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De Tongoy y Emilfork

por Chema Torrent Santamaría

 

 

A Marta, oxímoron incorregible.

 

Tiempo atrás escuché (o leí, ya ni me acuerdo) a alguien parafrasear a Kafka: «todo yo soy literatura, y no quiero ser otra cosa», y me dio la risa. Por más buen escritor que fuese ese Kafka la sentencia me pareció, cuanto menos, de una vanidad fuera de lo aceptable, incluso dicha por alguien que intentara mitificarlo. Claro que también es cierto que por aquel entonces yo no tenía ni diecisiete años y nunca había leído a Kafka, por lo que aventurarme a calificar a un tipo que estaba en boca de todos los escritores a los que yo admiraba no lo era menos. De hecho, puestos a confesar, debo decir que el día en que me crucé con Gregorio Samsa la célebre frase se introdujo en mi sesera como un escalofrío de hielo, como un aforismo monstruoso, como el dedo de alguien profiriendo una amenaza; algo externo a La metamorfosis me acojonó como si yo pudiera ser también el blanco de una transformación aberrante. Recuerdo a un buen amigo contarme, el día que descubrimos que los dos habíamos leído el libro de Kafka, que nunca había sentido semejante sensación de ansiedad en la escena en que Samsa, ya convertido en un horrendo insecto, intenta darse la vuelta en la cama sin éxito. Hasta entonces, para mí, la literatura había sido una fiera inconscientemente encerrada en un reino inmenso pero acotado, alguien que infunde respeto pero no terror, un rottweiler con bozal o un Dios en un microcosmos. Pensar que ese ser podía tocarme con sus viscosas patas ridículas y pequeñas no era algo que me diera tranquilidad precisamente, pero significaba que también yo podía tocarlo, e incluso aplastarlo y acabar con él. Al final de mi elucubración, como puede verse, a mi lado Kafka era un pedante de tercera.

Como entre semana, debido a nuestros respectivos trabajos (si a mi ciega e infructuosa vocación literaria a cambio de nada se le puede llamar trabajo), no tenemos tiempo de nada, el sábado por la mañana toca remolonear menos de lo que uno quisiera y hacer algo productivo. Carolina trabaja más de lo que yo sería capaz, y además siempre me consiente media horita extra de caricias y abrazos. También tiene una imaginación encantadora para idear actividades, con lo que ha conseguido que después de más de cinco años de relación esta práctica no constituya aún una rutina, e incluso la espere con ganas.

Hoy es sábado, y las hendiduras de la persiana matan la poca luz de diciembre. Mi cuarto es una gradación de sombras, y encima del escritorio un pequeño montón de libros proyecta una figura en la pared que se eleva como una amenaza oculta, sin contornos. Carolina duerme plácidamente a mi lado, pero a estas alturas ya le es difícil borrar su semblante triste incluso cuando duerme, y es como si no durmiera o quisiera hacerlo para siempre. En la oscuridad, me descubro sonriendo mientras la miro, escuálida y valiente a partes iguales; siempre se levanta mucho antes que yo y no puedo contemplarla tan indefensa y triste como ahora.

Me estoy meando encima y salgo de la cama con cuidado para que los chirridos de los muelles del colchón no la despierten, y, descalzo, cruzo la habitación para ir al baño. Al hacer dos pasos tropiezo con algo, lo recojo y me lo acerco mucho a la cara para sortear la ceguera con la que la oscuridad, la miopía y el sueño me atacan, y que me hace ir prácticamente a tientas: Vidas imaginarias , de Marcel Schwob. Me lo llevo conmigo y pienso que ese libro –no Marcel Schwob-, que es mío y de nadie más, debe sentirse orgulloso de su singularidad, de no formar parte de un ramillete de cuerpos anónimos profiriendo una amenaza amorfa sobre mi pared. Al volver, Carolina ya tiene los ojos entreabiertos y levanta la cabeza cuando me acerco a la cama: «Eres un escandaloso, no tienes cuidado con nada, bruto», me suelta, y se espera a que me vuelva a meter en la cama para darme una caricia en la cara, sonreír y volver a llamarme bruto más bajito, con más cariño, antes de cerrar los ojos y quedarse dormida. Media horita más, hoy es sábado.

