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Princess

por Emilio Chapí Verdú

 

Marta conoció a Salva Escrich una noche en una discoteca. Ella estaba acodada en la barra y el le daba puñetazos en la cara a uno de sus amigos. Luego fueron al piso de Salva y lo hicieron a cuatro patas en el sofá de cuero.

Hasta ese momento había sido una noche bastante alegre para Marta y su hermana mayor Julia que acababa de regresar a la ciudad tras pasar un año de prácticas en París. Una de esas noches que pasan entre botellines de cerveza y recuerdos de la infancia. Era veintidós de diciembre y su familia se preparaba para celebrar las navidades como siempre lo habían hecho; asfixiando a todo el mundo con peticiones absurdas y compras descabelladas. Julia, que llevaba solo un día en la ciudad, estaba sentada en el sofá junto a Marta mientras su madre sacaba los recargados adornos de una caja de cartón y los colocaba en el salón de los Caro en el mismo orden en que los había colocado desde que las dos hermanas tenían memoria. Su padre, cuidadoso con su aspecto como siempre, entraba y salía luciendo distintos conjuntos de americana y pantalón; esperando la aprobación de sus hijas y de su mujer que le miraban distraídas, conscientes de que poco podían aportar por mucho que él se empeñase en hacerlas participes del vestuario que llevaría en Nochebuena, cuando sus cinco hermanos y los cuatro de su mujer fuesen a cenar. En total se juntaban más de veinte personas entre cuñados, primos y parejas diversas que se refugiaban asustadas en la cocina a fumar cigarrillos.

Después de cenar comida china: un rollito para cada uno, dos platos de tallarines, uno de arroz tres delicias y una ración de pollo al limón; las dos hermanas se enfundaron sendos vestidos ajustados, intercambiaron zapatos de tacón y se maquillaron a la vez en el cuarto de baño; dándose codazos y empujones como cuando tenían dieciocho y dieciséis años respectivamente. Su madre, con las luces de navidad liadas y reliadas, como siempre se encuentran las luces de navidad de un año para otro por mucho que nos empeñemos en guardarlas con el máximo cuidado, las observaba desde el pasillo, alegre de volver a tener a sus dos hijas en casa.

-¿Que tal los chicos de Paris? -Preguntó Marta, descarada como siempre.

Habían huido de la casa de sus padres y de la habitual locura navideña, antes de que a su madre se le ocurriese alguna petición descabellada: como que bajasen al veinticuatro horas de la esquina a comprar turrón: porque, según ella, a su padre le daban cada vez menos en la caja y con eso no iban a tener suficiente para alimentar a toda la familia, aunque todos los años sobrasen más de tres barras. Las dos hermanas se encontraban plácidamente sentadas en el interior de un bar, fuera el viento era frio y el cielo estaba encapotado. Los abrigos colgaban del respaldo de los asientos, helados al tacto y aun húmedos por la lluvia que les había sorprendido en el camino y que ya parecía amainar.

-Pues he conocido a alguien, no se lo digas a los papas -Contestó Julia -. Se llama Jean Paul.

-¿Sartre? ¿Gaultier?

-No, Grenouille.

-Ya me lo imagino: alto, delgado, con aspecto entre triste y melancólico y siempre enganchado a un cigarrillo de tabaco de liar; con una boina negra sobre los ojos y una baguete bajo el brazo.

-Que va. Es rubio y tiene unos enormes ojos azules en los que da ganas de zambullirse. Sí que es alto, y a veces lleva boina, pero no fuma -Julia término su cerveza y pidió otra ronda.

-Entonces ¿Va en serio?

-Bastante, me mude a su piso y he vivido con él los últimos cuatro meses. He decidido volver a Paris después de navidad, pero no sé como decírselo a los papas; temo que se lo vayan a tomar mal.

-¿Qué vas a hacer en Paris? El contrato de prácticas se te ha acabado.

-Uno de los amigos de Jean Paul; Renat, un chico bastante guapete, haríais, buena pareja, está trabajando en un comic. Es un proyecto muy “Slice of life” y me ha pedido que haga los dibujos. Creo que podía ser algo grande, Renat tiene muy buenas ideas. Después de eso ya veremos, no quiero agobiarme sin haber llegado a empezar.

-Me acompañas fuera a echar un pitillo –Dijo Marta interrumpiéndole. Secretamente siempre había envidiado a su hermana y no soportaba la idea de que todo le fuese tan bien.

