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Fortaleza alemana

por Cristian Acevedo

 

Mirá, Alemán, sé que para esta altura ya no te quedará carne con que alimentar a los gusanos, ya no conservarás rastros de esos ojos azules que tanto me atormentaron de pibe.

Vos y yo nunca hablamos. Con vos no se podía. Si lo único que hacías era corrernos, insultarnos en tu lengua y espiarnos por la ventana. A mí, a Mariano, a Matías, a Sergio. A todos.

Eras jodido, Alemán. Muy jodido. Te escribo ahora porque sé que estás bien muerto, y porque de alguna forma necesito largarlo. ¿Sabés cuántas veces se me ocurrió tocarte timbre y decírtelo en la cara? Eso me pasa a veces. Será que uno se pone viejo y maricón. Y cuando advertís que todo es silencio, la cabeza te trabaja el doble y el corazón la mitad, y la espalda no resiste, y uno tiene que sacarse pesos de encima. Te escribo ahora, porque sé que nadie recoge tu correspondencia, porque ya no te queda nadie. Y te escribo igual, porque así es mejor, más fácil. Ya no vigilás celosamente tu vereda con esos ojos azules, que siempre creí asesinos.

Bajo el calor del verano eras peor: todo el día empuñando la tijera de podar, cortando el pastito de la vereda, y combatiendo y torturando hormigas y chicharras; escupiendo no sé qué palabrotas en ese idioma tan agresivo.

Las chicharras aturdían, me acuerdo, y te trepabas al níspero y desparramabas veneno por toda la copa. Impregnabas con ese tufo ácido la vereda, la cuadra, la calle, el barrio entero.

Nosotros salíamos a jugar después de la siesta. Tardes de esquina, campito, pelopincho o poliladron. Tardes de putearte. De putearte de lo lindo.

A las cinco y media, después de la merienda, no faltaba ninguno, vos lo sabés. Al rato nos cagábamos en tus disposiciones: gritábamos o te pisoteábamos el puto pasto, y arrancaba la guerra.

Primero ladrabas desde la reja, siempre con tu pantalón de lona —los tobillos blancos al aire— y tu camisa celeste y el cordón que usabas a modo de cinturón apretujándote las costillas. ¿Sabés que te calculábamos los tiempos, no? Te obligábamos a que abrieras la puerta. Y ahí sí: salíamos rajando.

Nunca supimos si realmente venías de Alemania. ¿Qué carajo eras? ¿Austríaco? ¿Polaco? No nos importaba. Habías decidido convertirte en nuestro enemigo, y no te la dejábamos pasar así nomás: nos alineábamos en la esquina, firmes como mástiles. Y, ni bien te dabas vuelta, levantábamos el brazo derecho a la altura de la cabeza y… Y con sólo recordarlo se me eriza la piel. No sabíamos qué significaba ese saludo. Alguien, algún vecino —acaso otro enemigo tuyo—, nos habrá sugerido que te lo refregáramos por la cara.

Así recuerdo nuestras tardes. Nos divertía jugar a la guerra. Y contra vos, nada menos. Uno de chico es muy malvado; pero vos, vos ya no eras un chico.

Pasábamos a cualquier hora sabiendo que nos vigilabas a sol y sombra. Y esquivábamos tu vereda, sin importarnos que en la calle el sol nos derritiera la cabeza.

Corrían los días, y cada vez te odiábamos más. A mis once años, yo aparentaba menos. Vos andabas por los sesenta, y te movías con la seguridad y el desenfado de un Rottweiler.

Una vez quise dármelas de valiente y no bajé a la calle. ¡No bajé! Seguí heroicamente por tus baldosas grises, que tanto lustrabas. Y, ya llegando al final, oí el crujido de las hojas y una garra me estrujó el hombro. Vos, Alemán, me tironeaste cobardemente desde la pared de ligustros, y si Mariano no llegaba a tiempo, me metías para adentro con alambre y todo. Lo peor fueron esos gritos de perro que escupías en tu lengua y que se me pegaron para siempre al oído.

Y nos tocó vengarnos, Alemán: llenamos una decena de bombitas con pintura, y sin aflojarle a los pedales te bombardeamos las columnas blancas y la reja verde de tu búnker. Después nos internamos en la plaza y escondimos las bicicletas detrás de la calesita. Nos quedamos bien lejos, por si venías. Y no viniste. Eras muy cobarde, Alemán: siempre acuartelado, siempre espiando, siempre de local. Ninguno decía nada, pero el terror se traslucía en cada mueca, en cada respiración. La cara de Mariano daba risa: los cachetes colorados por el calor y por el susto, y las sienes empapadas. Matías parecía un cadáver que no paraba de reírse. En cuanto a mí, debía estar peor que nadie; me acuerdo de que, a pesar de nadar en transpiración, un frío seco me recorría la espalda y me congelaba la nuca. Se me ocurrió que al otro día le contaríamos nuestra hazaña a Sergio, y él putearía por no haber venido con nosotros. ¿Te imaginás lo que hubiera sido de tus dos columnitas si venía Sergio también?