Cuando me despierto ella no está y se oye la ducha. Tiene razón, soy un bruto irremediable, bienintencionado pero irremediable. El tiempo que me concede su ducha me convence de cerrar los ojos otra vez, prometiéndome sólo cinco minutos más; iré a preparar el desayuno antes de que ella salga: unas buenas tostadas con tomate y llonganissa , algunas otras con paté o philadelphia, y leche con cereales. El desayuno es el segundo síntoma del sábado. Más de veinte minutos después, cuando vuelvo a abrir los ojos, el agua de la ducha ya no suena, y ella debe estar secándose, porque la luz del lavabo se cuela por debajo de la puerta e ilumina el pasillo como una candela. Salgo de la cama de un salto y pongo en funcionamiento mi plan para que Carolina pueda desayunar recién salida de la ducha con el pelo aún por secar -que es la última cosa que hace porque le parece una tarea muy pesada- y el albornoz puesto.

Me coge de espaldas, disponiéndolo todo con enorme cuidado sobre la mesa para demostrarle la ternura intrínseca de los brutos, y me abraza por detrás, «te has olvidado de mi zumo de naranja, despistado», y me da un beso en el cuello. Sé que en realidad ni soy bruto ni soy despistado.

Lo que se había presentado como un día desapacible y sombrío resulta ser una mañana mucho mejor de lo que esperábamos, de esas que escasean en invierno y dan un calor reconfortante a las mejillas y las manos. Le encanta que le haga el desayuno, la pone de buen humor, y esa belleza triste y desvencijada parece esfumarse por momentos, como si las tostadas y la leche y el zumo (que ya está exprimido y puesto en un vaso) actuaran como un amnésico y dejaran paso a una sonrisa ingenua y desarmante, femenina y despreocupada, casi infantil, regresando a una especie de génesis o lucidez libre de los adoctrinamientos del tiempo. Decidimos dar un paseo por el casco antiguo de Girona, que está a dos pasos, ya que tampoco podemos entretenernos mucho porque ella entra a trabajar a las tres. El sábado se acaba pronto, corre a pasos dobles. Acaba de untarse la última tostada con paté de pimienta, le da un mordisco y me la pone en el plato mientras cierra el bote de philadelphia y el de paté para guardarlos en la nevera. Ya en la habitación, mientras ella se cambia yo voy a darme una ducha. Sobre la cisterna del váter me encuentro con el libro de Schwob, y por un momento no se me ocurre cómo diablos ha llegado hasta allí. Completamente desnudo, lo ojeo, y me viene a la memoria la anécdota que contaba Roberto Bolaño acerca de cuando sorprendió a su amigo Ulises Lima en la ducha leyendo Los detectives salvajes , sujetándolo con una mano por fuera y los bordes del libro completamente mojados. O hay que estar enfermo, o hay algo de lo que no podemos desprendernos, pienso, algo a lo que estamos condenados, y me meto en la ducha con el temor a que la figura desdibujada y amorfa que vi horas antes en la pared no fuera otro que el fantasma de Marcel Schwob, y no descarto la posibilidad de que Schwob aparezca ahora en mi cuarto de baño, o Belano, que como fantasma también debe tener esa omnipresencia sobre los que le conocen y sabe sin duda que recién acabo de pensar en él y en Mario Santiago.

Carolina entra y me encuentra allí, desnudo, con el libro de Schwob en las manos y el grifo cerrado. Me lanza una reprimenda acerca de cómo desaprovecho nuestro tiempo a conciencia y luego me sonríe dejándome por imposible, como dándose cuenta de que ver a un tipo desnudo dentro de una bañera con un libro en la mano y mirando al techo es algo extrañamente gracioso y genuino (aunque yo sé que no), algo que merece, si no empatía, más complicidad que indulgencia, y se va mandándome la prisa sin darle más importancia. Cuando salgo de la ducha se está pasando el secador, y me siento en el borde de la cama a mirarla: tiene un pelo precioso de veras, cada día más largo, y no se me ocurre otra gilipollez que preguntarle si cree que los sábados el pelo también crecerá a pasos dobles. Pone cara de interrogante y se echa a reír, y mira su pelo cayéndosele sobre los hombros, cubriéndole la práctica totalidad de los pechos.

