
Digamos que una estación (de tren, por supuesto), que nunca es el punto exacto de partida ni el de llegada, sino un momento de vacío, previo, posterior, simultáneo, como lo son siempre los andenes, como lo es siempre la cultura, esa maleta que más y más se nos queda a nuestro lado cuanto más queremos olvidarla. Pero qué fue de aquellas estaciones, de sus bares traslúcidos, neblinosos, y sus radios tan hijas de puta que siempre acertaban con la canción más cruel. Y qué de aquellos trenes lentos, nocturnos, en los que circulaba el tabaco de los desconocidos y el mal coñac en una copa rayada, ahora que todo está a un clic, que los revisores han pasado por un casting, y que en dos horas te llevan al otro extremo y te ponen una película para que no te des cuenta de que ya no hay paisaje.
Digamos que alguien lo sabe pero no se resigna, y piensa que en una estación, en un tren, uno es, más que nunca un desconocido, y se mira con curiosidad, con rigor, hasta con cariño…
Hay mucha poesía en este libro, muchísima. Y se enreda, se bifurca, se cabrea, se chulea del respetable. Una auténtica gozada.
© A.M.R.