Cáceres. Treinta de junio de 1477
por Antonio Polo
Alejandro Castelvecchio . Corresponsal.
Mediodía del treinta de junio de 1477. Estudios centrales, ¿me recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me oís? Repito, me encuentro situado ante la Puerta Nueva, aquí en Cáceres. Desde el privilegio que me concede el Arco de la Estrella puedo comprobar que la ciudad es un hervidero de gentes venidas de todos los lugares de la comarca. Desde la llegada de la reina Isabel, hace ahora un mes, la ciudad ha experimentado un cambio radical. No en vano la regulación del tránsito ante el Palaci o de los Golfines de Abajo, casa en la que reside la reina desde su llegada, ha provocado que, tanto en las calles adyacentes como en los aledaños de la Plaza Mayor, se den cita al pábulo viajeros y comerciantes; damas del séquito real que aprovechan los calurosos días de este verano para admirar las sedas de Valencia y los cueros de Almansa; pastores de migas y merinas que cierran tratos bajo arcos y matacanes; y niños correteando, cuyos juegos contrastan con la majestuosidad de las cigüeñas que coronan torres y albarranas. Sabido como es que en esta ciudad las cigüeñas tienen carta de naturaleza, hoy han ocupado los voladizos que proporcionan troneras y campanarios, y no queda coronamiento en las alturas que no esté conquistado por estos impávidos guardianes.
Tres pasos hacia la encrucijada de calles que nacen en el centro del Arco de la Estrella, Hernando Mogollón se encuentra esperando desde hace varios minutos con un misal entre las manos. Él es la persona elegida para iniciar la ceremonia del juramento de los Fueros que en pocos minutos formalizará la reina. La sola presencia de la guardia real basta para contener a la muchedumbre que no quiere perderse el espectáculo de un acontecimiento de trascendentales connotaciones como el que hoy nos ocupa. Sin embargo, al margen de la solemnidad del acto que en breve tendrá lugar se produce un incómodo desencuentro entre los responsables del protocolo y las autoridades eclesiásticas. “Su Majestad no puede arrodillarse sobre el empedrado de la calle” afirma tajante su ayuda de cámara. “La sumisión a Dios requiere estos pequeños sacrificios” ha contestado Francisco de Toledo, obispo de Cáceres. “Al menos un reclinatorio” han insistido. Nada.
Ante la imperturbabilidad del obispo, este reportero ha decidido que la noticia puede saltar en cualquier momento plaza arriba. Apostado en una balaustrada de la Cuesta de la Compañía puede contemplar una hilera de pendones que se extiende más allá de la iglesia de Santa María. Entretanto, algunos soldados tratan de aliviar la estrechez de la calle del Mono y no son pocos los que se apostan bajo los andamios de la Casa de los Becerra que a la sazón inició hace unos meses obras de restauración. “Paso a la reina” grita el Condestable Mayor. Un griterío se eleva a las puertas del Palacio de los Golfines. La multitud que apenas puede ver lo que acontece calle arriba se une también al jolgorio, entonces se alcanza el paroxismo. “Paso a la reina” repite el edecán. Y al instante remontan el vuelo todas las cigüeñas de la ciudad. No podría precisar si es el atronador griterío de la muchedumbre o el tañido de las campanas que se ponen a repicar al unísono, pero lo cierto es que más de un centenar de aves revolotean en círculos alrededor de los asistentes.
Al frente de la comitiva la reina avanza escoltada por dos maceros. Unos metros más atrás desfila orgulloso el capitán Diego de Cáceres Ovando, y al cual por orden real le será permitida la construcción de una torre completa con sus asaeteros y matacanes en pago a los servicios a la Corona. Sabedor de tales reconocimientos desfila con la cabeza alta, muy alta para gusto de Lorenzo Ulloa cuya casa se verá afectada también por las nuevas normas de construcción de torres y palacios. “Que nos las desmochan Becerra, que nos las desmochan” se queja amargamente, pero a Fernando Becerra lo que parece interesarle en estos momentos es una hija de los Ulloa que cierra la comitiva. “Pues algo que me ahorro” contesta. “Paso a la reina” se oye cuando la comitiva alcanza por fin el Arco de la Estrella.
“Contemple usted señor reportero esas torres” indica Lorenzo Ulloa mientras esperan el comienzo de la ceremonia. “Mírelas porque puede ser la última vez que las vea” añade Ulloa. “Y estas, señalando a las cigüeñas, ya se han dado por aludidas” insiste mientras Hernando Mogollón aguarda la señal del obispo Toledo para facilitar el misal a su Majestad.
“Juro ante Dios los Fueros de esta gran ciudad de Cáceres que tan valientemente ha defendido la unidad del reino” pronuncia con decisión la reina. Instante en el que Hernando Mogollón dominado por los nervios tiene que asir con las dos manos el misal que a punto está de caer a los pies de la egregia figura.
“Un reino de torres desmochadas, señor reportero” masculla Ulloa en medio del griterío. Y comoquiera que el juramento tuviera jurisprudencia sobre sus futuras moradas, las cigüeñas tomam un reposo sobre el andamiaje atestado para asombro de los asistentes. “Que no se van Ulloa, que no se van” le contesta Becerra. “La distancia que separa Cáceres del cielo no la decide la aguerrida altura de las torres sino el hueco que queda entre los hombres, y ese lo llenarán siempre las cigüeñas en esta irrepetible ciudad” añade mientras la comitiva real regresa entre vítores al Palacio de los Golfines de Abajo.
Desde el Arco de la Estrella, devuelvo la conexión.
Alejandro Castelvechhio. Corresponsal. Cáceres, treinta de junio de 1477.
Publicado en “Cuadernos del Matemático” Diciembre de 2012
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