De repente veo el montón de libros sobre el escritorio: encima de la peculiar montaña está El mal de Montano , y lo abro por la última página, como hago siempre con todos los libros. Leo la última frase: «con Praga nunca han podido, con Praga nunca podrán». Un escalofrío me recorre el cuerpo y pienso si aquella sombra proyectada en la pared no era en realidad la de un escarabajo gigante, la de un escarabajo gigante escondido bajo la cama; cierro el libro de un porrazo. Estoy empezando a agotar la paciencia de Carolina, que me lanza un cojín a la cara y me da exactamente dos minutos para acabar de vestirme.

Esta calle Santa Clara, la nuestra, cada vez huele menos a algo, cada vez la comparo menos, el ruido de la gente empieza a serme del todo soportable, el guitarrista latinoamericano (Carolina asegura que es peruano, pero es que a Carolina todo le parece peruano) que cada sábado toca sin cantar frente a nuestro portal o la máquina de limpieza del ayuntamiento que pasa cada mañana barriendo las hojas de los plataneros antes de las ocho –y que sigue despertando a Carolina- se han incorporado a mi rutina, y no, ya no huelen. A veces no está el peruano, hay saxofonistas en las escaleras del puente, justo debajo de la ventana de nuestra habitación, y cada dos o tres sábados hay allí uno tipo negro y espigado, un poco huraño, con una gabardina de cuero negro hasta las rodillas, repitiendo la misma canción ahora sí ahora no, dándole a todos los transeúntes la oportunidad de oírla: let's get lost, de Chet Baker, con la que Carolina se levantaba (aunque cada vez menos; cada vez es una melodía menos escatológica y más hogareña, que no es otra cosa que el paso previo a ser una canción melancólica) de un cachondo irrefrenable -porque además el señor negro tiene una voz grave tremendamente morbosa y viril- y de la cual supe el nombre porque acabé preguntándoselo un sábado como hoy y le di un par de euros por su respuesta y su sonrisa, y a la semana siguiente ya me la sabía de memoria e incluso había visto en versión original el film de Bruce Weber que lleva este mismo nombre, y al acercarme y decírselo, creyendo recoger la especie de guante que el señor negro me había lanzado la semana anterior, me dijo «esta canción es a vida o muerte, la apuesta de un fracasado», y le di otro euro, y él hizo una pequeña reverencia con la cabeza y me volvió a sonreír con esa dentadura amarillenta y enorme, y casi tuve ganas de ser un fracasado para poder ser escritor.

Cuando hemos salido hoy sonaba un saxofón tras la esquina, pero no era el señor negro que con su sonrisa y su gabardina tendía a la exageración sino un tipo más bien pálido y escueto, de una decrepitud enfermiza, con el pelo blanco y erizado de media cabeza para atrás -como Gary Oldman en la película Drácula -, con jersey de cuello alto de lana negro en lugar de la larguísima gabardina. La canción que tocaba no era tan triste, pero cantaba muy bajito, como si fuera a sollozar de un momento a otro, y he pensado que el señor negro había perdido su apuesta a vida o muerte y que sólo yo lo sabía, y que jamás iba a verlo tocar de nuevo el let's get lost , porque las desapariciones son así en su esencia, «cosas que generalmente no se notan», como diría Perec, y porque al fin y al cabo la canción del decrépito saxofonista era perfecta para cruzar un puente de Girona en un soleado día de diciembre, o para follar del modo más escatológico y perverso que quepa imaginar.

