El Señor Gris
por Isabel Simón González
Se había estado observando en el espejo. Tal vez fuera verdad. Su rostro se diluía poco a poco. Incluso los ojos. Aunque todas las mañanas se aplicase una bolsa de hielo hasta que los párpados se le abrasaran, se estaban transformando en un único trazo grueso , saltones y vacíos como los muñecos de los dibujos animados.
El psicólogo le había recetado otra caja de somníferos indicándole que siguiera apuntando en su lista cada suceso extraño ¿Y si la mocosa reaparecía por el parque? Por el momento deje de frecuentarlo, le había insistido el doctor. Pasee por otros sitios, un cine, un centro comercial, la próxima semana veremos.
También lo había intentado con Elena. En contra de sus principios la llamó durante dos semanas. Habían sido diez años, ella debía saber algo, al menos podría ayudarle con alguna señal. Por fin ella contestó y quedaron en la cafetería que durante tanto tiempo había sido la de siempre ¿Cree usted acertado contarle esas cosas a una exnovia? Las gafas de sol sólo habían sido útiles las primeras jornadas, al mirarse en el espejo, aún lograba adivinar partes de su rostro tras esos cristales oscuros pero sus pupilas cada vez se resecaban más y eran más abultadas y no podía permitir que ocurriese sin encontrar alguna respuesta.
Merodeó por los alrededores haciendo tiempo. Preguntándose si las calles acabarían por ser eso, un tiempo de aceras y multitudes desembocando en otras avenidas igual de ruidosas y circulares, una ciudad eterna. Llegó a chocar con dos transeúntes, hombro con hombro, un vago instante reptando en la vulgaridad de la nada sintió, y en un nuevo intento, se detuvo y miró tras de si, ni siquiera parecían haberle visto. Entonces notó su reflejo borroso en un escaparate. Atravesado por las líneas aceradas del edificio de atrás. El edificio saltaba hacia él y rasgaba su espalda, sumergiendo su cabeza entre los barrotes de un balcón, apenas una línea temblorosa en esa luz estridente, con los brazos colgando, perdidos en la huella fantasma de más gente que volvía a chocarse y no se detenía.
Al verla entrando al local tuvo la tentación de marcharse, de volver al parque. O quizá todo aquello se solucionara durmiendo un largo tiempo. Congelar esa frágil membrana de existencia unas horas. Ponerse las gafas después, abrir la puerta, y comprobar si su rostro se había redefinido en algún rasgo.
Cuando ella volvió a salir, buscándolo a un lado y a otro, y al fin alzó el brazo saludando, se le ocurrió por un momento que todo había sido una broma absurda. Y por eso pidió otro café y se lo narró todo.
La cría había aparecido de repente. Sentada a su derecha en el banco. Escudriñándole de reojo y balanceando los pies. Debió haber cerrado la bolsa de migas de pan y marcharse, imbuirse en su rutina, ir al bar a releer las ofertas de empleo en el periódico o restituir a la biblioteca todos los libros atrasados que de un momento a otro seguro le reclamarían, pero la niña balanceaba esos mocasines diminutos y morados en círculos perfectos, como si tuviera las rodillas de goma o una especie de voluntad etérea las rigiese, y ese vaivén lejano lo distrajo un segundo, cadente, ingrávido en los surcos imposibles del sendero al estanque.
Los círculos cambiaron de sentido y una mano saltó del ángulo muerto de sus ojos hacia la suya. La niña estaba sonriéndole. El pelo revuelto le caía por la cara agrandando su boca. El se movió lentamente hacia el extremo del banco mientras le preguntó dónde estaban sus padres o con quién había venido. Y en un movimiento invisible la niña saltó otra vez a su lado con el brazo extendido preguntando por los suyos. Entonces la mañana sacudió sus párpados hinchados, un largo invierno ahuecando los árboles desnudos, la estrechez de las sombras sobre las raíces levantadas, sucumbiendo al griterío azulado de la multitud de críos corriendo entre ellos; la niña le despertó diciéndole si le regalaba un puñado de migas para echárselas a los patos. Debió levantarse, ir al café, tomar su pastilla de las doce, recordar a la funcionaria por qué tardaban tanto en reclamarle los libros, ella hundió sus pequeñas manos en la bolsa y le dio la espalda sonriendo.
