
Cincuenta años ya desde que el antropólogo Oscar Lewis publicara su estudio sobre la vida de miseria que tenía lugar en los arrabales del D.F. habitados por campesinos desplazados en busca de algo mejor, o, sencillamente, en busca de algo, una realidad tan semejante a la de los poblados de chabolas de Madrid o los ranchitos que cercan Caracas…
Tal y como declara Lewis en la introducción, se proponía estudiar una situación que para los estadounidenses de la época, o para nuestra miope y sorda mentalidad europea de ahora mismo, resultaba casi inconcebible: la pobreza como una situación vital estable y perenne, debidamente asumida y codificada. Quizás el libro no habría tenido la fama de la que hoy disfruta si no hubiera dado lugar a una extraña película, dirigida por Hal Barlett, escrita por Cesare Zavattini, interpretada por Anthony Quinn, Dolores del Río, Katy Jurado y Lupita Ferrer (incluyendo una aparición fugaz de Bette Davis), y con una banda sonora interpretada por Chuck Mangione que ha alcanzado la categoría de leyenda. Antes, la publicación del libro había originado un escándalo en México, cuyos estamentos oficiales sintieron como la versión edulcorada de su milagro económico era desarticulada, del mismo modo que ciertos grupos no soportaron un retrato tan claro del machismo violento que los empapaba. Porque Lewis no necesitó exponer datos ni extraer conclusiones; le bastó con dar voz a Sánchez y a sus hijos, recoger sus relatos y sus reflexiones, su acidez de vida estancada, de enemigos de su propio país, de rémoras de un cuento que se empeñan en rasgar. Aunque quizás, la mayor agresión que supuso el libro de Lewis, que supone todavía hoy, es la constatación de lo que las palabras vivas son capaces frente a la suavidad de las palabras velo que nuestra estupidez de europeos prósperos se empeña en cuidar.
© A.M.R.