Caminaron hasta la puerta y apoyaron los botellines de cerveza en la alta mesita que el dueño del bar había colocado allí con un cenicero de latón, publicidad de una conocida marca de coñac, para que los clientes pudiesen fumar sin alejarse demasiado de su local. Marta sacó un paquete de tabaco del bolso de baquelita rojo y le ofreció uno a su hermana que aceptó a regañadientes diciendo: «solo uno». En la calle hacía un frio tremendo y las dos hermanas, erguidas en toda su estatura, heredada de su padre, fumaban encogidas y soplándose las manos para entrar en calor. El viento gélido hacia bailar las faldas de sus vestidos que amenazaban con elevarse por encima de la cintura y jugueteaba con sus melenas lisas y negras. Nadie podía negar que fueran hermanas; aunque Marta era unos orgullosos dos centímetros más alta y tenía los ojos más grandes y la nariz respingona, compartían la mayoría de los rasgos faciales; y muchos de los gestos y muecas con los que amenizaban las conversaciones habían sido aprendidos de su madre en la más tierna infancia.

-No me has contado nada de ti ¿Qué tal te va? –Pregunto Julia dando una calada que en realidad no le apetecía y expulsando el humo rápidamente sin llegar a aspirarlo de verdad.

-Sigo escribiendo y me he apuntado a un cursillo de escritura creativa, pero creo que no me lleva a ninguna parte. La mayoría de mis compañeros no son más que unos engreídos y arrogantes chupapollas. En realidad no consigo terminar nada decente y suelo borrar todo lo que escribo antes de terminar; solo tengo un puñado de historias a medias que no me apetece acabar ¿Sabes eso que dicen del miedo a la página en blanco? ¡Todo mentira! Para mí lo frustrante de verdad es el asco del folio escrito. Tengo bastantes ideas, algunas de ellas buenas, otras malas y la mayoría horribles; pero cuando releo lo que llevo escrito me parece una autentica basura. Si intento hacer algo inteligente quedo como un patán; si intento ser un patán soy tan pedante que doy asco; eso cuando no son las dos cosas a la vez.

-Te pasa lo mismo que me pasaba a mí hace un año. Necesitas salir de aquí, esta ciudad es un yermo cultural. En París hay infinidad de bares con ambiente literario y cafeterías-librería. A todas horas puedes ver a gente escribiendo, dibujando o incluso componiendo música con sus ordenadores portátiles. Lo más cerca que estuve de dibujar un comic mientras vivía aquí fue cuando colabore con Roberto, y ya sabes cómo acabó aquello.

-Intentó meterse en tus bragas –Apuntó Marta –Ya lo sé que no es la ciudad ideal para escribir, pero no puedo simplemente salir corriendo como vas a hacer tú. No puedo dejar a los papas solos. Ya va a ser bastante duro para ellos aceptar que no vas a volver, perder a sus dos hijas podría con ellos.

-Nos han criado para que volemos del nido, no pueden esperar que pasemos toda la vida al lado suyo ¿Por qué no te vienes conmigo a París? Te haremos un hueco en el piso de Jean Paul, es bastante grande y tiene una buhardilla llena de trastos en la que podrías quedarte. No creo que le importe, y si no le convenceré.

-Ya me imagino como lo vas a convencer –Dijo Marta abriendo la boca mientras apretaba la lengua contra el interior de la mejilla y movía la mano como si chupase una polla.

-Eso se lo hago gratis –Dijo Julia con una sonora carcajada -, pero solo si me devuelve el favor. No, en serio, vente a París conmigo, no hay nada que te retenga aquí; y no me digas que los haces por los papas porque eso es una escusa barata. Además, a Renat le encantaría tener a alguien tan creativo como tú para ayudarle con el guión, le está costando mucho hacer encajar los diálogos. Y yo disfrutaría muchísimo trabajando, aunque sea solo una vez, con mi hermanita pequeña en vez de tirarnos de los pelos.

-Pasaríamos todo el día discutiendo ¿No te acuerda que cuando éramos pequeñas no podíamos ni siquiera jugar juntas? Tú querías ponerle a la Barbie un traje de ejecutiva y yo lo único que hacía era desvestirla y hacer como si follaba con Ken –Julia miro a su hermana con ojos de cordero degollado y con el labio inferior sobresaliendo de su boca –Vale, me lo pensaré. Pero no es nada seguro te lo advierto.

Dos horas más tarde las dos caminaban por el irregular adoquinado del barrio del Carmen; un autentico espectáculo de funambulismo sobre los imposibles zapatos de tacón alto. Continuamente trastabillaban y caían una en brazos de la otra sin poder parar de reír, más que por lo cómico de la situación por los cuatro tercios que habían trasegado. Julia fumaba sin parar; ignorando completamente lo que había dicho anteriormente, terminando así con las existencias del bolso rojo de baquelita que Marta ya no sabía de que parte de su cuerpo colgar para que no fuese un incordio. Las dos entraron en un kebab que abría toda la noche; de hecho ese era el único momento en el que abría. Los dos hindús que lo regentaban miraban sin mucho interés una película bollywood preñada de música de citara y canticos, esperando la hora punta de ese negocio que se producía entre las cuatro de la mañana y las nueve; cuando todos los jóvenes entraban en estampida pidiendo kebabs para matar la hambruna post-droga. Los dos hombres, sudorosos y aburridos miraron como las dos hermanas sacaban tabaco de la maquina con bastante dificultad y se volvían a marchar con un «Adiós guapetones».