A la tarde, limpiamos así nomás la pileta de Matías y nos empantanamos bajo las profundas trincheras de lona azul. Antes de que oscureciera, lo acompañamos a Mariano hasta su casa, que quedaba justo frente a la tuya, y ya no había ni rastros de nuestra venganza: el frente — tu frente— esplendía en un blanco radiante, y toda la cuadra apestaba a pintura fresca. ¡Mirá si te sobraba tiempo! Lo escoltamos hasta la esquina nomás, y Mariano se metió corriendo por el pasillo. Cubrimos su retirada y no bien cruzó el pasillo, rompimos filas y cada uno para su casa.

Una semana después volvimos a acercarnos, y para el domingo ya nos olvidamos del asunto. Las tardes se sucedieron de la misma forma: carcajadas, arco a arco, poliladron.

Después llegó la época de las lluvias, la pileta sucia, la calle embarrada, las paperas de Matías, las vacaciones de Sergio. El calor no aflojaba. Nos refugiábamos de los mosquitos en el comedor de Mariano, jugando a las cartas o al estanciero. Y te vigilábamos. Te vigilábamos siempre.

Una de esas tardes, espiando desde las rendijas de la persiana, me crucé con esos ojos azul alemán, que me estudiaban desde el otro lado de la calle. Descubrimos que la lluvia te mantenía encerrado a vos también. Y también descubrimos que la vigilancia era mutua.

Cuando recrudeció el calor y Matías ya se había recuperado, habías extendido tus dominios. Apenas si nos permitías caminar por la vereda de enfrente. Y, si saltábamos la zanja, abrías la puerta de sopetón y salías a los gritos, armado con la escoba o la tijera. Y nosotros corríamos. Y desde la esquina, otra vez a levantar el brazo y lanzar el injurioso Heil Hitler! del que tanto me arrepiento.

Porque decíamos ¡Jay Hitler!, pero claro que lo entendías, y se te incendiaban los ojos y nos corrías unos pasos —nunca más de dos o tres—. Y, así y todo, jamás te reconciliaste con nosotros, jamás aflojaste.

¿Te costaba tanto ser más astuto, más vivo? Acordate, si no, de doña Nelly, la de la esquina, que nos devolvía la pelota a cualquier hora y sin chistar. O de Rubén, que nos enseñó a fumar y nos prestaba sus revistas porno. A ellos sí los respetábamos. Si hasta se habían sumado a nuestras filas: se reían al verte correr, y nosotros alzando el brazo triunfalmente; coreando a voz en cuello el saludo nazi que, al recordarlo, se me vuelve a helar la espalda, como cada vez que abrías la reja.

¿Creías que con un par de gritos nos íbamos a calmar? ¿Pretendías prohibirnos justo lo que más nos gustaba? A veces pienso que ni te importábamos. Como fuese, no aflojabas nunca.

 

Será porque yo ahora estoy viejo, que te escribo. Y si lo largo después de tantos años, es más que nada por mí… y un poco por vos. Pero, sobre todo, por la alemana.

Porque no supimos de ella sino hasta la tarde del veinticuatro —y mirá que rumores hubo siempre; aunque, la verdad, te creíamos igual de loco que de solitario—. Si no, tu fortaleza hubiera sido “lo de los alemanes”, y no “lo del alemán”.

El asunto era con vos y con nadie más.

Por eso la idea de hacer una vaquita, de pedirle a Rubén que nos comprara las bengalas, de bombardearte el fuerte, de anticiparte la Navidad.

Y nos enteramos de la peor forma, en la peor de las tardes. La tarde del incendio. La del chiflido y el resplandor amarillo, seguido del humo negro, que se extendió desde el techo hasta los nísperos y el ligustro, y todo yéndose a la mierda tan rápido.

La tarde en que los bomberos sacaron el cuerpo humeante de la alemana. La tarde que se hizo noche en un chispazo. La tarde en que nosotros lloramos en silencio, cada uno en su casa, sofocados de terror, de brindis apagados y de culpa.

Será porque esa vez, a los once años, descubrí que en alemán se llora igual.

Por eso siempre quise pedirte perdón, por mí y por todos, y nunca me animé. La verdad… ¿Querés que te diga la verdad? No sé por qué te escribo.

Tal vez porque me muerdo los codos por rajar a los pibes que patean y gritan a la hora de la siesta. O porque me sobresalto en mi silla toda vez que oigo remontar una cañita voladora.

¿Es culpa? No, no soy tan bueno. Es más miedo que otra cosa.

Será por eso que me encierro a escribirte: porque tengo la ingenua esperanza de que no haya ya tipos como vos. Porque no quiero salir a la vereda y darme cuenta de que todavía quedan pibes como nosotros.

 


© Cristian Acevedo. Escritor argentino, de treinta y tres años de edad, con intenciones de colaborar con Ariadna. Desde que se dedica en serio al oficio de escribir ha tenido algunos reconocimientos: «Fortaleza alemana» Finalista en la Convocatoria de Cuento Digital Itau 2012. «El domingo en que por fin llovió», Seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM «Bien pulenta», Ganador del IV Concurso Literario de “El Cuento del Dia”. También seleccionado para edición digital de FIN.ELALEPH.COM «Noticias de domingo», proximamente publicado en Revista Corónica.


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