í n d i c e  d e l  n ú m e r o

(Construcción)
Gonzalo Zona

Madrid, Devenir, 2012


por Álvaro Muñoz Robledano


Las páginas están divididas en tres columnas de siete cuadrículas cada una; cada cuadrícula puede estar ocupada por el blanco, el negro, una línea, una figura geométrica (generalmente círculos y triángulos) o unos pocos signos convencionales. Cada página está encabezada por un título que la disposición de tales elementos desarrolla mediante un discurso no necesariamente lineal, ni necesariamente argumentativo, ni siquiera necesariamente ordenado; al contrario, el autor huye de la simetría, de la evidencia, de lo serial como algo valioso. Quizás sea la irregularidad, que tampoco es constante, la que provoca un sentido en cada uno de estos poemas visuales; quizás lo sea la adecuación del esquema a unos enunciados que no admiten la esquematización. Los paneles a los que asiste el espectador van adquiriendo, tras el primer golpe de incredulidad, las características de un relato, de una sensación reconocible, a veces debida a cierta semejanza entre la imagen trazada y lo aludido (es decir, a una relación icónica), a veces a la aceptación de lo que sucede frente a él a pesar de su arbitrariedad (lo que llamamos signo).

Vale, han sido unos minutos de semiología barata, de tío Saussure contando un cuento en una cena familiar. Pero todos los juegos tienen sus reglas, también el del lenguaje. La poesía experimental obliga al espectador (luego, si quieren, lo llamamos lector, pero creo que todavía no toca) a tomar una determinación, que no es si reírse o no, sino si ha de reírse consciente o inconscientemente, si acepta el juego o si lo desdeña. También es un juego la poesía discursiva, y también nos puede llevar a la sonrisa, pero el prejuicio que la impregnó de patetismo es muy difícil de eliminar. Al espectador le he recomendado de siempre que opte por la primera opción, que se ría en compañía de las palabras despalabradas, o que las despalabre él mismo, que zarandee ideas, sentimientos, recuerdos, de un lado a otro de su comprensión, que lea objetos y toque escritos. Al fin y al cabo, ennegrecer páginas debiera ser lo completamente opuesto a blanquear sepulcros. Y creo que Gonzalo Zona ha optado por recrear su relato, sus versos inmedibles, en un tablero, y no uno de ajedrez, tan culturalmente sólido, sino uno en el que se juega a La Oca, al que algunos consideran reproducción de un camino iniciático, pero en el que yo prefiero pensar como entramado para un viaje antiguo, en el que cada casilla pide la detención, la exploración hacia su fondo, la asunción de sus postulados y sus rimas (del laberinto al treinta; de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente…), el vértigo en dos dimensiones, como en Planilandia, la novela que es también un juego de la oca exprimido en su insensatez. Cada cuadrícula de Gonzalo Zona parece aspirar a una identidad asumible; parece desarrollar gestos y actitudes, oponerse a la situación de sus coordenadas, o lamentarse por ella, o abusar. A las pocas páginas, los epígrafes tampoco mandan.

Cuando aparezcan los textos, pequeñas dosis de normalidad, de rentabilidad (si se me permite la expresión) incrustadas en el sistema de retículas, textos reconocibles como tales y como ajenos, el espectador, al menos éste, reconoce su precariedad de mensaje sabido, de mensaje esperado, de liberación innecesaria. En ese momento, el espectador, al menos éste, retrocede unas cuantas páginas para recuperar el poema escrito en mera geometría, la tensión, el cinismo, la crueldad y la penuria de una línea o un punto circundado por el negro. Y es entonces cuando puede ajustarse el nudo de la corbata, arreglarse el pelo, recomponer su postura y llamarse lector. Pues, como atestiguará cualquier clásico, un juego es algo muy serio, y una broma es una llamada a la melancolía y a la inteligencia. Y puede que no nos guste estar en una de las cuadrículas de Gonzalo Zona, pero sabemos que sería mucho peor, como lectores, como signos y como jugadores, estar fuera.

 

© A.M.R.

 

©Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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