Poco después entraban en una de las escasas discotecas que tenía permitida la apertura más allá de las tres de la mañana. Era un edificio de tres plantas al que habían desprovisto de los muros que dividían las distintas viviendas y que, ahora, albergaba una barra en cada piso y una pista de baile en lo que antes había sido la portería. El dj pinchaba un “drum & bass” estridente que obligaba a los bailarines a agitarse y convulsionarse como si sufriese una taque epiléptico continuo para intentar seguir el ritmo. Marta y Julia asaltaron la barra pidiendo cada una la bebida de la otra; después intercambiaron los vasos de tubo sonriendo, felices por haber recordado la bebida preferida de la otra a pesar del año que habían pasado separadas.

Bebían despacio, vodka con limón para Marta y ron con cola para Julia, hablando entre ellas con la voz en grito en un vano intento por superar los decibelios con los que atacaban los altavoces del techo. Julia tironeo de su hermana con vehemencia intentando atraerla hacía la pista de baile, pero Marta clavo los tacones en el suelo y permaneció en lo alto del taburete; siguiendo el ritmo de la música con la cabeza y dando sorbos a su copa. Julia se lanzo a la pista de baile entusiasmada; las manos en el aire y moviendo las caderas; con el pelo negro volando a su alrededor y una amplia sonrisa.

Marta odiaba aquella capacidad de su hermana para desinhibirse; solo necesitaba un par de copas y una canción animada para soltarse la melena, bailar toda la noche y acabar conociendo a más de la mitad de los chicos de un local. Ella, en cambio, pese a su lenguaje descarado e intencionadamente provocativo, albergaba en su interior una barrera invisible, un muro de pesados ladrillos, que le impedía actuar de forma extrovertida; era como si fuese incapaz de seguir el ritmo que de sus propias palabras y sus pensamientos. Allí sentada, observando a su hermana rodeada de chicos embelesados con su forma de moverse, aun indecisos sobre si debían lanzarse a bailar con ella o permanecer mirando, se consolaba pensando en lo soez de aquellos actos que nada aportaban y a nada conducían. Ella era una escritora y, por lo tanto, poseía un mundo interior mucho más rico que los de aquellos que bailaban desbocados en la pista, se le permitía ensimismarse aun estando rodeada de gente; aunque lo que en realidad hacía era cerrar los ojos y contar los minutos que quedaban hasta encontrarse de nuevo frente al teclado de su ordenador.

Cerca de los baños distinguió Marta la amplia figura de Pedro Cubillos. Era un estudiante del cursillo de escritura creativa al que Marta asistía los lunes y los miércoles. Un poco mayor que ella y de complexión cercana a la obesidad, Pedro mantenía un intencionado y superficial aspecto bohemio a lo Bob Dylan; con el pelo rizado y despeinado, gafas oscuras y una larga bufanda a rayas de colores. Se encontraba hablando con otros dos chicos de gesto entre aburrido y hastiado. El sudor, que normalmente empapaba su ropa, había dibujado en su espalda la silueta de una suntuosa polla invertida.

Si hubiese una forma de medir los progresos o la bondad de los alumnos de aquel cursillo probablemente esta sería calculada a partir del número de relatos publicados en algún medio; y de entre todos él seguramente se situaría a la cabeza. Por desgracia, según esta clasificación, que en realidad nada significa, Marta estaría en la base de la lista con un rotundo cero en su haber. Conocedor de este hecho Pedro presumía ampliamente frente a sus congéneres cada vez que uno de sus escritos se colaba entre las páginas de alguna revista, y normalmente se tomaba diez o quince minutos de las dos horas de clase para leerlo en voz alta esperando algún tipo de ovación al final.

Marta, encogida en su taburete metálico, se giró quedando de cara a la barra y al musculoso camarero negro con la cabeza rapada, deseando que Pedro no la viese, y si la veía que no la reconociese, y si la reconocía que no la saludase. De poco sirvieron las plegarias o el encogimiento de hombros intentando ocupar el mínimo espacio posible en el pedestal de metal. La barra de madera en la que se servían las bebidas se combo ostensiblemente bajo el peso de Pedro que se había colocado en el hueco que antes había ocupado su hermana. Una mano, fofa y gorda, esa misma mano con la que saludaba todos los días a sus compañeros del cursillo y que tendía como si fuese un gran pedazo mal cortado de jamón cocido, se poso sobre las caderas de Marta.

-Hombre, si es Marta Caro –Dijo Pedro gritando por encima de la música.

Llevaba un fino cigarrillo de tabaco que nunca había sido encendido colgando blandamente de sus finos labios y un par de rizos castaños se adherían a su frente pegajosa.

