índice del número

 

 

te deum en el panteón
Panteón de Marinos Ilustres
porAntonio Polo

 

 

 

1

"Prélude"

 

 

El silencio inundaba el osario y volvía a ser, tras la marcha de los visitantes, el alimento de los héroes. Fuera soplaba un Levante indómito e incapaz de traspasar los muros de piedra ostionera del Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, otrora Isla de León. El viento levantaba las hojas amarillentas de los chopos, arremolinaba papeles grasientos de pescado, ponía en guardia a bedeles e infantes y, al fondo, en la estación, el expreso de Madrid hacía su entrada en medio de una nube de polvo ajeno por completo a la quietud del osario y de la iglesia anexa al edificio.

La primera estancia contenía un estanque redondo en cuyo centro, orlaba las aguas océanas una corona de bronce, y cuyos laureles, ahora de pátina verdosa, mantenían en esa misma quietud todas las aguas conocidas del Universo. "Aquí están las aguas de los cinco océanos" me dijo mi padre la primera vez que visité el Panteón. Yo conocía algunas de las dependencias navales de la zona. Sin embargo, mi primera visita fue a una institución sanitaria: el hospital de San Carlos. Mi padre se repuso allí durante algún tiempo y cuando lo visitaba, tras los cristales de los amplios ventanales, solía preguntar por aquel edificio imponente, cerrado a cal y canto, por el que no transitaba nadie y cuya guardia, compartida por infantes y marineros, se realizaba prácticamente a las puertas de la Escuela de Suboficiales. "Es el Panteón de Marinos" aclaraba Sor Crescencia, la monja enfermera que traía y llevaba apósitos por las blancas y altas salas del dispensario. En el 79 todavía se mantenía en pie aquel hospital de paredes blancas, de poca altura, custodiado siempre por infantes con polainas y marineros de faena, ese uniforme de paño gris, resistente y acorde con los colores emblemáticos de la Marina. El gris de los uniformes, el gris de los navíos, excepto el Juan Sebastián Elcano que por derecho propio, como buque escuela, era blanco con una media caña verde. Aquel edificio podía ser el destino de los desdichados que sufrían o los que, por extraños lances del destino, acababan siendo declarados, al poco de entrar en el cuartel, inútiles para el servicio, y que a la noche se los podía ver, en aquella misma estación esperando al expreso de Madrid, los menos, o al Omnibus de Sevilla, los más. Pero ahora, en esta hora, en la que el sol anaranjado y enorme se caía por los esteros de las salinas, ponía un color azafrán al aire pulverulento, y por mucho que amenazara a guardias y retretas no conseguía levantar una mísera onda en el estanque de las Aguas Universales.

 

No más allá de aquella conjunción mínima de mares, los mausoleos de mármol blanco, me trasladaban a épocas de gloria y de fracasos honrosos. Había un contraste entre lo que ocurría dentro con lo que pasaba fuera. Dentro, rodeando el estanque, las columnas de mármol rojo; fuera, una placa de mármol blanco se hacía fuerte a la abrasión de la arena que traía el Levante. No hay viento que pueda desgastar aquella placa sobre la que se inscribían las mayores conquistas de la Armada. El combate de Malta de 1283, la batalla de La Rochela de 1371, el desembarco de Irlanda de 1602, el combate de Pernambuco de 1621, la batalla de los Abrojos de 1631, la toma de Penzacola de 1671, las defensas de Cádiz de 1810 a 1812. Viento, calor y humedad, la Santísima Trinidad de las zonas marítimas no hacían mella aquella noche, como otras tantas noches en los laureles navales, y que a pesar de todo, pasaban desapercibidos a la tropa que en franco de ría levantaban lepantos al aire camino de la estación. Lepantos, en muchas ocasiones, cosidos sus fondos con vírgenes de secano, o fotografías de novias dejadas en el pueblo de tanto quinto que, la mayor parte, no habían visto nunca el mar; estudiantes, los menos, que en marzo acudían a filas y se estrenaban como cabos de rancho y evitaban, en ocasiones, la penosa tarea de desfilar y repetir desfiles a causa de lo que en el argot cuartelario llamaban "piñones fijos".

 

Dentro, José Lazaga y Ruiz descansaba bajo un mausoleo de mármol gris sobre el cual una mujer llora desconsolada. Una bandera, una maroma y un ancla lo acompañaban bajo el primer crucero de la sala, ahora en silencio después del ajetreo escolar del Liceo Francés de Sevilla que había decidido mostrar estas páginas de piedra de la historia oculta a los neófitos que fotografiaban con sus teléfonos móviles a escondidas. A escondidas se habían curtido muchos de sus profesores y, acaso, por ese mismo apego, decidieron cambiar, a última hora, el destino del viaje de fin de curso, dejando para otros menesteres la visita a Port Aventura por el recorrido por la provincia de Cádiz. Y ahora por estas tierras, en San Fernando visitaban el Real Observatorio de la Armada, la Casa Blanca de las Estrellas. El Observatorio astronómico más antiguo de España, y el cuarto en importancia del mundo, con sus relojes, sus astrolabios, sus columnas que, a priori, se asemejaba a aquellas casas que los confederados disfrutaban en el Sur de los Estados Unidos. El Arsenal de La Carraca, construído, según dicen, encima de los restos de lo que fue una carraca hundida y sobre la que echaron tierra, lodo y piedras para conseguir el primer pantalán a cuyo costado se repararon y se siguen reparando los buques de la Armada. El Museo Naval, en donde, la galería de uniformes, en los que el gris ya se combina con los uniformes de gala, azules para el invierno, blancos para el verano; el puente Suazo, que mantuvo a raya a las tropas francesas, y el teatro de las Cortes en el que se promulgó la primera Constitución, credenciales de tanta enjundia que finalmente, Port Aventura y Marina D'Or quedaban relegadas para otras fechas más lejanas que las de un Noviembre inclemente.

 

Y así, en este silencio, bajo la crucería en la que la plañidera media desnuda llora la ausencia del Alférez Lazaga, -caído del último viaje, del último transporte de pertrechos y soldadesca en Melilla- entra la luz tenue de la tercera lámpara votiva, la más alejada del altar y va haciendo vibrar las escamas de salitre del zócalo cerca del monumento a la marinería, iridiscencias que logran tremolar, por un instante, las dos banderas raídas de mármol. Silencio vívido, luz votiva, escamas lúcidas y una sombra que recorre la parte izquierda de la nave, entre la tercera lámpara y el coro. Sigilosa se acerca hacia el centro de la estancia, bajo el ábside, desde el que pende majestuosa la gran lámpara de cobre con sus treinta y dos escudos herádicos y a cuyos pies se yergue la figura translúcida de un marino que bajo el peso de los entorchados parece más imponente todavía.

 

-!A sus órdenes! Se oye al fondo de la sala.

 

-!Que vengan todos! -ordena entonces el Brigadier de la Armada, Dionisio Alcala Galiano y Alcalá Galiano.

