Hontanares
Scott Hightower
Madrid, Devenir, 2012
por Álvaro Muñoz Robledano

Siento debilidad por la poesía estadounidense, quizás porque los versos imbricados en el imaginario construido en mi mente desde niño, y que abarca desde los cowboys a los bebedores de martíni en la tarde de San Francisco, adquieren la extraña sonoridad de lo inadecuado, lo bizarro; también porque he podido constatar que la poesía está más presente en la vida norteamericana de lo que está en España, a la que suponemos tierra de poetas, y, sobre todo, porque siempre he sentido la poesía de los estadounidenses desinhibida y contemporánea, abierta y fuertemente política (que no politizada); en otra de estas desdichadas notas me referí a los versos norteamericanos como “obscenos y conversacionales”, y los calificativos sirven perfectamente para el libro que traigo ahora a la palestra. Versos obscenos los de Hightower por su sinceridad, su desnudez de biografía cercana, la realidad de lugar y vida, como un olor penetrante y sensual, tal vez tabaco o madera quemada. Versos de conversación por la amplitud de su ritmo, por la oscuridad de su Texas natal y el Madrid que se presiente en los poemas finales del libro, que transcurren en unos pocos fogonazos de esta ciudad de mis pecados, versos de conversación por su dibujo en pocas líneas y sus golpes inesperados y profundos, por esa tranquilidad terrible que el poeta sabe hallar en los días de diario, en la niñez sin paliativos, en lo que ocurre en las habitaciones del fondo. Un paseo por la belleza y la muerte, también por el amor y los números, por la cultura y su latido, también por sus carencias, en poemas apenas efectistas, claros y llenos de facetas, como la luz a través de esos martinis que por aquí no saben igual, por más que nos emperremos.
© A.M.R.
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