-Hola Pedro –Contestó Marta zafándose de la blanda manaza que amenazaba con descender hasta su trasero.

-Está bien este local ¿Verdad? Yo llevo toda la noche aquí –El cigarrillo se desplazo a lo largo de su boca como movido por una cinta trasportadora -¿No bailas?

-La verdad es que no me apetece –Dijo Marta distraída.

-A mi tampoco, no me gusta bailar demasiado. Pero ver a toda esta gente eufórica, rozándose unos con otros, los excesos, la sexualidad en el aire… es realmente inspirador ¿No crees? Desde que estoy aquí ya se me han ocurrido tres ideas para relatos.

Marta, mientras intentaba mantener la mirada lo más lejos posible de aquel sonrosado rostro sudoroso, pensó que a ella nunca se le había ocurrido utilizar a aquella muchedumbre como musa, de hecho nunca había usado nada parecido a una musa y dudaba de si existía semejante cosa. Ella se limitaba a colocarse frente al teclado, pensar intensamente durante media hora y luego aporrearlo el resto de la noche, hasta que se le cerraban los ojos o salía el sol, lo que sucediese antes.

Con un gesto firme Pedro atrajo la atención del camarero y pidió un whisky con hielo, más para aparentar que por deseo propio.

-¿Qué tomas? Yo invito –Preguntó sacando una cartera de cuero del bolsillo trasero del pantalón vaquero.

Marta pidió otro vodka.

-Estoy intentado escribir una novela –Confesó Pedro hinchando el enorme pecho que apenas cabía en la camiseta gris –Digo intentando porque no sé si conseguiré terminarla. A ver, tengo una idea bastante solida y que da para escribir; ya llevo tres capítulos, casi cincuenta páginas. Además tengo un amigo que trabaja en una editorial, le he contado de qué trataba y le entusiasmo, me ha pedido que se lo envié en cuanto lo tenga terminado.

-¡Vaya! Me alegro mucho –Dijo Marta.

-Me gustaría que leyeses lo que llevo hasta ahora, me vendría bien las críticas de otro escritor. Creo que de toda la clase eres la que más talento tienes, mucho más que yo – La aduló Pedro con una sonrisa torcida que intentaba mantener el cigarrillo entre sus labios –Es una lástima que no le dediques más tiempo.

Ofendida por aquel comentario Marta reprimió su ira bebiendo un largo trago de su vaso de tubo alimonado. Estaba enfadada, y no solo por el hecho de que aquel tipejo insulso y pedante fuese a publicar un libro mucho antes de que ella fuese capaz de ver un solo relato suyo en una revista. Una profunda frustración le embargaba comiéndosela lentamente de dentro hacía fuera. Se sentía incapaz de hilvanar más de tres páginas seguidas y coherentes. El estilo narrativo se le escurría entre los dedos y ella lo sabía; no podía mantener el ritmo de la narración. Si un día comenzaba a escribir como Chuck Palahniuk al siguiente retomaba el relato con un estilo más propio del siglo dieciocho.

Pedro siguió hablando mientras Marta asentía con una sonrisa que en realidad nada quería decir. Su mente se encontraba frente a su ordenador en aquel cuarto que cada vez se hacía más pequeño mientras ella intentaba retomar alguno de sus viejos relatos y terminarlo de una vez por todas, de una sentada, sin dejar una sola rendija por la que la narrativa pudiese escapar.

Y siguió asintiendo con los ojos en blanco, y Pedro siguió hablando de los pasos necesarios para cualquier escritor y como él los seguía a rajatabla. Cuando Marta se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde, las manazas muertas y húmedas de Pedro se habían posado de nuevo en sus caderas, esta vez las dos a la vez, una a cada lado de su cuerpo. La enorme cabeza despeinada se acercaba a su cara con la boca abierta, libre del cigarrillo sin encender, esperando la misma reacción por parte de ella. Pedro introdujo salvajemente una lengua ancha y rugosa en su boca, moviéndola frenéticamente, intentando apasionadamente llegar a todos los rincones de aquella húmeda cavidad con sabor a vodka con limón y cigarrillos.

Marta trato de apartarle, pero el peso de la gigantesca corpulencia de Pedro impedía casi cualquier movimiento que no se realizase de manera acompasada con el bamboleo de su cuerpo. Lo oía respirar pesadamente por una nariz que abría de par en par los agujeros parecidos a cuevas velludas. El bulto formado en el pantalón de Pedro rozo en más de una ocasión sus rodillas que se apretaban entre sí cerrándole la entrada. Intentó gritar, pero aquel apéndice carnoso ocluía su garganta; los vanos esfuerzos malgastados en producir algún sonido eran confundidos con desfogados gemidos de placer por su agresor; que redoblaba los esfuerzos por introducir la lengua más y más en la garganta de Marta con la clara intención, pensó ella, de llegar hasta su estomago para comprobar que contenía.