Que yo y Carolina paseemos juntos es, estéticamente, imposible: siempre voy tres metros por detrás (como ahora, que cuando nos hemos dado cuenta ella ya estaba casi a medio puente y yo me había quedado embobado con las apuestas vertiginosas, el saxofonista negro y las desapariciones silenciosas) o tres metros por delante, porque también ella se emboba y nunca podemos mantener algo que se parezca a una sintonía deambulatoria. Si voy por delante, me pega un berrido quejumbroso o me agarra de la chaqueta, e incluso alguna vez finge que se enfada o pega un esprín y me salta a caballito para sacarme del trance, pero cuando me pasan cosas como las de hoy y me quedo atrás, cosas tan joyceanas, me espera y no me interrumpe, aguarda, y me regala esa sonrisa de condescendencia y complicidad infinita de aquel que no entiende pero intuye, acompañada de un «qué, ¿epifaneando?», que usa para burlarse cariñosamente de mí desde el día en que traté de justificarle estas huídas del mundo diciendo que trataba de captar epifanías como Joyce, pecando, por cierto (otra vez), de una vanidad sin límites.

La Rambla de Girona es bonita, linda de verdad, pero archiconocida y espaciosa, con comercios idénticos en todas las ramblas de todo el mundo, ortodoxa, diría yo, aunque no sé si es el mejor de los términos. Frente a las callejuelas umbrías y adoquinadas que las rodean, calles viejísimas que parecen haber perdido su nombre en la disposición aleatoria de edificios aún más oscuros, todo lo que hay en la Rambla parece poco real, poco auténtico o genuino (sí, ortodoxo sería el término), y cada vez me recuerda más al comienzo de una canción de Radiohead, Fake plastic trees , así que cruzamos rápido y nos metemos en el carrer Ciutadans, pero pronto me he vuelto a quedar atrás, frente a una librería en la que nunca había reparado: Librería Coiffard. Más escalofríos. Por lo que veo, se trata de una librería de viajes. Esta vez, al menos, he tenido la sutileza de decirle a Carolina que nos paremos un momento, y no soy yo quien lo dice sino ella, que se me apretuja cogiéndome de un brazo y me da un beso, sabiendo que difícilmente encuentre una respuesta a su guiño.

La diferencia entre Carolina y yo es que ella es una curiosa irreductible, yo soy un ser meramente contemplativo. Para mí el universo es estático. Así pues, cuando me he querido dar cuenta ella ya está dentro de la librería saludándome detrás del escaparate y riéndose de lo pasmado que estoy.

Cuando entro ella está al fondo del establecimiento, frente a un estante dedicado a Latinoamérica, con una guía de Perú de la Lonely Planet en las manos. Hay también esferas terrestres de todos los colores y tamaños, y pienso que si ahora me fuera del local no se daría ni cuenta. En la distancia, el dependiente me saluda con una mirada fugaz; los libreros son tipos siniestros, mezquinos algunos, e incluso maravillosos, seres híbridos, pienso, y me pongo a dar una vuelta por toda la librería trazando el mapa geográfico-literario del mundo, continente por continente, país por país, recordando las zonas que he conocido a lo largo de mi vida e interrogando aquellas en las que aún no he puesto el pie. Y de pronto pienso que esta idea no es mía, que es de Vila-Matas y que yo sólo soy un parásito literario estéril que por un momento ha creído estar haciendo algo ingenioso. No he terminado de reprender mi reflexión cuando, ciego de rabia, me doy cuenta de que también mi reprimenda es vilamatiana, y que usurpar la lucidez de alguien es mucho más grave que usurpar sus fantasías, un paso definitivo hacia la futilidad.