 

 

2

"Te Deum Laudamus"

 

 

La noche, sin embargo, había hecho su entrada justo en medio de una sinfonía que se desarrollaba sobre la bóveda del edificio. Primero sonaron los metales, compuestos éstos por las veletas de la Escuela de Suboficiales y los hierros de las antenas del Tercio de Infantería, les acompañaban también los campaniles del hospital de San Carlos, luego entraron las cuerdas vibrando sobre los mástiles del patio de banderas y las enseñas arrestadas en la cofa del mastelero del Cuartel de Marineria, después lo hicieron los vientos, diseccionados éstos por las aristas del monumento al almirante Lobo, afilados aquellos por las casetas que formaban el cuarto de retretas y los aires graves que, por el contrario, se suavizaban al rozar tangencialmente las curvas de la bóveda hasta que hicieron, por fin, su entrada los pífanos, cuyos silbidos formados en las estrechuras de los pasillos obligaban a conducir el aire por un peine de mosquetones y cuya estridencia, sin embargo, no se veía superada por los juncales ni las maderas que se apostaban a esta parte del Caño Sancti Petri.

 

-¡Silencio! -ordenó Lazaga.

 

Un redoble de timbales sobre el coro quedó en suspenso en ese mismo instante y la sinfonía, inacabada, dejó paso a la arenga del Brigadier.

 

-Ordeno la presencia de los héroes que custodian la historia naval española. ¡Que acudan los almirantes!

 

El primero en hacer su entrada fue el marino genovés, descubridor del Gran Continente, Cristóbal Colón. Al almirante le seguían sus capitanes y el veedor Rodrigo de Triana cuyos ojos fueron los primeros en atisbar lo que a priori creyeron era el Gran Imperio de las Especias. Después desfiló el almirante "Álvaro de Bazán invicto contra los turcos en la batalla de Lepanto, más tarde hizo su aparición el Brigadier "Churruca" caído en la batalla de Trafalgar y al que le acompañaban los héroes que sucumbieron bajo las andanadas que un almirante inglés, no menos grande que los de ahora convocados, infringió a la imponente flota mandada por un inepto marino francés y que puso a la escuadra española a los pies de los caballos, eufemismo válido aunque la contienda no se hubiera desarrollado en tierra si no a pocas millas frente a las costas de Cádiz; después les siguieron los mártires anónimos formando un batallón compacto y heterogéneo de cuerpos y graduaciones y, cuyo volumen se engrandecía al final de la sala por la leva que ascendía desde una abertura en el monumento a la Marinería. Y así dispuestos en la gran nave de la iglesia se dejaban oír las palabras de Alcalá Galiano.

 

-Héroes. Caídos y Victoriosos en cuantas contiendas habidas en nuestra larga historia como país. Os he convocado en esta noche de galernas y Levante para comunicaros que el olvido tiene a sus huestes hostigando el sagrado refugio que nos ha reunido en este panteón. He tenido conocimiento por el enviado, que en carne mortal -dijo señalando la entrada en donde me encontraba asistiendo al concláve fantasmagórico- nos ha traído el anuncio de un traslado de este Ilustre Panteón como premisa para su posterior desaparición. Los campos de batalla de esta nueva época, me informan, requieren de hombres cuya sabiduría sobre finanzas y transacciones comerciales primen sobre el aguerrido temperamento que los marinos españoles siempre han hecho gala. Desde el maravedí, pasando por la achicoria y la canela que otrora abriera nuestro insigne almirante, el oro de nuestras minas de ultramar que los piratas de la Pérfida Albión nos hubieran arrebatado en tantas escaramuzas, hasta llegar a la modificación de las Leyes en la que se fundamenta nuestro Estado, proponen que estas exigencias de hoy deben imperar sobre las de la memoria. He tenido conocimiento también que este despropósito, substanciado en forma de Presupuesto General del Estado pondrá fecha a este descanso eterno, promesa, por tanto, incumplida y que se concluirá acaso con la colocación de una placa de mármol en cualuier encrucijada de alguna ciudad portuaria y, logren borrar de un plumazo el sacrificio a la Patria por algo tan etéreo, y a la vez, tan implacable como es el déficit presupuestario, el equilibrio de la balanza de pagos y la cotización del Ibex 35.

 

Un rumor se extendió por la sala. Los más exaltados provenían del grueso de las tropas de infantería que habían desembarcado en Alhucemas, la marinería, que vestida con toda la gama de uniformes que se habían usado en la historia de la marina, hacían sonar la culata de las espingardas y las maromas contra el suelo, y los navegantes que hacían sonar las clepsidras entre sus manos. Un barullo de conversaciones y oprobios que de inmediato se acallaron ante la intervención del Almirante Colón.

 

- Brigadier. Si a nuestro lado está la razón, como es el caso, la insistencia y la resistencia son las mejores armas con las que podemos contar. De sobra es conocida que la Gran Aventura del Descubrimiento no hubiera sido posible precisamete sin ellas. Yo mismo hube de luchar contra cosmógrafos y banqueros que se oponían radicalmente a mi proyecto. Y puedo hablar con toda propiedad que no fueron enemigos fáciles. Los primeros refutaban todos mis cálculos afirmando que semejante circunvalación no podría ser posible, ni técnica ni geográficamente porque unas eran las millas naúticas al uso y otras las millas árabes de Alfagranán y que la distancia era tan enorme que no habría posibilidad de retorno. A su vez los banqueros, fortalezas inexpugnables, herméticas y desconfiadas cuyos cálculos se resumían tan solo en la partida de gastos porque no creían ni en el descubrimiento de la ruta más cortas a las Indias Orientales y mucho menos en el dominio del comercio de las Especias, por tanto, a una negativa añadían otra más grande, si cabe, a mis informes de comerciantes venecianos, a los cuales sobornaba para conseguir más información sobre el gran tesoro de maderas, oro y lapizlázuli, tuve que añadir la del dominio del reino, la de la creación y extensión de un gran Imperio, la de una España que reinara en todo el orbe. Y para ello tuve que recurrir a instancias más altas, llegar hasta los Reyes de Castilla y de Aragón, desplegar el tapiz de las maravillas y atraerlos hasta el punto de que la misma reina Isabel me confiara sus joyas.

 

El auditorio seguía con expectación sus explicaciones mientras el Almirante hacía un alto en su arenga para volverse hacia donde me encontraba. Advertí entonces que sus siguientes palabras irían dirigidas a mí, como portador de las nuevas noticias. El caso es que mi presencia allí era dar traslado al director del Panteón sobre los acuerdos alcanzados por el Ministerio de Defensa y la Junta de Andalucía en los que se contemplaba una remodelación y un posible cambio de ubicación del mismo. Noticias de las que ya tenía conocmiento pero que habría que programarse una agenda de actuación. Mi llegada tardía, sin duda, y mi interés por aquel edificio sobrepasó la hora del cierre, la de la actividad administrativa del mismo y la noche cayó mientras repasaba los documentos que me fueron confiados. No tengo otra explicación que la de un millar de ojos fantasmagóricos que escrutaban, sin yo saberlo, por lo que alcanzaron a conocer todos los pormenores de mi presencia allí.

 

 

3

"Te eaeternum Patrem"

 

 

- Son éstos tiempos distintos, tiempos de batallas que se desarrollan y se dirimen, en la mayor parte de las veces, sin llegar a ver en ningún momento al enemigo. La guerra se juega hoy en otros tableros. -dijo el Almirante de la Mar Océana al reanudar la arenga.

