El general y la musa
Román Piña
Palma de Mallorca, Sloper, 2013
por Álvaro Muñoz Robledano

Lo que más me molesta del último libro de Román Piña es su sencillez. Les juro que en multitud de ocasiones he intentado hacer algo semejante y aún lamento no haber tenido la lucidez suficiente para tirarlo a la basura. Y sin embargo, él ha trenzado una narración en la que un Francisco Franco enamorado del jazz y de Patricia Conde se pasea por la Mallorca de 1933 descubriendo situaciones, personajes y afinidades que nada tienen que ver con la imagen adusta, marcial, católica, imperial y ridícula que se empeñó en transmitir más tarde. La anécdota jocosa de un caudillo molón que ni siquiera se preocupa en ser o no ser caudillo deja de ser pronto el motor de la novela, lugar que ocupa la fluidez de su escritura, la facilidad con que los diversos estratos de tiempo se mezclan, la viveza con que los mundos extraños se solapan, se reconocen y se confunden unos con otros al reconocerse, hasta lograr que sintamos ese pandemonium inevitable, tan claro ante nuestros ojos que aún no entendemos cómo coño no nos dimos cuenta antes de que el piano de Chopin es auténtico por decisión judicial, que Robert Graves no se entera, que Óscar Wilde es inglés, que aquí se hace el ridículo dijérase que por decreto, que la novela crece y crece con la naturalidad de una planta, con un estilo que ha hecho una bola de papel con la eficacia y la brillantez, la ha arrojado a la basura y se ha soltado para darnos eso tan indecible y que tanto mencionamos: literatura con brío, mordaz, irónica, tierna y feroz. Como esas desopilantes escenas de Buñuel con guardias civiles gitanos y Cristos que se afeitan y que dicen tanto por debajo de la risa. Y a los que se preocupan, ya lo han hecho constar en algún que otro foro, por la simpatía que el Franco de Román Piña despierta, pedirles que aprendan a leer; que, si hay, como aquí, inteligencia, la mabilidad es el peor de los venenos.
© A.M.R.
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