La mujer del puerto
por Juan José Vico
Todas las noches bebo y además fumo demasiado. Al fin y al cabo da lo mismo. Son las ventajas de hacerse viejo. El futuro empieza necesariamente hoy. Mañana es dudoso. Pero tú, en cambio, ¿qué andas buscando? No eres de aquí. Vienes todas las noches y pides lo que la gente que bebe llama un vaso de vino, que apenas tocas. Dices que escribes historias. Quizás por eso te sientas conmigo y apenas hablas y esperas que lo haga yo. Me miras atentamente y tratas de apresar mis palabras. Sólo logra distraer tu atención la tabernera. Eres joven y el calor todavía prende tu alma. La mía hace tiempo que se aplacó, aunque hoy, al ver como la mirabas, se han agitado viejos rescoldos y he recordado cuando sentados sobre el viejo pretil del puente veíamos a las mujeres pasar, eligiéndolas con la mirada, con esa mirada de ojos inquietos y posibilistas de quien baraja un mazo pringoso de cartas. Ahora... Ya ves, un cuerpo que rechina y una mujer que también, me recuerdan que estoy en la edad de la prudencia, de la moderación, y que ya sólo me queda lidiar contra esa certeza que me muestra que ya no habrá días misteriosos; que todo mi tiempo es ya predecible… Pero tú no has venido a oír achaques de viejo, tú quieres escuchar una historia...
Mi casa estaba al lado del puerto. Enfrente estaba el malecón, que apenas levantaba unos metros sobre las aguas. Era una lengua de piedra y cemento, negra y pulida por las olas que se adentraba un centenar de metros en el mar, para terminar bruscamente. Algunas noches, cuando la luz de la luna llena se desordenaba sobre el agua, me acomodaba al final de la escollera y veía respirar al poderoso océano, hinchando y deshinchando la superficie de aquella masa descomunal de agua. Hoy el viejo malecón ya no existe, te hablo de hace muchos años. Tú, probablemente, no habrías nacido. Ahora todo ha cambiado. Sólo cuando miro hacia el mar, siento que algo se detiene suspendido en algún lugar de la memoria.
Ella llegó en el viejo barco que semanalmente traía el correo a la isla, y de vez en cuando algún pasajero. Lo vi aparecer rodeando el farallón que delimita la dársena, oscilando sobre las olas que parecían capaces de engullirlo en cualquier momento.
Al desembarcar parecía indecisa, mirando a ambos lados del muelle como si esperara a alguien. No era una mujer joven; o, por lo menos, tan joven como pueda parecerle a un muchacho de apenas veinte años. Le pregunté adónde iba y me ofrecí a acompañarla. Ella clavó sus ojos en los míos largo rato y para mi sorpresa se echó a reír. “¿Qué quieres?” Me dijo. Luego, sin esperar mi contestación, echó a andar mientras yo me apresuraba a coger la maleta. Caminamos juntos a lo largo del puerto hasta llegar al puente. Allí se detuvo y me preguntó por el hotel. Cruzamos la plaza de árboles solitarios y plantas moribundas que el sol del recién estrenado verano había abrasado, mientras sus tacones resonaban sobre el pavimento con la cadencia de un metrónomo. La dejé en la entrada de aquel viejo edificio a las afueras del pueblo. Al despedirme le pregunté si podría volver a verla y ella, sonriendo, no contestó.
Durante las semanas siguientes, la visité con frecuencia. Yo intentaba por todos los medios agradarla. No sabía en aquellos momentos que sentía por aquella mujer mucho mayor que yo. Se cumplía la vieja ley del amor. Ya sabes, aquella que dice que la mujer que es para uno llega demasiado pronto o demasiado tarde. Mientras, recorríamos toda la isla parándonos aquí y allá, sin prisas, dejando pasar el verano plácidamente.