 

- La guerra no puede ser la única opción -señaló Malaspina. Las aportaciones al conocimiento también son armas tan definitivas como las de una alabarda del 12 -añadió.

 

- La guerra siempre será la última opción -dijo el héroe de Trafalgar- pero a los enemigos hay que aplicarles la Ley del Talión -concluyó.

 

- El conocimiento de la astronomía, la navegación por derrota, la variedad de la fauna y de la flora, el descubrimiento de nuevas especies, la diversidad de los pueblos y sus culturas...

 

- Tengo que ponerme también de su lado teniente -interrumpió Colón. En eso reside precisamente la insistencia. Propongo Brigadier desenterrar los valores que la Marina Española ha aportado al mundo. Propongo que el portador de estas inclitas noticias desempolve al mundo las hazañas de los navegantes al servicio del Estado. Propongo una nueva batalla plural y definitiva.

 

De rumor se pasó a clamor en un instante. La expectación había logrado calentar el ambiente hasta el punto que las lámparas, con sus luminarias esplendidas -tililaran ostensiblemente mientras sobre los muros del Panteón se escenificaba una turmabulta de la cual yo era el destinatario final.

 

- Señor emisario -dijo Alcala Galiano. Le ha sido encomendada la justa y honorable misión de desempolvar las hazañas de cuantos descansan en este Panteón, de rememorar la gloria que requiere el sacrificio de aquellos otros marinos ilustres que todavían no descansan aquí y de restituir la afrenta de la que hemos sido objeto. Le encomiendo esta misión como parte de esta última batalla -concluyó.

 

Si no fuera porque las aclamaciones, los vítores y los lepantos que volaban de la marinería eran toda una evidencia, no podría dar crédito a lo que estaba sucediendo. A cada momento echaba una mirada hacia la puerta con el deseo de que se abriera de pronto y entrara la guardia de la Escuela, deseaba que la policía militar hiciera su entrada atropelladamente para que semejante cónclave se disipase como por arte de magia y me rescatarán de allí cuanto antes. Imagino entonces que tendría que dar algunas explicaciones. Tendría que justificar mi presencia, mi descuido horario y sobre todo evitar cualquier referencia de lo que había presenciado. Sin embargo, pensaba que si un destacamento de policía y guardia hicieran su presencia es que ellos también habrían escuchado desde el exterior semejante algarabía y entonces mi situación sería más comprometida si cabe. Aunque por otro lado la satisfacción de comprobar que ellos también serían partícipes de la presencia de aquellas figuras extemporáneas salidas de sus sarcófagos me reconfortaría en la certeza de que mi salud mental continuaba estando intacta. Otra cosa sería que nadie tuviera el privilegio o la desazón de poder contemplaralas, que yo fuera el único mortal capaz de verlas, entonces si que tendría un serio problema, amén de una misión, la que me acababan de encomendar desde las más altas instancias de la Armada. Luego las aclamaciones y los vítores callaron de pronto, no porque hubiera asaltado el Panteón ninguna guardia de corps sino porque la audiencia esperaba expectante mi respuesta.

 

- Señor Brigadier -dije sin dar crédito a mi osadía, si así se pudiesen considerar mis palabras. La actual situación económica, no solo española sino también mundial, han obligado a las distintas Administraciones a vaciar las arcas del Estado, a reducir tanto gastos de primera necesidad como aquellos que podrían considerarse más supérfluos, si usted me lo permite.

 

¡Falacias! -interrumpió el almirante Moreno.

 

- De esa misma opinión son algunos sectores de la población -dije para contemporizar- No obstante, mi presencia aquí solo es de índole burocrática, yo no dispongo de facultades para conculcar un acuerdo del Consejo de Ministros. Mi función es la de establecer una agenda para llevar a término ordenadamente las distintas fases del proyecto.

 

- Ahí es donde usted entra -señaló el Almirante Colón. Todo proyecto requiere de estudios, de anotaciones y recomendaciones, y a veces son éstas tan poderosas que pueden paralizar la ejecución definitiva.

 

- !Meta ahí la pluma, carajo! -añadió Moreno. En la Sección de Observaciones, y la estocada final se la pone en la de Recomendaciones Ineludibles.

 

-¡Con dos cojones! -gritó alguien al final del coro.

 

-!Silencio! -ordenó Galiano. Prosiga.

 

- No, no sabría cómo empezar -dije duditativo.

 

- ¡Por el principio! -dijo Churruca. Por el principio -repitió.

 

 

4

"Pleni sunt coeli et terra"

 

 

Llegados a este punto la tormenta parecía dar un respiro, acaso para cargarse de humedad en la bahía de Cádiz y arrojar después su virulencia en una noche tan propia como la de hoy. Casi sin percibirlo se habían ido produciendo movimientos precisos entre los asistentes para formarse, lo que a mí me pareció un tribunal. A la cabeza, sobre el altar Mayor, justo delante de la Nava del Cenotafio levantada en honor a los marinos que descansan en el fondo del mar, estaba sentado Alcalá Galiano, a su derecha Cristóbal Colón y a su izquierda el Almirante Luis de Córdova. A un lado del altar, cerca del atrio se había adecuado para que subiera un conferenciante, y el resto, en perfecto orden se encontraban sentados. Oficiales y suboficiales colocados por categorías, y al fondo, la tropa formaba un bloque compacto que atendía con disciplina.

 

- ¡Que de comienzo la Sesión! -ordenó Galiano. ¡Acuda el Almirante Blas de Lezo y Olabarrieta! -añadió.

 

Blas de Lezo se levantó de uno de los primeros asientos, como le correspondía por su graduación. El trayecto hasta el atrio aunque corto fue seguido con admiración por todos los asistentes. "Toc-toc". El Almirante Pata de Palo o Mediohombre como también era conocido subió con agilidad hasta el lugar. Todavía de espaldas al auditorio hizo un gesto con la cabeza en honor a los hombres del Cenotafio, después se volvió en un giro rápido sobre su pierna de madera y dirigiéndose al Tribunal dijo: "A su disposición".

 

Alcalá Galiano, cedió el turno a Luis de Córdova y Córdova, al fin y al cabo, fue quién colocó la primera piedra de este panteón diseñado por Sabatini.

 

- Almirante ¿Qué se requiere para que un enemigo llegue a maldecirlo como lo hiciera en su día Vernon?

 

La concurrencia soltó una carcajada impropia del momento, aunque la pregunta tenía enjundia, sobre todo segundas intenciones, y algo de guasa propia del almirante sevillano.

 

- "God danm you, Lezo!" -pronunció. ("!Que Dios te maldiga, Lezo!"). Determinación almirante. Determinación, valor y mucha puntería. Ese fue el caso de la defensa de Cartagena de Indias en el que la Armada inglesa decidió atacar nuestra posición, tarea esta que ya habían dado por ganada incluso antes de partir de Londres. La situación se presentaba inicialmente como una empresa difícil -continuó- numéricamente desigual y a lo que había que añadir la presión de llevar el peso de la defensa. La situación era la siguiente: la escuadra española sólo disponía de seis navíos, 2.830 hombres y mucha imaginación. Por el contrario los ingleses contaban con 180 navíos y casi 25.000 efectivos más 4.000 voluntarios de Florida.

