El cielo negro
por José Manuel Alfaro Basilio
Cielos, como brilla hoy el valle. Pero yo solo sentía calor. Sí, el calor del cuerpo de mi madre que me estrujaba contra él como yo exprimía su triste tetilla para sacar hasta la última gota de leche,… ¡de vida!
Bastantes veces temblaba con escalofrío febril, pero mi madre me acurrucaba aún más, protegiéndome con un brazo mientras que con el otro espantaba las moscas o me limpiaba la cara de la arena del suelo polvoriento; aquel que se levantaba de vez en cuando por el aire caliente o por los paseos del gentío desesperado, a cualquier lugar, y a ninguna parte.
Me sentía triste y débil, pero aún a mis seis añitos recién cumplidos, me encontraba a gusto en “mi cuna de piel”.
Mamá ¿porqué veo siempre el cielo tan oscuro?-le pregunté entre sorbo y sorbo de mi agua escasa y blanquecina; pero bendita.
Hijo, no es el cielo lo que ves, es el negro rostro de tu madre que te mira, queriéndote -me contestó.
Y me dormí.
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