Llego a un estante de literatura, ‘ literatura de viatges' , reza el cartel: el primer libro que reconozco es Las venas abiertas de Latinoamérica , de Galeano, y junto a él, Danubio, de C. Magris. Cómo no, está la Odisea. También libros de Hemingway, cinco o seis de una misma editorial puestos de lado. Una biografía de Rimbaud. En el estante de abajo, más delgados y escondidos, están Tres, de Bolaño, y a su lado Sin lengua , de V. Korolenko. También está Viaje alrededor de mi habitación , de Xavier de Maistre. Sobresaliendo, veo el lomo de un libro de Isabel Allende y pienso en la diferencia entre los escritores y los escribidores, y que, al fin y al cabo, estoy en una librería, que siempre es una apuesta, pero nunca a vida o muerte. A muchos otros no los conozco. Me agacho hasta el estante de abajo del todo y me topo con un libro de poemas de Emily Dickinson. Sin duda, pienso, nunca debiera faltar un libro de Emily Dickinson en una librería de viajes.

Para cuando me levanto, Carolina está pagando un mapa de Lima y una guía de Perú. Con la bolsa en la mano, viene hacia mí y mira de reojo una esfera terrestre preciosa de color dorado. De podérselo permitir, se la compraría sin pestañear. Me coge del brazo y salimos de la librería poquito a poco, en silencio, y voy pensando que de la literatura es prácticamente imposible trazar una referencia cartográfica, y que cada libro es un nicho de su autor, porque la literatura tiene la liberación de un disparo en la cabeza, y que los libreros y quienes estamos en ellas somos –parafraseando a Vila-Matas, al que la librería le ha robado el nombre y yo todo lo demás- «atrapados entre los atrapados», y, antes de que Samsa y los escalofríos me impregnen de nuevo de una sensación que en catalán tiene una palabra –y un cuento de Joaquim Ruyra, que, como Bolaño, escribía con Sa Palomera al fondo- específica llamada basarda , me pregunto si esta última observación es mía o también es de Vila-Matas. Cuando reanudamos el paseo sobre el suelo adoquinado del carrer Ciutadans tengo la certeza de haber salido de una cámara mortuoria (quizás debería decir de una fosa común). Carolina me pregunta si me ocurre algo, pero yo, como el protagonista del cuento de Ruyra, no sé responder.

Al final de la calle está la mejor crepería de Girona, un puesto que parece un agujero en la pared, y, aunque hace menos de una hora que hemos desayunado, es sábado, y si el sábado el tiempo corre a pasos dobles, también es lógico que el hambre lo haga. Cogemos sólo una crêpe de jamón y queso, y a su primer bocado sé que los sábados por la mañana Carolina es feliz de veras, es decir, casi triste, que diría Benedetti.

Pasándonos la crêpe llegamos a un cruce, y al coger la calle de la derecha (que es el paralelo de la Rambla) pregunta por qué hemos tirado por allí. Intento decirle algo ingenioso para hacerla reír, porque llevo mucho rato callado y sé que en realidad quiere sacarme de esa especie de trance y que le importa una mierda mi respuesta, y acierto a dibujarle una sonrisa de incógnita con socarronería. El silencio me cuesta una colleja. Soy un actor estupendo.

En una terraza algo me llama la atención: dos hombres están sentados en una mesa, fumando y con un cartón de vino mientras el camarero les pide muy educadamente que para permanecer allí deben tomar algo. Van algo desaliñados y, entre risas, parecen ignorar de una forma igualmente educada al camarero. De lejos, el primer tipo, delgado, alto, calvo, con nariz aguileña, orejas de murciélago y sonrisa, cuanto menos, de cabra, se parece a Daniel Emilfork, que a su vez no se parece a nadie de este mundo, porque eso es algo físicamente imposible. Así pues, debe ser él. El segundo, de eso no hay ninguna duda, es Felipe Tongoy, el famoso actor chileno. Ambos son feísimos, aunque sólo Emilfork parece algo siniestro, y tengo la impresión de que el camarero los quiere fuera de allí a toda costa. De nuevo, un escalofrío me trepa por la espalda como los mil millones de patas de un insecto abyecto.

