Calle Paraíso
por Victoria Pelayo
Sus treinta años habían transcurrido prácticamente en la misma calle. Allí había nacido y jugado, había acudido a la escuela, después al instituto una manzana más arriba y ahora trabajaba en la mercería de la esquina desde hacía siete años. Era la primera vez que la posibilidad de salir de la calle en la que había transcurrido su existencia, existía más allá de ser un remoto sueño.
Después de meses navegando en uno de esos chats que ofrecen amistad, amor y relaciones para adultos, había conocido a un internauta hecho a su medida. La ilusión y la alegría se la proporcionaban las dos horas diarias en que se conectaba a la red en la intimidad de su habitación; no sólo navegaba, sino que flotaba en el universo recién descubierto al otro lado de la pantalla. Al desconectarse, volvía a enterrarse en su vida de hija y hermana dócil en casa, y abnegada entre hilos, cintas y botones en la mercería, durante ocho horas al día.
Habían fijado el siguiente sábado para conocerse, fecha que coincidiría con el mes que hacía desde que ambos habían entrado en el mismo chat a la vez. Se encontrarían en el parque principal, junto al antiguo quiosco de la música. En sus citas virtuales habían hablado de todos los temas posibles, desde la religión a los hijos, de política, de sexo, de sus trabajos, de sus familias, gustos, aficiones, manías, edad y aspecto físico. Elvira navegaba durante dos horas al día y las otras veintidós las pasaba flotando y soñando con un abogado de treinta y cinco años, moreno, ni demasiado alto ni demasiado bajo, propietario de un perro labrador, aficionado a la ópera, a los paseos urbanos, gran nadador y que coleccionaba máscaras antiguas y botellas de vino. Faltaban tres días para el encuentro y llevaba varias tardes buscando por las boutiques más modernas un vestido para la cita. Sentía que, al lado del hombre virtual, toda su existencia hasta la fecha, había sido de una pobreza no sólo espiritual, sino también material. Acostumbrada a entregar la mitad del sueldo a sus padres, se arreglaba con el resto para ir al cine los domingos y comprarse un par de zapatos por temporada, un par de blusas y unos pantalones. Eso era todo. No tenía más gastos ni pretensiones de ellos tampoco. Pero ésta era una ocasión especial. Esta vez se compraría un vestido de marca si era preciso, de esos que ponían en los escaparates con la etiqueta del precio al revés para que no se viera.
Quería causarle buena impresión. Por fin se decidió por un vestido de seda rosa, el color de moda, en el que invirtió el sueldo del mes. Pero no le importó. Se sintió satisfecha y totalmente segura cuando colgó cuidadosamente el vestido en su armario, listo para estrenar. El sábado amaneció nublado pero a mediodía se despejó y el sol brilló sin amenazas. En la peluquería se cortó las puntas, la peluquera insistió en un baño de color, para alegrarte un poco le dijo, y ella, dócil, se dejó convencer.
Por fin las agujas del reloj empezaron a girar tan rápido, que cuando dieron las seis, hora de la cita, ella aún estaba en casa. De camino al parque, el tacto de la seda sobre su cuerpo, le daba una sensación de bienestar nueva y desconocida. En el parque los nervios ya se habían instalado en su estómago. En este instante, pensaba, él ya me habrá visto y me estará observando mientras voy a su encuentro. El quiosco de la música se alzaba frente a ella. La cafetería que lo ocupaba tenía instalada la terraza y la mayoría de las mesas estaban llenas. En los bancos también había gente e igualmente paseando. Bordeó el quiosco buscando al hombre moreno, ni demasiado alto ni demasiado bajo, que debía estar esperándola. La gente se había lanzado al parque en busca de sol, la tarea de encontrar a alguien, a quién no había visto antes, entre tantas personas empezaba a parecerle difícil. Había dado una vuelta completa al quiosco y varias veces había dibujado una sonrisa en su cara pensando que era el hombre de la chaqueta marrón o el que la miraba desde un banco. Se encontraba en el mismo punto de partida cuando se giró para asegurarse de que había mirado bien. Un ruido nuevo, cada vez más próximo, llamó su atención, una especie de toc toc golpeando el pavimento. Entonces lo vio. Moreno, ni demasiado alto ni demasiado bajo, bien parecido, elegante y dejándose guiar por un hermoso ejemplar blanco de perro labrador.
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