Confusa y asustada, pensando que en breve sería víctima de una violación en medio de una discoteca, rodeada de gente que no miraba en su dirección y a escasos metros de su hermana que seguía bailando, Marta Caro mordió con fuerza aquella lengua viscosa que la atacaba desde dentro. El sabor ferroso de la sangre de Pedro inundo su boca, la notaba manar a borbotones con cada latido del apresurado corazón de su agresor. Pedro se apartó un paso de la barra y Marta escupió en el suelo la sangre sobrante que amenazaba con colarse por su garganta. Comenzó a decir algo que le explicase que todo había sido un malentendido y que sentía haberle mordido tan fuerte, pero Pedro, que tenía los ojos desorbitados y un par de gruesas lágrimas rodaban por sus mofletes sonrosados, se metió los dedos en la boca y los saco manchados de rojo. El rostro de Pedro era la máscara desencajada de algún dios iracundo dispuesto a la venganza. Levantó uno de aquellos rollizos brazos casi desprovistos de pelos por encima de la cabeza, dispuesto a descargar un tremendo golpe sobre ella. Marta se encogió en su taburete sintiendo el dolor en su cuerpo y en su rostro mucho antes de sufrir el terrible mazazo propinado por aquel pedazo de jamón cocido. De la nada apareció otra mano, fuerte y varonil, que sujetó el brazo de Pedro por el codo dejando su mano levantada en el aire y colgando floja. El hombre propietario de aquella mano empujo a Pedro apartándolo de ella y colocándose entre los dos.

-Tranquila –le oyó decir.

El resto de la escena trascurrió a una velocidad que a Marta le pareció irreal. Pedro y aquel hombre desconocido que la había salvado cruzaron varias frases que ella no llego a oír. El hombre se erguía en toda su estatura, hinchando el pecho de manera amenazante bajo la camisa blanca. Pedro se lanzó de nuevo en su dirección con la cabeza por delante, al igual que un jugador de futbol americano se lanza contra uno de sus contrincantes en posición del balón. El puño del hombre de la camisa blanca golpeo de plano contra la blanda mejilla de Pedro que vibro como si estuviese hecha de gelatina y no de carne. Cayó al suelo en redondo boca arriba y el hombre se colocó sobre él bloqueándole los brazos con las rodillas. Sus puños golpearon una y otra vez el rostro de Pedro mientras agitaba cómicamente las manos gordezuelas como única defensa. Pedro gritó anunciando su derrota y el hombre se levantó del suelo y, agarrando del brazo a Marta, la sacó del local.

-Mi hermana… -Gimió.

Lo siguiente que recordaría Marta es encontrarse en un banco de un parque a un par de manzanas de la discoteca. Se hallaba sentada y abrazada a su hermana que le acariciaba la espalda, tal como hacía cuando eran pequeñas y ella se había hecho daño al caerse de la bicicleta. El hombre, que se presentó como Salva Escrich, estaba con ellas, de píe frente al banco y limpiándose los nudillos magullados con un pañuelo de papel blanco.

Las acompañó a casa y en el portal, bajo las luces amarillas de una farola, Marta le pidió a su hermana que les dejase a solas un momento. Julia subió a casa de sus padres y Marta, arrebujada en su abrigo, miraba los ojos azules de aquel hombre que la había salvado sin saber muy bien que decir. Lo miró y lo remiró y él tampoco dijo una sola palabra, solo sonreía con su mandíbula cuadrada haciendo aparecer unas finas arrugas en la comisura de sus ojos. Marta, movida por un impulso que ni ella misma entendía, sintiendo como el muro interior se desmorona, le besó inclinando levemente la cabeza hacia un lado, y con una mano helada le acarició el rostro suave y afeitado. Los brazos de Salva se abrieron y ella penetro en el interior del abrigo de tres cuartos; una oleada de calor la inundó por completo haciéndole sentir que aquel era el hogar que tanto tiempo había estado esperando; él era su brasero y no pensaba apartarse por lo menos en lo que quedaba de invierno.

-Deberías subir a tu casa princesa –Dijo Salva.

-No me has dado ocasión de agradecerte lo suficiente lo que has hecho por mí esta noche ¿Qué te parece si vamos a tu casa?

Marta se despertó la mañana siguiente con la cabeza apoyada en el pecho de Salva y el pelo, negro como el carbón, desparramado sobre su torso y colándose por el sobaco. Contó su respiración e intento acompasarla con la suya. Salva roncaba suavemente, algo parecido a un zumbido de placer al estar dormido. Ambos se encontraban desnudos bajo las sabanas y por las cerradas ventanas se colaba, tenue, el ruido de una máquina de barrido que pasaba por la calle en aquel momento y daba marcha atrás una y otra vez produciendo un sonoro pitido. Estiró la espalda como un gato, le besó el diminuto pezón oscuro y, con la mano que le quedaba libre, le acarició el suave y terso vientre usando las yemas de los dedos.

