco a poco, era la risa del diablo. El doctor palideció, levantó una de sus manos para espantarle, y al instante el pájaro le atacó. En un segundo apareció el naturalista, que con la botella de vino golpeó al cuervo hasta que éste soltó la mano del médico, y echó a volar perdiéndose entre los tejados.

     -¡Richard, has llegado a tiempo: ese cuervo me ha atacado! -exclamó el doctor, mostrándole una mano ensangrentada.

     -En realidad, ya llevaba un poco de tiempo aquí detrás -confesó Richard-. Estaba grabando cuando el cuervo se posó en tu mesa y te miraba fijamente. ¡Ha sido increíble!

     -¿Increíble? ¡No sabes el miedo que he pasado, mientras tú te divertías con tu grabación!

     -Vamos, Claude, eres un científico, ¿cómo vas a tener miedo de un pájaro?

     -¡Tú no sabes qué mirada tenía! -exclamó el doctor y se levantó- Voy a curarme estas heridas. Te veo en el comedor -y salió a toda prisa de la azotea, sin escuchar las disculpas de su compañero.

 

     Ya en su habitación, el doctor lavó su mano ensangrentada, y comprobó que tenía un corte pequeño en la palma y otro más profundo entre los dedos índice y pulgar. “¡Maldito bicho, qué fuerza tiene en el pico!”, pensó. Aplicó un desinfectante en las heridas, y después se colocó un vendaje. “Y ese idiota de Richard, el sabelotodo, siempre con su ridícula cámara...”. El médico estaba enfadado con su amigo por no haber espantado antes a aquella siniestra criatura. No le apetecía cenar con él, escuchar sus conocimientos sobre tal o cual especie y, ante todo, no quería volver a hablar del cuervo y de su curioso comportamiento. Decidió salir del hotel y cenar solo en un restaurante. Se cambió de ropa. Bajó con rapidez los escalones de madera barnizada, y miró hacia atrás para comprobar que nadie le veía salir del hotel. Las paredes blancas recién encaladas y las oscuras puertas cerradas otorgaban al establecimiento un ambiente monacal. Se dirigió a la salida aliviado, pero una voz suave le detuvo:

     -¿Sale usted a cenar fuera Monsieur Benoit?

      Se trataba del recepcionista, un joven ambiguo de tez morena y delicada, que siempre se dirigía a él en francés.

    -Sí, Julius, hoy me siento nostálgico. Deseo cenar en el restaurante francés que está cerca del puerto.

     -¿Y su amigo no le acompaña? -preguntó el muchacho con una mirada sugerente.

     -No, ya sabes cómo son los ingleses... no entienden de comida. Verás -continuó el doctor mientras deslizaba un billete de dólar sobre el mostrador hasta rozar con él los dedos del joven- te pido un favor. Si el señor Campbell te pregunta por mí, sólo dile que he salido, pero no le digas dónde.

     -Claro, Monsieur -contestó risueño el recepcionista mientras doblaba el billete y lo metía en el bolsillo de su estrecho pantalón. Después, como un actor curtido le otorgó a su rostro una mueca de preocupación- Y no olvide ir por la avenida, y luego girar hacia el puerto. No intente atajar por esas callejuelas que tanto les gustan a los turistas...

     -Sí, sí, Julius, sí...-repetía Monsieur Benoit ya desde la calle.

 

     Ali volvía del puerto exhausto, malhumorado. Había discutido con el capataz porque en lugar de pagarle con dinero, le había pagado con el pescado que no se había vendido. Aunque aún no era tarde, ya la oscuridad deformaba los contornos y hacía que las cosas parecieran irreales. Una enorme luna azafranada se dejó ver redonda entre los tejados. Aquella hermosa luna llena aún no tenía la suficiente luz para iluminar los callejones malolientes que conducían a su casa. Pero él tampoco deseaba volver a casa así, sucio, sin dinero, con una bolsa de pescado magullado para darle a su esposa y a sus hijos. Ésa sería la cena y la comida del día siguiente. Se sentó en la escalinata de una oficina portuaria ya cerrada. Quería descansar unos instantes. Ali observó, como embrujado, la luna cobriza durante un largo rato, y olvidó todas sus preocupaciones. Respiró con profundidad varias veces el aire de la noche. Se quitó la camiseta y la enrolló alrededor de su cabeza a modo de turbante. Ahora, con el torso desnudo, se sentía mucho mejor. Colocó bien su cuchillo en el lado izquierdo de la cuerda, que le servía de cinturón y ató la bolsa de pescado en el lado derecho. Sólo le faltaba un cigarrillo, pero no le quedaba ni una moneda para comprar tabaco. Decidió, por tanto, tomar el camino de la avenida: tendría más posibilidades de cruzarse con algún conocido para pedirle un cigarro.

