í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Reloj de Arena
por Luis Amézaga y David Morán

 

Del Libro inédito “Reloj de Arena ”

 

  

Amézaga

 

* Según Pascal, los mejores libros son aquellos cuyos lectores creen que también ellos podrían haberlos escrito. Como lector no estoy de acuerdo. Los libros que admiro son los que exhiben un músculo muy desarrollado a la hora de levantar página tras página. No me interesan demasiado las tramas o los desenlaces, no me importan las temáticas o la tensión argumental. Quizá por ello no me entusiasmen las novelas. Los géneros, las modas, o la escritura estereotipada dirigida al comercio, me aburren. Un buen libro puede generar dudas sobre si encasillarlo en memorias, ficción, poesía, física cuántica o prosa documental. Un buen libro impresiona, confunde, desestabiliza o simplemente acompaña en su periplo de placer al lector, pero lo hace con originalidad, riesgo y exigencia, dando tanta o más importancia a la forma como al contenido. Las intuiciones verbales saltan como ranas en busca de su charca generadora de mundos paralelos. Los mejores libros que he leído, por desgracia o por suerte, no creo que sea capaz de escribirlos.

 

Morán

 

* Los mejores libros son aquellos que retan el propio intelecto, capaces de remover los pilares que sostienen el pensamiento propio, dejando dudas entusiastas que motivan a leer y buscar respuestas al contrapunto. Un libro llena no porque su conocimiento ocupe un lugar en nuestro vacío coloidal, sino porque nos ofrece un modelo convincente, capaz de ser aceptado o rechazado dentro del crisol analítico; viene para quedarse, sí, con la condición de ser acepto o apaleado. No me gustan los libros atiborrados de técnicas o figuras literarias, castrados prácticamente de imaginación natural, que te hacen girar una y otra vez en generaciones, revistiendo con elegancia la simpleza que hurta el tiempo y diluye el  entusiasmo. Aburren hasta la náusea. No me gusta el estricto estándar de género; ante la estabilidad dogmática, estética, ideológica o comercial,  me apunto al riesgo que se deja entender por los ojos comunes, que conserve la plasticidad  de la mente joven, en la dinámica de la lectura variada y constante. A la vez, me puedo encasillar en un solo género, cuando, atrapado por la escritura en boga, es una alternativa a la especulación sin cortapisas, a la imaginación pura que transfiguran las palabras. En definitiva, son más interesantes los libros que narran cosas que a uno jamás se le habría ocurrido imaginar, pensar y, desde luego, los que sobrepasan nuestra capacidad creativa, con un pulso afinado y profundo, pero que siempre se dejan atrapar.

 

Epílogo del libro “Reloj de Arena”

 

Un dietario compartido es un intento de que el tiempo adjudicado de serie a cada uno, se multiplique por dos. El ser quizá tenga una previa y una prórroga, pero el tiempo se desarrolla en el verbo estar. En este libro hay reseñas literarias, anécdotas personales, reflexiones íntimas, crónicas políticas y escenas cotidianas que han merecido la atención de los dos autores y amigos a lo largo de un año de escribir y escribirse. A ambos lados de una gran charca, sin nunca haberse visto cara a cara, han conseguido establecer una complicidad solo posible a través del verbo que se hace carne y se manifiesta a través de Internet, vista la red desde su lado más benigno, el que está pensado para unir, para compartir.

 

La memoria en este reloj de arena no es tan importante como la constatación de que el tiempo corre con nosotros o sin nosotros, y es decisión nuestra subirnos a ese – a la vez - medio de locomoción y trayecto, o quedarnos en la estación comprobando el ajetreo de trenes.

 

Es apropiado referirnos al título de Ernst Jünger “El libro del Reloj de Arena”, publicado en 1957. En ese trabajo el autor hace un ameno recorrido por el mundo de la medición del tiempo. Porque si el tiempo no se mide, es tan juguetón que parece una caprichosa goma de mascar que se encoge y se expande al gusto del observador. El reloj de arena entró en escena a finales de la Edad Media. En alemán al reloj de arena se le denomina: “ampollita de las horas”. La arena es un medidor como puede serlo el agua, o el sol. Jünger en su libro realiza una sabia reflexión, no exenta de melancolía, sobre el sentido del tiempo: <<Quien vive completamente inmerso en este altivo mundo de titanes, en sus goces, en sus ritmos y peligros, podrá llegar a realizar grandes cosas en él, pero lo que no podrá es enjuiciarlo. (…) El reloj de arena es en este sentido un buen punto de apoyo para acometer la crítica del discernimiento, una adicción sedante a nuestro mundo vertiginoso, una adicción anterior a Copérnico, pero aún más relevante si tenemos en cuenta que nos hallamos en un terreno que separa la doctrina de Copérnico de un nuevo concepto del tiempo y del espacio>>.

 

Dos franjas horarias marcan el devenir de este libro escrito por David Morán y Luis Amézaga, dos ritmos, dos continentes de arenas incontables, un solo tiempo. Quizá sea oportuno ponerle el lazo a este regalo literario con un par de estrofas del poema de Jorge Luis Borges también titulado “El Reloj de Arena”.

 

No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.

……………………………….

 

Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.

 

 

 

 

© David Morán (Tegucigalpa) y Luis Amézaga (Vitoria-Gasteiz)
Enlace a Yotube de “El libro del Reloj de Arens”: www.youtube.com/watch?v=2a6eELXfDJ8&feature=youtu.be
Vídeo del Reloj de Arena: youtu.be/2a6eELXfDJ8

 

55ariadna