La lamia del río Golako y el don de la Felicidad
por Raquel Cánovas
“Era una tarde oscura y lluviosa. En la orilla del río Golako una muchacha lloraba con gran desconsuelo.Una de las lamias que habitaba el lugar la oyó y se compadeció de ella tanto, que decidió ayudar a la joven. Para sacarla de su llanto, la lamia le arrojó el peine de oro con que habitualmente se alisaba los cabellos y la muchacha, sorprendida, cesó su llanto unos instantes mirando el objeto que volando había llegado hasta ella. “Este debe ser el peine de una lamia, porque es de oro” pensó la joven.
—Si, es mi peine— contestó la lamia en voz alta a su pensamiento, mientras se sentaba sobre una piedra del río frente a la chica— perdona si te ha molestado, ¡lo he hecho para que dejaras de llorar por un momento! Ahora devuélvelo.—la muchacha le lanzó de nuevo el peine a la piedra— Quiero ayudarte.—continuó la lamia— ¿Sabes qué? Voy a concederte el don de la felicidad.
—¿El don de la felicidad?¡es imposible!...si tengo tanto dolor porque, porque— decía mientras empezaba a moquear de nuevo.
—¡Pues yo no quiero que me cuentes cuáles son las causas de tu llanto!¿En algún momento te has preguntado qué es lo que puedes hacer para aliviar tu sufrimiento?— exclamó la lamia en tono mandón La muchacha se quedó pensativa; primero: sabía que no debía enfadar a la lamia por lo que pudiera pasarle, y después: ¡tenía toda la razón! Llevaba toda la tarde llorando y llorando y llorando a a orilla del río y lo único a lo que daba vueltas su cabeza era a la causa de su sufrimiento, pero en ningún momento se había parado a pensar si podía aliviarlo
de algún modo.
—No, lamia, no he pensado nada de eso...
—¿Lo ves? Anda, sécate esas lágrimas— dijo la lamia acercándose más a la muchacha.— Toma esta semilla, es una semilla mágica, en ella está el don de la felicidad.
A la joven se le iluminó la cara; pensaba sin cesar “tengo una semilla mágica, la semilla de la felicidad, me la ha dado una lamia, la tengo, la tengo, por fin seré feliz” y volvió corriendo a su casa tan contenta a plantar la semilla.
Pasaron unos meses y en aquel lugar no brotó nada de nada, la muchacha se iba poniendo cada vez más y más triste, hasta que un día acabó de nuevo junto La lamia, que la oyó, se volvió a apiadar de ella, le volvió a lanzar su peine de oro para que parara de llorar y sentada desde su piedra del río le dijo:
—A ver, te di la semilla de la felicidad, ¿se puede saber por qué no dejas de llorar?
—Porque, porque, soy muy desdichada porque...
—¡Que no!—la interrumpió tajante la lamia— que no me interesanlas causas de tu llanto. El dolor es siempre dolor cualquiera que sea su causa. Así que no me importan tus motivos para llorar, lo que me importa son tus motivos para dejar de hacerlo, para ser feliz, que en realidad es la única manera de combatir al dolor. ¿Se puede saber qué hiciste con la semilla que te di?
—La planté, pero no ha crecido nada.
—¿Cómo? Pero, ¿tú la regaste, la abonaste y cuidaste de ella?
—Pues yo es que pensé que la semilla de la felicidad era mágica, que brotaría sola, y no necesitaría que yo hiciera
nada.
—¡Ah! Veo que voy a necesitar paciencia si quiero ayudarte.
Toma otra semilla, siémbrala en un lugar escondido donde nadie pueda pisarla cuando empiece a crecer y que esté rodeada de plantas para que no se sienta sola, cuida de ella con mimo y esmero y brotará una flor preciosa—.
Y así hizo muchacha que quedó tan contenta porque la lamia volviera a ayudarla. Plantó la semilla en un lugar apropiado y cuidó de ella con mimo y esmero. Al cabo de unos meses nació una bonita planta, y de ella, la flor más hermosa que hubiera visto jamás. La joven no cabía en sí de gozo. Ella tenía la flor más bonita del mundo. Necesitaba enseñarle a los demás su más preciada posesión. Le dio pena cortarla, así que la arrancó de raíz y la puso en un macetero en la puerta de su casa.