     La avenida no estaba muy concurrida, pues no era un día de fiesta y ya había anochecido. Pasaron dos mujeres regañando a unos niños; más tarde, un oficial de policía. Ali le saludó; le conocía, pero no quería pedirle tabaco a un policía. Por fin le pareció distinguir a un hombre de su mismo oficio. Se aproximó a él. No era un pescador, ni tampoco le conocía, pero le pidió un cigarrillo. El desconocido no fumaba. Ali siguió su camino seguro de que antes de llegar a casa conseguiría tabaco, o alguien le prestaría dinero para comprarlo. A lo lejos distinguió la figura de un hombre alto y corpulento, con camisa y pantalón de tonalidades claras. Era un extranjero. Seguro que él sí tendría tabaco. Aligeró el paso y se fue derecho al hombre blanco, quien, al verle acercarse con aquel aspecto desaliñado y sudoroso, se detuvo receloso.

     -Señor, ¿un cigarro para mí? -preguntó Ali con su escaso inglés.

     -Lo siento, amigo, no fumo -respondió el doctor Benoit, que ya se disponía a continuar su camino hacia el restaurante.

     -¡Espere! -susurró Ali con voz lastimera, y se desató la bolsa de pescado del cinturón alargándosela al doctor- Yo, pescador. Éste, mi sueldo de hoy. ¿Puede comprarme este pescado?

     -Mire, amigo, siento mucho su situación personal, pero si tengo que ayudar a todos los desfavorecidos de esta isla, creo que yo también me volveré pobre y no podré regresar a mi país, ¿me entiende?

     Ali no entendió aquella larga explicación. Sólo sabía que estaba ante un turista rico que no quería ayudarle, uno de aquellos extranjeros caprichosos, que llevaban la cartera llena de dólares, que compraban tonterías y que hacían fotos a las cosas viejas. Ali le miró con odio y le escupió a los zapatos. El doctor se sobresaltó. Aquel hombre parecía manso e inofensivo, pero de repente se había transformado: sus malignos ojos negros le recordaron la mirada del cuervo. Sacó unas monedas del bolsillo y las arrojó a las sandalias del pescador.

     Ali se agachó a recoger las monedas, mientras miraba cómo el extranjero se alejaba. Sentía cómo su rabia iba creciendo desde su estómago hasta su cabeza. Se incorporó y miró las monedas a la luz de la luna, ahora más rojiza. Sus ojos también brillaban inyectados en sangre. Guardó las monedas y fue tras el turista con el cuchillo en la mano.

     Claude Benoit escuchó los pasos del nativo acercándose. No temió nada, pues aquel tipo era flaco y de menor estatura que la suya. No le resultaría difícil deshacerse de él. Pero al girar la cabeza, con inquietud comprobó que llevaba un cuchillo. El doctor miró en todas direcciones y no vio a nadie cerca. La avenida estaba mal iluminada. Podía haber echado a correr, pero optó por penetrar en una oscura y estrecha calle, que se perdía en otra calle aún más estrecha y más oscura, y después en otra. Dentro de aquel laberinto de callejuelas tan parecidas unas a otras, quizá conseguiría despistar al pescador.

     Benoit se apoyó en una pared y afinó el oído para escuchar si alguien se acercaba. Los maullidos de los gatos en celo aumentaban desde cada esquina, pero podía distinguir entre aquellos sonidos y los de las pisadas humanas. Cerca de él se produjo una pelea de gatos. Un ventanuco se abrió en la pared de enfrente y un rostro femenino sin cubrir dejó que la débil luz de la luna le permitiese ser testigo de la pelea. Era una hermosa muchacha de unos catorce o quince años, sin velo, que sonreía al ver a los animales en aquel violento estado, y que sonrió al mirar al doctor. Una voz ronca del interior de la casa comenzó a gritar a la chica, y la ventana se cerró.

     El doctor se quedó solo de nuevo, demasiado cerca de los mordiscos y de los bufidos de aquellos demonios, y se alejó de aquel callejón. Corrió perdido en el dédalo de callejas tenebrosas buscando otra ventana abierta, otra cara humana, una brecha de luz artificial de alguna de aquellas casas, alguien que le diera cobijo por unos minutos. Pero aquellas casas estaban ¿cerradas, vacías, abandonadas?

     Se detuvo ante una puerta de madera primorosamente labrada y tachonada de clavos relucientes. Al tratarse de una atracción turística, quizá alguien cuidaría el edificio, pensó, y se abalanzó sobre ella golpeándola con furia.

     -¡Abran! ¡Abran! -gritó mientras daba fuertes patadas sobre la madera.

     Nadie contestó.

     Benoit, sin aliento, miró al cielo y observó la luna por primera vez: su brillo era siniestro. Era una luna llena inmensa, pero aquella noche no quería resplandecer blanquecina. Se mostraba llena de marcas que la ennegrecían, y un vago fulgor encarnado la hacía parecer un planeta perdido cerca de la Tierra.  

     Benoit se sentó a los pies de la puerta esperando al pescador. Ali no tardó en aparecer, borroso, por un recodo de la calle. Se acercó despacio, casi arrastrando las sandalias. Al llegar junto al doctor, éste vio en su cara una sonrisa de burla. Sus ojos habían perdido su agresividad. Aunque el cuchillo continuaba en su mano.

     -Usted un tonto. Yo nacido aquí. Conozco estas calles muy bien. No puede huir de mí -dijo Ali muy serio.