 

- Mal inicio -dije en voz alta lo que estaba pensando.

 

- Si duda -intervino Luis de Córdova. Pero el inicio sucedió meses antes con motivo de la Guerra de la oreja de Jecnkins -añadió.

 

- ¿Qué guerra fue esa? ¿La ganamos? -pregunté con curiosidad.

 

- La iniciada por el capitan de navío Fandiño. -aclaró Galiano. Dos naves corsarias inglesas venían haciendo estragos al comercio y transporte de los buques españoles, hasta que el capitán Fandiño apresó a Jecckins y le cortó una oreja. Cuando el marino se presentó en el Parlamento con su apéndice seccionado, los lores clamaron venganza y planearon la toma de Cartagena de Indias. La planearon, la celebraron y después se acercaron a Cartagena a tomar posesión hasta que tropezaron con el almirante De Lezo -añadió.

 

- Nuestra resistencia fue feroz, y Vernon decidió darse la vuelta a Inglaterra, momento en el que el marino inglés lanzó su maldición -contestó Blas de Lezo.

 

- Dicen que usía contestó a la maldición del almirante Vernon escribiéndole:

 

«Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

 

- Si -contestó lacónicamente Blas de Lezo.

 

- Gracias, almirante. -dijo Galiano.

 

- Semejante victoria es prácticamente desconocida para la mayoría de los españoles. -afirmé con admiración.

 

- Y para la totalidad de los ingleses -añadió Luis de Córdova. Después del desastre Jorge II prohibió que se escribiera o que se hablara de esta cuestión. Para Inglaterra está derrota no existió, quedó borrada de la Historia e Inglaterra perdió la oportunidad de implantar el idioma inglés y su dominio en el mar hasta la heróica derrota de Trafalgar.

 

- Como ha podido comprobar señor emisario -dijo Galiano- una de las páginas más brillantes de nuestra historia naval es prácticamente desconocida. La valentía e ingenio naval del almirante De Lezo tiene hoy como recompensa la última palada de tierra sobre este catafalco.

 

- ¡Justicia! -añadió el almirante Moreno. Tome nota y añádalo a su agenda.

 

Blas de Lezo no añadió palabra alguna. Estaba de pie ante el altar Mayor. No era figura imponente, aunque si lo era su currículum. El calificativo de almirante Mediohombre era por otro lado adecuado. A los doce años ingresó en una Academia Militar francesa, a los diecisiete años recibió su bautismo de guerra en el que una bala le destrozó la pierna de rodilla para abajo. Antes de los 23 años ya había perdido un ojo y la movilidad de uno de los brazos en las múltiples batallas navales. Murió a consecuencia de una terrible enfermedad tras su victoria frente a los ingleses. Tal vez se diera cumplimiento a la maldición de Vernon porque la enfermedad contraída fue la peste -añadió Galiano- debida a la multitud de cadáveres insepultos -la mayoría ingleses.

 

- Pásele la nota del reconocimiento colombiano, almirante -solicitó Moreno a Galiano.

 

- Léala Teneinte Lazaga -ordenó Luis de Córdova.

 

- El día 5 de noviembre de 2009, en Cartagena de Indias, se dio cumplimiento a un deseo de Blas de Lezo, que en su testamento pedía que un grupo de españoles pusiese una placa que conmemorase aquella victoria. En la inscripción se puede leer: «Homenaje al Almirante D. Blas de Lezo y Olavarrieta. Esta placa se colocó para homenajear al invicto almirante que con su ingenio, valor y tenacidad dirigió la defensa de Cartegena de Indias. Derrotó aquí, frente a estas mismas murallas, a una armada británica de 186 barcos y 23.600 hombres, más 4.000 reclutas de Virginia. Armada aún más grande que la Invencible Española que los británicos habían enviado al mando del Almirante Vernon para conquistar la ciudad llave y así imponer el idioma inglés en toda la América entonces española. Cumplimos hoy juntos, españoles y colombianos, con la última voluntad del Almirante, que quiso que se colorara una placa en las murallas de Cartagena de Indias que dijera: AQUÍ ESPAÑA DERROTÓ A INGLATERRA Y SUS COLONIAS. Cartagena de Indias, Marzo de 1741». -leyó Lazaga.

 

- Solo este episodio sería merecedor de una placa conmemorativa en todas las ciudades portuarias de este país -señaló el almirante Moreno. Y algunas otras en Inglaterra. El valor no tiene fronteras ya que los marinos españoles también reconocemos la inteligencia y los méritos de Nelson. Tome nota señor emisario, y que el déficit se lo metan por el ...

 

- Compostura almirante, -añadió Colón que había permanecido oda la sesión en silencio. Pero anote, señor emisario, anote.

 

 

5

"Te per orbum terrarum"

 

 

El almirante De Lezo bajó las escaleras acompañado de su "Toc-toc" que retumbaba en la bóveda. Entre tanto el Teniente Lazaga me proveía de documentos sobre los acontecimientos de Cartagena de Indias y un currículum de Blas de Lezo que abultaba dos palmos entre epitones, condecoraciones, cuadernos de bitácora, reconocimientos extranjeros y apoyos de los compañeros de armas.

 

- Que acuda el Brigadier Alessandro Malaspina.

 

Malaspina llegó al atrio desde un lateral del Panteón hasta tomar la zona central bajo la bóveda a paso rápido y seguro. Todos lo recordaban como en los retratos oficiales. Un joven apuesto, alto y seguro.

 

- A sus órdenes -dijo dirigiéndose al Tribunal.

 

- Teniente Lázaga, lea el currículum del Brigadier Malaspina -ordenó Galiano.

 

- "Alessandro Malaspina nació en Mulazzo, actual Italia, entonces parte del Gran Ducado de Toscana. Sus padres fueron el marqués Carlo Morelo y Caterina Meli Lupi di Soragna. De 1762 a 1765 él y su familia vivieron en Palermo, bajo la protección de su tío, el virrey de Sicilia Giovanni Fogliani d'Aragona. De 1765 a 1773 estudió en el Colegio Clementino en Roma, aceptando en 1773 ingresar en la Orden de Malta. Vivió en Malta un año, donde aprendió rudimentos de navegación en la flota de la Orden. En 1774 ingresó en la Marina Real española. El 18 de noviembre de ese año recibió el grado de guardiamarina.

 

Al servicio de España

Durante los años 1775 y 1776 tomó parte en varias acciones armadas en el norte de África (una de ellas, en enero de 1775, una expedición en auxilio de Melilla, asediada por partidas de piratas berberiscos). De 1777 a 1779, a bordo de la fragata Astrea, participó en un viaje a las Filipinas (ida y vuelta rodeando el Cabo de Buena Esperanza). Durante el mismo fue ascendido a teniente de fragata (1778). Tomó parte en varias acciones contra los británicos en 1780, tras lo cual fue ascendido a teniente de navío.

 

En 1782 tomó parte en el Gran Asedio a Gibraltar" -leyó Lazaga.

 

- Pasemos por alto su proceso de la Inquisión y las desavenencias con Godoy -intervino Luis de Córdova.

