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Segovia, seis de la tarde
porManuel Quiroga Clérigo

 

 

En la tarde Segovia es un nido de ángeles

donde siempre regresa la vida a los tejados.

Los pájaros recurren a los árboles quietos

para encontrar sin pausa trozos de primavera.

Entonces el Eresma es trasparente y cálido:

en sus aguas de espejo se refleja el Alcázar

como si regresaran tiempos de santidades.

Ya las turistas nuevas andan de ropa escasas

dejando su belleza en plazas y rosales.

Miramos a las torres y aparece algún cielo

todo azul, libre y limpio, alegremente impávido.

En la Plaza Mayor melodías insólitas

dejan huellas de luz refulgentes y augustas

con un protagonismo de tunos, panderetas,

capas llenas de garbo e inquietas guitarras.

La luz no cenital deja huellas de bosque

recordando las horas largas, festivas, mágicas.

Andamos por caminos de retenida lluvia

yendo hacia la ciudad, los jardines, iglesias

en busca rincones apacibles y gratos.

Cerca del río Clamores y sus orillas dulces

donde vibran los sueños de esquinas y de versos

se inicia nuestra busca de leyendas e historias:

los poetas viviendo en las calles tortuosas,

las murallas guardando su tesoro de piedra.

Allí donde es posible la poesía, el llanto,

sigue luciendo el sol en fachadas sin musgo

y advertimos cigüeñas llegando a las campanas.

En este mundo afable, nacido del silencio,

se alza la Catedral, el intenso Acueducto,

esa presencia eterna de suspiros y niños

como si encendieran de pronto las estatuas.

El tiempo, entonces, deja alguna urbana sombra

sobre minutos libres de malas intenciones.

Y así la caminata nos lleva hacia los pórticos

en que siglos y puertas nos contemplan pacientes

mientras que aves blancas llegan del Guadarrama

posándose en ventanas y olvidando el invierno

recordando que aún son las seis de la tarde.

 

Segovia, 24 de marzo de 2012.

 

 


© Manuel Quiroga Clérigo

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