Pudo vislumbrarla a pesar de ese golpe brutal de luz que la envolvía, cómo ignoraba los límites de la baranda, aplastando las piedras musgosas de la orilla, agachándose con lentitud, abriendo los puños silenciosos y tranquilos, la bandada ingente de patos picoteando de su mano.
Después retornó hacia él sacudiendo los restos sobre su abrigo. Apartó de su frente la maraña de cabellos y extendiendo de nuevo el brazo, le dio las gracias. Luego la niña se lo susurró, pudo tocar sus menudos dedos un instante, antes de regresar al sendero con los otros niños, la hambrienta luz sustrajo las palabras estallando en su cabeza para siempre, se está usted borrando, es por eso que los patos no le hacen caso, los patos no pueden ver el color gris.
Se había estado observando por las noches en el espejo ¿Y si fuera cierto? Si cerraba los ojos y posaba los dedos, era todavía capaz de reconocer los contornos. La cicatriz minúscula bajo la ceja izquierda, el lunar aplastado en el pómulo, las leves marcas infantiles del sarampión por la frente; al abrirlos siempre sucedía lo mismo, ¿sucedería sin remedio?, la imagen era una hondonada turbia de líneas desconectándose. Cuándo su rostro había empezado a ser un burda caricatura de alguien.
La colección de fotografías había resultado inútil también. Hizo caso al doctor, recolocarla, ordenarlas. Apenas un quimérico viaje atrás para perderse. Era probable, los rasgos se habían mantenido sólo, tal vez, sustentados en la mentira de la luz que robábamos al tiempo, ¿cómo podemos robarle al tiempo algo?, le había inquirido el psicólogo mientras le recetaba otra caja. No vuelva al parque, siga escribiendo cada suceso extraño, déjese mejor invitar por algún amigo que viva cerca, camine por otros lugares, la próxima semana veremos.
Llamó a Elena y fueron tantas las veces que sólo encontró un contestador que dejó de enumerarlas. Y al verla de pie, buscando a un lado y a otro de la calle, alzando el brazo hacia su reflejo, sintió la grieta cerrarse, al fin y al cabo existía la posibilidad, podría ser la pesadilla de otro. Y por esta razón pidió otro café y le siguió contando cada detalle.
Cómo se había carcajeado de vuelta a casa. Esas frases ondulando por el sendero no lograrían abatirlo en ningún caso, así, transcritas en mayúsculas en su lista de sucesos, no resultaban más que la burla ignorante y despiadada de una cría de siete años. Además no había que reponerse de nada, ¿qué podía haber salido mal? El había hecho lo que la mayoría, la receta más corriente del mundo, las multitudes hacían verdad las cosas, y él había navegado en ellas como uno más, como tantos otros, como todos, como siempre había sido.
Pidió un café y se lo explicó, se le había ocurrido que era posible pautar el tiempo y zafarse de la mofa imaginando las horas como escalones que no se pueden subir de dos en dos. Repasó cada una de sus acciones, tachando y excluyendo las que no correspondían a la normalidad. No cruzar las calles sin antes mirar hacia ambos sentidos, no saltar encima de la cama, usar siempre paraguas, no pisar los charcos, atarse los cordones con medidas exactas, comer con la mano derecha, no jugar con el tenedor, ponerse siempre la bufanda, no llamar al ascensor dos veces, llevar los cristales de las gafas siempre limpios, compadecer a los poetas, beber agua sin ansia, caminar despacio.
Los primeros días esa cotidianeidad replegó la luz cristalina que lo estaba invadiendo y pudo dormir y encontrarse otra vez en el espejo.
Sin embargo, todo se había transmutado con los primeros días de lluvia, aun siguiendo el estricto orden de sus acciones normales, las calles se habían quedado desiertas con una escuálida muchedumbre corriendo sólo hacia otra calle, chocándose con él sin detenerse ni un segundo, y el tiempo se aceleró, irremediable, desolando las esquinas y las plazas, convirtiendo en hormigueros ensordecedores los centros comerciales, tragándose las noches, engullendo su rostro en la cola de los taxis.
¿Y si era ése el lugar secreto? Las excepciones se daban, lo había apreciado a través de muchos libros también y en muchas conversaciones cazadas al azar sobrevolando el vacío. El parque se trasponía desde cualquier ventana de su casa. Siempre como un minúsculo punto frondoso y latente tras las cortinas de cualquier bar. Los árboles atornillados al suelo. Una bandada de patos por encima de nuestras cabezas.