-Veo que estas despierta princesa –Marta rodó sobre él, sonriendo y girando los ojos como toda contestación -¿Qué tal un café para despertarnos? ¿Cómo te gusta, solo, con leche, con un chorrito de ron?

-Déjame que lo prepare yo –Contestó.

Se levantó de la cama dejando que las sabanas descubriesen poco a poco su cuerpo desnudo ante él. Sin dejar de sonreír se coló dentro de la camisa que él había llevado la noche anterior y se dio cuenta de que un par de manchas de sangre ensuciaban la pechera.

-Lo tomas solo ¿Verdad? –Preguntó.

-Sí, ¿Cómo lo sabes?

-Te pega. Pareces el típico hombre que bebe café solo, come carne roja y rescata a chicas inocentes en discotecas.

-Ese soy yo –Dijo Salva incorporándose.

-No te muevas –Ordenó Marta –Ahora te lo traigo.

Fue a la cocina y reapareció unos minutos después con dos tazas humeantes. Le dio una a Salva y apoyó la otra en la mesita de noche.

-¿A qué te decidas? –Preguntó tumbándose en la cama y encendiendo un cigarrillo –Aparte de ser un caballero andante me refiero.

-Soy contable.

-Parece aburrido.

-No está mal, a mi me gusta ¿Qué hay de ti?

-Soy… bueno, intento ser escritora –Contestó incomoda.

-¡Vaya! Y ¿Qué escribes?

-En realidad poca cosa. Intento terminar algunos relatos para ver si me los publican en alguna revista. No es como si tuviese un superventas ni nada parecido.

-Me gustaría leerlos ¿Sabes? Podrías escribir sobre esta noche y como nos conocimos. –Dijo Salva.

-No sé. Oye, no te he preguntado porque viniste a ayudarme.

-Ya sabes soy un caballero andante –Dijo Salva con una amplia sonrisa en la que Marta se perdió por unos instantes –No, en serio. Te había visto antes y tenía pensado ir a hablar contigo, tienes ese aire entre distraído y melancólico que es tan atractivo. Cuando te vi con ese tipo creí que era tu novio, pero entonces intentaste librarte de él, él levantó el brazo y supe que tenía que hacer algo. No podía dejar que nadie pegase a una chica tan preciosa como tú.

Marta regresó a casa de sus padres poco antes de la hora de comer y entró de puntillas esperando una reprimenda por haber pasado la noche fuera sin haber avisado. Por suerte Julia, en un acto del que solo son capaces los hermanos y los amigos de verdad, había tapado la escapada romántica contándoles a sus padres una elaborada historia que involucraba a una amiga de las dos, a un novio cabrón y una botella de pastillas para dormir.

Las Navidades acabaron tal y como era tradición, haciendo un viaje relámpago a las tiendas para devolver todos aquellos regalos recibidos y que no eran de su agrado. La relación de Marta avanzaba desbocada; cuajada de cenas romanticonas en restaurantes elegantes en las que los dos enamorados poco se decían y se dedicaban a perderse uno en los ojos del otro y a comer cogidos de la mano; y que acababan en noches de sexo en la cama de Salva antes de quedarse dormidos. Durante casi un mes marta no se acercó al teclado más que para enviarle interminables correos electrónicos a Salva que siempre remataba con un «Tu princesa» o un «Besos mi caballero andante». Sabía que debía escribir, que tenía que escribir como si fuese una obligación de la que poco puede hacer para escapar pero aun así conseguía evitar todos los días; mientras miraba el reloj esperando a que llegasen las seis y media y el pasase por casa de sus padres a recogerla en su polo azul.

Julia volvió a París tal y como había anunciado; sus padres lloraron durante algunos días en una curiosa mezcla de tristeza y felicidad al ver que sus dos únicas hijas crecían y se apartaban cada vez más del nido. En la terminal del aeropuerto se despidieron las dos hermanas con efusivo abrazo mientras el tumulto de maletas y viajeros iba y venía sin detenerse ni un instante.

-Si en algún momento cambias de idea puedes venir con nosotros, no lo dudes –Dijo Julia.

-Gracias, pero creo que me quedare por aquí un tiempo más. Ahora tengo a Salva y, en estos momentos, es más real y más importante que la idea de escribir o la imagen que tengo de mi misma delante de un teclado.

Julia se perdió entre la multitud que hacía cola para franquear el control antes de entrar en la puerta treinta y dos desde la que despegaría el avión que la llevaría a París.