 

- Con la venía Almirante, del proceso de la Inquisición salí limpio, es más no llegó a término, y del asunto del Ministro Godoy pagué con el destierro y olvido hasta el final de mis días -añadió Malaspina.

 

- Lo sabemos Brigadier -señaló Galiano. La política es lamentablemente lo que hoy también nos ha reunido aquí.

 

- Disculpen la interrupción -señalé con interés. ¿Cuál son entonces los méritos del Brigadier Malaspina, al margen del impresionante currículum si fue perseguido por la Inquisión y participó en un golpe de Estado contra un ministro de Su Majestad? - añadí arrepintiéndome al instante de la osadía.

 

- Por que la marina española no solo ha llenado páginas de gloria a base de estrategias navales y cañonazos -añadió el almirante Moreno irritado. También hemos dado al mundo algunos conocimientos. ¿Qué me dice de los portulanos de Juan de la Cosa, de las navegaciones de Tofiño, del mismo Magallanes que sirvió a la Armada española, y sin ir más lejos, la expedición Malaspina? ¿Qué se cree que hemos sido unos bárbaros de sable y cañonazo? -añadió fuera de sí.

 

- Es curiosidad -añadía acongojado- e información también.

 

- Pues tome nota, tome nota. -añadió.

 

- Tal vez sea yo quien podría aportar algunos matices sobre el inestimable valor que la expedición de los brigadieres Malaspina y Bustamante -intervino Galiano. Y ello es así porque yo tomé parte en la Expedición Malaspina. Estuve destinado en la fragata "Atrevida" gobernada por él mismo. El Brigadier José de Bustamante y Guerra gobernaba la "Descubierta" y ambas formaron lo que ya es universalmente conocida como la Gran Expedición de la Ilustración. De Cádiz a Montevideo, de ésta ultima cruzamos el estrecho de Magallanes hasta Chiloé, luego el gran puerto de la España de Ultramar, Las Malvinas, Concepción, Valparaíso, Callao en el Perú, de allí a Acapulco en aquel Méjico entonces el país más importate del continente americano, la búsqueda de la ruta que uniera el océano Atlántico con el Pácifico por Alaska, la marcha hasta Oceanía, Nueva Zelanda, las Islas Filipinas, la estancia en la actual Sidney y el recorrido en sentido contrario pasando por todas y cada una de las ciudades visitadas hasta la vuelta al puerto de Cádiz, acompañados por un convoy de una decena de naves y con las bodegas llenas de baúles repletos de dibujos, de elementos de la flora y vegetación diversa, fósiles, y todo tipo de documentación que en cada ciudad se registró minuciosamente -añadió Galiano. Si el "Príncipe de la Paz" -se refería Godoy imaginé- temió por su futuro político y desterró a Malaspina, mayor motivo para considerar el enorme sacrificio del brigadier ante una aventura tan trascental como lo fue aquella Expedición.

 

- Gracias almirante -añadió Malaspina. Tengo que mencionar que efectivamente la expedición fue organizada, gobernada y llevada a término también por José de Bustamante y Guerra, marino, naturalista y cartógrafo sin cuya experiencia y temple no hubiéramos podido completarla con éxito. En cuanto a Godoy yo no tenía el más mínimo interés por entrar en política y ...

 

- No insista con Godoy brigadier -interrumpió Luis de Córdova- que ya no tiene remedio. Díganos ¿Cómo convenció a la Armada para que Su Majestad el rey Carlos III les facilitara todos los medios para llevar a cabo algo de tanta envergadura?

 

- Eso, eso -añadió Colón que no se había visto en otra igual desde lo de las joyas de la reina.

 

- Como saben ustedes, España tenía un amplio territorio en Ultramar. Al Pacífico, los ingleses empezaban a llamarlo el Mar Hispano, pero la hegemonía, los nuevos territorios por descubrir y sobre todo el mantenerlos era un ejercicio que España, sumida tambien en conflictos en otros frentes, había empezado a abandonar. Portugueses, rusos, ingleses estaban llegando a costas y lugares todavía ignotos y en los que la presencia española era mínima. Por otro lado, Francia e Inglaterra ya habían realizado dos grandes expediciones científicas, las de Cook y Le Perouse, las cuales dejaban en la impronta de esas ciudades el interés y la cultura de los expedicionarios, como podría ser el idioma, esa arma tan poderosa. Estas consideraciones así como el interés de Carlos III por la ciencia fueron argumentos infalibles -concluyó Malaspina.

 

- ¡Sobresaliente! -exclamó Colón.

 

- ¿Y el resulado científico? -añadí, no sin temor a alguna salida del almirante Moreno.

 

- Recomiendo alumbrar al emisario con el BOE del 30 de julio de 1789 -añadió Moreno, cómo no. Alúmbrele Lazaga, alúmbrele.

 

- "El viaje enriqueció copiosa y extraordinariamente la Botánica, -comenzó leyendo Lazaga- la Litología y la Hidrografía. Las experiencias sobre la gravedad de los cuerpos, repetidos en ambos hemisferios y a diversas latitudes, condujeron a importantes averiguaciones sobre la figura no simétrica de la tierra, asimismo se efectuaron experimentos como fundamento de una nueva medida en Europa, universal, verificable y tan constante como las leyes de que depende. Estudiaron la vida civil y política de los pueblos visitados y la historia de las emigraciones, así como los progresos su civilización desde el estado de ignorancia primitivo. También se reconocieron nuestros territorios, producciones y tesoros que darán origen a combinaciones capaces de robustecer la Monarquía y todo ello sin que se perdiera ninguna vida humana pues todas las tribus y pueblos visitados bendecían la memoria de quienes les dieron nociones, instrumentos y semillas útiles. Siendo además que las Corbetas tuvieron 3 ó 4 bajas en cada una por los tórridos climas en que permanecieron tanto tiempo, recordándose la memoria del Primer Teniente de Guardias Españolas D.Antonio de Pineda".

 

- Muy amable Teniente -dije. No obstante sigo sin comprender el motivo de semejante desconocmiento de esta aventura.

 

- La política -señaló Luis de Córdova. Siempre la política. Me creerá si le digo que la primera publicación sobre la expedición Malaspina no se realizó hasta pasados treinta años, y lamentablemente no se publicó en España. La publicación fue llevada a cabo por el almirante ruso Kronsenstern por entregas entre 1824 y 1827 para la revista de la marina rusa en San Petesburgo. ¡Fíjese, en San Petesburgo! Por eso tampoco me extraña tanto este asunto que nos trae hoy sobre el déficit y los recortes -añadió.

 

-Gracias Brigadier -concluyó Galiano dirigiéndose a Malaspina.

 

 

6

"Te devicto mortis aculeo"

 

 

La retirada de Malaspina coincidió con un trueno que hizo temblar las vidrieras del Panteón. Había algo de premonición en aquel estrépito. Acaso fuera solo coincidencia pero en las conversaciones del tribunal ya se presagiaba que los siguientes oradores traerían a colación algún doloroso episodio.

 

- "Que así sea" -se oyó entre los miembros del Tribunal. "Que así sea entonces".

 

Al fogonazo de un rayo le siguió prácticamente al instante otro trueno ensordecedor, lo que indicaba que la tormenta estaba justo encima de nosostros.

