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 Numantia/Laboris

por Enrique Trenados Prado

 

NUMANTIA

Los numantinos, por ejemplo, sabían bastante más que yo de esto. Cuando, hace ya algunos años, hostigados hasta el límite por los romanos, cubiertos por la inmundicia, devorándose unos a otros y sin ninguna posibilidad de salvarse, estuvieron a punto de claudicar, de hincar lo rodilla, casi todos ellos optaron por el suicidio. Con el enemigo ya a punto de atravesar sus puertas, muchos mataron también a sus familias, para evitar que se convirtieran en esclavos del enemigo. Y, al final, lo quemaron todo. No dejaron piedra sobre piedra que nadie pudiera reclamar” .

 

El interrogador, al otro lado de la mesa, refugiado en la penumbra que recortaba el foco, esperó pacientemente durante unos segundos.

“¿Por qué me cuenta esto?” .

El otro estaba esposado y sujeto al borde de la mesa metálica. Sin afeitar desde hacía días, con muchos signos de fatiga y poco descanso en el rostro, pero en apariencia tranquilo; extremadamente tranquilo. Con los ojos calmados, aunque hinchados, y la mirada serena.

Escupió a un lado y, circunstancial, se encogió de hombros hacia su interrogador.

“Me ha preguntado por qué he degollado a mi mujer y a mis hijas. Y por qué he quemado mi casa” .

“Sí” .

Aún con las muñecas vendadas pegadas al borde de la mesa, el esposado pudo alcanzar un vaso de agua para refrescarse la garganta seca y los labios cortados. Luego, casi de reojo, reparó en que el interrogador aún precisaba de una respuesta más concreta.

“Venían a desahuciarnos” .

 

 

LABORIS

 

Al principio no fue mucho más que un rumor que provocó risitas nerviosas y mucho escepticismo, pero poco a poco fue convirtiéndose en un maravilloso hecho conforme más testigos afirmaron haberlo visto con sus propios ojos.

Poco a poco los harapientos salieron de entre los restos de asfalto y, se encaminaron en manadas hacia donde empujaban las habladurías. Los más crédulos, que habían llegado antes, ocuparon brevemente la primera fila, al menos hasta que los pudientes llegaron y los hicieron a un lado a puntapiés.

Y es que todo el mundo quería ver de cerca aquel fenómeno que había nacido como un mal chisme. Tras aquel cristal, en lo que antes de la recesión solía llamarse un negocio , un joven servía bebidas en bandeja a varios afortunados que disfrutaban el servicio.

“Mirad, hay alguien trabajando ” .

Aquel aislado comentario que lo resumía todo levantó una lenta y prolongada exclamación de asombro.

 

 


© Enrique Trenados Prado


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