Como el crecer de una planta o el madurar de un niño, como uno de esos cambios graduales de los que nadie parece darse cuenta pero que aun así ocurren, Marta pasaba cada vez más tiempo en casa de Salva, aunque él no estuviese allí. Despertaba a su lado y fingía seguir dormida mientras él se levantaba pesadamente de la cama y caminaba en silencio hasta el cuarto de baño intentando no hacer ruido para no despertarla. Le oía mear un potente chorro y peinarse el pelo corto y negro con abundante agua. Luego iba a la cocina y el sonido de la cafetera resonaba por la habitación hasta que Salva se daba cuenta de que la puerta seguía abierta y la cerraba con cuidado. Cuando la volvía a abrir el aroma a café recién hecho inundaba el dormitorio y Salva, caminando de puntillas, abría el armario de dos puertas marrón que albergaba ahora bastante de la ropa de Marta; con mucho cuidado se abotonaba la camisa, anudaba al cuello la corbata que había escogido a oscuras y se ponía los pantalones. Aun descalzo volvía al cuarto de baño y se lavaba los dientes. Por último se calzaba unos mocasines mientras se ponía la chaqueta y salía por la puerta.

Tras oír la puerta cerrarse con cuidado Marta salía de la cama, se preparaba una buena taza de café y encendía el portátil de Salva sobre la mesa del comedor; colocaba un cenicero de cristal al lado del ordenador, encendía un cigarrillo y estiraba los dedos sobre el teclado. Con el procesador abierto y la hoja en blanco mirándola directamente a los ojos castaños pensaba «Hoy voy a escribir» Pero su mente volaba lejos de la página y el cursor parpadeante. Escribía unas pocas tímidas palabras que borraba una y otra vez, y se descubría pensando que el baño estaba sucio o que no quedaba chorizo en la nevera para preparar lentejas. Entonces se levantaba de la mesa y limpiaba la casa, hacía la compra, preparaba la comida o leía un libro tumbada en el sofá de cuero prometiéndose que en cuanto terminase el ciclo de la lavadora y tendiese la ropa se podría a escribir. Pero el momento nunca llegaba, y cuando volvía a sentarse frente al ordenador el cursor seguía parpadeando en el inicio de la hoja en blanco y eran casi las seis, Salva saldría pronto de trabajar y no merecía la pena ponerse a escribir.

Por las noches se tumbaba en la cama y se agarraba a la polla de Salva que a veces se ponía dura y a veces no, dependiendo del cansancio y el estrés que el trabajo le hubiese producido aquel día. Marta giraba inquieta en su lado de la cama, escuchando los leves ronquidos de Salva, aquel placido zumbido que indicaba que ya se encontraba profundamente dormido. Finalmente se dormía tras jurarse a sí misma que al día siguiente ya no habrían escusas y pasaría toda la mañana y toda la tarde frente al teclado, sin importar que Salva estuviese a punto de llegar o que la suciedad de la casa estuviese acumulándose; no se levantaría de la silla hasta haber llenado diez hojas a doble espacio y letra Times New Roman tamaño doce.

Un fin de semana se encontraban los dos tumbados en la cama después de haber follado, ella tenía la cabeza grácilmente apoyada sobre su pecho y fumaba un cigarrillo que dibujaba una fina línea de humo hasta el techo. La mano de Pedro estaba sobre uno de sus pechos, cubriéndolo completamente y produciendo una agradable sensación de calor. Las ventanas abiertas dejaban entrar una caprichosa primavera especialmente calurosa que arrastraba el aroma de las naranjas.

-¿En qué piensas? –Preguntó Marta.

-Deberías venir a vivir conmigo. Ya pasas la mayor parte del tiempo en esta casa y todas tus cosas están aquí. Nunca lo hemos hablado pero creo que es hacia dónde va esta relación. Quiero que sepas que me parece bien. Con mi trabajo puedo mantenernos a los dos mientras tú escribes princesa.

Marta cerró los ojos con fuerza, suspiró y dijo:

-Hay una cosa que lleva dándome vueltas en la cabeza durante mucho tiempo y hasta ahora no he conseguido entenderla del todo ¿Sabes? Siempre se dice que las mujeres estamos condicionadas por nuestra educación. Dicen que desde pequeñas todos nuestros juguetes nos enseñan que el camino bueno, el camino correcto es buscar un marido, tener hijos y cuidar de la casa. Jugamos con barbies y con bebes quejicas que no nos dejan un solo momento para descansar. Imaginamos que hacemos la compra, que preparamos la comida y limpiamos una habitación ficticia pintada de rosa. Continuamente nos bombardean con películas en las que princesas ricas y divinas de la muerte esperan ansiosas a que sus caballeros fornidos y hermosos las rescaten como si no fuesen capaces de nada más en su vida. –Marta hizo una pausa y notó como la sangre se agolpaba en sus sienes martilleándolas –La verdad es que vosotros tampoco lo tenéis nada fácil. Todos los cuentos, desde la Odisea hasta la leyenda de Zelda, no son más que la misma vieja historia del guerrero en busca de su princesa. Y no importa que ciudad debáis arrasar o porque tubería haga falta que os arrastréis; sea cual sea el reto la recompensa esta clara: hay una mujer al otro lado de la prueba, esperándoos con los brazos abiertos, dispuesta a comeros la polla. Tenéis que ser duros, poderosos, capaces de proporcionar seguridad a vuestra casa; si no sois capaces de traer el pan ya os podéis ir largando. Así que lucháis por vuestras mujeres como si no hubiese otra razón por la que luchar. Todos los hombres buscáis a la princesa de rizos dorados en lo alto de una torre custodiada por un dragón. Y una vez la está en vuestro poder la protegéis con vuestra vida; absorbéis los golpes, filtráis la realidad para que ella solo tenga caricias en la cama y en la pequeña burbuja. Eso os hace infelices mientras arrastráis vuestros cansados pies todos los días de casa al trabajo y del trabajo a casa enfadados.