     El doctor sintió cierto alivio al comprobar que el nativo se había calmado y pensó que lo mejor era hacer un trato con él.

     -Sí, desde luego, me ha dado una lección -le dijo Benoit aparentando tranquilidad, y sacó su cartera del pantalón-. Mire, le daré algo de dinero para que pueda vivir sin trabajar un tiempo...  

     -¡No! -gritó el pescador- ¡la cartera, toda la cartera! -y le puso el arma en el cuello. La cara de Ali se transformó de nuevo, y el ser malvado que habitaba en él se mostró abiertamente.

     Benoit retrocedió. ¡Aquellos ojos otra vez! Lo mejor era darle la cartera y dejarle ir. Sin embargo, en ella llevaba algunos documentos y fotografías que no deseaba perder.

     -De acuerdo: le doy todo el dinero, pero déjeme conservar la cartera; es un viejo recuerdo... -le rogó, pero el pescador le empujó y le tiró al suelo. Le quitó la cartera antes de que el doctor acabara su explicación.

     Benoit se levantó rápidamente y echó a correr tras el pescador. Logró alcanzarle y empujarle contra una pared. Esta vez le asió los brazos con fuerza. El hombre le gritaba en su lengua local. Le escupió a la cara.

     -¿Quién es el tonto ahora? -le dijo el doctor- No te soltaré hasta que no me devuelvas la cartera.

     -Vale... si suelta, yo doy -dijo Ali, tras unos instantes, con falsa tranquilidad.

     Al verse las manos libres, las dirigió a la parte de atrás de su pantalón, pero en lugar de la cartera, Ali sacó el cuchillo, que fue directo al brazo del médico. Éste se llevó la mano a la herida: no era profunda, pero sangraba abundantemente. Al mirar a Ali sonriendo con aquella mirada infernal, pasándose el arma de una mano a otra, Benoit  recordó vagamente al cuervo.

     --¡Canalla! ¡Traidor! -gritó enfurecido, mientras se arrojaba sobre él.

    Ali intentaba pinchar en el abdomen de su adversario, mientras que el doctor sólo deseaba arrebatarle el arma y pegarle una buena paliza. Pero el pescador era más fuerte de lo que aparentaba. Una de las manos del doctor se aferraba a la garganta de Ali, para cortarle la respiración, mientras que la otra, la que estaba vendada por la agresión del pájaro, luchaba, dolorida, para evitar otra cuchillada.

     Pronto sintió Benoit la punta del cuchillo afilado atravesando su camisa y penetrando apenas la carne. Soltó el cuello del agresor, y, con las dos manos consiguió girar la dirección del arma hacia el pecho de Ali. Y empujó.

     Ali cayó al suelo. El doctor se inclinó sobre él pensando que sólo estaba herido. Sin embargo, al acercarse, vio que el cuchillo se encontraba profundamente hundido en su corazón. Lo extrajo, y la sangre brotó como un pequeño surtidor cubriendo el torso del cadáver.

     -¡Cómo es posible! -dijo, con las manos en la cabeza- Apenas he clavado... muy por debajo del corazón. Estoy seguro...

     Benoit estaba confuso: había salvado muchas vidas, pero nunca había matado a un ser humano. Miró a la luna embrujada, aquella extraña luna que deformaba las cosas, y maldijo el día que pisó la isla. Buscó en los bolsillos del pescador su cartera. Tampoco se olvidó de llevarse el cuchillo. Corrió hacia el hotel repitiendo: “por qué, por qué, por qué...”  

 

     La luna no había sido la única testigo del crimen. El cuervo había observado la escena desde una azotea. Y cuando el cadáver de Ali se quedó solo, tendido en el sucio callejón, el pájaro se posó en su torso y bebió la sangre de la herida. Arrancó girones de carne poco sabrosa hasta alcanzar el corazón caliente del pescador: el bocado más preciado. Después, a modo de ritual macabro, saltó al charco de sangre que se había formado cerca del cuerpo muerto y se bañó en él, frotando las plumas blancas de su pecho y de su espalda con la sangre tibia.

     Y echó a volar.

     Como en una danza misteriosa, el cuervo voló en círculos alrededor de la luna llena. Y dibujó con su pico negro formas enigmáticas en el lúgubre lienzo de la noche. Más tarde, con sus plumas ensangrentadas, puso rumbo hacia el este de la isla. Iba buscando la luz del sol naciente.      

 

 

© Fran Montaraz (Madrid, 1965). Licenciada en Filología Hispánica por la Complutense, ha ejercido la enseñanza de idiomas durante veinte años. Siempre interesada en el relato corto, investigó la literatura contemporánea de la India, y publicó dos antologías de relatos de autores indios: Los confabuladores nocturnos (Siddharth Mehta, 1998) y Lihaf  (Horas y Horas, 2001). Inspirándose en la literatura de transmisión oral africana, ha publicado recientemente Cuentos a la luz de la hoguera (Artgerust, 2014). Su colección de relatos La huida aparecerá en el 2015. Actualmente escribe una novela.

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