
Si hacemos caso a lo que se indica en la contraportada (y por qué no lo íbamos a hacer), estos textos surgen de la autocaravana de Leonard Cohen, aparcada en un rincón de la Provenza a principios de los ochenta, en cuyo interior, Cohen en persona se dedicaba al estudio del Talmud , del Cantar de Salomón y de textos de la tradición zen.
De nuevo, Cohen se pasea por la culpa como ha hecho en tantas de sus canciones, en sus poemas, en sus dos extraordinarias novelas, incluso en ese sombrero que se puso hace ya veinte años y que no se quita para no sentirse libre del peso de tantas tradiciones que no debieran, quizás, ser suyas. Como nadie en muchos años, Leonard Cohen encarna al extranjero de cualquier lugar, al entrometido que molesta en la mesa sin que entendamos que busca tan sólo un refugio, una porción de tiempo sin fantasmas, sin rituales de contrición, un entrometido que cuenta sólo con su dolor y con la ironía con la que se distancia de ese dolor. Lástima que hayamos permitido su adocenamiento a fuerza de premios oficiales, de visitas guiadas, de reverencias, pasando de puntillas por el hecho, principal en sus sistema y en su pensamiento, de que ahora es un viejo que ha tenido que volver al tajo porque le han guindado la pasta. De ese Leonard Cohen tan de museo de cera y noticia en el telediario nos rescata este libro, sucesión de llamadas a nadie, a los inexistentes, a los santorales incomprensibles y a las riadas de palabras en persecución de su silencio. Un libro incómodo por lo religioso y religioso por lo desesperante de una cultura destinada a no resistir un golpe de aire cálido, una mota de olor de cuerpo, una gota de saliva que cae sobre otra piel. Ahora conocemos los nombres de los antropólogos desquiciados de Los hermosos vencidos : todos se llamaban Leonard Cohen, salvo los que se llamaban Álvaro Muñoz, perdidos todos ellos en una autocaravana en una región lejana y calurosa.
© A.M.R.