Ya hemos dejado atrás la terraza con Emilfork y Tongoy, y vuelvo a estar varios pasos por detrás de Carolina, que me mira con cara de estar acabándosele la paciencia por segunda vez en lo que va de mañana. A veces se me olvida que el sábado corre a pasos dobles. En una calle peatonal, una chica con un lazo amarillo enorme (es realmente exagerado) en la cabeza está bailando en medio de la calle y sonríe a quienes la miran, que somos todos. Baila con una serenidad pasmosa, pero de una forma muy ridícula, en el caso que sean términos compatibles. En el brazo, a la altura del hombro, lleva tatuados unos símbolos que parecen sacados del alfabeto Braille. Carolina me mira y se ríe burlonamente. Yo miro hacia el suelo buscando un sombrero o un cazo donde depositar las limosnas, algo que justifique esa extravagancia, pero no hay nada.

Ahora soy yo quien la sigue a ella, y aun viviendo en Girona, hemos dado tantos rodeos que no sabría decir exactamente en qué calle estoy. El Barri Vell no ha abducido. Carolina tiene una capacidad inigualable de orientación, lo que significa que tiene una capacidad inigualable para desorientarme. En una calle muy estrecha –voy caminando por el medio porque en la acera sólo cabe uno- se detiene de repente frente el escaparate de una tienda de juguetes antiguos. De golpe y porrazo estoy dentro mirando juguetes de madera y hojalata que me parecen de otro mundo, con una señora muy siniestra de pelo rizado y rubio mirándonos sin decir nada. Toda la tienda está envuelta en una atmosfera extraña, estática, intemporal, por llamarla de algún modo. Me vuelve a la cabeza la cita de Perec, y pienso que precisamente estas cosas son las que perduran en el tiempo de una forma insobornable. Al fondo de la tienda, que no es más que un pasillo abigarrado de juguetes a ambos lados, se ve la luz clara que entra por un ventanal rebelando millones de motas de polvo en el aire. Voy hasta allí y miro a través del cristal: estamos justo encima del rio Onyar, pero no parece el rio Onyar, aunque es evidente que lo es. Lo que ahora me recorre el cuerpo no es un escalofrío, o sí, pero acompañado de la sensación de euforia de quien descubre algo nuevo (un rio, por ejemplo). Carolina me pellizca el culo y me dice que ya ha visto suficiente, que nos vayamos.

Fuera intento explicárselo pero no sé, y me vuelve a mirar con esa sonrisa de complicidad y condescendencia infinita. Me sonríe. La reciente experiencia del rio me lleva a pensar que, en realidad, ella no me mira de ningún modo; quizás su mirada refleje en realidad extrañeza, quizás incluso cierto desdén, y soy yo quien reinterpreta sus ademanes desde un ángulo invariablemente fijo, tras un doble cristal o un espejo cóncavo o convexo (y ahora pienso en Parra y me cabreo de verdad ¡Porque Parra y Carolina no tienen nada que ver entre ellos, joder!). Un abatimiento me atraviesa durante un instante. Pienso que no podré conocerla jamás si no me convierto en un fantasma, en alguien despersonalizado por completo. Más escalofríos. Esto me recuerda que esta mañana, cuando me he despertado, estaba soñando que sosteníamos una conversación y que ambos habíamos llorado; más que el sueño, recuerdo la sensación de desencanto, de caducidad, una sensación oscura pero terriblemente cruda y real que ha hecho que mi inconsciente no archivara el sueño como sueño sino como recuerdo, recuerdo que ahora me hace pensar en la segunda parte de Fake Plastic Trees .

Para rematar el paseo, con la excusa de mirar una mochila que tiene vista desde hace días para cuando por fin pueda ir a Perú, salimos a la Rambla. Mientras ella mira la mochila yo me quedo fuera fumando un cigarrillo que le pido a un señor con bigote. Sale con una sonrisa radiante, aunque dentro de poco tiene que coger el tren para ir a trabajar. Andamos Rambla arriba, y de repente vemos a una chica sentada en un banco tocando una guitarra acústica. Enfrente, un hombre con un sombrero de pico en la cabeza está sentado sobre una bici de tres ruedas cargadísima de paquetes y se recoda sobre el manillar mirándola. Todo su atuendo es oscuro, parece un espectro, un fantasma, una sombra como la de la pared de mi habitación; un fantasma al que parece encantarle la música. Atado a la bici, hay un Gran Danés (o Scooby-Doo, como le llama Carolina). Él la mira muy de cerca, está a palmos de su cara, pero ella parece no verle y sigue tocando una melodía desgarradora, una apuesta a vida o muerte. El hombre ondea la cabeza al ritmo de la música sin dejar de mirarla, desgarrándose con ella.

