í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

A vueltas con Andrés Torres Queiruga

por Luis A. Henríquez Lorenzo.

 

He leído alguna que otra obra del sacerdote católico y teólogo Andrés Torres Queiruga, además de algunos artículos suyos, y he leído sobre él y una vez lo escuché en la Pontificia de Salamanca, en las Jornadas Filosóficas organizadas por la revista Diálogo Filosófico , hace como unos cinco años. En el refrigerio de clausura de las jornadas, luego de saludar al claretiano y filósofo Ildefonso Mirillo, a quien ya conocía de otras movidas relacionadas con la difusión en España del personalismo comunitario, quise saludar al profesor Torres Queiruga. Y lo hice. Me pareció un hombre afable, cercano, cálido. Y pensé: «Es uno de esos curas que, por ser de trato cercano, me atraen, conectan con mi sensibilidad y con la visión que tengo de cómo deberían relacionarse los curas con los laicos, con el común del Pueblo de Dios». Un cura con el que parece posible una relación cordial basada en la «igualdad», la horizontalidad, más allá de clericalismos y de posiciones de «privilegio». Insisto: es la impresión que me dio, que me transmitió el solo saludarlo; huelga decir que no desconozco que no escasean los que, al parecer habiendo tratado más al sacerdote católico y profesor Torres Queiruga, se han despachado de lo lindo con él en los últimos días en Internet, a propósito o raíz de la reciente Declaración Doctrinal sobre algunos aspectos heterodoxos de su pensamiento teológico publicada por la Comisión para la Doctrina de la Fe de la CEE.

Por lo que he leído de sus obras, Queiruga me parece un autor difícil; y eso que escribe muy bien, con gran talento literario —no en balde es académico de la lengua gallega—, sin embargo, como ustedes fácilmente colegirán, comprenderán, ni tengo un grande conocimiento de la obra teológica y filosófica del profesor gallego Torres Queiruga ni lo conozco en persona lo suficiente para poder emitir un juicio «riguroso» sobre la heterodoxia u ortodoxia de su reflexión teológica. Ni me compete hacerlo, pues, como desde siempre se nos ha dicho, «doctores tiene la Santa Madre Iglesia que sepan hacerlo».

Y digo bien lo de «doctores tiene la Santa Madre Iglesia católica» pues yo soy de los que creen que en efecto la Iglesia católica, santa y pecadora y necesitada de permanente reforma, es Madre y Maestra. Por eso me duelen muchas injurias que, a mi juicio injustamente, se vierten contra ella, desde dentro y desde fuera de la Iglesia universal; injurias contra la Iglesia, contra los obispos, contra el Papa, contra la doctrina católica, a base de ponerlo en solfa todo, todos los dogmas. Todo.

Sin embargo, como tampoco «condeno» a Queiruga, lo que haré, en la medida de mis posibilidades —que son y serán siempre limitadas— es tener muy presente la Notificación de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la CEE sobre algunas de las tesis teológicas del profesor Torres Queiruga —porque, como ya he dicho, para mí el Magisterio de la Iglesia católica no es una opinión teológica más sino que es vinculante, es el tercer gran pilar o lugar teológico de la fe, juntamente con la Sagrada Escritura y la Tradición—, en diálogo crítico y confío que fecundo, constructivo, con el pensamiento de Torres Queiruga y hasta con el de Periquillo de los Palotes, si fuere menester, ya sea principalmente para alimentar mis propias inquietudes intelectuales.

De modo que en la medida de mis posibilidades de interés, oportunidad y tiempo, «dialogaré» con Torres Queiruga, es decir, con su celebrado pensamiento teológico y filosófico —sin duda, estamos ante uno de los teólogos españoles más reputados en el extranjero—, siempre teniendo como palabra vinculante la voz del Magisterio. Hasta el extremo de que en caso de conflicto entre lo que afirma alguien como Queiruga y lo que afirma el Papa, el Magisterio, tendré soberana y delicadamente en cuenta, como dijera el mismísimo cardenal J.H. Newman —una de las glorias teológicas de la Iglesia universal de los dos últimos siglos, el ilustre cardenal converso del anglicanismo—, soberana y delicadamente en cuenta mi conciencia, y en segundo lugar, la voz autorizada del Papa, la del Magisterio. esto es, mi conciencia no por encima de la autoridad del Papa, del Magisterio, sino iluminada por ambas instancias.

No obstante lo escrito, o como mismo he escrito lo que he escrito y de la forma como lo he escrito —que es a modo de revelación de algunas de mis convicciones más de fondo— también querría confesar que una de mis grandes tentaciones es la de, cómo decirlo, «pasar de lo que enseñan el Papa y el Magisterio» porque, total, para lo que tienen en cuenta muchas veces en la propia Iglesia católica los jerarcas el compromiso militante fiel al Magisterio…

Es una de mis grandes tentaciones de acabar arrojando la toalla. Porque sí: los mismos que ahora condenan la teología heterodoxa de Torres Queiruga son los que han ido tolerando, desde hace décadas, la cómoda instalación en la Iglesia católica de toda suerte de trepas, mediocres, burócratas, antimilitantes, figurones, espiritualistas desencarnados, falsos progresistas mundanizantes y meros enchufados que muy poco o nada arriesgan en el camino de la fe cristiana. Con lo cual la mediocridad de vida generalizada en el seno de la Iglesia católica es algo que sencillamente se ha hecho ya pura pestilencia.

No obstante, viene en mi auxilio en todos esos momentos de turbación y perplejidad la certeza de que los pastores de la Iglesia universal son pecadores también… De manera que siendo quien estas líneas escribe pecador también, como ellos los jerarcas, como todos… Solo que, cuando estoy en medio del vendaval de esos conflictos que acabo de mentar, suelo concluir con que si la mediocridad imperante en la Iglesia católica actual me llevara a tirar la toalla, mi testimonio de vida —que es también el de un mediocre— sería aún peor del que ya es. Dicho de otro modo: si yo acabara tirando la toalla, los que quieren la destrucción de la fe —los hay de éstos metidos en el seno de la propia Iglesia católica—, cantarían victoria, pues justamente lo que pretenden es la claudicación en la fe de cuantos más creyentes católicos mejor.

La Iglesia católica en España está no poco podrida: son ya demasiadas décadas, lo menos medio siglo, de labor de reemplazo o sustitución de militantes, esto es, evangelizadores, por meros burócratas que muy poco o nada arriesgan en el camino de la fe. Pero , más allá o más acá de condenas a teólogos como Andrés Torres Queiruga, la gran fidelidad que nos piden estos tiempos de crisis es, me parece, aguantar dentro de la Iglesia universal a pesar del miserable escándalo que supone tomar conciencia de la cantidad de hipocresías e incoherencias que se perpetran en su seno.

 

 

 

© Luis A. Henríquez Lorenzo

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