La noticia de que poseía la flor más hermosa del mundo pronto se extendió y fue envidiada en toda la comarca por ser la propietaria de tan hermosa flor. Ella, al principio, estaba muy feliz, era querida por todos, admirada, pero poco a poco la muchacha empezó a temer que se la fueran a quitar, temía que la tocaran y se pudiera estropear, pasaba el día temiendo que algo malo le pudiera ocurrir a la hermosa flor... y lo que sucedió fue que, de un día para otro, la flor se marchitó y se secó. Sus vecinos dejaron de admirarla, y ella poco a poco, volvió a sumirse en la tristeza, hasta llegar al desconsuelo, que la llevó de nuevo a la orilla del río Golako. Cuando la lamia volvió a verla allí llorando, una vez más le lanzó el peine de oro para poder hablar con ella desde su piedra del río:
—Muchacha ¿qué ha sido de la semilla de la felicidad?
—Pues, pues— decía la muchacha entre sollozos –pues la planté y brotó una bonita planta, y de ella la más bonita flor, la arranqué para ponerla en la puerta de mi casa. Todos mis vecinos y los de todos los pueblos cercanos me admiraban por tener la flor más bonita del mundo...y yo era muy feliz. Pero de repente un día, se marchitó y se secó y yo ya he vuelto a la pena otra vez.
—Ja, ja, ja— Se reía a gusto la lamia— Veo que has aprendido una valiosa lección.



—¿Si?— preguntó la muchacha atónita— ¿cuál?
— Si tú eres lo que tienes...cuando cambia o desaparece lo que tienes ¿qué eres en realidad? Nadie.
—¿Cómo?
— Pues que si la felicidad te la daba tener una hermosa flor, en el momento en que la flor desapareció, con ella desapareció tu felicidad. Cuando tú eres feliz todo cuanto está a tu alrededor, todo lo que ves, lo que oyes, lo que sientes y lo que sucede, todo, tiene su lado hermoso. Escucha bien lo que te voy a decir: el don de la felicidad está en ti, está en todos y en todas las cosas. Es tu deber cultivarlo, cuidarlo, y protegerlo porque sólo gracias a él ahuyentarás al dolor.
—Ahora toma esta última semilla de la felicidad.
Después de aquello, la muchacha cultivó con agrado la flor, que brotó, más hermosa que la anterior, pero nunca la arrancó, la dejó crecer en un lugar recóndito junto al río Golako, rodeada de plantas, como en su momento le había
dicho la lamia. La jóven ya no necesitaba tener aquella flor pues ella, en sí
misma, era la que se ocupaba de ser feliz.”
—Y aún en nuestros días se puede encontrar la hermosa flor en un recóndito lugar junto al río Golako.— Acabó diciendo el agricultor.
—¿Dónde?— Pregunté yo interesadísima — ¿Dónde?¿a qué altura?¿por dónde se va?
—Yo nunca la he visto, pero casi todos los del pueblo sí, lo curioso es que cada uno la ha descubierto en un lugar distinto, así que no puedo ayudarte, amiga.
—Vale, pues yo voy a buscarla esta misma tarde. Tengo bastante tiempo por delante. Oiga me ha encantado la leyenda, ¿se sabe más? Cuénteme más cosas sobre la mitología de Euskadi, por favor... —¡Ay muchacha! — dijo el hombre mientras entraba a su caserón— pasa pasa, que voy a dejarte un librito, es muy breve, pero muy bonito.
Prometí a mi amigo, porque ya se le podía llamar así, el agricultor, devolvérselo al día siguiente. Y comencé mi camino en busca de la hermosa flor. Así fue como aprendí la diferencia entre ser y tener. Ahora tengo barro hasta en las cejas, pero soy feliz, soy feliz, muy feliz, porque probablemente ese helecho que no he querido arrancar en mi bajada hacia la cascada del agua era mi hermosa flor. ¡Uy!¡pero qué bonitos pueden llegar a ser los helechos! y todo este paisaje místico, y mágico a la vez. Después de mis reflexiones, deambulé un rato más por la orilla del camino que va junto al río Golako, pero pronto me volví al hospedaje para descargar mis preciados kiwis y leer el cuento, se titulaba el aquelarre.
Fragmento del libro de Raquel Cánovas: Lo que me enseñó Euskadi en un paseo junto al río Golako
|