El Funambulista
por Rafael Pérez Castells
Llega un momento en el que después de mirarte con insistencia el ombligo y terminar cansado de ver la misma escena repetida desde que recuerdas tu existencia, ocurre lo inesperado y te traspasas y te olvidas de ti mismo: entras en el ombligo cósmico, te diluyes y tus penas y alegrías, aun siendo tuyas, no tienen importancia, porque tú no existes, eres un pliegue en el cordón umbilical que alimenta al Universo. Sin él no eres nada, aunque una mutación ancestral te haga creer en una entidad independiente que eres tú.
Cuando por primera vez te olvidas de ti, atisbas esta realidad un instante nada más, si no te destruiría como a la bacteria el antibiótico. Si no tuviste pánico, volverás a intentarlo, te entrenarás en el deporte de perder la consciencia de ti mismo. Llegarás a perderla cuando te parezca y experimentarás una existencia sin fronteras, en la que eres parte del todo como el pelo de tu cabeza forma parte de ti.
Entiendo que rechaces mis argumentos, porque negarte a ti mismo te produce vértigo. Tan apegado estás a tu cuerpo y, aún más, al cuarto oscuro de tu mente que pensar en diluirlos en una entidad inasequible es insoportable. Te ves como el zombi dirigido por una fuerza que anula para siempre su voluntad y algo en tu ser lucha para mantener una individualidad que no es más que una dudosa alternativa de la evolución.
Sin embargo, escúchame, es la libertad en vida, es lo que las religiones llaman Paraíso, Valhala o Edén. Pero no creas que tengo la llave de tal lugar, sólo sé abrir una ventana a través de la que intuyo un paisaje alternativo.
Es un equilibrio delicado vivir entre el ser y el no ser, entre saber que no eres y tener la certeza de que sigues siendo. Yo le llamo el camino del funambulista y lo recorro ayudado de una larga barra hecha de una extraña aleación de certeza e ignorancia.
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