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Acto de inconsciencia

por Marina Burana

 

                La catastrófica catástrofe, señores, es que me he enamorado. Y no sólo que me he enamorado sino que padezco de lo que en mi barrio se conoce como EAE, “estupidez amorosa excesiva”. Se dirá que el amor es todas esas cosas lindas que cantan las canciones y que omiten las terapias de pareja, pero la real realidad es que el amor no se anda con tantos rodeos, más bien, cuando es ese que te da un bife y te deja medio tuerto, el desgraciado tiende a hacerse barrial en extremo. Al pan pan y al vino vino, ¡qué mierda!
                Claro que de ésto nada supe hasta que crecí y lo encontré por ahí, al amor, a este amor medio rebeldón que cojea y corre cuando le da capricho. Mi mamá solía decir cosas extrañas sobre el amor, pero la que mejor recuerdo es “existe hasta la primera cesárea”; porque me parecía terrible pensar que al empezar a carnear a una embarazada el amor se veía también lacerado de la misma manera. “Cuando te hagas vieja lo vas a entender” me repetía para sacarme la cara de horror que ponía al imaginar al amor escapando entre la placenta. Pero mi papá -quizá con algo de resentimiento y sensación de injusticia- acotaba “los Gonzalez no nos hacemos viejos...maduramos”.   
                Una carrera a medio hacer, una relación infructuosa y tres poemas rotos después, creí haber “madurado” para entender al amor. Pero, en fin, no se deja. Y no se deja no porque ande con alto copete y se pase de complejo sino porque así como es (firme como rulo de estatua y preciso como pedo de vieja) tiene algo de estupidez que no se comprende. Una estupidez que contagia, que inunda, que se pega a la piel y se encalla entre la celulitis. Y yo, víctima no tan fácil, no se crean, me dejé llevar por la estupidez más estupenda. Porque, verán, conocí a un señorito que andaba haciendo musiquita por ahí y cuando la cosa se puso trascendental (chicle en la boca, Platón, argentinazo insostenible, merienda, cena, tragos, tango, despedida poco prometedora) compré la palabrería silenciosa del amor que empezaba ya a nacer en ese primer avistamiento. La segunda vez que nos cruzamos (ya desde el principio cruzados) lo trascendental se fue haciendo más planetario (película, casa, té, abuela) y la cosa se enredó en noche de estrellas y despedida (poco prometedora, nuevamente). Ya la tercera, el amor (o el muchacho) se puso impaciente y hubo que besarse. Y ahí el amor (sí, el amor), cumplió lo prometido y pregonó desde su mitología más básica y eterna: “la vida vine a cagarte”.
                Y me la cagó nomás. Porque no entiendo un carajo de qué se trata, padezco de una estupidez excesiva y le temo a la cesárea. Pero, después de todo, la vida me dio una abuela. Y la abuela me dio un consejo. “Menos amor, menos problemas”, así que decidí dejar de pensar en él (en el amor), pero he ahí el brete. ¿Cómo hacerlo? Su materialización diabólica se dio en este muchacho que les digo, rubio, ojos celestes, (sí, terrible cliché enfermo del cual no formo parte porque siempre me gustaron los morochitos, pero el amor es así, te caga a clichés). Se llamaba Pablo y hablaba hasta por lo codos, las paredes, las sillas, las ventanas y juro que hasta a veces me parecía escucharlo hablar mientras dormía. Pero no, esa era yo (en algún momento tenía que acotar algo ¿verdad?).
                No recuerdo las primeras palabras que el endiablado amor puso en su boca hace casi siete años atrás. Habrá sido algún piropo (todas las estúpidas caemos, sí) y algo medio metafísico. Una vez comprado, subimos y bajamos en montaña rusa hasta despistar (salirse de la pista) y caer en ésto que no sé qué es. Este amor inmenso que me llena y me consume; me desborda, me abrasa y me abraza, me golpea y me estira, me contrae y me arruga. Un verdadero acto constante de inconsciencia.
                Y cuando alguien lo menciona, al amor, creo saberlo todo (aunque no entienda un pito) y doy consejos que lo único que hacen es hacerme más estúpida. Pero ¿la verdad? El amor, así incomprensible, es grandioso. Y digo todo ésto hoy porque el cliché que me acompaña festeja años de vida. Una vida en la que el amor (ese cruel y extraño hijo de puta) nos encontró a ambos y decidió cagárnosla de veras, clavarnos en la inconsciencia. Por eso, la catastrófica catástrofe, señoras y señores, es que me he enamorado. Y cuando uno se enamora, sólo hay lugar para la inconsciencia.

 

 


© Marina Burana nació frente al mar en Argentina. Escribe tanto en español como en inglés. Ha publicado dos libros de cuentos en español (A Merlina, 2007 y De escritores y miserias, 2008) y ha colaborado en revistas de Argentina, España, Cuba, Chile, Venezuela y Taiwán  con ensayos, artículos y ficción. Algunos de sus poemas en español han sido publicados en ediciones de Argentina y España. Recientemente ha comenzado a escribir piezas de teatro en inglés: Sfumato, (2011) que tuvo una lectura en el Last Frontier Theatre Conference en Alaska en 2012 y en el IATI Theater de Nueva York en 2013; y Heads and Tails (2012) que fue invitada a formar parte del ciclo de lecturas del Playwrights Playground en el Classical Theatre of Harlem en la ciudad de Nueva York en 2013. Marina toca el violín, habla chino, francés, lee griego antiguo y pinta y dibuja en sus ratos libres

 



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