 

- ¡Que acudan los héroes de Trafalgar! -ordenó Luis de Córdova.

 

El silencio se adueñó de la iglesia en un instante. Había un vacío como en esas depresiones de las tormentas en las que en el centro de las mismas hay una calma desconcertante.

 

- Capitán General de la Armada Federico Carlos Gravina y Nápoli -comenzó leyendo Lazaga-. Teniente General de la Armada Antonio de Escaño y García de Cáceres. Capitán General de la Armada y Presidente del Almirantazgo Francisco Javier de Uriarte y Borja. Capitán General de la Armada Cayetano Valdés y Flores de Bazán y Peón. Brigadier de la Real Armada Española Dionisio Alcalá Galiano y Alcalá Galiano. Brigadier de la Real Armada Española Cosme Damián Churruca y Elorza. Capitán General de la Armada Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. Capitán de Navío Francisco Alcedo y Bustamante. Almirante y Virrey del Río de la Plata Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre -concluyó Lazaga.

 

A cada nombre leído por Lazaga, le seguía un !Presente! alto y claro, hasta que finalizada la lectura, Luis de Córdova se dirigió, en primer lugar a Gravina.

 

- Capitán General Federico Gravina ¿Opuso alguna objeción a la marcha de la flota desde Finisterre hasta Cádiz y en cuyas costas se desarrolló la batalla de Trafalgar?

 

- En efecto Almirante. Así lo hicieron también los Brigadieres Churruca y Alcalá Galiano. La orden de Napoleón había sido clara: llevar a la flota hispanofrancesa al otro lado del Atlántico para atraer la atención de los ingleses, los cuales la seguirían hasta allí para dar batalla. Sin embargo Villeneuve, estando en las Antillas creyó que ya había cumplido su propósito y regresó a las costas españolas hasta llegar a Finsterre.

 

- ¿Conqué objeto? -pregunté intrigado.

 

- Napoleón, señor emisario, tenía el propósito de invadir Inglaterra, por eso quería desviar la atención de los navíos ingleses y aprovechar entonces para cruzar el Canal de la Mancha con 180.000 hombres, pero la precipitación de Villeneuve hizo que se estableciera batalla frente a las costas de Finisterre, batalla en la que quedó malparada nuestra escuadra. Pero Napoleón insistía en que, a pesar de todo, navegáramos hacia el Norte, hacia Brest, pero de nuevo Villeneuve volvió a actuar por su cuenta y decidió navegar hacia el Sur, hacía Cádiz. Pensaba que así ganaría el favor del Emperador luchando más lejos de Inglaterra.

 

-¡Pero se equivocó! -exclamé.

 

- Sin duda. Si hubieramos navegado hacia el Norte y Napoleón hubiera podido cruzar el Canal, los ingleses hubieran tenido muchos más frentes abiertos.

 

- ¡Menudo favor se ganó! -añadió Moreno.

 

- Por lo que sé el Almirante Nelson se batió el cobre con una estrategia naval de libro -comenté.

 

- Sin duda -intervino el Brigadier Churruca. Como así lo hicieron los barcos y las dotaciones de la escuadra española.

 

- ¿Y la escuadra francesa? -pregunté.

 

- De libro -intervino Moreno. De libro. Leále Lazaga esas notas sobre la escuadra francesa, en realidad sobre la cobardía francesa.

 

- Lazaga leyó: "Para colmo de despropósitos, la escuadra de vanguardia quedó aislada del combate y se alejó considerablemente del centro de la batalla aún a pesar de las explícitas órdenes generales que dictaban que «si un capitán no está en el fuego, diríjase al fuego». El Bucentaure izó enseñas repetidamente para que la escuadra de vanguardia virase hacia el combate, orden que, inexplicablemente no fue atendida al momento por Dumanoir al mando de la agrupación. Algunos buques franceses y todos los españoles de esta escuadra viran hacia el fuego; sin embargo, Dumanoir, en un acto de cobardía, huye con su barco, el Formidable, junto a tres más: el Mont-Blanc, mandado por Lavillesgris; el Duguay-Trouin, mandado por Touffet y el Scipion, mandado por Berenguer. Estos cuatro barcos huidos (todos franceses) fueron apresados por la flota británica doce días después de la Batalla de Trafalgar, cuando intentaban ganar la costa francesa a la altura de Cabo Ortegal. Posteriormente, Dumanoir manifestó no haber visto la orden del Almirante debido a la humareda reinante".

 

- ¿Humo? ¡Más miedo que verguenza! -exclamó Moreno con la aprobación unánime del auditorio.

 

- Desde luego Napoleón era del mismo parecer -intervino Luis de Córdova. En una misiva llegó a señalar sobre la actuación en Finisterre: "Gravina es todo genio y decisión en combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre, hubiese sido una victoria completa".

 

- Si ya se veía venir -añadió Moreno. Hasta los más aguerridos marinos y los estrategas navales sabían de qué pasta estaba hecho Villeneuve, Dumanoir y otros oficiales franceses. Pero los españoles velaban no solo por el honor a la Patria, sino por el honor de ser marinos, aunque ésta compostura a veces no haya sido correspondida como se en realidad se merecían.

 

- Almirante, que se pierde -añadió Luis de Córdova.

 

Y mientras Moreno realizaba su perorata, yo leía en silencio parte de la documentación que Lazaga me había proporcionado. En ella encontré una carta personal de Churruca dirigida a su hermano, y que en gran medida coincidía con lo expuesto por el almirante Moreno.

 

La carta decía así: "Navío San Juan de Nepomuceno en Cádiz a 11 de octubre. Querido hermano: desde que salimos de Ferrol no pagan a nadie ni aun las asignaciones, a pesar de estar declaradas en la clase del prest del soldado, de manera que se les debe ya quatro meses y no tienen ni esperanza de ver un real en mucho tiempo; aquí nos deben también 4 meses de sueldo y no nos dan un ochavo, sin embargo de que nos hacer echar los bofes trabajando: con lo que no puedo menos de agradecer mucho el que hayas libertado a Dolores de los apuros en que se andaría para pagarte los 1.356 reales que te los libraré yo luego que pueda; entretanto, he encontrado en Ferrol a un amigo rico que socorrerá a Dolores con quanto necesite, y quedo tranquilo con haver asegurado ya su subsistencia decentemente. Estos son los trabajos de los que servimos al Rey, que en ningún grado podemos contar sobre nuestros sueldos (...) Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto."

 

- !Esos si que eran recortes y no los de ahora! -dije en voz baja.

 

- ¿Decía algo? -preguntó De Córdova.

 

- Nada, nada, señor almirante.

 

 

7

"Te ergo quaesumus"

 

 

El almirante Moreno que no se perdía en ningún momento y que estaba al tanto del proceso asistido por el Teniente Lazaga, dejó en el aire también una sospecha de cierto abandono. Muchos de los militares asistían incómodos, algunos con la mirada hacía la bóveda, otros hacia el suelo y en algún momento se podía oir como un malestar de botas y sables que se acomodaban, una cierta desazón debida, por un lado, a que el desastre de Trafalgar fue motivado por la ineptitud de Villeneuve y por otro, al lastimoso estado de la escuadra española.