-Eso no responde a mi pregunte princesa ¿Vas mudarte conmigo o no? –Preguntó Salva enfadado.

-No, no voy a vivir aquí contigo.

-¿Por qué no?

-Me marcho a París Salva –Dijo marta poniéndose de píe y caminando decidida hacía el sillón donde había dejado su ropa.

-¿Cómo que te marchas a París? ¿Cuándo? ¿Por qué no me has dicho nada?

-Lo acabo de decidir Salva. Me marchare en el próximo avión que vuele hasta allí. Puedes hacer con mis cosas lo que te dé la gana, solo me llevaré lo que me quepa en una maleta.

Marta metió en la pequeña maleta azul que siempre usaba cuando volvía a casa de sus padres toda la ropa que pudo sin preocuparse de doblarla para que no se arrugase por el camino. Salva la perseguía por todo el piso, aun desnudo, buscando una explicación que ella era incapaz de darle pero que los dos ya sabían. De camino a casa de sus padres se permitió llorar mientras andaba arrastrando la pequeña maleta en la que llevaba todo lo que quedaba de su vida en aquel momento. En un par de ocasiones se sintió tentada de volver al piso de Salva para pedirle perdón de rodillas o como hiciese falta; pero no lo hizo. Subió al piso de sus padres, se encerró en la habitación en la que tantas horas había pasado intentando escribir y llamó a Julia mientras reservaba por internet un billete de ida hasta el aeropuerto Charles De Gaulle para el miércoles siguiente. Imprimió los billetes apago el móvil que había estado ignorando durante todo el camino y que seguía sonando insistentemente y se puso a escribir.

Dos meses después Marta observaba, desde la ventana abuhardillada de la pequeña habitación que le habían prestado, como los habitantes de aquella región de París paseaban agradecidos por el sol estival que acariciaba las calles y hacía brillar las hojas de un verde radioactivo. Se encontraba frente al ordenador, y desde que llegó a París no había pasado un solo día sin escribir; ya fuese uno de los incontables relatos que terminaba sin problemas o los enrevesados diálogos para Renat. En la diminuta mesa de madera descansaba un cenicero de metal atiborrado de colillas y una taza de café que hacía semanas que nadie lavaba pero que ella seguía usando todos los días. Poco le importaba el estado de la habitación, el polvo que se acumulaba en las mesitas de noche, la ropa distribuida aleatoriamente o que su única comida para aquel día fuese medio sándwich de pavo del día anterior.

La pantalla tintineo informándole de que acababa de recibir un nuevo correo electrónico. Como cada vez que sonaba aquella campanita abrió la bandeja de entrada con la esperanza de que fuese la contestación de una de las revistas, quizás una de las importantes.

En el escueto mensaje sin asunto Salva suplicaba que regresase a casa con él. Explicaba con sus palabras bastas y sin florituras que la necesitaba. El correo traslucía un dolor profundo y la sinceridad de los «te quiero» vertidos con ahínco a lo largo de un texto en el que anotaba, inocente, aquellos aspectos que cambiaria si ella regresaba a su lado. Salva seguía pensando que había sido responsable de su marcha, sin darse cuenta de que ella había huido de la relación y no de él. Marta aun le seguía queriendo, y el dolor de lo que un día pudo haber sido pesaba en su corazón. En otro momento, en otro universo en el que ella no fuese ella sino otra persona y él siguiese siendo el caballero de brillante armadura, tal vez habría funcionado. Y se casarían, y tendrían hijos y envejecerían juntos. Pero ella era ella y no otra chica en lo alto de una torre esperando a que la rescatasen. Marta quería bajar los peldaños, matar al dragón y beberse su sangre; quería escribir en París, quería follar con Renat, colocarse con Jean Paul, discutir sobre películas malas con su hermana; quería escribir.

Marta contestó al correo electrónico con la siguiente frase, precisa, contundente como la realidad que los rodeaba y que no podía ser ignorada:

«Lo siento; tu princesa esta en otro castillo».

 

 

 

 

 


© Emilio Chapí Verdú


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