í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Frottages
Francisco Deco

Sevilla, Alfar, 2012


por Álvaro Muñoz Robledano

He llegado tarde a Francisco Deco. De él conozco 16 poemas, 9 poemas y Un poema. Por la demasiado escueta información que hallo en la página de créditos del libro que ahora me ocupa, sé que además es autor de los siguientes poemarios:

De  máquina oscura (1991)
Incisiones (1996)
Lutra (2002)
Siciliana (2004)
Un paese leggero/Un país ligero (2010)

Y gracias a Internet descubro que ha trabajado en Montale, Tristan Tzara, André Breton o  John Cage. Nada más. Y tal ocultación, tan imperfecta, tan rotunda, no hace sino volver los focos hacia la desnudez de las páginas, frente a tanto rascaletras que se preocupa de que no dejemos de lado ninguna circunstancia vital, más bien insustancial, que justifique lo perpetrado (y sí, estoy pensando en el mismo que ustedes).

La lectura de Francisco Deco supone un enfrentamiento con la raíz de eso que hemos dado en llamar “cultura”. Ya comenté en otra ocasión, con la infelicidad que  me caracteriza, que el poeta de estos textos nos arroja, creo que con cierta socarronería, con cierta mala uva, los productos que hemos atesorado en baúles preciosos e inertes durante siglos; al modo de Ezra Pound, aunque tal comparación sólo sirva para ponernos en situación, los poemas de Deco hasta la fecha estaban conformados por collages infernales en los que ningún acceso estaba restringido; ni idiomas, ni cuerpos de letra, ni la ininteligibilidad de los términos escogidos suponían un obstáculo para su inclusión. Un discurso que en un momento dado resultaba “posible”, podía quedar roto por el añadido de un párrafo letrista, o de un diagrama, o de una imagen escaneada. Al modo de Pound, cada poema de Francisco Deco se transformaba en un único signo, ilegible si lo que se pretende es comprobar su transcurso en el tiempo y en el espacio de la página; pleno de sentido, especialmente de sentido poético, si se contempla simultáneamente, como una lexía que, al modo cubista, muestra todas sus facetas, todas sus dimensiones, en un mismo plano. Pero, a diferencia del viejo barba de chivo, Deco, y vuelvo, desdichadamente, a citarme, ha plantado siempre dudas acerca de la viabilidad de nuestra cultura; dudas acerca de la posibilidad de habitarla o de permitir su injerencia en nuestros habitáculos. No es nuevo que un artista dude de la validez de su obra, pero es muy poco usual que un artista llegue a la radicalidad de tal duda y no improvise una respuesta, salvo la coexistencia de todo su acervo y su negación. Creo que todo lo dicho hasta ahora sirve para presentar el nuevo libro de Francisco Deco, Frottages. Dicha palabra alude a una técnica de dibujo que todos hemos practicado de niños: pasar un lápiz por una hoja situada sobre el objeto que queremos dibujar, a fin de que el relieve quede marcado (siempre lo hacíamos con una moneda). También hace referencia al modo de excitarse sexualmente rozándose con otro cuerpo sin que haya penetración. Pero esa es otra historia.

O no.

En esta ocasión, los poemas de Deco parecen poemas de verdad, de los de toda la vida; cincuenta y ocho, cada uno de diez versos endecasílabos, con alguna salida del tiesto que tengo por intencionada y que, en cualquier caso, no me importa lo más mínimo. Incluso creo hallar un cierto hilo temático en el conjunto, un hilo trenzado con un cierto orientalismo, la profusión de referencias a tiempos y maneras antiguas, quizás griegas, quizás alejandrinas, la formación de la ciudad y una figura paterna lejana y autoritaria que dispone el viaje de estos poemas. Tampoco tiene ninguna importancia, y si la tiene, puede que sea como anzuelo en el que los tontos como el que suscribe picaremos tan satisfechos. El frottage supone la sumisión a unos límites espaciales en el papel, objeto que tapa al objeto elegido, que lo sustituye por su presentación mediante trazos que no desaparecen en el engaño de la reproducción. Son visibles las líneas, no, realmente, lo que representan. Al contrario que en el trampantojo, el fin del procedimiento es el procedimiento, no su pérdida en el lugar en el que se lleva a cabo. Los versos de Deco no son confusos, no más que tantas confusiones como leemos a diario. No son ilegibles, pero su legibilidad no es, de nuevo, una cualidad, sino un obstáculo, pues no quieren ser, pienso yo, una transcripción, sino una presencia de ellos mismos. ¿Poesía pura? Ni mucho menos, poesía contaminada por todos los poemas y por todas las circunstancias que hemos dado en llamar poéticas, también la del viaje entrevisto, también la de los espacios abiertos y los nombres con tanta connotación a cuestas. Poesía contaminada por la intuición de lo ajeno, del acertijo que cargamos cada vez que abrimos los ojos, que aceptamos que hay un alrededor, un anterior, un desconocido. Poesía contaminada por la lucidez y el desencuentro, por los velos con que hemos cubierto la realidad y que nada muestran por mucho grafito que frotemos contra ellos, o por mucho que frotemos contra ellos nuestro cuerpo creyendo que son un cuerpo, creyendo que los penetramos.

 

© A.M.R.

 

©Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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