 

- General Antonio de Escaño -intervino De Córdova- usía escribió en su "Informe sobre la Escuadra del Mediterráneo": "Esta escuadra hará vestir de luto a la Nación en caso de entrar en combate, labrando la afrenta del que tenga la desventura de mandarla". ¿No cree que pudo exagerar?

 

- En absoluto almirante. Había un temor sobre la situación de la escuadra, que al pricipio era callado y más tarde un clamor entre los oficiales. En todo caso -añadió- recogí también el parecer del general Mazarredo sobre el estado de gran parte de la flota: "Llenamos los buques de una porción de ancianos, achacosos, de enfermos e inútiles para la mar".

 

De nuevo la incomodidad de sables y polainas se extendía por la nave.

 

- Las fiebres amarillas de 1802 y 1804 en Andalucía afectó de tal manera a las tripulaciones -continuó De Escaño- que la Armada se vio obligada a realizar una leva obligatoria entre mendigos, campesinos, soldados de infantería e incluso reos libertados para la ocasión. Recuerdo -continuó el General Escudero- que algunos comandantes de nave pagaron de su propio bolsillo la adecuación y pintado de los navíos para no avergonzarse ante la escuadra francesa. Y, sin embargo, en Trafalgar, a pesar de todo, no faltó entrega entre aquellas obligadas tripulaciones.

 

- De eso podemos dar fe esta noche cuantos estamos hoy aquí reunidos -intervino el Capitán General Javier de Uriarte y Borja. Valores y respeto que ha trascendido fronteras una batalla tan trascendental como aquella -concluyó.

 

- Cierto -afirmé.

 

- No tenga duda -intervino Uriarte. Permítame informarle algo sobre la tradición inglesa sobre este aspecto. Como saben el navío Príncipe de Asturias que mandaba el almirante Gravina fue apresado por los ingleses y llevado a Gibraltar. Inglaterra mostraba nuestro buque como esencia de la aplastante victoria inglesa sbre las escuadra hispanofrancesa, pero mantuvieron intacto el camarote del almirante con letras de oro en la puerta, y fue durante mucho tiempo de obligado cumplimiento el descubrirse para entrar en él -concluyó.

 

- El reconocimiento del valor -admirable.

 

- Como el que se merece Horacio Nelson -intervino Moreno.

 

- Y a Villeneuve cómo le fue ¿Se ganó el favor de Napoleón? - pregunté.

 

- Villeneuve -intervino Lazaga- fue apresado y llevado a Inglaterra. Allí estuvo preso hasta que fue libertado bajo palabra. Una vez en Francia, no tuvo favores algunos, es más al poco tiempo apareció muerto en la habitación de su hotel. La prensa había informado que se trataba de un suicidio pero lo cierto es que apareció con seis puñaladas en el pecho. La opinión general era que Napoleón habría querido quitárselo de enmedio y evitar el vergonzoso juicio de un almirante vencido de forma tan humillante -concluyó.

 

- !A todo cerdo le llega siempre su San Martín! -gritó alguien al final de la nave.

 

La llamada al orden del Tribunal quedó apagada por una batería encadenada de truenos, síntoma de que la tormenta se había anclado sobre nuestras cabezas y apoyaba, sin duda, la lectura de Lazaga. Pero esta vez estallaron los ojos de buey como lo tuvo que hacer el maderamem de una buena parte de los navíos la fatídica mañana de Trafalgar -una batalla que duró apenas cuatro horas y que se llevó por delante a más de tres mil hombres. Los cristales cayeron en el interior de la nave y las lámparas se apagaron de golpe dejando en una oscuridad total el Panteón. Ya no se oía más que el agua que a raudales entraba para inundar -más si cabe- la Nava del Cenotafio, agua sobre agua anegando la memoria de los insepultos caídos y olvidados hasta para sus familias. ¿Cuántos descendientes de aquellos desdichados viven hoy sin saber siquiera que sus antepasados cayeron en semejante contienda? -me preguntaba cuando un rayo iluminó entonces la estancia. A diferencia de cómo entraron aquellas figuras que al poco se formaron en Tribunal, ahora habían desaparecido como muchos de ellos lo tuvieron que hacer el fatídico día que acabaron con sus vidas, en medio de una atronada de los cañones, cegados por la intensidad de las llamas al explotar la santabárbara de sus naves y ahogados, insepultos y olvidados. Y allí estaba solo ahora, escuchando la gotera que ya apenas se dejaba intuir mientras ebalaba por las paredes de los sepulcros y las lápidas conmemorativas. Solo y aterido de frío.

 

 

8

"Aerterna fac sum Sactis tuis"

 

 

De entre los ruídos que yo creía eran las últimas boqueadas del estrépito tormentoso y sus chorreones de agua, llegaba otro ruido algo más sordo de la zona del estanque de las Aguas Universales y que recogía su eco en las húmedas postrimerias de la Nava del Cenotafio.

 

- ¿Quién hay ahí? -pregunté con un hilo de voz.

 

¡Chop, chop! -se oyó al fondo, como si alguien caminara sobre un charco.

 

- ¡Salga quién sea que esté escondido ahí! -dije con más convicción esta vez.

 

Y de los estertores de luz que penosamente iluminaban la estancia, apareció la figura de un marinero ataviado para la guardia, pero ya sin las polainas que eran antes obligatorias, sino vestido de faena y armado solo con un móvil colgado al cinto.

 

- ¿Usted en honor a qué batalla está aquí? -pregunté con el objeto de que me explicara a dónde habían ido todos.

 

- Yo soy "el tercera guardia" del Panteón. -dijo con otro hilo de voz. Como soy nuevo.

 

- ¿Héroe también, imagino?

 

- Hombre más que héroe, en realidad soy un "capullo" -añadió resignado. Llevo tres meses en la Marina y por ahora me lo como todo, por eso me ha tocado esta guardia.

 

- ¡Qué alivio! Si le contara lo que me ha pasado -dije.

 

- Ya, si a mí me tiemblan las piernas -dijo. Cuando la tormenta arreció entré en el Panteón para guarecerme y me encontré con el pastél. Al final para pasar desapercibido me senté al lado de un tipo que había luchado en la guerra de Cuba, que se llamaba Manolo y le faltaba un brazo. Y ahí me quedé, entre la marinería de tullidos, sin abrir la boca mientras usted, señor emisario debatía con los tipos que están colgados de estás misma lápidas -dijo con algo de sorna.

 

- ¡Entonces no me he vuelto loco! -exclamé. Por lo menos tengo un testigo para explicar lo que aquí ha sucedido.

 

- ¡Ni de coña! -dijo. Con lo que me ha costado entrar en la Marina, que llevaban años sin convocar vacantes, me la voy a jugar ahora con una historia como esta.

 

- Pero tú has visto lo mismo que yo esta noche -dijo tuteándolo tras los acontecimientos vividos.

 

- Mire, yo llevaba cuatro años en el paro. Estudié composición musical en el Conservatorio de Sevilla y estaba harto ya de comerme los mocos pasando la gorrilla ante los turistas con un cuarteto de cámara. ¿Sabe lo que es eso? ¿En Sevilla, a las cinco de la tarde en la Plaza de España, enfrente de hordas de guiris con sandalias y calcetines negros? Y quiere que le cuente al sargento Morales que me he pasado la guardia con los héroes de Trafalgar, Malaspina y el tal Manolo porque la Junta y el Gobierno les quieren cerrar el Panteón?