Aquel día había ido más temprano que de costumbre y en vez de esperarla en el holl del hotel subí la escalera y llamé a la puerta de su habitación. No obtuve respuesta y tras un momento de duda giré la manivela. Ella estaba sentada desnuda, fumando en el borde de la cama. Ni siquiera se giró, aunque sabía que yo estaba allí. “Hoy tengo cosas que hacer”, me dijo.
—Entonces vendré mañana.
—Mañana también
—¿Pasado?
Me miro burlona. “Estoy esperando a alguien”, dijo.
No la creí. Posé mis manos sobre el fuste blanco del cuello y ella se recostó sobre la cama. Notaba la asimetría de los latidos en mi pecho mientras deslizaba la mirada por los meandros oscuros de su cuerpo. Me desvestí y me tumbé a su lado. Intenté abrazarla de manera torpe y ella me rechazaba dulcemente y se desprendía riéndose de mi abrazo. En aquellos momentos me pareció que nada ensombrecía su mirada. La candidez de mis pocos años me hizo desatender las huellas que su tristeza iba dejando. Cada uno de nosotros, como la luna, tiene un lado oscuro... Luego, se volvió hacia mí y sentí su abrazo, con mas ternura que pasión.
Ella aceptaba mi compañía como si comprendiera que el sexo era en aquellos momentos lo más cercano a la risa y el olvido y con ello anestesiara de alguna forma los recuerdos. Pero, poco a poco, sus silencios se fueron haciendo cada día más presentes y una tarde que habíamos subido a un promontorio de pizarra desde el que se divisaban los acantilados y el añil del mar, le dije:
-Ahora me dirás lo que te ocurre, ¿no es cierto?
Ella había cerrado los ojos y temblaba ligeramente como si una débil corriente eléctrica estuviera circulando por su pecho. Luego abrió los ojos y me dijo: “Eres muy joven, casi un niño. Los niños no deberían sufrir...” para luego añadir murmurando, como si hablara más para ella que para mi: “Él vendrá, debe saber lo que pasó”. Fue el ultimo día que la vi.
Cuando días más tarde fui a buscarla y no la encontré en el hotel, presentí que algo le había ocurrido. La busqué en todos los lugares donde habíamos estado en aquellos meses. Corrí desesperado hasta el estuario del puerto donde se oía el tamborileo de las hélices del barco del correo, pero el marinero me dijo que no había llevado a nadie desde hacia semanas. Subí al promontorio de esquisto buscando en el horizonte alguna señal, algún indicio. Recorrí las crestas de los acantilados mirando con temor hacia abajo... Pero ella nunca más apareció. Sentado en el viejo malecón vi como lentamente la tarde fue cayendo y la luna azulada de septiembre se iba encaramando a los cerros que rodeaban la ciudad. El cielo se volvió cárdeno mientras las nubes parecían enroscarse en el horizonte para quedar poco a poco un cielo sombrío sobre el que iban resaltando los primeros puntos brillantes.
Sólo años después descubrí su historia. Una historia de oscuro pasado en el que se adivinaba a una mujer sola, a la que habían abandonado. Viviendo en una vieja ciudad en guerra; una ciudad de edificios desmembrados y ruinosos, de casas desiertas y desventadas y, en las afueras, un pequeño cementerio con apenas una decena de tumbas. Una más limpia y pequeña que las otras, una tumba infantil, adornada por un pequeño querubín regordete, que resumía y daba sentido al dolor de la dama.
Esa es la historia tal y como la recuerdo y, aunque han pasado muchos años, y he pensado a veces que quizá los recuerdos nos engañan, que los alimentamos de ficciones y a veces de mentiras, todavía hoy continúa viviendo en mi memoria aquellos días, con los colores nítidos que la nostalgia otorga a esos momentos, a esas personas, que por una u otra razón marcaron nuestra vida con risas o con lágrimas...
¿Oyes? Alguien tañe las cuerdas de una guitarra y se escucha la voz de una muchacha. La juventud reclama su sitio. Es hora de marcharse. Y si el vino me lo permite me sentaré en las rocas, junto a la escollera, a ver respirar el mar. Hoy hay luna llena.
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