Versos cobardes para el niño de la foto
Jesús Urceloy
Almería, Calixto Torres Perales, 2014
por Álvaro Muñoz Robledano

… Jesús Urceloy, por si no se habían percatado, es poeta. Dos poetas, o tres, si se le mira en plano general. Pero si le miramos a los ojos, entonces son mil los poetas que nos reciben; los mil poetas que ha ido recogiendo durante años de cualquier parte: de la barra del bar, del vagón de metro, de la tarima del profesor, de la soledad del vigilante, de la soledad del melómano obligado a vivir en el ruido zafio que nos rodea, de la soledad de quien quiere siempre un poco más de lo que es querido… todos esos poetas que ha ido echando al fondo de su sempiterna cartera de badana, poseído por el síndrome de Diógenes de la belleza, de la sensibilidad, es decir, de la inteligencia; es decir, de la ética. Aquí, ante ustedes, está el poeta clásico, y está el poeta lascivo, junto con el poeta culterano, y el jocoso, y el militante, y el indignado. Tampoco falta el poeta indignante, ni el de la voz baja, ni el vanguardista, ni el desdichado, mi el pornógrafo, ni el japonés. No están, aunque tampoco los vamos a echar en falta, ni el cursi, ni el patriota ni el místico, que de esos, y otros, verdugos, ya tenemos de sobra…
Aunque lo que caracteriza a Jesús Urceloy es el trato que da a todos sus poetas, que cuando pensamos los demás que los ha acogido en su vida con entrega y fidelidad, vamos, que se ha casado con el de turno, le guiña un ojo con descaro, con cariño y con una miaja de mala leche, y lo deja atrás, mientras le dice: “yo soy el que mira, yo soy el que respira”. Y todos esos poetas se vuelven Jesús Urceloy, en lugar de ser Urceloy el que se vuelve un poeta de esos… desde hace ya veinte años, cualquier conversación con los mil poetas en Urceloy ha sido tiempo ganado al tiempo, a la ciudad, a cualquier subsecretaría, al arraigo y a las sillas tapizadas. Ha sido elegancia. Ha sido amistad. Ha sido poesía. Que es, ya se dijo, cuestión de mirar y respirar.
© A.M.R.
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