 

- Bueno visto así -dije. Pero yo tendría que hacer algo -añadí mientras sostenía en la mano las notas que había tomado durante la sesión..

 

- Por cierto -dijo- el Te Deum, que es como ha ido titulando esas notas, es el de Charpentier y le faltan tres partes: "Dignare, Dómine", "Fiat misericordia tua" y "In te, Domine, speravi" . Ya sabe, lo mío con lo del Conservatorio de Sevilla.

 

-¡Ah, si, claro! -dije soprendido por su conocimiento de la obra musical de Charpentier. Sin embargo, podría observar a la Junta de Andalucía el valor histórico del monumento, y al Gobierno, a través de Defensa que invierta en dar a conocer las historias del valor de estos militares, y tal vez...

 

- Y tal vez, si luego ganan las elecciones los de "Podemos" a lo mejor tiene una posibilidad. Amigo, lo que va a tener usted es un marrón de órdago como se le ocurra contar algo de lo que aquí ha sucedido. Por mi parte, yo le abro ahora que ha descampado y olvídese de todo, porque además esto es España y el Panteón lo tendrían que levantar para los que estamos fuera, que eso si que es heroismo.

 

 

 

F I N

 

 

 

NOTAS

 

"TE DEUM"

Las citas de entrada de cada capítulo corresponden a cada parte que forma el conjunto del "Te Deum" de Charpentier.

Marc-Antoine Charpentier compuso su gran motete polifónico Te Deum (H. 146) en re mayor probablemente entre 1688 y 1698, durante su estancia en la iglesia jesuita de Saint-Louis en París, donde ocupó el cargo de director musical. La obra está escrita para un grupo de solistas, coro y acompañamiento instrumental.

Charpentier habría escrito seis arreglos distintos para su Te Deum aunque sólo se conservan cuatro de ellos. Se cree que Charpentier habría compuesto o al menos interpretado esta pieza para la celebración de la victoria en la batalla de Steinkirk en agosto de 1692.

La obra consta de las siguientes partes:

Prélude

Te Deum laudamus

Te aeternum Patrem

Pleni sunt coeli et terra

Te per orbem terrarum

Tu devicto mortis aculeo

Te ergo quaesumus

Aeterna fac sum Sanctis tuis

Dignare, Domine

Fiat misericordia tua

In te, Domine, speravi

Charpentier consideraba la tonalidad de re mayor como «brillante y muy marcial». La introducción instrumental, compuesta en forma de rondó, precede al primer verso, a cargo del bajo solista. El coro y el resto de solistas van incorporándose gradualmente.

 

 

MARINOS ENTERRADOS U HOMENAJEADOS EN EL PANTEÓN DE MARINOS ILUSTRES DE SAN FERNANDO (CÁDIZ)

Marinos enterrados u homenajeados.

 

Tumba de Cecilio Pujazón y García.

Ignacio María Álava y Sáenz de Navarrete*

José Fernández Acevedo

Dionisio Alcalá Galiano y Alcalá Galiano *

Francisco Alcedo y Bustamante *

José Alvariño Gaberias

Conde de Amblimont

Juan Bautista Antequera y Bobadilla

Francisco Armero Peñaranda

Antonio Barceló y Pont de la Terra

Álvaro de Bazán Guzmán

Joaquín Bustamante y Quevedo

José María Bustillo y Barreda

Diego Butrón Cortés

Pedro Cardona Prieto

Juan José Carranza Vivero

José Casado Ferreiro

Pascual Cervera y Topete

Juan Cervera Valderrama

José María Manuel Céspedes y Pineda

Francisco Chacón Medina Salazar

Cosme Damián Churruca y Elorza *

Gabriel Císcar y Císcar

Cristóbal Colón

Víctor María Concas y Paláu

José de Córdoba y Rojas

Luis Córdova y Córdova

Juan de la Cosa

Manuel Deschamps Martínez

Juan Domingo Deslobbes y Cortés

Segundo Díaz de Herrera y Serrano

Juan Díaz de Solís

José Luis Díez y Pérez Muñoz

Juan Manuel Durán González

Manuel Emparán de Orbe

Antonio Escaño García*

José Esguerra y Guirior

Cesáreo Fernández Duro

Tomás Geraldino Geraldino

Nicolás Geraldino Sutón

José Goicoa Labart

José González Hontoria

Federico Gravina y Napoli

Julio Guillén Tato

Juan Antonio Gutiérrez de la Concha y Mazos de Güemes

Mateo Hernández Ocampo

Luis Hernández Pinzón y Álvarez

Francisco Herrera Cruzat

Baltasar Hidalgo de Cisneros*

Jaime Janer Róbinson

Jorge Juan Santacilia

Ángel Laborde Navarro

Rafael De Laiglesia Darrac

José María Lazaga y Ruiz

Blas de Lezo y Olabarrieta

Santiago Liniers y Bremond

Miguel Lobo y Malagamba

Fernando de Magallanes y Sousa

Alejandro Malaspina Melilupi

José Malcampo y Monge

Francisco de Paula Márquez y Roco

Cripiano Mauleón Godoy

Ignacio María Mendizábal Vildosola

Casto Méndez Núñez

Augusto Miranda Godoy

Francisco Moreno Fernández

Salvador Moreno Fernández

Francisco Antonio Mourelle de la Rúa

Juan José Navarro de Viana y Búfalo

José Navarro Torres

Pedro Novo y Colson

Nicolás Otero Figueroa

Martín Alonso Pinzón

Vicente Yáñez

Rosendo Porlier y Astiegueta

Cecilio Pujazón García

Andrés Reggio Brachiforte

Francisco Riquelme Ponce de León

José Rodríguez de Arias y Álvarez Campana

Juan Ruiz de Apodaca y Eliza

Francisco Javier de Salas y Rodríguez-Morzo

Blas Salcedo y Gutiérrez del Pozo

Victoriano Sánchez Barcáiztegui

Pedro Pablo Sanguineto Basso

José de la Serna y Occina

José Solano y Bote

Zenón de Somodevilla y Bengoechea

Vicente Tofiño de San Miguel y Vandelvalle

Joaquín Toledo y Parra

Antonio Ulloa de la Torre Guiral

Francisco Javier de Uriarte y Borja*

Cayetano Valdés Flores *

Juan Varela Ulloa

Casimiro Vigodet y Garnica

Fernando Villaamil y Fernández Cueto

Juan María de Villavicencio y la Serna

Francisco Winthuysen de Pineda

Antonio Yepes Arigori

Joaquín Zarauz Santander

 

* Los marinos que aparecen con asterisco son los que partciparon en la batalla de Trafalgar.

 

 

 

© Antonio Polo . San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Editorial Tusquets, Colección de relatos «Lavapiés» Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna 2005, “A los cuatro vientos” Ed. Ariadna 2010; “Huevos revueltos” Ed. Ariadna 2012; "El pie sin huella" Ed. Amargord 2014, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. Premio de Poesía Luna Azul 2013.

66ariadna