Nadie parece darse cuenta y, guardando una distancia prudencial, nos quedamos atónitos ante ese extraño espectáculo. Los dos. El hombre le ofrece una botella de plástico de litro y medio con vino. Ella no dice nada. Sólo toca la guitarra. Él mantiene sujeta la botella esperando una respuesta. Estamos así un buen rato, pero cuando me doy cuenta Carolina vuelve a estar varios metros por delante llamándome entre el gentío.

Ya al final de la Rambla, cuando vamos a cruzar el puente que nos devuelve a nuestra calle, un señor me sale al paso y me ofrece una revista a cambio de mi voluntad. El señor, que es irremediablemente tartamudo, intenta explicarme la crisis de valores de la sociedad capitalista, nuestra potencial capacidad de acción y el nombre de su partido, que busca gente implicada como yo para poder cambiar las injusticias de la sociedad. Me invita a asistir a la conferencia que darán en el Palau de Congressos esa misma tarde. Lo escucho con atención, paciente, y cuando termina saco la cartera para darle un par de euros por su revista, pero me doy cuenta de que me he gastado lo poco que tenía en la crêpe. Aun así, le doy la mano, y el tartamudo me mira satisfecho y me la estrecha con el mismo convencimiento con el que me ha hablado.

Faltan pocos minutos para las tres y Carolina debe salir corriendo para coger el tren e irse a trabajar. El rostro le cambia por momentos otra vez. Sus sonrisas ya vuelven a ser poco menos que forzadas. No volverá hasta por la noche. El sábado transcurre a pasos dobles, y ahora parece que sean triples.

Como no quiero quedarme solo, cojo unas monedas de encima la mesa del comedor y salgo hacia la Rambla otra vez. En el mismo banco, la guitarrista y el espectro están ahora sentados juntos y beben el vino de la botella de plástico y se besan y se abrazan. La guitarra está a un lado, junto a Scooby-Doo, que permanece sentado, atado al cuadro de la bici mirándolos con la lengua fuera. Llego hasta el puente y me paro un momento a mirar al tartamudo. Intenta parar a casi todo el mundo, pero incluso las viejitas lo esquivan con una indiferencia digna de admiración. Le toco la espalda y le enseño los dos euros. Vuelve a mirarme, más complacido aún, y corre hacia la mesa de jardín de plástico que tiene montada a un lado de la calzada para darme, no uno, sino dos números de la revista de su partido. Me vuelve a encajar la mano y me sonríe. Reconozco esa sonrisa exagerada, grande y amarillenta. Me da las gracias con torpeza.

Decido volver por donde he venido. La guitarrista y el fantasma del sombrero de pico siguen allí abrazados y apenas los miro. Justo unos pasos más adelante, pero, está la chica del lazo amarillo, en medio de la Rambla, chillando y llorando como una posesa. No mira a nadie, y pocos la miramos, porque el lazo simpático y exagerado de antes parece ahora el atuendo de un loco peligroso, la confirmación de que se trata de alguien que puede seguir llorando o iniciar una matanza de un momento a otro, un ser imprevisible al que ahora ya no es seguro mirar a los ojos.

El nuevo cuadro me sorprende, y un poco confundido decido llamar a Carolina. Descuelga en el momento en que está subiendo al tren y la oigo entrecortada. Le cuento lo que me acaba de pasar.

-Cariño ¿no cabe la posibilidad de que sean actores?

Digo que sí, que claro que cabe esa posibilidad, pero lo digo sin convencimiento. Aprovecho la falta de cobertura para colgar sin decir adiós, y pienso.

 

 


© Chema Torrent Santamaría


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