Quiso contarle más cosas, darle las gracias pues ella había sido la imagen más perfecta; el mecanismo por el cual había descubierto la mentira, rastreando los vídeos que habían grabado juntos en sus viajes, atesorando cada regalo que se habían hecho, las dobleces silenciosas de la nada anestesiando los años, esa estancia fulgurante de puertas cerradas e inconclusas donde la promesa había sido para siempre.
Sin embargo Elena se zafó dejando su mano hueca sobre la barra. Luego pagó al camarero a prisa excusándose con la tardanza a otro compromiso. Su voz se deshizo en un eco intoxicado y condescendiente, apostado en la mansedumbre, el tiempo no es cosa nuestra, le murmuró yéndose, y el tumulto la fue arrastrando hacia el fondo de la avenida, no es importante si ya no te reconozco, la vio una última vez parada en el paso de cebra, las esquinas se estrecharon, su cara vulgar con los labios pintados de rojo y la raya en el medio, su boca moviéndose, existe un centro comercial recién inaugurado en mi nuevo barrio, tal vez nos veamos allí algún día, ¿no crees?
Se había estado observando la última noche en el espejo ¿Este sería su rostro para siempre? La nariz desdibujándose, dos fosas negruzcas bajo el espectro confuso de los párpados. Las manos tampoco le ayudarían mucho más tiempo, las horas había discurrido por ellas con un pulso volátil; las horas, indiferentes, acabarían por disipar sus huellas ¿no era cierto? Verá será mejor si no le confiesa a su exnovia la cadena de acontecimientos extraños, más bien háblele de su lista de pautas normalizadoras, tómese otra caja, duerma un poco más, recorra otros lugares.
Cuando Elena le contestó, confundiéndole con otro hombre de timbre idéntico a través de la línea, y supo todavía adivinarle tras los cristales, buscando a un lado y a otro, quiso exponerle todo, y pidió otro café mientras ella pagaba la cuenta.
Las reglas no habían servido de mucho, aunque las hubiera cumplido con estricta precisión. Otra vez una espiral interminable, y cada nueva curva, cada acción rutinaria, sólo había multiplicado los sucesos raros. Un temblor opaco anulando su figura en las aceras. Sabía lo que debía hacer ¿ella podía confirmárselo?, todo consistía en levantarse, ¿verdad?, ir a la ducha, desayunar despacio, donar la ropa que ya no nos sirviese, abrocharse el abrigo hasta el último botón, salir a la calle y camuflarse en el gentío, sin mirar atrás, no señalar las sombras esparcidas bajo nuestros pies, advertir sólo el justo espacio de nuestros pasos y no torcerlos, nunca, no ceder, aunque chocasen con otros pasos.
La multitud jamás busca su nombre en las necrológicas de los periódicos. Quizá fuera este el motivo primigenio de las televisiones y de las pantallas publicitarias en lo alto de los edificios, penumbras eléctricas, deslumbradas, un desaliento más tolerable verse proyectado en las vagas características que nos solicitan en una columna de ofertas de empleo, alquilar otra película, pedir prestado otro libro. El había salido a las avenidas y había esquivado todos los parques, no obstante, la mirada siempre recaería en la página equivocada, en todos los periódicos, para seguir descubriendo a gente con su mismo nombre completo en decenas de obituarios.
Circuló por los bulevares, siguiendo las instrucciones recomendadas sin saltarse un ápice, sabiendo que los destellos nebulosos de su perfil un día habían dejado de sustentarse en las llamativas vidrieras; esperando incluso al cartero, sentado durante horas en el portal, por si alguien le había escrito alguna carta, al menos una reclamación administrativa por la demora en la devolución de los libros a la biblioteca, una breve nota que confirmase la entrada de su curriculum en una preselección masiva, rodear el abismo del parque, atajar el sendero musgoso, discernir los círculos de la mocosa sobre el barro, reírse de camino a casa, pedir otro café y narrarlo todo, volver a los baños del bar que en un tiempo fue el de siempre, y reescribir su teléfono en las puertas, una y otra vez, encima del vestigio de otros nombres carcomidos con estropajo y lejía, dispersos y ciegos sobre la madera, como una bandada de patos. |